Todos los atardeceres en los que me enamoré de ti (Cielos opuestos 1) 26 | NO CONFÍES EN NADIE
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26 | NO CONFÍES EN NADIE

Gia

—¿Estás más relajada o necesitas que paremos para que te tomes una tila? —pregunta en tono burlón, con la cabeza inclinada ligeramente hacia la derecha, pero la mirada fija en la carretera.

—Déjame en paz —respondo—. Me has secuestrado frente a tus propios amigos.

—¿Crees que sería tan tonto como para secuestrarte? Al final el castigo sería mío, y nadie pagaría una recompensa por ti.

—No tienes ni idea —murmuro de mala gana.

—¿Adónde se supone que vamos? Te has desviado del camino.

—No vamos a la villa —confiesa con su característica tranquilidad—. Quiero enseñarte un sitio.

—¿Crees que tengo ganas de ir a alguna parte? Solo quiero llegar, acostarme, y no pensar en que hay algún psicópata que está persiguiéndome. —Apoyo el codo en la ventanilla de mi asiento y reposo la cabeza en mi mano, perdiendo la mirada en la carretera que nos rodea.

—¿Esa es tu manera de hacerle frente a los problemas? ¿Dormir?

—Claro, es mucho mejor ir a un sitio oscuro en el que sea más fácil que me secuestren —replico con ironía.

—Estás obsesionada con los secuestros.

Me retuerzo en mi asiento.

—¿No deberíamos avisar a Micaelo? —pregunto, cambiando de tema.

—No te preocupes, ya está avisado. —Estaciona el coche y apaga el motor. Se quita el cinturón de seguridad y se gira hacia mí, observándome desde su asiento—. Ahora necesito que me digas qué has notado en la cena y si has visto a alguien extraño.

—Todas las personas parecían cenar con tranquilidad. No he visto a nadie fuera de lo normal —explico, sintiendo la garganta cada vez más seca con cada palabra que pronuncio—. Pero sí que me he sentido observada todo el día. Quizás sean cosas mías, no lo sé —termino diciendo con un suspiro.

—Está claro que la persona que está persiguiéndote quiere algo de ti —concluye.

—Llevarme de vuelta a mi verdadero hogar —musito casi para mí misma,

—Si quisiera eso, ya lo habría hecho, ¿no crees?

—Es cierto.

—Hay algo más... Algo que se nos escapa de las manos —murmura, pensativo—. Si no me cuentas toda la verdad, no podré ayudarte, Gia. Y siento recordártelo, pero estás en peligro.

—¿Dónde estamos? —pregunto cuando me doy cuenta de que el coche ya no está en marcha. Todo a nuestro alrededor está demasiado oscuro como para distinguir algo; ni siquiera hay farolas que alumbren el lugar de forma tenue.

—De todos los sitios de Cortona donde podría llevarte cuando estás teniendo un mal día, ¿dónde crees que te he traído?

—A tu lugar especial —respondo finalmente, con una pequeña sonrisa en los labios.

—Exacto. Y no vamos a irnos hasta que me cuentes toda la verdad.

—No tengo nada más que contar.

—Mentirosa.

Resoplo y pongo los ojos en blanco.

—¿Y si la persona que me está buscando nos ha seguido?

—Tranquila —me dice con calma—. Mientras estés bajo la protección de Micaelo, nadie se atreverá a hacerte daño. Te lo aseguro.

—¿Tanto poder tiene? —Asiente con la cabeza como respuesta—. ¿Es parte de una mafia italiana o algo así?

Se queda callado durante algunos segundos, los cuales me acaban confirmando la respuesta.

—No soy quién para hablar sobre la vida privada de Micaelo —responde por fin.

—Eres su nieto.

—Pero no un chivato —replica.

—¿Y tú? ¿Eres parte de su banda? ¿Trabajas para él?

—No hagas preguntas de las que no estés preparada para recibir una respuesta.

Sopeso su respuesta y decido no preguntar más.

En lugar de eso, nos quedamos en silencio, separados por el reposabrazos del coche y admiramos el paisaje en medio de la oscuridad, tan solo alumbrado por la luz vibrante de los faros del coche.

No nos envuelve un silencio incómodo; al contrario, está lleno de cosas que ninguno de los dos nos atrevemos a decir.

Pero de nuevo, en medio del caos, es Luca quien consigue transmitirme paz y hacer que me olvide de todo… Aunque solo sea durante un rato.

***

Llegamos a la habitación y lo primero que hago es quitarme las sandalias y dejarlas en mi estante del zapatero.

Me siento tan hinchada después de todo el día fuera de la villa, que no me vendría nada mal una infusión antes de dormir o incluso la tila que me ofreció Luca hace un par de horas cuando salimos huyendo del restaurante.

Me quedo atontada cuando veo que se está desabrochando la camisa sin reparo, con la mirada fija en la ventana, dejándome una vista ideal de su espalda fuerte, tonificada y llena de lunares que me encantaría unir hasta formar constelaciones.

Debería moverme y encerrarme en el cuarto de baño, pero mis piernas no son capaces de responder y me dejan paralizada en la puerta de la entrada como una quinceañera que nunca ha visto una espalda desnuda. Pero es que menuda espalda.

Gira la cabeza y me mira de forma fugaz antes de volver la vista hacia la ventana.

—¿Estás viendo lo mismo que yo?

—Pues… no creo —respondo, omitiendo todo lo relacionado con su espalda musculosa.

—Ven aquí. —Su tono autoritario consigue erizar mi piel. Mis piernas reaccionan y caminan hasta llegar a él, que me espera impaciente junto a la ventana.

—¿Qué pasa?

Alarga su brazo y golpea el cristal con el dedo índice.

—Mmm, sí. Unas vistas preciosas —murmuro, sin dejar de mirarle.

Pone los ojos en blanco y abre la ventana con cuidado, dejando caer un trozo de papel que estaba metido a presión en el marco.

Me tiemblan las manos cuando lo recojo del suelo, esperándome lo peor.

«No confíes en nadie»

Se me hiela la sangre y le cedo la nota a Luca, que la mira sorprendido, con los ojos bien abiertos y la respiración acelerada.