Todos los atardeceres en los que me enamoré de ti (Cielos opuestos 1) 25 | PLANES PARA EL FIN DE SEMANA
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25 | PLANES PARA EL FIN DE SEMANA

Luca

Gia Fugitiva:

¡Mira! Esta camiseta es demasiado tú: negra, básica y con un mensaje que espanta a cualquier persona que quiera respirar cerca de ti.

Esbozo una sonrisa mientras niego con la cabeza cuando veo la cara de la pelinegra en la foto que me acaba de enviar, sosteniendo una percha de la que cuelga una camiseta negra con un «do not disturb» de color plateado bordado en el centro.

Luca:

¿Por qué me escribes?

Te dije que solo lo hicieras si se trataba de una emergencia.

Gia Fugitiva:

Reconoce que te ha gustado y ahora te la quieres poner para dormir.

Luca:

Reconoce tú que te encantaría verme dormir, pero sin camiseta.

Gia Fugitiva:

¡No! Qué asco.

—Oye —se queja Milán, quien le da un manotazo a mi teléfono para llamar mi atención—. ¿Qué te pasa hoy con el móvil? Te estoy hablando.

—Perdona, estaba contestando un mensaje —me disculpo.

—Pero si tú nunca respondes.

Me encojo de hombros ante su mirada juiciosa, y seguimos caminando, rodeados de todo tipo de tiendas y restaurantes del centro comercial en el que estamos dando una vuelta.

Hoy es sábado, y en esta ocasión, hemos decidido quedar todo el grupo en este lugar para hacer algunas compras antes de cenar. Estamos organizando un viaje para disfrutar de un fin de semana en una villa que hemos alquilado; la intención es compartir gastos y poder pasar más tiempo juntos.

Muy a mi pesar —o, quizás ya no tanto—, hoy también han insistido en invitar a Gia.

De momento, hemos estado los chicos por un lado y las chicas por otro; hasta que ellas han decidido que es buena idea que nos sentemos en unos sillones bastante incómodos de la zona de los probadores y nos dejemos torturar un rato viendo cómo se prueban infinidad de ropa.

Cuando llevamos más de cuarenta minutos esperando que terminen de probarse todo, empiezo a arrepentirme de no haber escogido una buena excusa para no quedar hoy.

¿Podríamos estar en cualquier otro lugar del centro comercial? Sí, pero mis amigas son muy pesadas y nos han acabado convenciendo. Además, ninguno de nosotros se ha atrevido a contradecirlas.

—Preciosa, cariño —alaba Alessandro a su mujer, Sienna, que acaba de salir del probador con un vestido verde. Otro vestido más; ya todos me resultan iguales y encima son del mismo color.

—Pero si es igual que el anterior —me quejo, recibiendo una mirada fulminante por parte de mi amiga.

—Pues claro que no es igual —protesto. Se aleja del probador y da algunos pasos firmes hacia nosotros con los hombros erguidos y el mentón en alto—. El anterior tenía escote cuadrado y este en forma de corazón —explica.

—Es un simple vestido —insisto—. Y los dos son de color verde. Escoge uno ya y así nos podremos ir de aquí lo antes posible.

—Menudo gruñón estás hecho —murmura Bianca desde su probador antes de salir con una cantidad ingente de prendas colgadas en diferentes perchas—.

Yo ya he terminado. Me llevo los dos conjuntos del principio —nos cuenta, como si alguno recordásemos algo de lo que se ha probado.

Mi cabeza se ha desconectado tras el primer modelito.

La cortina del probador de Gia se abre por primera vez, ya que es la única que no nos ha estado deleitando con su modelaje, sino que ha preferido probarse en privado cada uno de los conjuntos que ha escogido.

Mis ojos se abren de par en par cuando la veo salir con un vestido blanco bastante corto que se le ciñe a cada curva, dejando entrever parte de su piel bronceada y sus largas piernas kilométricas.

No tengo ni idea del tipo de vestido que es, ni sé nada de la tela ni de la forma del escote que tiene según Sienna —aunque resalte tan bien el busto de la pelinegra—, solo sé que se le pega a cada centímetro de su cuerpo como una segunda piel. Y que le sienta de maravilla.

—Madre mía, qué guapa, Gia —comenta Nicole, que también acaba de salir de su probador con el resto de las prendas que se ha probado.

Milán la mira como si fuera la única chica en la tierra, aunque enseguida se esfuerza por apartar la mirada y dirigirla a Gia, que se ha vuelto el centro de atención de todo el grupo en un momento.

—¿Y para eso has tardado tanto? ¿Para un simple vestido blanco? —Bianca la mira con cara de pocos amigos.

Tengo que hablar con ella y preguntarle cuál es el motivo de su rechazo hacia la chica, porque hasta donde tengo entendido, no le ha hecho nada malo.

—Me he probado más cosas. —Señala con la cabeza su montón de ropa—. Que no haya querido salir y desfilar como vosotras, es diferente. Y no es un simple vestido blanco, es de tela fina de punto y tiene bordados en las mangas —explica y se encoge de hombros.

—Lo que decía… —Bianca resopla de forma exagerada—. Un simple vestido blanco.

—No todas contamos con tu maravilloso gusto para la moda, querida —suelta la pelinegra en tono irónico, lo que nos hace soltar una pequeña risita a la mayoría.

—¿Me estás vacilando? —replica la otra.

—No, ¿por qué? —responde Gia, alzando las cejas. Bianca entorna los párpados, mientras que sostienen la mirada nos cuantos segundos más, hasta que de repente Gia nos mira a nosotros antes de volver a hablar—: ¿Qué tal me queda, chicos?

—Estupendo —afirma Rodrigo.

Alessandro responde con un asentimiento de cabeza y un pequeño guiño, y Milán no deja de mirarle embobado las piernas.

—Estás increíble.

—Gracias, Milán.

Gia cruza sus ojos con los míos y se queda mirándome fijamente, esperando una respuesta por mi parte.

—No está mal —murmuro.

Pone los ojos en blanco antes de entrar de nuevo en el probador.

—¡Salgo enseguida! —promete una vez que echa la cortina.

—¿Por qué tiene que venir siempre con nosotros? —se queja Bianca en un susurro, sentándose a mi lado—. Es agotadora.

—¿Se puede saber qué tienes contra ella? No te ha hecho nada y es majísima —contrarresta mi otra amiga, Nicole, frunciendo ligeramente el ceño.

—No lo sé, no me transmite buenas vibras y ya está. Hay algo en ella que no me gusta. —Alza el mentón.

—Ni siquiera estás esforzándote por conocerla —le dice Sienna, también en un tono de voz bajo.

—Bueno, ya vale —interviene Milán—. Va a oíros.

Bianca se levanta con los brazos cruzados y deja toda la ropa tirada en el asiento.

—Llévala por mí, Luca —dice, refiriéndose a las prendas—.

Estoy demasiado frustrada ahora mismo como para cargar con mi propia ropa —murmura como si nada, como si no me estuviera pidiendo que fuera su maldito sirviente delante de mis amigos y como si no se estuviera comportando como una maldita cría.

—¿Te pasa algo en las manos? Llévalo tú. No soy tu criado —respondo, levantándome del sillón.

Gia sale de su probador con una sonrisa deslumbrante en el rostro y no puedo evitar sentir una pequeña punzada en el pecho.

No sé por qué hoy la encuentro tan preciosa.

Puede que sea porque vuelve a llevar un pañuelo de pirata, o por el cabello rizado que se mueve ligeramente con el viento, llenando todo el ambiente con el olor a melocotón que desprende cada mechón.

A diferencia de mis amigas, ha cogido bastantes prendas y las carga con dificultad. Me escucho soltar un pequeño gruñido cuando me acerco a ella y le quito un puñado de ropa de las manos.

—¿Qué haces? —pregunta, caminando junto a mí varios pasos por detrás del resto del grupo. No me pasa desapercibida la mirada fulminante que nos dedica Bianca. Y no es para menos, pues creo que nunca me había comportado de una forma tan absurda cuando estoy cerca de esta chica.

—Ayudarte —respondo de forma breve—. Y se dice gracias.

—No te he pedido ayuda. —Intenta quitarme las perchas de las manos.

—No seas cabezota y camina —insisto—. Quiero salir ya de aquí.

La miro de reojo y atisbo una pequeña sonrisa ladeada en su rostro que, por algún motivo, hincha mi pecho de satisfacción.

***

Estamos cenando en un restaurante con terraza, que nos deja disfrutar de las vistas de Cortona. A nuestro alrededor se oyen risas, cubiertos que tintinean y el murmullo del resto de comensales que conversan de forma tranquila.

—No me creo que la semana que viene vayamos a estar juntos de vacaciones —comenta Rodrigo, cambiando por completo el tema de conversación en el que cada uno estábamos haciendo un pequeño resumen de nuestra semana—. Creo que nos vendrá bien desconectar un poco.

—¿Todos los años hacéis un viaje juntos? —pregunta de forma curiosa Gia, antes de agarrar un trozo de pan de ajo, partirlo por la mitad, y llevarse un pedazo a la boca.

—Intentamos hacer juntos dos escapadas al año, aunque no siempre conseguimos coincidir con los horarios del trabajo o las vacaciones —responde Alessandro.

—Por cierto, necesitamos organizar el tema de los coches —añado, pensativo.

Vamos a hacer la ruta hasta Umbría en coche, así que tendremos que organizarnos para poder ir todos cómodos y cargados de maletas. Aunque vamos a pasar fuera tan solo un fin de semana, ya conocemos a nuestras amigas y sabemos que llevarán equipaje como si fuésemos a estar fuera todo un mes.

Gia se retuerce en su silla y mira hacia los lados, como si estuviera buscando a alguien.

No es la primera vez que lo hace en lo que llevamos de cena y, aunque he intentado preguntarle con un gesto rápido y una mirada si le ocurre algo, solo he conseguido encontrar preocupación en su mirada, lo que ha hecho que mi cuerpo se tense y se mantenga alerta ante cualquier posible peligro.

—Fácil —afirma Alessandro—. Yo llevo mi coche. —Se encoge de hombros y los demás casi ponemos los ojos en blanco; ya sabemos lo mucho que le gusta conducir—. Mi mujer viaja conmigo. Y pueden venir con nosotros Rodrigo y Bianca, por ejemplo.

—¿Quieres conducir tú esta vez, o prefieres que lleve mi coche? —me pregunta Milán.

—Podemos ir en la camioneta de Gia —propongo, intentando hacer reaccionar a la chica, que sigue sumida en sus pensamientos—. Le vendrá bien hacer algunos kilómetros.

—Vale —accede mi amigo—. Pues entonces podemos ir nosotros cuatro en su coche.

—Os recuerdo que todavía tengo que asegurarme de que mi madre pueda quedarse con mis hijos.

—Nicole da un sorbo a su copa de vino y vuelve a dejarla en la mesa con cuidado—.

Pero me gusta la idea de compartir coche contigo —le dice a Gia, que parece haber vuelto a la realidad y le responde con una sonrisa.

— Tutto bene ? —nos pregunta el camarero después de recoger algunos platos de nuestra mesa.

Gia aprovecha para levantarse de su sitio y después de mirar a nuestro alrededor con una mueca tensa, se disculpa con el grupo con la excusa de ir a retocarse el maquillaje.

No me lo pienso antes de levantarme y seguirla hasta el cuarto de baño.

Antes de que pueda entrar, la agarro por el codo.

Suelta un grito ahogado y se sobresalta ante el roce.

Me da un pequeño empujón que apenas logra moverme del sitio cuando se da cuenta de que soy yo, y se lleva la mano al pecho mientras intenta regular su respiración acelerada.

—Menudo susto me has dado.

—¿Estás bien?

—No —responde de forma tajante—. Casi sufro un infarto por tu culpa.

—Eres muy dramática. Me has visto levantarme de mi sitio y seguirte. —Le paso un mechón de cabello por detrás de la oreja, aprovechando para acariciar la piel suave de su mejilla con el dorso de mi mano.

—Estaba pensando en mis cosas y no me había dado cuenta, ¿vale? —Su mirada, lejos de fulminarme como en muchas otras ocasiones, me transmite su preocupación.

—¿Qué te pasa? —insisto.

Doy un paso hacia adelante y me acerco a ella, interponiéndome entre su cuerpo y la puerta del cuarto de baño.

—Nada —asegura—. Creo que es el vino. Me he mareado un poco y quería refrescarme. ¿Me dejas pasar?

—¿No decías que ibas a retocarte el maquillaje? Para mentir hay que tener buena memoria, piratilla.

—Y para que crea que realmente te preocupas por mí, tienes que ser buen actor y tú precisamente, no lo eres —replica.

—No me interesa fingir nada, Gia. Has estado toda la noche tensa, vigilando tus espaldas. Quiero saber qué pasa, ya sabes que estamos juntos en esto.

—¿Es que siempre estás pendiente de mí, o qué? —Se cruza de brazos, un poco a la defensiva.

—Sí —respondo sin pensar, sin apartar la mirada de su boca. Ella pone los ojos en blanco, pero tampoco aparta sus pupilas de mi rostro.

—Me siento observada desde esta mañana en el centro comercial —termina confesando—. Conforme han ido pasando las horas, se ha vuelto cada vez más incómodo. Siento que alguien me está siguiendo, Luca.

—¿Y me lo dices ahora? —mascullo entre dientes.

Resoplo y me aparto de la puerta.

—Nos vamos de aquí. Ya.

—No eres nadie para darme órdenes.

—Soy la persona encargada de vigilarte y velar por tu seguridad.

—¿Ahora eres mi guardaespaldas? —Alza una ceja.

—Llámalo como quieras —siseo—. Nos vamos.

—No pienso irme y seguirle el juego a quien quiera que me esté intentando intimidar. Además, a lo mejor han sido alucinaciones mías.

—Nos vamos —repito, ignorando por completo todo lo que acaba de decir—. Sígueme.

—Oblígame.

El aire se siente cargado de tensión. Otra vez.

La sujeto por la cintura y la levanto en un movimiento rápido, colocándola sobre mis hombros.

Empieza a gritar, llamando la atención de todo el mundo, justo lo que deberíamos evitar.

Por suerte, los dueños del local me conocen y no me riñen demasiado cuando vuelvo a nuestra mesa; cojo nuestras pertenencias con mi mano libre, la que no está sujetando a Gia por detrás de las piernas, mientras intento esquivar sus golpes.

—¡Suéltame! —chilla con fuerza.

—¿Se puede saber qué haces? —pregunta Alessandro, ojiplático, cuando nos ve.

—Nos tenemos que ir. Luego os lo cuento todo.

—Pero ¿qué pasa? —se preocupa Nicole.

—Después os escribo —insisto, con cierta molestia por las incesantes patadas de Gia.

—¡Suéltame ahora mismo! Esto se podría considerar un secuestro.

—No cuando la persona está encantada de estar en mis brazos —le susurro para que solo ella pueda oírme. Eso hace que se quede callada por un segundo, pero no tarda demasiado en volver a la carga y golpearme con fuerza retorciéndose en mis brazos, intentando zafarse de mi agarre.