24 | PUEDES CONFIAR EN MÍ #2
No me siento con fuerzas para reprochar o llevarle la contraria, así que me levanto de la cama y lo sigo hasta llegar a las puertas que dan paso al balcón.
Las abre con cuidado y me invita a salir primero.
Siento el aire fresco revolver mi cabello en cuanto mis pies pisan el suelo frío.
El balcón se encuentra rodeado de otros árboles y conectado con el resto de los balcones de la planta.
Apoyo las manos en el muro de piedra y tomo aire, llenando mis pulmones del oxígeno que siento que me falta.
Me sobresalto de nuevo cuando lo siento demasiado cerca de mí, y le dedico una pequeña sonrisa de agradecimiento cuando me pasa la sábana por encima de los hombros.
—A estas horas de la madrugada hace frío —me explica.
—Gracias —respondo con la mirada todavía perdida en medio de la nada.
La noche parece tranquila, envuelta en un cielo oscuro iluminado tan solo por una esfera blanca y brillante que capta mi atención desde el primer momento.
Pienso en mi padre y en que, con algo de suerte, él sigue todavía viendo la misma luna.
Me recuerdo a mí misma que todo esto es por él y que, tan solo por eso, merece la pena seguir luchando.
Luca suspira a mi lado y decide romper el silencio que hay entre nosotros.
—No sé si es más preocupante que me despiertes gritando en medio de la noche, o que lleves callada tanto tiempo.
—Tengo miedo —confieso, con un hilo de voz.
—Ya lo sé.
—Creo que la situación me está superando —añado con la vista fija en mis manos—. Intento ser fuerte, pero… no lo soy —acabo diciendo en medio de un sollozo desgarrado.
—Más lágrimas otra vez, no —se queja—. No llores.
—Vale —respondo, sorbiéndome la nariz.
Lo escucho resoplar y gruñir a mi lado, hasta que pasa un brazo alrededor de mis hombros y me atrae hacia él con un movimiento bastante brusco.
Mi corazón responde a su cercanía de forma inmediata.
Lo observo y me encuentro con unos iris oscuros que brillan con el reflejo de la propia luna sobre ellos.
—No me gusta verte llorar —me recuerda.
—Lo siento, no puedo evitarlo —susurro. No sé si mi cuerpo se agita por la reciente pesadilla o por su cercanía—. Me asusta no saber en quién puedo confiar y en quién no.
—Puedes confiar en mí.
Apoyo la cabeza en su hombro y, pese a que todo su cuerpo está tenso, no me aparta; sino todo lo contrario, refuerza su agarre y me abraza mientras me pierdo en los fuertes latidos de su corazón, que retumban en su pecho.
—¿Y tú? ¿Confías en mí?
—Sí —responde después de unos largos segundos, debatiéndolo internamente en silencio.
—¿Sabes? —Mi voz suena casi en un susurro—. Estoy harta de fingir que me sigues cayendo mal, cuando la verdad es que hace mucho tiempo que ya no es así.
—Tú tampoco me caes tan mal a mí —admite, y su confesión logra sacarme una sonrisa.
—¿Entonces eres un gruñón por naturaleza?
—Puede ser. —Me muerdo la sonrisa al escuchar su respuesta, aunque sé que no puede verme la cara ahora mismo—. Antes no era así, pero hay cosas en la vida que te cambian por completo y, una vez que suceden, ya nunca vuelves a ser el mismo.
—Te he visto tratar a Marietta con dulzura y a tus amigos con muchísimo cariño — comento, pensativa—. Creo que solo intentas ocultarte en una fachada que tú mismo te has creado. Eres una buena persona, Luca.
—No lo soy, Gia —replica al instante.
—¿Qué te pasó? Puedes contármelo.
—Lo haré cuando tú me cuentes tu verdadera historia. —Me separa de su cuerpo y enseguida noto un vacío que llega a molestarme.
Recoloca la sábana sobre mis hombros con cuidado y me pasa un mechón de pelo por detrás de la oreja. Frunce los labios, observándome con detenimiento.
—Acabas de decir que confías en mí.
—Y lo hago —asegura con un asentimiento de cabeza—. Por eso creo que tienes un buen motivo para estar mintiéndome.
Llevo mi mano lentamente hasta su mejilla, temiendo por su reacción; al ver que no se aparta, acaricio su piel suavemente con el dorso de los dedos.
Él traga saliva y, aunque parece tenso e incómodo, no se mueve, sino que sigue estudiando mi rostro, inmóvil frente a mí. Me sorprendo cuando enrolla uno de sus dedos alrededor de uno de mis rizos.
Siento que nos une algo mucho más fuerte que la conexión que sentimos y de la que tanto hemos querido huir hasta ahora. Y, por algún motivo, la sensación que siento al estar junto a él cada vez es más agradable.
Nuestros labios están a escasos centímetros de distancia y ni siquiera sé en qué momento nos hemos acercado tanto. Pero, aunque no nos besemos, la electricidad que desprendemos cuando estamos juntos lo dice todo. Nuestras respiraciones agitadas hacen que nuestros pechos se muevan en sintonía.
Y sus ojos me miran como si fuera capaz de verme de verdad, a pesar de estar oculta entre tantas mentiras.
No me hace falta un beso ni que diga nada más para darme cuenta de que algo ha cambiado entre nosotros. No sabría decir en qué momento, pero de lo que sí estoy segura es de que no quiero que termine.