24 | PUEDES CONFIAR EN MÍ
Gia
La sangre de la piel magullada de mi estómago todavía caía a goterones, dejando una línea fina de color carmesí rodando por mi cuerpo hasta llegar al charco que se había empezado a formar en el suelo junto a mis pies.
El aire se sentía pesado, igual que mis piernas, que se tambalearon cuando logré ponerme de pie. Empujé con el pie izquierdo la silla en la que hasta ahora había estado sentada, haciendo que el golpe resonara en un fuerte eco por toda la estancia.
Tenía los músculos de las piernas entumecidos después de llevar tantas horas atada, por lo que mis rodillas no tardaron demasiado en flaquear hasta hacerme caer al suelo de rodillas.
Solté un grito ahogado cuando noté algo desgarrarse en mi interior. Mis manos todavía seguían anudadas tras mi espalda, por lo que ni siquiera podía hacer fuerza para levantarme del suelo o, por lo menos, limpiar mis lágrimas.
La puerta se abrió a mis espaldas. Cerré los ojos con fuerza, esperándome el peor de los escenarios de nuevo, hasta que unos pasos firmes y rápidos llegaron hasta mí.
—Tranquila, soy yo —susurró una voz conocida.
Levanté la mirada y me encontré con unos ojos cálidos a la vez que intensos de color castaño oscuro que me miraban preocupados.
—¿Can? —pregunté con un hilo de voz. Enseguida comencé a toser por el esfuerzo y sentí que me faltaba el oxígeno de nuevo—. ¿Qué… haces… aquí? —Cada palabra se sentía como un cristal rajando mi garganta sin piedad.
—He venido a salvarte. —Se arrodilló a mi lado y me acarició el pelo con una de sus manos.
Cerré los ojos y dejé escapar una lágrima que rodó por mi mejilla cuando noté el contacto.
Enseguida me estrechó entre sus brazos y, por la forma en la que se aferraba a mi débil cuerpo, pude comprobar que realmente estaba preocupado por mí.
Cuando me separó de su agarre, volvió a inspeccionarme de arriba a abajo y soltó un pequeño sollozo cuando vio toda la sangre que adornaba mi cuerpo y casi toda mi ropa—. Maldita sea, estás herida.
—Tú eres uno de ellos —titubeé antes de inclinarme hacia delante por culpa del dolor y volví a toser.
—Claro que no, yo no he tenido nada que ver en todo esto.
—Acunó mis mejillas entre sus manos—. Tienes que creerme.
—Sus ojos reflejaban desesperación y acariciaba mi pelo una y otra vez, como si internamente tratara de convencerse de que estaba viva y junto a él de nuevo—. Ahora voy a sacarte de aquí.
—¿Serías capaz de traicionarlo por mí?
—Sería capaz de hacer cualquier cosa por ti, aşkım, cualquier cosa —susurró.
—No puedes hacer esto, tienes que irte.
—No me iré a ninguna parte sin ti —sentenció—. Podemos empezar de cero en otro lugar. Sin nuestras familias. Sin pertenecer a ningún bando. Solos tú, yo y nuestro amor.
Quise decirle que, por mi parte, no existía ese amor del que hablaba, pero no tuve las fuerzas para hacerlo. No tenía mucho tiempo y necesitaba salir de ahí cuanto antes.
—Entonces ayúdame a salvar a mi padre.
Nuestras miradas se encontraron de nuevo.
—No queda mucho tiempo, Can… —insistí—. Tienes que ayudarme.
Su rostro se oscureció.
—Tu padre es un traidor —replicó con firmeza—. No pienso ayudarlo esta vez.
—¿Y qué diferencia hay con la traición que piensas cometer al sacarme de aquí? Tú también lo eres.
—No me compares con él —masculló—. No tengo nada que ver con ese hombre.
—Ayúdame, te lo suplico.
Cerró los puños, que mantenía pegados a sus piernas, y enseguida sus nudillos se volvieron tan blancos como la nieve por toda la fuerza que estaba ejerciendo contra sus propias manos.
—Te sacaré de aquí —dijo con voz ronca.
Se puso de cuclillas y desató la cuerda con la que estaban atadas mis muñecas. Intenté moverlas en círculos para destensarlas, pero dolían demasiado.
Unas voces que provenían del exterior nos sobresaltaron a ambos.
—Finge un poco más, meleğim.
—¿De verdad puedo confiar en ti?
—Sabes que sí.
—Pues entonces dame algo para protegerme y poder salir de aquí —le pedí en voz baja.
—No pelearás.
—Entonces eres tú el que no confías en mí.
—Vas a volverme loco —musitó cuando las pisadas se escuchaban cada vez más cerca de la puerta—.
Toma. —Me puso una pistola entre las manos y, de forma torpe y dolorosa, levanté un poco mi camiseta y la escondí dentro de mis pantalones—.
Solo te la he dado para que te sientas más tranquila, pero tienes prohibido usarla.
Asentí lentamente con la cabeza.
Con cuidado de no hacerme daño, pero con una rapidez sorprendente, volvió a sentarme en la silla que había tirado al suelo y ató mis muñecas, esta vez en un nudo mucho más suelto y fácil de deshacer.
—¡Aleja tus sucias manos de mi hija! —La voz de mi padre retumbó por todo el garaje y sentí que podía respirar de nuevo, después de tantas horas con el miedo oprimiendo mi pecho.
—Burak, relájate. He venido a sacarla de aquí. —Levantó las manos en señal de rendición cuando la figura de mi padre se abrió paso entre la oscuridad de la sala y atisbó cómo lo apuntaba con una pistola.
—¡Aléjate! —volvió a gritar.
—Por favor —le supliqué a mi prometido cuando me miró—. Papá —sollocé cuando lo vi tan cerca de mí—. No le hagas daño.
—Él es quien quiere hacernos daño a nosotros, hija —dijo con seriedad, sin dejar de apuntarlo con su arma en ningún momento—. ¿Sabías que quería sacarte de aquí y llevarte lo suficientemente lejos como para que no descubrieras que había dado un aviso de mi paradero? ¡Quería verme morir!
—¿Es eso cierto?
La mirada arrepentida de Can contestó por si sola mi pregunta.
—Todo tiene una explicación —replicó con voz pausada—. Tu padre no es un buen hombre.
—¡Deja de meterle esas ideas en la cabeza! — gritó él como respuesta.
—Ella piensa que la quieres, pero yo sé cuáles son tus verdaderas intenciones —insistió el otro, señalándolo con el dedo.
—¡Basta! —chillé en esta ocasión yo, desgarrándome la garganta por el esfuerzo.
Me levanté a trompicones y, aunque mi cuerpo se tambaleaba hacia los lados y veía todo tan borroso que sentía que estaba a punto de desmayarme, le apunté con la pistola mientras me acercaba a mi padre, que me esperaba con los brazos abiertos.
—¿Qué haces? —preguntó, incrédulo, cuando vio mis intenciones. Siempre se le había dado muy bien ver más allá de mi mirada y saber lo que pensaba y sentía en cada momento.
—Tu padre te está mintiendo. Te ha mentido toda la vida.
—No vas a engañarme de nuevo —sentencié.
—Tienes que confiar en mí —susurró—. Solo intento proteger tu vida de todos los que quieren arrebatártela.
—Vamos, hija, tenemos que salir de aquí —advirtió mi padre—. Y ¡mírate! Estás herida. Debes ver a un médico cuanto antes.
—Estoy bien, papá —intenté tranquilizarlo. Can seguía con su mirada clavada en mí y dio un par de pasos acortando nuestra distancia, todavía con los brazos en alto.
—No te acerques o disparo —lo amenacé.
Esbozó una sonrisa ladeada cuando vio la forma en la que temblaba mi mano sujetando el arma que él mismo me había entregado.
—No me das miedo, cariño —me recordó—. Sé que no serías capaz de hacer daño a nadie.
—No me subestimes.
—Vamos, suelta el arma, y hablemos los tres con calma —propuso Can.
—No hay tiempo para hablar. Tenemos que salir de aquí de inmediato —gruñó mi padre a mis espaldas—. ¿Vas a dispararle tú o lo tengo que hacer yo?
—Lo siento —susurré mirando por última vez al chico que tanto amor me había prometido.
Cerré los ojos y, sin pensarlo ni un segundo más, pulsé el gatillo con uno de mis dedos.
Pero antes de que la bala pudiera salir, se escuchó un estruendo mucho más fuerte que resonó por todo el garaje y, aun en medio de la oscuridad que luchaba contra la luz tenue de la lámpara que colgaba del techo, pude ver el cuerpo de Can caer lentamente hacia el suelo.
Miré la pistola que sujetaba con las manos. El disparo no había salido de ella, sino de la que sujetaba mi padre entre sus manos.
—Papá…, le has disparado —balbuceé.
—He hecho lo que tenía que hacer —respondió. Me quitó el arma de las manos y la escondió en el bolsillo trasero de su pantalón, ocultándola bajo la camisa que llevaba puesta—. Vamos, tenemos que salir de aquí.
Me agarró de la mano y tiró de mi débil cuerpo, casi arrastrándome por todo el lugar, mientras que mi mente seguía proyectando la imagen de Can cayendo al suelo mirándome a los ojos con fijeza, reflejando un sentimiento de dolor y traición que jamás olvidaría.
Me incorporo de golpe en la cama hasta quedar sentada, sintiendo mi corazón latir a una velocidad desbocada, agitando mi pecho con fuerza con cada respiración que tomo.
Observo mis manos y compruebo que siguen temblando, solo que ya no sujeto una pistola con ellas.
Las gotas de sudor me caen por la frente.
Miro a ambos lados de forma apresurada y, aun en medio de la oscuridad, me sobresalto cuando veo a Luca con sus pupilas fijas en mí, también sentado en la cama en mi misma posición.
—¿Estás bien? —pregunta con una voz mucho más suave que la que suele utilizar normalmente.
—Sí… Solo… —Las lágrimas comienzan a caer por mis mejillas y maldigo en mi interior cuando noto mi voz quebrarse con cada palabra—. Ha sido una pesadilla.
—Estás temblando.
No me había dado cuenta hasta ahora de que, no solo me tiemblan las manos, sino el resto del cuerpo. Me abrazo a mí misma para intentar frenar el movimiento involuntario.
—Estoy bien.
—Eso ya lo has dicho —murmura, levantándose de la cama—. Ven, vamos fuera a tomar el aire.