22 | HAY MUCHAS COSAS QUE NO SABES DE MÍ #2
Cruzo el restaurante, sintiendo decenas de ojos clavados sobre mí y, cuando llego a la zona de la barra, apoyo los codos sobre la madera desgastada y echo un vistazo general a los trabajadores.
Aprieto los labios y resoplo de forma involuntaria cuando no veo aparecer a la persona que busco por ningún lado.
— Buona notte, ragazzo —me saluda Federico desde el otro lado de la barra. Cierra el grifo por el que corría agua hasta hace tan solo unos segundos y se seca las manos con un trapo de cuadros, que parece bastantes desgastado—. ¿Qué necesitas, Luca? ¿Una pizza quattro stagioni ?
—No, hoy no he venido a cenar.
—¿Entonces? —Enarca las cejas—. ¿Te puedo ayudar en algo, chico?
—Quiero hablar con uno de tus trabajadores. En concreto, con uno que estuvo repartiendo a domicilio anoche.
—Mmm… ¿El chico nuevo? —pregunta dubitativo después de pensarlo durante unos segundos. Asiento con la cabeza, lo que parece desconcertarlo aún más—. ¿Ha pasado algo?
—Solo quiero hablar con él. —Mi tono de voz suena más cortante y arisco de lo que me gustaría.
Federico es un buen hombre y, a pesar de su avanzada edad, sigue trabajando sin descanso en el negocio familiar que tanto le ha dado a lo largo de su vida.
No tiene culpa de la rabia que siento ahora mismo, ni de las ganas que tengo por estampar a su trabajador contra la primera pared que encuentre—. Ahora.
—Está haciendo algunos repartos ahora mismo, pero no creo que tarde mucho en llegar —responde con aparente tranquilidad—. Si es importante, puedes esperarlo. —Me señala con la cabeza una mesa libre que hay a mi espalda.
—Papá, ¿pasa algo? —Su hija Ángela, que trabaja dentro de la cocina, aunque atiende de vez en cuando a algunos clientes, aparece y se coloca junto a él—.
Buenas noches, Luca —me saluda sonriente.
Es de esas personas, que al igual que la nonna , siempre tienen una sonrisa en la cara, cosa que a veces me pone un poco nervioso.
Nunca sé cómo reaccionar para que no parezca que estoy gruñendo.
—Solo estoy esperando al nuevo.
—¿A Luciano? —pregunta ella.
Bueno, por lo menos su hija es menos inteligente y me ha dado el nombre del chico .
—Sí.
—Solo lleva una semana trabajando aquí, si ha pasado algo… No se lo tomes en cuenta, es un buen chico.
—Seguro que sí —murmuro.
Me observa con el ceño fruncido y luego mira a su padre, que le devuelve el gesto encogiéndose de hombros como respuesta a las preguntas que parece estar haciéndole con la mirada.
—No te preocupes, solo quiero preguntarle una cosa —repito—. Ayer nos llevó un pedido a casa de Nicole.
—Ah, sí —interviene ahora su padre—. Milán me llamó personalmente para encargar vuestra cena. Lleva semanas sin venir al día de las pizzas kilométricas, ya me tenía preocupado.
—Está bien —aseguro—. Ocupado con el trabajo, como siempre.
—Trabaja demasiado —se queja el hombre. Saca una botella de vino Chianti y la planta sobre la barra junto a una copa—. De tus favoritos. —Me guiña un ojo antes de descorchar el vino y servir un poco.
Me llevo la copa a los labios y doy un sorbo, saboreando el sabor seco y ácido del líquido de color carmesí.
—Exquisito —murmuro, todavía con el sabor en mis labios.
—Voy a sacarte un plato de raviolis para hacer más amena la espera —comenta Ángela antes de dar media vuelta y volver a la cocina.
No tenía pensado cenar fuera, pero me acabo remangando y tomo asiento en uno de los taburetes altos que hay frente a la barra. Federico me pone al día de las aventuras de sus nietos en el colegio mientras devoro la comida que ha preparado su hija.
El tiempo pasa bastante rápido y, para cuando me doy cuenta, aparece un chico escuálido vestido de negro y con el cabello rapado.
Entrecierro los ojos y lo observo con atención, aunque parece estar tan sumido en su trabajo que no nota mi presencia.
Mis ojos se clavan en los suyos, y asiento internamente cuando compruebo que tiene una cicatriz que le cubre todo el párpado.
Doy un último sorbo a mi copa de vino, apurando el contenido hasta el final, y coloco los cubiertos y la servilleta que he utilizado sobre el plato, que ahora está completamente vacío.
La verdad es que Ángela, Priscila —la otra cocinera— y Tadeo —el pizzero—, tienen unas manos increíbles y una vez que comes en este sitio, no puedes evitar repetir.
Me acerco al chico, que ahora me está mirando de reojo, y apoyo un brazo sobre la barra, justo a su lado.
—Buenas noches, ¿necesita algo? —pregunta el muy imbécil.
—Hablar contigo.
—¿Perdone? —Frunce el ceño—. ¿Le conozco de algo?
—No, pero no te preocupes, que en un momento lo vas a hacer. —Me acerco a él, simulando que voy a coger un trozo de papel del servilletero que hay a su otro lado—. Te quiero fuera en un minuto —susurro antes de dar media vuelta y caminar hasta llegar a la puerta de salida.
En cuanto salgo, el aire fresco me golpea en la cara y revuelve un poco mi pelo, que ya está bastante desordenado después de todo el día de aquí para allá. Se agradece el cambio de temperatura, ya que dentro del establecimiento hace bastante calor.
Cruzo la terraza del restaurante, donde algunas familias y turistas cenan tranquilamente, disfrutando del buen ambiente que empieza a haber en esta época del año.
Pasan exactamente cincuenta y seis segundos hasta que aparece el tal Luciano, con el ceño fruncido y el casco de la moto en la mano.
—Usted dirá… —murmura cuando nos hemos apartado lo suficiente del resto de comensales.
—Eres nuevo, ¿verdad? —Asiente con la cabeza—.
Genial. —Apoyo mi mano en su hombro y lo aprieto ligeramente—.
Pues yo soy un cliente habitual. Conozco a los dueños desde hace muchos años, por lo que nos veremos las caras con bastante frecuencia a partir de ahora.
Así que, lo mejor será que nos llevemos bien, ¿no crees?
—Sí… Claro… —titubea. Intensifico la fuerza con la que sujeto su hombro, haciendo que se retuerza ligeramente hacia el lado izquierdo—. Yo… Tengo… Tengo que volver al trabajo.
—¿Sabe tu jefe que te dedicas a abrir los pedidos de los clientes y dejarles notitas en su interior?
Su rostro palidece y sus ojos parecen estar a punto de salirse de sus órbitas.
—¿Qué? —empieza a balbucear—. No sé de qué habla.
Se suelta de mi agarre e intenta dar media vuelta, pero se lo impido agarrándolo por la tela de la camiseta, y estampo su espalda contra la pared.
—Escúchame bien —comienzo a decir, haciendo fuerza para que no pueda apartarse de nuevo—.
Tienes la oportunidad de salir de aquí ileso, volver a tu puesto de trabajo y hacer como si nada de esto hubiera pasado.
No volveremos a hablar y tampoco tendrás que dejar tu puesto de trabajo.
—Traga saliva—. Tan solo tienes que decirme quién te mandó poner esa nota en el interior de la caja de pizza. Solo eso. Un nombre y te dejaré en paz.
—Yo no hice nada —insiste. Lo separo un poco de la pared para volver a inmovilizarlo con más fuerza, haciendo que suelte un pequeño quejido. Sus ojos están bañados en miedo y su cuerpo tiembla bajo mi mano—. Voy a llamar a la policía.
—Para eso primero tendrás que conseguir escapar de mí, ¿no crees? —Lo aprisiono, esta vez con las dos manos. Acerco mi cara a la suya y puedo oler el miedo a tan poca distancia. Esbozo una pequeña sonrisa. Ya había olvidado la sensación tan placentera de tener el control—. Un nombre. Ya.
—Si no me suelta ahora mismo, gritaré.
—Si no me dices ahora mismo el nombre de la persona que te mandó hacer aquello, esta noche acabarás en urgencias —siseo—. Puede que con algún hueso roto, quién sabe.
—¿Es usted un psicópata, o qué? Suélteme. —Intenta zafarse de mi agarre torpemente—. Ni siquiera sé lo que ponía en la nota, solo cumplí una orden. No tengo nada que ver, de verdad. ¡Suélteme!
—Nos empezamos a entender, Luciano, nos empezamos a entender. —Con la mano que tengo libre, le doy un par de toques en la mejilla con la palma de mi mano—. Dime quién te mandó hacerlo.
Se muerde el labio de forma nerviosa y mira a nuestro alrededor mientras intenta soltarse de mi agarre. Desde aquí puedo escuchar girar los engranajes de su cabeza mientras se machaca pensando en una forma de escapar.
Vuelvo a estampar su espalda contra la pared. Lo fuerte que han sonado los huesos de su espalda contra el muro de piedra me dice que ha tenido que dolerle bastante. Aprieto mi agarre un poco más, cada vez más cerca de su cuello, haciendo que el chico tosa un poco al empezar a faltarle el aire.
—El Sultán —termina diciendo.
Mis ojos se abren de par en par y, poco a poco, la mano con la que lo sujetaba pierde fuerza hasta que acabo soltándolo por completo.
Me quedo inmóvil, sintiendo el eco de sus palabras repetirse una y otra vez en mi cabeza. Él me mira, esperando una respuesta o algún tipo de reacción por mi parte. Pero no puedo dársela; siento que todo el aire que tenía en mis pulmones se ha escapado de golpe.
¿En qué está metida Gia y por qué la persigue el mafioso con más poder de toda Turquía?