Todos los atardeceres en los que me enamoré de ti (Cielos opuestos 1) 22 | HAY MUCHAS COSAS QUE NO SABES DE MÍ
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22 | HAY MUCHAS COSAS QUE NO SABES DE MÍ

Gia

Luca estaciona la camioneta a unos metros de distancia de su lugar especial, el mismo pedazo de campo en el que un enorme árbol milenario de tronco grueso y grietas que revelan su resiliencia ante la naturaleza y el cambio climático sostiene un columpio de madera que cuelga de una de sus fuertes ramas.

Desde aquí, Cortona se extiende imponente ante nuestros ojos, regalándonos una vista panorámica de toda la hermosa y mágica ciudad, ahora bañada por los rayos de sol dorados que juguetean con los tejados de los edificios, creando una estela de luces y sombras.

—¿Qué hacemos aquí? —pregunto cuando ambos nos hemos bajado del coche.

—He pensado que te haría falta desconectar un poco.

Lo miro, pero no me devuelve el gesto. Sus pupilas están clavadas en el paisaje que tenemos frente a nosotros. Se sienta en el lado derecho del columpio, y con un movimiento rápido de cabeza me anima a hacer lo mismo.

He intentado disimular lo mejor posible, así que no sé cómo se ha dado cuenta de que me pasa algo.

He tratado de disfrutar de la tarde con Milán y de borrar de mi mente cualquier pensamiento relacionado con mi vida anterior, con los sucesos que me han llevado hasta Cortona, o el hecho de que alguien me está persiguiendo y sabe en todo momento dónde estoy.

De verdad que lo he intentado, pero se me ha hecho imposible.

Por mi cabeza pasaban una y otra vez las mismas imágenes desagradables en las que un hombre acaba muriendo por mi culpa, para meses después, morir yo en sus propias manos por pura venganza.

Y aunque mi mente intenta bloquear esos pensamientos todo el tiempo, no puedo evitarlo porque tengo muchísimo miedo.

No sé cómo está mi padre ni si lo que estoy haciendo aquí está sirviendo de algo.

Tampoco sé si voy a conseguir mantenerme a salvo y salir ilesa de todo esto.

—Estoy bien, no hacía falta —me quejo, sentándome a su lado.

Me desabrocho las sandalias, las dejo a un lado en el suelo, y sonrío cuando los dedos de mis pies rozan la hierba, caliente por el sol, con cada balanceo.

—No dejas de pensar en la nota que encontraste ayer, ¿verdad? —pregunta por fin.

—No había pensado en eso hasta ahora, pero gracias por recordármelo —miento. Parece notarlo, porque me mira con una ceja alzada.

—Ya, claro —ironiza—. No te has pasado toda la comida removiendo los espaguetis, ni toda la tarde con la mirada perdida en medio de la nada mientras Milán, ilusionado, te hacía un tour por la ciudad.

—Pues sí que has estado pendiente de mí, eh.

—Siempre lo estoy —responde de forma tranquila, como si sus palabras no provocaran una descarga en mi interior, como si no acabaran de liberar una bandada de mariposas que, hasta este momento, estaban bien escondidas, mientras que ahora aletean de forma descontrolada por todo mi estómago.

Me mira, y sonríe—. Hay que tener localizado al enemigo —bromea.

Pongo los ojos en blanco, aunque mi corazón sigue bombeando con fuerza mientras sus ojos permanecen clavados en los míos.

—Entonces debo ser tu enemiga favorita —murmuro—, porque me has traído dos veces a tu sitio especial.

—No te acostumbres. —Empuja suavemente mi hombro con el suyo.

—Podría hacerlo. —Le devuelvo el gesto, cómplice—. ¿Sabes? No estoy acostumbrada a que la gente se dé cuenta de que estoy mal. Todo parece más sencillo con una sonrisa. Las personas suelen cansarse de que los demás estén mal o se sientan tristes. Todo es más fácil si siempre estás feliz.

Suspiro.

—Y yo no estoy acostumbrado a necesitar que me cuentes qué es lo que se te pasa por la cabeza.

Sus ojos azabaches brillan de una forma distinta. El aire se llena de un silencio que, en lugar de ser incómodo, llena los espacios en blanco con las palabras que no nos atrevemos a pronunciar en voz alta.

—¿Alguna vez has tenido la necesidad de empezar de cero?

—pregunto con la mirada perdida en el horizonte, que empieza a colorearse de tonos morados, convirtiendo el cielo en una mezcla de colores fríos y cálidos a la vez—.

¿O has sentido que cargas con un peso tan grande que seguir caminando te resulta imposible a menos que te quites la mochila de la espalda?

—Sí —responde y giro mi cabeza hacia él cuando siento su mirada clavada en mí—. Yo también hui de mis raíces.

Mis ojos se abren de par en par, sorprendidos ante su confesión.

—¿Por qué lo hiciste? —inquiero con curiosidad.

—Porque no sabía cómo enfrentarme a mi realidad sin seguir haciendo daño a los demás. —Suelta un largo suspiro—. Me sentía perdido y necesitaba encontrarme a mí mismo… Dejar atrás todo lo que me hacía sufrir y comenzar de nuevo, siendo yo la persona encargada de escribir mi propia historia.

Asiento con la cabeza de forma inconsciente, pues entiendo bastante bien lo que dice.

—¿Echas de menos quien eras?

—No. —Se encoge de hombros—. Pero sí que echo de menos a las personas que dejé atrás.

—Yo también —confieso con la voz quebrada—. Pero siento que el dolor me sigue persiguiendo a pesar de la distancia. Creo que hay cosas que, por más que uno se esfuerce, no puede dejar atrás. Son como una sombra de la que no se puede escapar.

—Es imposible huir de lo que uno se esconde cuando se trata de sí mismo.

—Suspira y clava su mirada en el horizonte—.

Puedes ir hasta la parte más recóndita del planeta, empezar de cero una y mil veces, pero siempre te perseguirá el dolor de tu pasado, el peso de tus acciones y de todas tus decisiones, de todos los errores que no pudiste cambiar.

.. —Niega con lentitud—. Esa mochila que todos cargamos a nuestras espaldas siempre va con nosotros a cualquier lugar.

Y, a veces, con el paso del tiempo, incluso pesa más.

Parpadeo un par de veces, sorprendida ante la profundidad de sus palabras.

—Nunca pensé que pudieras pronunciar tantas palabras seguidas sin atragantarte —digo en un intento de restarle un poco de intensidad al momento—. Ni tampoco que llegarías a entenderme tan bien.

Lo miro de reojo y veo que se encoge de hombros.

—Hay muchas cosas que no sabes de mí.

—Pues cuéntamelas —me escucho decir de forma apresurada—. Quiero conocerte.

Me observa dubitativo y en sus ojos veo una sombra de indecisión, como si tuviera una lucha interna ahora mismo y sopesara la posibilidad de abrirse a mí o, por el contrario, volver a cerrarse en sí mismo.

—¿Qué quieres que te cuente? —termina diciendo con la mandíbula tensa, como si le costara pronunciar cada palabra.

—¿De dónde eres? ¿Tienes hermanos? ¿Cómo supiste que querías ser veterinario? ¿Cuál es tu animal favorito? ¿Has estado enamorado alguna vez? —pregunto de forma rápida, sin apenas tomar aire entre una pregunta y otra.

—Esas son demasiadas preguntas. —Frunce ligeramente el ceño.

—Bueno… Tengo tiempo de sobra. —Subo las piernas al asiento y me acomodo como si estuviera en medio de una simple charla con un amigo—. Puedes responderlas una a una.

—No —responde seco—. Solo te responderé a una pregunta, así que escoge bien.

Me mira y trago saliva. Estoy nerviosa. Está demasiado cerca y, por si esto no fuera motivo suficiente para estarlo, sus ojos me repasan con atención, como si intentara estudiar mis gestos o quisiera memorizar alguna de las facciones de mi rostro.

Me pierdo un par de segundos en sus rasgos marcados y en la intensidad con la que me observa, aunque siempre parezca estar de mal humor cuando está junto a mí.

Supongo que el caernos mal es algo mutuo.

Podría preguntarle mil cosas, quedarme con algo básico como «¿Cuál es tu color favorito?» «¿De dónde eres?» «¿Por qué siempre parece que estás de mal humor?», pero en lugar de hacer eso, pregunto la primera tontería que se me pasa por la cabeza y la que más curiosidad me genera en estos instantes:

—¿Has estado enamorado alguna vez?

Noto la forma en la que su mandíbula se tensa. Cierra los ojos con fuerza durante algunos segundos, como si tratara de contener algo en su interior que amenaza con desbordarse y, cuando finalmente los abre, sus iris no solo están más oscuros, sino también ligeramente aguados.

—Sí —responde finalmente. Abro la boca para decir algo, pero la vuelvo a cerrar cuando me fulmina con la mirada—. Se acabaron las preguntas —gruñe, con su característico ceño fruncido.

—Perdona si he preguntado algo que no debería… —Bajo la mirada—. No era mi intención.

—Si no te importa, me gustaría volver a la villa. Estoy cansado.

—Claro. —Me levanto del columpio con cuidado de no caerme, y me pongo las sandalias antes de seguirle por el camino hasta la camioneta—. Oye, Luca. —Se gira cuando escucha mi voz, quedando frente a mí—. Gracias por traerme.

—No ha sido nada. Yo también necesitaba distraerme un poco.

—Pues gracias por haberte distraído conmigo.

No dice nada más.

Se sube al coche y espera con el cinturón puesto a que yo haga lo mismo.

Tampoco hablamos nada más durante el camino; él se mantiene con la mirada fija en la carretera, aunque parece que, en lugar de concentrarse en el paisaje, su cabeza está dispersa en otro lugar, quizás en alguno que se haya removido por mi culpa.

Me siento un poco incómoda, y no por estar en silencio junto a él, sino por la idea de haberlo molestado, de haber estropeado esa pequeña tregua que habíamos formado sin darnos cuenta. Me estaba mostrando un pedazo de él, a pesar de lo mucho que le cuesta. Y ahora… también he estropeado eso.

No quiero que vuelva a cerrarse en sí mismo. Quiero conocerlo y descubrir el misterio que envuelve su mirada.

Luca

Suelto de forma despreocupada la puerta de entrada a la pizzería de Federico, dejando que se cierre de un portazo que enseguida llama la atención de los clientes que están disfrutando de su cena, y de parte del personal, que me miran con los ojos abiertos de par en par.