21 | ACTUAR CON NORMALIDAD
Gia
Me encanta el verano, pero no soporto el calor. No sé si esto tiene algún sentido, pero todos los años cuando llega esta época, lo único que hago es contar internamente los días que faltan hasta la siguiente estación.
Disfruto del ambiente, de los días soleados y alegres que parecen eternos, del olor a crema solar, del sonido del mar mientras leo un buen libro, de las terrazas de los bares llenas de gente hasta bien entrada la medianoche o de los planes improvisados que acaban en helados derretidos y risas, muchas risas.
Pero, por otro lado, el calor sofocante, las noches pegajosas que no te dejan pegar ojo, o la sensación de que el aire es tan seco que apenas te deja respirar, me agotan.
Además, por culpa de las altas temperaturas, siempre me baja mucho la tensión y acabo pasándolo bastante mal.
Llevo quince minutos de retraso. No sé cómo lo hago, pero siempre llego a todas partes tarde; supongo que es mi especialidad.
Abro el armario y elijo un vestido celeste con un estampado de florecitas, escote en forma de corazón y una abertura en la pierna derecha que deja parte de mi piel al descubierto.
Me calzo con unas sandalias y cojo una chaqueta por si llego más tarde de lo acordado y acaba refrescando; también lleno mi bolso con todas las tonterías que encuentro tiradas por la habitación, además del móvil y la cartera, que es lo único que realmente voy a necesitar.
Me maquillo con lo básico para resaltar las facciones de mi cara.
Recojo mi cabello en una coleta baja, dejando que los mechones delanteros caigan a cada lado de mi rostro, y en lugar de atarme la coleta con un coletero, lo hago con uno de mis habituales pañuelos, realizando un nudo desenfadado que logra que el trozo de tela se balancee hacia los lados con mis movimientos, aportando vida a un peinado tan simple.
Un estilo completamente distinto al que usaría la antigua Gia, pero que cada vez me gusta más.
Me doy el aprobado a mí misma cuando me echo un vistazo en el espejo largo de pared que hay cerca de la entrada. Cojo mis cosas y salgo de la habitación antes de que se me haga más tarde.
He quedado con Milán para comer y luego ha prometido enseñarme cada rincón de la ciudad. Pese a que sigo con el cuerpo cortado después de la nota que recibí ayer, tengo bastantes ganas de verlo, porque sé que me ayudará a distraerme y a pasar un buen rato, y eso es justo lo que necesito.
Ayer por la noche, en cuanto llegamos a la villa, fui a hablar con Micaelo, al que desperté cuando justo acababa de irse a dormir, y le conté lo ocurrido en casa de Nicole.
Pese a que intentó parecer tranquilo y transmitirme confianza, su mirada estaba llena de sorpresa e incertidumbre.
Tengo claro que, aunque intente disimularlo, él tampoco se esperaba un movimiento como ese.
Mi cabeza sigue intentando bloquear cualquier pensamiento que no sea sentir que aquí estoy a salvo, tal y como me prometió mi padre cuando decidió que este sería mi destino, donde empezaría mi nueva vida.
Sé que él jamás dejaría que me pasara nada malo y que está haciendo todo lo que está en su mano para evitar que me encuentren.
Aunque, siendo realista y dejando de mentirme a mí misma, ya lo han hecho; lo que no entiendo es quién ha descubierto mi paradero y por qué aún sigo con vida después de lo que hice.
Micaelo piensa que lo mejor es fingir indiferencia y actuar con normalidad mientras sus hombres se encargan de averiguar quién es la persona que está siguiéndome.
Además, según él, esto hará que la persona siga enviándome algún que otro mensaje, lo que nos puede ayudar a encontrarlo antes.
No estoy del todo de acuerdo, pero no sé qué otra cosa puedo hacer; así que aquí estoy, fingiendo que el cuerpo no me tiembla por dentro, que no tengo el corazón desbocado y que tampoco estoy muerta de miedo.
Esbozo una sonrisa al salir de la villa y agarro con mi mano el asa del bolso que cuelga por mi hombro en un intento de que nadie note lo mucho que tiemblo en estos momentos.
Mi corazón da un vuelco y suelto un pequeño grito cuando una mano firme me sujeta del brazo y me obliga a girar en su dirección.
—¡Luca! —exclamo aliviada, llevándome una mano al pecho, intentando controlar mi respiración acelerada.
Nunca me había alegrado tanto de ver a este chico como ahora mismo.
—¿Por qué gritas? —inquiere, mirando a nuestro alrededor.
—Me has asustado, imbécil.
—No es mi culpa que estés medio sorda y no me escuches cuando te llamo.
—Hablas muy bajito —protesto.
—Y tú gritas demasiado.
Resoplo.
—¿Qué quieres? Tengo prisa.
—¿Necesitas que te lleve? —Mis ojos se abren de golpe, incapaces de ocultar la sorpresa—. Ya sabes… Para que no vayas sola y eso.
—Puedo ir sola, no va a pasarme nada a plena luz del día.
—Eso nunca se sabe.
No aparta su mirada de la mía, como si tratara de averiguar la verdadera respuesta a través de ellos.
—Vale, como quieras —accede, alzando las manos en alto en señal de rendición—. ¿Te importaría acercarme a un sitio? No tengo el scooter .
—¿En serio? —Pongo los ojos en blanco. Esboza una sonrisa y asiente con la cabeza—. Vale, te llevo.
Sé perfectamente que no tiene que ir a ningún lugar, pero me siento mucho más segura con él a mi lado, así que me hago la tonta y le sigo el juego.
—¿Quieres que conduzca yo? —pregunta cuando estamos frente a la camioneta—. Si lo haces tú, no llegaremos hasta esta noche. Eres tan lenta como una tortuga.
—¡Oye! —me quejo, pero le acabo dando las llaves. Siempre he sido muy cómoda y he preferido que me lleven a todas partes—. No es verdad. Solo intentaba acostumbrarme a mi nuevo coche, ya te lo dije.
—Sí, claro.
—Madre mía, esto es tan viejo que no tiene ni aire acondicionado —murmuro una vez dentro del vehículo.
Me pongo el cinturón y espero a que Luca decida que es buen momento para dejar de mirarme con esa sonrisa ladeada que me provoca taquicardias y arranque ya el maldito coche.
—Hablaré con Micaelo —murmura—. Quizás pueda contratar a alguien para que te abanique en cada trayecto.
—Qué gracioso.
Bajo un poco la ventana y dejo que la brisa golpee mi cara, aunque me arrepiento de inmediato cuando noto el aire caliente.
Con la mejilla apoyada en mi mano y el codo descansando en la ventanilla, me dejo absorber por la magia del paisaje que pasa frente a mí, lleno de cipreses que se inclinan ligeramente mecidos por la brisa, como si nos saludaran al pasar entre ellos.
La voz de Luca me hace girar la cabeza de nuevo en su dirección.
—Hoy te has peinado diferente —murmura, sin apartar la vista de la carretera campestre en la que nos adentramos.
Aparto la mirada, sintiendo un calor interno recorrer mi cuerpo por completo y posarse en mis mejillas.
Sin duda, hay que arreglar el tema del aire acondicionado, porque en este coche no se puede respirar.
Nerviosa, me peino un poco el flequillo con los dedos cuando el viento esparce los mechones por mi cara, que no tardan demasiado en quedarse pegados en mis labios por culpa del brillo que me apliqué en ellos antes de salir.
—Sí, quería probar algo nuevo. —Carraspeo cuando escucho mi voz en un tono más bajo de lo normal, casi en un susurro.
—Te queda bien.
Siento un pellizco en el estómago tan grande, que la sensación me pone los vellos de punta.
Fijo mi vista en la carretera en un intento de fingir que estoy sola e ignorar la presencia del chico que me acompaña, aunque el hecho de que el olor adictivo de su perfume se haya adueñado de todo el vehículo no ayuda demasiado.
—Disfruta del día. —Su voz ronca corta el silencio que nos había acompañado durante casi todo el camino cuando estaciona la camioneta en un aparcamiento que encuentra libre, cerca del lugar donde he quedado con Milán para comer—.
Pero vigila bien tus espaldas —añade, y no sé si era su objetivo, pero sus palabras consiguen estremecerme—.
Si notas alguna mirada o algún comportamiento extraño, me da igual de quién sea, llámame. Estaré dando una vuelta por la zona.
—¿Toda la tarde? —Alzo una ceja.
—¿Por qué no? —Se encoge de hombros—. A mí también me gusta hacer turismo.
—¿Por qué no vienes con nosotros? —propongo.
—Porque no soy ningún sujeta velas, ni tampoco quiero estropear vuestra cita.
—No es ninguna cita, solo somos dos amigos que han quedado para comer.
—¿Amigos? —Chasquea la lengua—. Muy rápido te haces tú amiga de la gente.
—Es lo que tiene ser una persona sociable y no un bloque de hielo.
—No soy ningún bloque de hielo —gruñe, con la mandíbula tensa.
—Lo eres. Pero no te preocupes —me acerco un poco a él—, hasta el trozo de hielo más sólido se derrite con un poco de calor.
Sus ojos oscuros se clavan en los míos.
—¿Eso crees? —Se inclina hacia delante, acortando la distancia que nos separa.
—Sí —respondo, sosteniéndole la mirada.
Se humedece los labios suavemente y no puedo evitar fijarme en el recorrido que hace su lengua.
Su mirada me atraviesa como si su intensidad fuese capaz de indagar en lo más hondo de mi ser.
Esboza una pequeña sonrisa y siento mi corazón bombear de forma descontrolada cuando acerca una de sus manos a mi rostro y juguetea con uno de los mechones de mi flequillo.
—Pues entonces deja de mirarme así, piratilla.
—¿Así cómo? —titubeo al sentir su aliento mentolado acariciar mi piel.
Estamos cerca. Muy cerca. Lo único que nos separa es el hueco estrecho del reposabrazos. Nuestros ojos se buscan desesperados, y el aire está tan lleno de tensión, que parece que, en cualquier momento, algo va a explotar entre los dos.
—Como si quisieras derretirme —acaba diciendo en un susurro entrecortado, sin dejar de mirar mis labios, que acaban de abrirse ligeramente, sorprendidos ante su atrevimiento.
Trago saliva.
—¿Y si quiero hacerlo?
Echa la cabeza hacia atrás y suelta una pequeña carcajada.
—No tendrías que esforzarte demasiado.
Enreda el dedo en uno de los rizos que caen por mi espalda, atados en la coleta desenfadada.
Se recrea cuando sus dedos rozan la tela del pañuelo y juguetea con él; la otra mano la tiene apoyada sobre el reposabrazos, y en uno de mis movimientos torpes y de forma completamente accidental, nuestros dedos acaban rozándose.
Un roce inocente, completamente inofensivo, pero que provoca una descarga eléctrica que parece que ninguno de los dos es capaz de ignorar.
—¿Eso qué quiere decir? —Mi voz suena entrecortada.
El silencio nos envuelve de nuevo y nuestros ojos juguetean entre ellos. Nuestras manos siguen pegadas la una a la otra; soy consciente de que mi piel quema, pero la suya arde.
Unos toquecitos contra el cristal de la ventanilla me hacen volver a la realidad, dando un pequeño salto sobre el asiento con el que me separo de Luca.
Me giro hasta encontrarme con Milán, que nos saluda con la mano sonriente.
—¡Qué susto! —exclamo, con la mano en el pecho. Miro de reojo a Luca y veo que está sonriendo.
—¿Qué hacéis? —pregunta desde fuera—. ¿Interrumpo algo?
—Claro que no —responde, de forma cortante, su amigo.
Ambos salimos del coche y nos paramos frente a Milán, que no parece dispuesto a saludarnos, sino a hacernos pasar por su pequeño interrogatorio.
—Parecía que ibais a besaros.
¿Y por qué narices nos has interrumpido?
—¡Claro que no! —me hago la ofendida. O puede que lo esté, no lo sé—. Y no vuelvas a hacer eso. —Le doy un manotazo en el hombro—. No te he sentido llegar y me has dado un buen susto. ¡Menudo día llevo hoy! ¡Me va a dar algo malo en el corazón!
—Es que estabas distraída comiéndote con la mirada a mi amigo..., ¿cómo pretendías notar mi presencia? Diez segundos más y explota el coche con la tensión que os traéis los dos. —Nos señala con el dedo.
—Pero ¡qué dices! ¡Dile algo! —me dirijo en esta ocasión a Luca, que me mira divertido y se encoge de hombros con las manos metidas en los bolsillos.
—Me has robado la cita, tío. —Milán le da un codazo a su amigo, que enseguida vuelve a su pose natural de gruñón y se pone serio, tensando la mandíbula.
—Oye, no es ninguna cita —intervengo cuando empezamos a caminar—. Quedamos en que era una reunión de amigos.
—¿Y no puede ser de primos? —Alzo una ceja, sin entender muy bien a qué se refiere—. Ya sabes, cuanto más primo… más me arrimo —bromea.
—Milán, cállate —gruñe Luca. Lo agarra por el cuello de su camisa y tira de él hacia atrás hasta separarlo de mi lado y colocarse él mismo en medio de los dos—. Y cuéntanos cómo te fue anoche con Nicole. ¿Cómo están los mellizos?
—Ni me los menciones ahora mismo. Los adoro —me aclara cuando ve mi expresión—, pero anoche me vomitaron encima. Los dos. Todo lo que habían cenado —puntualiza.
—Eso te pasa por pedir pizza y no hacer caso a Nicole.
—¿Qué puedo hacer? —Se encoge de hombros—. Está guapísima cuando se enfada.
Suelto una risita.
—¿Te acuerdas de si el repartidor era el mismo de siempre? —pregunta Luca.
—No. Creo que es un chico nuevo, porque hasta ahora, no lo había visto. —Luca y yo nos miramos—. Y ya sabes lo mucho que me gusta disfrutar del día de las pizzas kilométricas. Son los viernes —me informa, como si me importara lo más mínimo ahora mismo—, por si te interesa que vayamos un día.
—¿Y recuerdas cómo era físicamente? —sigue preguntando su amigo.
Yo jugueteo con mis dedos, nerviosa, y me muerdo el interior de la mejilla.
—Ni idea... ¿Por qué? ¿Ha pasado algo? —Frunce el ceño, extrañado ante su insistencia—. ¿Se quedó con más dinero del que debía o algo así?
—Sí —responde cortante—. Algo así. ¿No te acuerdas de ningún rasgo físico importante? Me gustaría hablar con él, pero no quiero que se enteren los jefes. Quizás fue un fallo tonto, y no me gustaría que le despidieran por eso.
—Mmm… Lo único que recuerdo es que tenía una cicatriz que le atravesaba la ceja y parte del párpado. Parecía Scar , de El Rey León . —Abre la puerta del restaurante y espera que entremos antes de hacerlo él—. ¿Te quedas a comer con nosotros, Luca?
—Sí —accede, mirándome de reojo.
El corazón me da un vuelco, pues no contaba con este repentino cambio de planes.