Todos los atardeceres en los que me enamoré de ti (Cielos opuestos 1) 20 | PIZZA PARA CENAR #2
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20 | PIZZA PARA CENAR #2

Me mira con una intensidad que quema, con una advertencia escondida tras sus pupilas, una amenaza llena de peligro... del riesgo que supone su cercanía, de la que se me hace imposible alejarme, porque cada vez que lo intento, algo me vuelve a atraer a ella como un imán.

—Bueno, si no hay más remedio —accedo.

Nos subimos al coche y tardamos en salir bastantes más minutos de los que mi paciencia es capaz de soportar, pues necesita daptarse a las malditas marchas.

Me burlo de ella y de lo nerviosa que se pone cada vez que intenta arrancar y el vehículo se cala, y sus movimientos cada vez son más torpes, mientras me repite una y otra vez que conduce muy bien, pero que está acostumbrada a coches con marchas automáticas y no a máquinas tan anticuadas como esta , según dice ella

***

La noche transcurre con más rapidez y normalidad de lo que me gustaría admitir y la verdad es que no me siento tan incómodo como pensaba que estaría.

Paso un buen rato hablando con los chicos con un partido de fútbol de fondo, mientras que las chicas se dedican a criticar todo lo que hacemos y llenar de mimos a Alonzo y Chiara, que parecen encantados de recibir tantas atenciones.

—Os prometo que hace unas horas tenían fiebre —insiste mi amiga otra vez, al ver que los dos niños no paran de corretear entre risas por todo el salón—. No sé de dónde sacan tanta energía —murmura con un suspiro, y se echa hacia atrás para acomodarse en el sofá sin dejar de observar a sus pequeños.

—¿Es cierto lo que dice mamá? —pregunta Milán, tirándose al suelo de rodillas para estar más cerca de la altura de los niños—. ¿Estáis malitos? ¿O solo queríais ver a Milán?

—¡Queríamos verte! —responde entusiasmada Chiara, haciéndonos reír al resto.

Mi amigo abre los brazos de par en par y los niños no tardan demasiado en abrazarle con fuerza y sin dejar de chillar.

—Son unos traidores —musita por lo bajo la rubia que, aunque intenta mantenerse seria, no puede ocultar el brillo en su mirada cada vez que ve a Milán con sus hijos.

—¿Pedimos ya la cena? —propone Sienna desde el otro sofá. No hemos dejado que Nicole preparara nada; decidimos que era mejor encargar algo y que nos lo trajeran a domicilio.

—¿Qué quieren cenar mis rubios favoritos? —pregunta mi amigo, revolviendo el pelo de los hermanos.

—¡Pizza! —responden al unísono.

—¡Ni hablar! Pizza otra vez no —se queja su madre—. Luego se os suben los mocos a la garganta y acabáis vomitando toda la cena. —Niega con la cabeza—. Me niego.

—Dile a mamá —comienza a decir mi amigo, utilizando la misma táctica que usa siempre que están los niños presentes para hablar o pedirle algo a Nicole—, que vuestro super amigo Milán puede quedarse a dormir en el sofá y cuidaros si os ponéis otra vez malitos.

—¡Eso sí que no! —rebate ella.

—¡Sí, mamá! —responde entusiasmada la niña. Alonzo no suele formular muchas palabras, pero la forma en la que se aferra al cuello de mi amigo, nos indica a todos que está bastante de acuerdo con no separarse de él en toda la noche—. Podemos hacer una fiesta de pijamas.

—Sería divertido, eh —insiste el otro.

—Estás mal de la cabeza si piensas que vas a dormir en mi casa —protesta Nicole.

—No sería la primera vez. —Le guiña un ojo y la rubia resopla.

Desde aquí, y pese a la mala luz que hay en este salón, puedo apreciar el ligero tono rosado que ha coloreado sus mejillas de un momento a otro.

—¡Eso, mamá! —insiste Chiara—. El tío Milán ha pasado muchas noches con nosotros.

—Qué interesante —suelta Rodrigo entre risas.

—Es mentira —se queja Nicole antes de levantarse del sofá para separar a sus hijos de Milán—. Ya os he dicho que no se puede mentir —les regaña, señalándolos con el dedo índice.

—Pues no lo hagas, mamá —añade la niña.

Milán suelta una carcajada.

—Los niños y los borrachos siempre dicen la verdad —murmura, mirando fijamente a la rubia que, aunque él mismo lo niegue una y otra vez, le sigue robando el sentido—. Vamos a pedir esas pizzas, anda. Déjame consentir a mis pequeños, aunque sea solo esta noche.

—La de Alonzo sin lactosa —murmura antes de dar media vuelta y volver a sentarse en el sofá, junto a las demás.

—Lo sé.

Milán es quien se encarga de apuntar nuestros pedidos y encargar la cena en nuestra pizzería de confianza. Mientras esperamos, decidimos echar una partida al dominó; es algo que nos encanta hacer cuando estamos juntos.

La mesa tiembla ligeramente cada vez que colocamos una ficha con fuerza cuando conseguimos una buena jugada para nuestro equipo.

Siempre juego en el equipo de Milán, mientras que Rodrigo lo hace en el de Alessandro.

Dos y dos. Y solo un equipo ganador. Las chicas nos animan y, de vez en cuando, se burlan de nosotros, alegando que Milán es un tramposo y por eso les llevamos ventaja a los otros dos.

Pero lo cierto es que aparte de saber los conceptos y las jugadas básicas, es muy importante la compenetración con tu compañero cuando se juega en equipo.

Tienes que descifrar miradas y movimientos, y ser capaz de ver más allá, de descubrir cuáles son las fichas que el otro necesita, o el porqué de cada movimiento.

Gia, sentada a mi lado, de vez en cuando se acerca más de la cuenta, con la excusa de ver mejor mis fichas, y el olor dulce y floral que desprende su cabello, acaba distrayéndome.

No sé si es consciente del efecto que comienza a tener en mí y lo está haciendo a propósito para que perdamos, pero esta noche el ambiente entre nosotros se siente distinto, y creo que aprovecha cualquier oportunidad para que nuestros cuerpos se rocen, lo cual me tensa bastante.

La casa se llena de gritos alegres cuando suena el timbre, y me alegra no ser el único que se muere de hambre.

—¡Hoy pago yo! —grita Milán, atravesando la casa hasta llegar al recibidor, ignorando nuestras quejas desde el salón.

La mesa del comedor ya está preparada para la cena y la otra más pequeña en la que tenemos nuestro juego a medias, queda en un segundo plano con la promesa de continuar con la partida más tarde.

Gia entra al salón seguida por Milán, ambos cargados con todas las cajas entre sus manos. Parece tranquila y contenta, por lo que deduzco que se lo está pasando bien.

—Ahora llega el momento que más odio —murmura Bianca—. Descifrar qué pizza es de cada uno.

—A ver, voy abriendo las cajas y os digo. —Gia coloca la montaña de cajas en el extremo de la mesa y abre la primera tapa—. Barbacoa con extra de queso… —Su voz se corta en seco y deja caer la caja, que no tarda demasiado en deslizarse torpemente hasta manchar el suelo.

Parece tener un papel entre las manos, que enseguida esconde en el interior de su palma. Abre los ojos de par en par, completamente sobresaltada.

El tiempo parece detenerse y nuestro alrededor pasa a un segundo plano. Mis amigos le preguntan a Gia una y otra vez qué es lo que sucede, aunque ella parece tan paralizada que es incapaz de responder.

Su cuerpo tiembla y su pecho se agita con fuerza. Parece a punto de desmayarse.

—Dejadme a mí. —Me abro paso entre mis amigos y la agarro por los hombros antes de sacarla a la terraza, pensando en que un poco de aire le vendrá bien.

Se apoya en la barandilla, con los hombros tensos y las piernas temblando como un flan. Tiene la respiración entrecortada y no deja de mirarme asustada, negando con la cabeza.

—Oye… —Me acerco a ella—. Mírame. —La agarro por el mentón y la obligo a cruzar su mirada aguada con la mía—. No pasa nada. Respira.

—No… puedo… —Con cada palabra, su pecho se agita de forma más descontrolada—. Respirar...

—Sí que puedes. Hazlo conmigo, respiremos juntos. —Sus ojos se abren todavía más—. Inhala… —Lleno mis pulmones de aire y lo mantengo durante algunos segundos. Ella intenta hacer lo mismo, aunque no aguanta tanto tiempo con el aire en el pecho—. Y exhala. —Lo suelto poco a poco—. Otra vez.

Repetimos el mismo procedimiento varias veces, obligándola a no apartar la mirada de mí hasta que consigue relajarse un poco.

Abro las palmas de sus manos, que hasta ahora estaban cerradas con fuerza en un puño, y acaricio sus nudillos, completamente blancos por la fuerza que ha estado ejerciendo con ellos.

Sin dejar de mirarla, le quito el papel que tenía escondido en una de sus manos, y doy un par de pasos hacia atrás, alejándome de ella, que intenta volver a hacerse con el trozo de papel.

Me sobresalto al leer el contenido.

¿Jugamos?

Encuéntrame antes de que yo te encuentre a ti.