Todos los atardeceres en los que me enamoré de ti (Cielos opuestos 1) 20 | PIZZA PARA CENAR
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20 | PIZZA PARA CENAR

Luca

Termino de trabajar en el establo y vuelvo a mi habitación, dispuesto a darme una buena ducha.

Después de tantas horas y del calor con el que nos ha dado la bienvenida junio, mi cuerpo está bañado en sudor.

Mi ropa, pegada a mi cuerpo por la humedad, luce manchas de polvo, tierra y heno.

Las suelas de mis botas están llenas de paja que se ha quedado atrapada entre las ranuras de las suelas.

Las dejo en una esquina al entrar para limpiarlas más tarde.

Ahora necesito volver a sentirme limpio, así que no pierdo más el tiempo.

Aprovechando que estoy solo —y que Gia no está presente para molestarme— me desnudo y rebusco en mi armario hasta dar con la ropa que voy a ponerme esta tarde para salir.

En cuanto vuelvo al cuarto de baño, abro el grifo de la ducha y dejo que el chorro caiga algunos segundos antes de meterme dentro.

El agua helada golpea mi piel caliente y el contraste de temperatura me estremece un poco al principio.

Siento que cada gota que se desliza por mi cuerpo no solo borra el sudor, sino que también se lleva todo el cansancio.

Suelo trabajar en el establo los fines de semana y siempre que puedo y tengo algún rato o día libre en la clínica, ayudo a los nonnos con el mantenimiento de la villa.

Hoy es sábado y vuelvo a reunirme con los chicos para cenar.

Esta vez, hemos quedado en casa de Nicole.

Nuestra amiga insistía en que quedáramos sin ella, ya que tiene a sus dos mellizos enfermos, pero después de mucho insistir, hemos logrado convencerla para vernos en su casa, así también le podremos ayudarla un poco con los niños sin prescindir de su compañía.

Gia también está invitada, pero no sé si logrará llegar a tiempo, pues hoy le ha tocado hacer horas extras por la tarde, ya que se ha celebrado una boda en la que requerían los servicios de Adela y sus empleadas.

Salgo de la ducha y envuelvo mi cintura con una toalla. Algunas gotas caen desde las puntas de mi cabello y recorren mi cuerpo con lentitud, siguiendo un camino imaginario por mi espalda y mi pecho, hasta perderse en la tela mojada con la que me cubro.

Me paso una mano por el pelo, revolviéndolo un poco antes de peinarlo hacia atrás y salir del cuarto de baño.

Me seco con una rapidez que logra sorprenderme y resoplo cuando compruebo el atuendo que elegí hace un rato. Quizás Gia tenga razón y tenga que renovar un poco mi armario, pero desde que llegué aquí, mi ropa es una de las cosas que menos me preocupan. O al menos, no lo había hecho hasta ahora.

Cambio el polo que había escogido por una camisa de lino un poco más arreglada, y lo combino con unos pantalones sueltos de color claro.

Recojo un poco todo el desastre de ropa que he montado en un momento, cojo la cartera y el móvil y, justo antes de abrir la puerta para salir, doy media vuelta y alcanzo el frasco de mi perfume que reposa en la cómoda de mi habitación.

Casi se me olvida, y no me gusta salir de casa sin haberme perfumado antes; creo que es algo así como una marca que me caracteriza, un olor que, impregnado en mi piel, es una forma de hacerme notar allá donde vaya.

Antes de salir, me paro a saludar a Micaelo, quien parece estar en medio de una conversación bastante entretenida con Tommaso, el recepcionista que tiene turno esta tarde.

Me apuesto lo que sea a que le está contando alguna de sus aventuras de cuando era joven, o alguna anécdota de esas con las que es imposible no acabar sonriendo.

Mi abuelo tiene un largo repertorio de ellas, y es tan parlanchín que no duda en contarlas a casi cualquier persona con la que se cruza.

— Buonasera —los saludo cuando estoy frente a ellos—. ¿Qué tal, nonno ? Hoy no te vi en la comida.

— Buonasera, figlio mio —responde sonriente—. Tuve que atender unos asuntos fuera de la ciudad. Pero no hablemos de mí, que llevo un buen rato esperándote. Menos mal que mi nuevo amigo Tommy —señala al chico con la mirada—, me ha estado entreteniendo mientras tanto.

—Seguro que Tommy… —Espero que no le moleste que imite al nonno en su forma de llamarlo, cuando todos aquí saben que se llama Tommaso—, ha estado encantado de oírte hablar sin parar ¿verdad, amigo?

—No ha estado mal —responde, titubeando—. Micaelo siempre tiene buenas historias que contar.

—No lo animes —le digo casi en un gruñido—. De verdad, no sabes lo que acabas de hacer.

El nonno se limita a soltar una carcajada.

—Ven, acompáñame fuera. Tengo algo que enseñarte.

—Claro, vamos —accedo sin dudarlo.

En cuanto salimos, la luz me golpea en la cara como una bofetada.

Entorno un poco los ojos en cuanto siento la claridad que desprenden los molestos rayos de sol que hay a esta hora de la tarde y sigo al nonno , que camina con las manos metidas en los bolsillos y la mirada fija al frente, por el suelo empedrado hasta que ambos salimos de la villa.

—¿Cómo van las cosas con Gia? —pregunta cuando nos hemos alejado lo suficiente de la entrada y nadie más puede escuchar nuestra conversación.

—Bien. —Me encojo de hombros—. Sois los dos igual de dramáticos. No le ha pasado ni va a pasarle nada. Creo que la situación no es para tanto.

—Sí que lo es.

—¿Crees que su ex la va a perseguir hasta aquí?

Me observa con los ojos entrecerrados, como si quisiera traspasar una barrera y leer en mi mirada la respuesta a alguna de las preguntas que parecen pasar por su mente ahora mismo.

—¿Qué te ha contado exactamente? —inquiere.

—Una historieta que se inventó en un momento, nada importante. —Su mandíbula se tensa—. Llevo días esperando a que seas tú el que me cuente la verdad. ¿Quién es la chica y por qué estás protegiéndola?

—Sabes todo lo que debes de saber por el momento.

—Micaelo… No me gusta que me excluyas de las cosas, ni que me ocultes información importante. Quiero saber quién es, por qué está huyendo realmente y por qué la proteges tanto —insisto—. Y si no me lo cuentas tú personalmente, sabes que lo acabaré descubriendo por mi cuenta.

—Es la hija de un viejo amigo —responde a regañadientes—. ¿Contento?

—Bueno, es todo un avance. —Asiento con la cabeza, asimilando la información que acaba de darme—. ¿De qué está huyendo?

—Ya te lo contó ella misma —dice con seriedad—. No pienso darte más detalles. Por el momento, no los necesitas.

—Yo decidiré si los necesito o no —me atrevo a replicar.

—No interfieras en mis asuntos si no quieres que yo haga lo mismo con los tuyos —amenaza, consciente de que soy capaz de leer entre líneas y deducir que sus palabras esconden parte de un pasado que sigue pesando sobre mis hombros como si llevara una mochila llena de piedras.

—Está bien. —Destenso un poco los hombros y vuelvo a cruzarme con su mirada grisácea y fría, llena de una intensidad que, a veces, resulta abrumadora.

—¿Ves este coche? —Me sorprende que cambie de tema con tanta rapidez, pero no pongo ningún impedimento, ya que no quiero acabar discutiendo con él.

Señala con la cabeza una camioneta de estilo clásico con la carrocería en un tono verde suave y el techo blanco—.

A partir de hoy, será el vehículo de Gia.

No me gusta que vuelva sola del trabajo.

—No vuelve sola. Casi todos los días la trae Penélope.

—Pues lo mismo es —gruñe—. Si no vuelve acompañada por alguno de mis hombres, es como si lo hiciera sola.

—Creo que Gia es una mujer que puede protegerse sola —añado, frunciendo el ceño—. Es capaz de eso y de mucho más.

—Pues claro que lo es —responde a regañadientes—. Pero no viene mal un poco de precaución. Ve a recogerla en la camioneta. —Me lanza las llaves y las cojo al vuelo.

—Que sepas que acabaré descubriendo lo que hay detrás de todo esto. —Lo amenazo, señalándolo con el dedo antes de subirme al vehículo.

***

Encuentro un aparcamiento libre frente a la floristería y, en cuanto estaciono el vehículo, me bajo y rodeo el coche para colocarme delante de la puerta del local.

Apoyo mi cuerpo sobre el capó y clavo la mirada en la acera hasta que, minutos después, mis ojos viajan hasta un par de piernas que caminan a paso firme hacia mí.

Subo la mirada poco a poco, siguiendo el recorrido de cada curva de su cuerpo, como si mi cabeza intentara memorizar su silueta, hasta que me cruzo con unos iris del mismo color que el café recién hecho, e igual de brillantes que los rayos del sol cuando están a punto de ocultarse al final del horizonte, llenos de una luz cálida que es imposible dejar de observar.

Sus labios carnosos se curvan en una sonrisa cuando nota mi presencia y se acomoda la tela del vestido con las manos mientras camina hacia mí.

—Hola. —Coloca un mechón rebelde detrás de su oreja, por debajo del pañuelo de pirata, que hoy es bastante más llamativo que de costumbre, con un estampado horrible de limones.

—Hola.

No sé por qué no puedo dejar de mirarla.

—¿Qué haces aquí? —Ladea la cabeza y me mira con cierta confusión—. ¿Has venido a recogerme?

—No. He venido a traerte tu nuevo coche. —Separo mi cuerpo del vehículo y lo señalo con la cabeza. Enseguida, Gia le da un buen repaso con la mirada y su sonrisa se ensancha todavía más. Asiente con aprobación y se acerca a él.

—¿De dónde ha salido? —Pasa una mano por el lateral y observa cada detalle con los ojos bien abiertos y llenos de ilusión.

Me encojo de hombros cuando me mira.

—Micaelo y los trapicheos que tenéis entre manos.

—¡Oye! —se queja a la vez que me da un manotazo en el hombro. Mi cuerpo se tensa ante el leve contacto y ella parece notarlo, porque enseguida da un paso hacia atrás y toma algo de distancia—. No tengo ningún trapicheo con Micaelo.

—Eso está por verse. —Le tiendo las llaves de su nuevo coche.

—¿Vas a casa de Nicole? —Asiento con la cabeza—. ¡Yo también!

Ya, ya lo sé, y es la razón principal por la que estuve a punto de decirle a los chicos que no podría quedar esta noche.

—¿Te llevo? —murmura después de algunos segundos de silencio.