19 | CAPITÁN GARFIO
Gia
—¿Vemos una película? —propongo cuando salgo del cuarto de baño, ahora un poco más animada.
Luca está bebiendo agua y con la mano libre sujeta otro vaso lleno del mismo líquido. Me lo ofrece en cuanto estoy frente a él y lo miro con una ceja alzada.
—Bebes muy poca agua —dice cuando ya tengo el vaso de cristal entre mis manos. Sigo mirándolo incrédula—. Bebe.
Me llevo el vaso a los labios y el líquido fresco inunda mi paladar antes de que recorra mi garganta, calmando una sed que no sabía que tenía. Definitivamente, no bebo tanta agua como debería.
—Gracias —murmuro, sintiendo algo de timidez ante su gesto, que me parece de lo más extraño—. A veces se me olvida beber agua.
—Pues que no se te olvide.
—¿Quieres que veamos una película? —propongo—. Con tanto drama se me ha ido todo el sueño.
—¿Qué te hace pensar que querría ver una película contigo? —Sus cejas se alzan sorprendidas y sus ojos me miran con un atisbo de diversión.
Qué chico más tierno.
—Solo es por hacer algo para matar el tiempo hasta que nos durmamos.
—Puedes quedarte en el salón y matar el tiempo como más te apetezca —responde—. Yo estoy cansado. Voy a leer un libro y me iré a dormir.
—¡No me digas que te gusta leer! ¡A mí también!
—Genial, otra cosa más en común. Ya sumamos un montón, eh.
—¿Eso era sarcasmo? —Enarco una ceja—. ¡Hoy estás que te sales, eh!
Lo veo poner los ojos en blanco antes de marcharse a la habitación.
Lo sigo, porque no tengo nada mejor que hacer y porque me gusta sacarle de quicio.
No tengo sueño y si yo no puedo dormir, él tampoco lo hará.
Es el precio que tiene que pagar por hacerme dormir en la misma cama que él y escuchar los ruiditos tan tiernos que hace cuando está dormido.
Con toda la tranquilidad del mundo, destapa las sábanas y, después de dejar el edredón perfectamente doblado en los pies del colchón, coloca una montaña de cojines justo en la mitad, marcando la separación que deben respetar nuestros cuerpos —tal y como yo hice anoche— y se acomoda sentado con la espalda apoyada entre su almohada y el cabecero.
—Es de noche —sigo diciendo, sentándome en la cama junto a la montaña que me separa de su cercanía—. Y por las noches… —Lo señalo con el dedo índice—. Tú y yo tenemos una tregua pactada. No te puedes echar atrás.
—No lo hago.
—Pues entonces hazme compañía —insisto—. Me siento triste y muy sola. ¿Me vas a dejar también ver una película acompañada de mi propia soledad? Pues qué triste.
—Eres una dramática —dice con una media sonrisa que me estoy empezando a acostumbrar a ver—. Estar solo no es malo, al contrario.
—Pero sentirse solo, sí —confieso apenada.
El silencio llena toda la habitación. Sus ojos me escrutan con descaro y el ébano de su mirada, tan intensa que siento que es capaz de atravesarme e indagar en lo más hondo de mi ser, eriza cada vello de mi piel.
Nuestros ojos parecen ser capaces de decir más de lo que nos atrevemos a pronunciar en voz alta.
Quizás él se sienta tan solo como me siento yo. O alguna vez se ha sentido así. Lo que tengo claro es que parece comprenderme y no veo ninguna pizca de juicio en su forma de observarme.
—Estoy cansado —se queja en casi un bufido—. ¿Qué película quieres ver?
—Una que me haga reír, ya que tú no eres capaz de hacerlo.
—Es que no tengo por qué hacerlo —replica—. Te recuerdo que solo estás aquí porque Micaelo está empeñado en que te cuide.
—Y tú, al parecer, no eres capaz de desobedecer ninguna de sus órdenes…
—Es mi abuelo —protesta—. Le debo respeto.
—Interesante.
—¿Tú llegaste a conocer a tus abuelos? —pregunta de repente.
Niego con la cabeza.
—Mi padre no se llevaba bien con mis abuelos maternos y sus padres fallecieron cuando era adolescente, así que…
no llegué a conocer a ninguno. —Me encojo de hombros, intentando parecer despreocupada ante mis propias palabras, aunque realmente se me forma un nudo en el estómago cada vez que pienso en el tema, y en cómo me he perdido tantas cosas por mantenerme leal y cerca de mi padre.
Cuando era niña, sentía una punzada de envidia cada vez que veía cómo las abuelas de mis amigas cuidaban de ellas. Todos dicen que son como una segunda madre, y a mí no solo me privaron de tener una vida junto a mi madre, sino también de no poder conocer a mi abuela.
Crecí sin ese apego maternal, sin esa persona que abraza con tan solo una mirada, sin el refugio y la comprensión que un día necesité, sin ese pilar que me ayudara a sostenerme o me llenara de sabios consejos.
Pasé mi adolescencia de la misma forma, mirando desde la distancia a las otras familias con curiosidad, a veces acompañada de un dolor silencioso que nadie a mi alrededor parecía entender, pero que con cada etapa que pasaba en mi vida crecía más.
Mi padre se volcó mucho en mí cuando mi madre murió.
Nunca me ha faltado nada, en ningún aspecto, y mucho menos, cariño.
Él se encargó de amarme con la misma intensidad con la que lo hubiese hecho la persona que me tuvo nueve meses en su vientre, forzando un lazo de unión irrompible entre ambas que perdura hasta el día de hoy, a pesar de todo.
Pero si hubiera tenido a mi madre conmigo, quizás no hubiera sentido que me faltaba algo a pesar de tenerlo todo. Ni me hubiera sentido sola a pesar de estar siempre rodeada de personas.
—¿Crees que podríamos soportar un día entero sin pelearnos? —pregunto, llamando su atención—. Sin contar nuestra tregua de las noches, claro.
—Cuando no te esfuerzas por ser un incordio no eres tan desagradable, así que supongo que sí.
—Qué cosas más bonitas me dices siempre —digo con ironía—. Voy a pensar que estás enamorado de mí en secreto y que tratarme así solo es un intento de esconder tus sentimientos.
—Se suponía que la película la íbamos a ver, no te la tenías que montar tú en la cabeza.
—Venga… ¿Puedo elegir yo? —Agarro mi tablet , que hasta ahora había estado apoyada en la mesita que tengo junto a mi lado de la cama, y la desbloqueo.
—No confío en que tengas buen gusto cinematográfico. Bueno, ni de tu gusto en general.
—Y me lo dice la persona que viste como un señor divorciado que acaba de jubilarse.
—Me gusta vestir cómodo —se defiende.
—Y anticuado —sigo diciendo—. Un día tenemos que ir de compras, me tienes que dejar modernizarte un poco.
—¿Me vas a poner un pañuelito de pirata en la cabeza? —Me mira con cierta diversión.
Alzo un poco el mentón.
—Y hasta un garfio —bromeo.
Suelta una pequeña carcajada que llena toda la habitación de luz, a pesar de que el brillo de las lámparas es bastante tenue.
Al reír se le achinan sutilmente los ojos, y unas pequeñas arruguitas aparecen en sus comisuras, como si un pedazo de la alegría que siempre intenta contener se le escapara por los bordes.
Su sonrisa blanquecina se ensancha, y ojalá nos dejara apreciarla más a menudo, porque… es preciosa.
Siento mi corazón latir de forma irregular y me sorprendo a mí misma cuando me encuentro con la mirada perdida en el chico que tengo frente a mí con una sonrisa en la cara.
—El sábado he quedado con Milán para comer. Pasaremos la tarde juntos y de ahí nos iremos al restaurante por la noche para cenar con el resto —le cuento, cambiando por completo el tema de conversación—. Quiere enseñarme un poco más de Cortona.
—Se le da fenomenal su trabajo —afirma—. Y seguro que lo pasaréis genial. Tiene la capacidad de hacer sentir bien a los demás tan solo con su compañía. Ojalá todos fuéramos como él. —Suelta un suspiro largo.
—Tú también sabes hacer sentir bien a los demás cuando te lo propones.
Me mira con cierta desconfianza.
—Es verdad —insisto—. Hoy has sabido hacerme sentir mejor cuando lo he necesitado.
—No he hecho gran cosa. —Niega con lentitud—. Nunca sé qué decir cuando alguien está mal, y eso no ayuda en nada.
—A veces, cuando uno está mal, lo único que necesita es que la otra persona esté ahí, a su lado, y que simplemente lo escuche, aunque no tenga nada que decir. Ese silencio, lleno de empatía y comprensión, es el único consuelo bien recibido en momentos de angustia.
—No lo había pensado de esa forma —responde, con el ceño levemente fruncido—. Siempre he creído que estaba estorbando a la otra persona, por no ser capaz de decir nada reconfortante ni tener el poder para arrancarle el dolor.
—Es que eso es imposible, Luca. —Sus hombros se tensan cuando me escucha decir su nombre—.
No siempre podremos hacer que la otra persona deje de sufrir o que la situación por la que está pasando cambie, y no porque no queramos o no seamos capaces de intervenir, sino porque no tenemos una varita mágica que acabe con los problemas que hay en el mundo y que tanto nos hacen sufrir —digo de carrerilla—.
La persona no necesita que le arrebates el problema, porque ya sabe que esa posibilidad no es real.
Lo único que necesita es tenerte a su lado para que la tristeza no duela tanto y los problemas pesen un poquito menos al compartirlos.
—Gracias —musita con la voz más ronca de lo normal.
Carraspea y se recompone cuando se da cuenta.
—¿Por qué?
—Porque, sin saberlo, has dicho justo lo que necesitaba oír. —Su mirada, llena de un brillo que hasta ahora no había percibido, se enreda con la mía.
—Y tú, sin saberlo, has hecho justo lo que necesitaba para ayudarme.
—¿Si te digo una cosa… me prometes que mañana harás como si no lo hubieras oído?
—Sí.
—Me gusta nuestra tregua de las noches —admite casi en un susurro, con voz ronca.
—Y a mí —confieso—. Podría acostumbrarme a ellas.
—Y también se podrían convertir en mi momento favorito del día —pronuncia sin apartar su mirada de mi boca, ligeramente entreabierta por el asombro ante sus palabras.
***
Terminamos la noche viendo Peter Pan: La gran aventura , una película que hacía años que no veía y que jamás pensé disfrutar a mis veintiocho años…
en italiano. Aunque prácticamente nos hemos tirado toda la película hablando, y a pesar de que en un principio se me hacía raro escucharle decir tantas frases seguidas, he empezado a acostumbrarme.
Y bueno, no está del todo mal. Las risas han estado aseguradas cada vez que aparecía el personaje de Garfio y, por alguna razón, Luca estallaba en carcajadas porque se acordaba de los pañuelos que suelo ponerme en el pelo.
—Es que eres tú, ¡idéntica! —sigue diciendo cuando la cara de Jason Isaacs vuelve a aparecer en pantalla—. Pero si es que tiene hasta tu mismo pelo de leona.
—¡Oye! —me quejo y le doy un manotazo. Hace ya un buen rato que los cojines dejaron de separarnos—. Con mi pelo de leona solo puedo meterme yo.
—Me gusta tu pelo —murmura sin apartar la vista de la pequeña pantalla.
Siento un cosquilleo recorrer mi estómago, de esos que llegan sin avisar, pero que parecen despertar algo de ti.
Sin mirarme, enrolla un mechón de mi pelo en su dedo y da vueltas sobre el propio rizo.
Cuando termina la película, estamos tan cansados que ninguno de los dos hace el esfuerzo por volver a colocar la montaña como separación de nuestros cuerpos. Luca se tapa con la sábana hasta la cintura y se gira para quedar frente a mí.
—Buenas noches, piratilla —murmura, sonriendo con los ojos cerrados.
—Buenas noches, capitán —respondo en un susurro.
Lo último que siento antes de quedarme dormida es que me duelen las mejillas de tanto sonreír.