Todos los atardeceres en los que me enamoré de ti (Cielos opuestos 1) 18 | GRACIAS POR ANIMARME #2
43%

18 | GRACIAS POR ANIMARME #2

Me quedaba paralizado. Por dentro, agonizando, muerto de rabia. Pero por fuera, era un bloque de hielo, incapaz de ser útil y terminar con algo que nos hacía sufrir a todos.

A mi padre nunca le gustó que expresáramos nuestras emociones.

Él tenía muy interiorizada la idea de que los hombres no deben llorar.

Fue tanta la insistencia —a base de gritos, insultos, menosprecios y golpes que nos había dedicado durante tantos años para que fuéramos, según él, « hombres de verdad» —, que me acabé encerrando en mí mismo, volviéndome incapaz de expresar ningún tipo de emoción.

Cuando llegué a Italia, algo en mí cambió: dejé atrás al chico que mis traumas familiares habían creado y empecé de cero, construyendo mi personalidad en base a lo que siempre había querido ser.

El amor, la comprensión y la paciencia que mostraron los nonnos desde el principio, removieron algunas heridas internas para ponerles la tirita que tanto necesitaban.

No sé qué vieron en mí, ni por qué me eligieron como su nieto, pero doy gracias cada día por haberlos encontrado en esta pequeña ciudad.

Enseguida hice mi grupo de amigos y en tan solo unas semanas, nos hicimos inseparables.

Ellos me han ayudado muchísimo y también me han enseñado muchas cosas sobre la vida, como la importancia del amor —en cualquiera de sus ámbitos— y, sobre todo, lo importante que es demostrarlo, al igual que cualquier otra emoción.

Creo que lo conseguí durante un tiempo, pero después de lo que pasó, no he logrado conectar de nuevo con mis emociones. No puedo ver sufrir a otra persona, me destroza por dentro porque, de nuevo, me paralizo y no soy capaz de hacer nada. Y eso me hace sentir mucha impotencia. Otra vez.

—No consigo hacer nada bien. Lo único que hago es crear problemas —vuelve a decir, sacándome del trance en el que llevaba metido unos cuantos minutos.

Sus palabras hacen que vuelva a la realidad, una en la que sus ojos oscuros me miran suplicantes, como si esperaran que pudiera borrar cada una de las lágrimas que se forman en ellos.

—¿Ha pasado algo en tu trabajo? —digo de forma más serena.

—Ha pasado que Adela se ha dado cuenta de que soy una inútil que no sabe hacer nada bien —responde entre sollozos.

—Oye, no digas eso. No eres ninguna inútil.

—Parpadea varias veces, logrando que algunas gotas saladas que se habían acumulado en sus ojos se deslicen por sus mejillas, y su mirada se suaviza al oír mis palabras—.

Eres muy desordenada, torpe, dramática..

. Un poco antipática y bastante insoportable. Pero inútil no.

—¡Así no ayudas! —me grita, limpiándose las mejillas con el dorso de la mano—. ¡Imbécil!

—Perdona. —Me revuelvo el pelo con la mano—.

También eres alegre y risueña… Y se te da bien hablar con los demás — empiezo a decir, sintiéndome algo incómodo por tener que hacer esto, pero el brillo que adornan sus ojos ahora mismo es una buena recompensa—.

Ah, y estar de cara al público también. He visto cómo tratas a los clientes y todos parecen irse muy contentos.

Tomo una pausa y me concentro en encontrar más cosas buenas que decir sobre ella, que me escucha y observa con atención, lo que me pone bastante nervioso—.

—También eres cariñosa —sigo diciendo—, o al menos, lo pareces.

No hace mucho que conoces a mis amigas y ya hasta os abrazáis como si vuestra amistad se hubiera formado hace años, en lugar de tan solo un par de semanas.

Mmm… eres amable. Bueno, conmigo no lo eres.

—Esbozo una pequeña sonrisa de lado—. Pero en general, supongo que sí.

Y pareces buena persona. Hoy día, no todo el mundo ayuda a una anciana a cruzar un paso de peatones, ni tampoco le regala una flor a una chica a la que ha notado triste.

—¿Desde cuándo me espías? —Entrecierra los párpados—. Se supone que me vigilas desde ayer y eso pasó hace unos días. No se lo digas a Adela —se apresura a decir nerviosa—, probablemente se enfade todavía más conmigo si se entera de que le faltan un par de florecitas de nada.

Sonrío de lado.

—Dime la verdad. —Me mira con los ojos marrones bien abiertos—. ¿Te está saliendo urticaria por el cuerpo ahora mismo, como una especie de reacción por haber formulado tantas palabras seguidas en un espacio tan pequeño de tiempo? ¡Y además has sonreído! —puntualiza.

—Tú también acabas de sonreír.

Se da cuenta al escucharme de que está sonriendo y enseguida frunce los labios y el ceño.

—No eres una inútil, Gia —digo con total sinceridad—. Todos hemos hecho algo mal en el trabajo alguna vez, sobre todo al principio.

—Seguro que tú no fallas en nada.

—Al contrario. —Suelto una pequeña carcajada y me rasco la nuca—.

Suelo hacer muchas cosas mal y hasta tienen que corregirme mis propios empleados.

Y bueno, a veces he tenido alguna que otra disputa con el dueño del animal porque no le gustara mi trabajo, no me viese capacitado para el puesto o simplemente porque no estuviese de acuerdo con mi forma de ser o de tratar a los demás.

No sé si te has dado cuenta, pero soy un poco reservado, sobre todo con la gente que no conozco, y no me apasiona la idea de tener que hablar con personas desconocidas cada día.

Sería mucho más fácil para mí tratar solo a los animales, que, por cierto, me entienden mucho mejor.

—Vaya, si no me llegas a decir que eres reservado, no me hubiese dado cuenta nunca.

—¿Qué le has hecho a Adela esta vez? —inquiero, ignorando su comentario—. Es una mujer muy tranquila, no suele enfadarse por cualquier cosa.

—¿Esta vez? —Me mira con la cabeza ladeada—. ¿Por qué supones que la he enfadado en más de una ocasión?

Me encojo de hombros. Creo que es mejor no responder a esa pregunta.

La he estado observando estos últimos días —porque la floristería me pilla de camino a la clínica y los cristales son tan transparentes que se ve todo lo que pasa en el interior del local, no por ninguna otra razón—, y aunque no entiendo demasiado de flores, sé lo básico después de haber pasado tanto tiempo en esta ciudad, en medio del campo y ayudando a Adela y las chicas siempre que lo necesitaban.

Con el tiempo, he descubierto que me gusta mucho ayudar a los demás. No solo por la satisfacción que siento después de hacer algo bueno por la otra persona, sino porque también lo veo como una manera de equilibrar mis carencias afectivas.

Y por las veces que he visto a Gia trabajar, no creo que Adela esté especialmente entusiasmada con su presencia.

Es bastante lenta y torpe con las manos, y no ha sido capaz en estas semanas de hacer algo tan simple como memorizar el nombre de cada flor o informarse un poco en su tiempo libre sobre sus tipos y cuidados…

Ni de cómo asesorar mejor al cliente, que a veces entra perdido a la floristería y no sabe bien qué tipo de planta escoger.

—¿Por qué buscaste trabajo en la floristería? —pregunto con curiosidad—. No parece que sea algo que te guste ni te apasione.

—Y no me gusta —confiesa—. Soy una chica de ciudad, no estoy acostumbrada a todo este estilo… rural. Nunca había estado rodeada de tantas plantas y a veces me agobio un poco.

—Pudiste haber dejado tu currículum en otro lugar —comento—.

Si necesitas buscar otra cosa, quizás Nicole pueda echarte una mano.

Trabaja en tres sitios a la vez y va cambiando según la época del año.

Acepta cualquier cosa que le salga, y seguro que puede ayudarte a encontrar otro trabajo que se adapte mejor a ti y a tus necesidades.

—Fue el primer sitio en el que me aceptaron el currículum.

Al parecer, estaban desesperados buscando personal.

—Suspira, se frota las sienes con las manos y se llena el pecho de aire, para justo después soltarlo poco a poco por la boca—.

Y no necesito encontrar otro trabajo, solo centrarme y hacer las cosas bien. Puedo hacerlo.

Esboza una sonrisa que parece bastante forzada.

—Gracias —añade casi en un susurro—. Por escucharme y animarme.

Algo se remueve en mi interior cuando la escucho decir eso. Ojalá fueran ciertas y realmente hubiese podido hacer algo por ella, pero, pese a que está sonriendo y ya no llora, sus ojos se ven igual de tristes y su rostro igual de preocupado.

Sigue hablándome, pero ya no soy capaz de comprender nada de lo que dice. Mi mente está dando vueltas a lo que ha dicho sobre la floristería.

«Fue el primer sitio en el que me aceptaron el currículum. Al parecer, estaban desesperados buscando personal». Escucho su voz en mi cabeza de forma tan nítida, que parece que sigue repitiendo la misma frase una y otra vez en voz alta.

Adela no estaba buscando personal, lo sé porque yo mismo estuve en la floristería un par de días antes de que Gia llegara y rechazó un currículum de una chica que parecía tener mucha más experiencia que ella.

Frunzo el ceño y finjo que estoy escuchando lo que dice, aunque mi cabeza esté dando vueltas a cuál puede ser el motivo por el que acaba de mentirme.