Todos los atardeceres en los que me enamoré de ti (Cielos opuestos 1) 18 | GRACIAS POR ANIMARME
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18 | GRACIAS POR ANIMARME

Gia

Me despierto justo antes de que suene la alarma de cada mañana y me maldigo interiormente por esos dos minutos de sueño desaprovechados.

Al parecer, mi cuerpo se está acostumbrando al nuevo horario.

Quién me iba a decir a mí hace unos meses que, un día iba a madrugar tanto para ir a regar plantas y vender flores.

Me tapo la cara con un cojín cuando uno de los muchos rayos de sol que se cuelan por la ventana me golpea directamente en los ojos, y la molesta y repentina claridad empieza a resultarme insoportable.

Miro de refilón hacia mi derecha y esbozo una pequeña sonrisa al ver la montaña de almohadas —perfectamente alineadas— que me separa del chico con el que tuve que compartir cama anoche. Emite un gruñido ronco antes de que la torre se desplome, golpeándome con una de ellas en la cara.

—¿Se puede saber qué es todo esto? —Su voz suena ronca y somnolienta.

Aparto el cojín de mi rostro y me atrevo a mirar el suyo, algo más hinchado gracias a las horas de sueño. Sus ojos, me observan entrecerrados. Tiene el pelo oscuro revuelto y el ceño fruncido, como la mayor parte del tiempo, que suele parecer enfadado con la vida en general.

—Una barrera para que hubiese distancia entre los dos —respondo y alza ambas cejas—. ¿Qué querías que hiciera? Te pegabas mucho a mí mientras dormías.

—Discúlpame por estar acostumbrado a dormir plácidamente en mi —enfatiza esta palabra—, cama. Y no me pegaba demasiado a ti, es que este colchón es muy pequeño para los dos.

—Pues duerme esta noche en el sofá —le sugiero.

—Duerme tú —replica—. Yo voy a seguir durmiendo aquí.

—Pues lo harás con una montaña de almohadas de por medio —le digo dedicándole una de mis mejores sonrisas.

—No hay quién te entienda —dice con un suspiro antes de levantarse.

Se estira con los brazos alzados y no puedo evitar que mi mirada se detenga en la forma en la que la camiseta se ajusta a su pecho, marcando sus músculos, que parecen bastante trabajados.

La tela se desliza levemente hacia arriba, dejando ver parte de su piel y la zona baja de un vientre que parece haber sido tallado con precisión.

Y como si se hubiese propuesto sacarme de quicio desde primera hora de la mañana, agarra la prenda por el borde bajo y se la pasa por la cabeza para justo después lanzarla al suelo, con un gesto despreocupado en el rostro que, por algún motivo, enciende mis mejillas.

Trato de no mirar esos abdominales que parecen una tableta de chocolate. Me gusta mucho el chocolate. Pero él no.

—Hace calor —murmura con tranquilidad, mientras abre el armario y escoge la ropa que se va a poner hoy. Y sí, sí que hace calor —. Tengo que decirle a Marietta que no ponga más el edredón. Ya han subido mucho las temperaturas, y tú eres como una estufa humana.

—No soy ninguna estufa humana —me quejo, fulminándolo con la mirada.

—Voy a ducharme primero, tengo prisa —me avisa antes de desaparecer del dormitorio y adentrarse en el cuarto de baño.

Me levanto de la cama y lo primero que hago es abrir las puertas que conectan con el balcón para dejar que entre aire fresco y se ventile la habitación. Me detengo a admirar el cielo, completamente despejado y coloreado de un celeste vivo y brillante.

Los pájaros silban alegres, llenando el silencio con su canto.

Las hojas de los árboles y las enredaderas que se deslizan por las paredes se mecen hacia los lados, bailando al ritmo de la brisa.

No hay mucho ruido a esta hora de la mañana, aunque ya se puede apreciar que empieza a haber vida en la villa: empleados trabajando, algunos huéspedes que salen y entran, y muchos otros que ya desayunan en la zona del restaurante, que no pilla demasiado lejos de la habitación de Luca.

Tomo aire, dejando que mis pulmones se llenen de oxígeno, para luego permitir que mis labios se curven formando una sonrisa.

Echo de menos a mi padre y cómo era mi vida antes de llegar a Cortona, pero la vida aquí no es tan mala como pensaba que sería.

***

Suelto todo el aire contenido cuando escucho el sonido de la pequeña campana que cuelga sobre la puerta, que siempre nos avisa cuando un cliente entra, o en este caso, sale de la floristería.

Me suelto el pelo y lo peino un poco con los dedos antes de volver a recogerlo en una coleta, intentando que ningún rizo rebelde sobresalga del peinado.

Nely está retirando los tallos de algunas flores que se han marchitado, y los va depositando en una caja de plástico, junto a los demás.

Es la hora de regar las plantas, así que decido humedecer cada macetero.

Las gotas caen por sus hojas verdes, y el aroma a tierra húmeda y pétalos mojados llena toda la estancia.

Cuando termino de devolver a la vida a todas las plantas que tenía asignadas para hoy, me acerco al mostrador de nuevo y reviso la agenda, que está abierta justo por la página que marca el día de hoy. Hay dos encargos para las próximas horas de la mañana.

Decido ponerme a trabajar en el primero: un ramo.

Extiendo el papel por la mesa, intentando mantenerlo recto sobre la madera para que no se doble ninguna esquina y así poder trabajar bien con él.

Sigo mentalmente las instrucciones que Adela me dejó antes de marcharse a entregar unos pedidos a las afueras: « Un ramo alegre, con tonos suaves y que no se vea muy recargado» .

¿Cómo se supone que es un ramo alegre?

Luca

Cierro la puerta de mi habitación y, antes de descalzarme, dejo sobre el mueble que hay en la entrada todas las cosas que siempre suelo llevar encima: el móvil, la cartera y las llaves. Me dirijo a la pequeña cocina y me sirvo un vaso de agua fría.

Resoplo cuando veo las cosas de Gia tiradas por el suelo.

Voy a tener que hablar con ella, porque no me gusta el desorden; solo ha pasado un día y ya he visto mi pequeño hogar más desordenado que en todos los años que llevo viviendo aquí.

Sin embargo, toda la molestia se disipa cuando escucho unos sollozos llenar toda la estancia, que hasta ahora parecía estar en completo silencio.

Doy algunos pasos hasta llegar al dormitorio y me encuentro a Gia tumbada sobre el colchón de la cama, con el pijama ya puesto y el pelo recogido en un moño que está prácticamente deshecho. Tiene la espalda apoyada sobre las almohadas, los ojos rojos e hinchados y el rostro lleno de lágrimas.

—Ni se te ocurra decir una sola palabra —me amenaza, señalándome con el dedo, en cuanto nota mi presencia.

—¿Qué te pasa?

—Nada —gruñe—. Quiero estar sola.

—Vale.

Me doy la vuelta, dispuesto a ir al cuarto de baño para darme una ducha —y además huir de esta situación tan incómoda—, cuando su llanto se intensifica, ahogándose en lamentos y sollozos desgarradores.

Resoplo.

No tendría que haber salido antes del trabajo .

Mis piernas se mueven solas y, aunque mentalmente estoy gritándome a mí mismo por no marcharme y dejarla sola, mi cuerpo me fuerza a ir junto a ella, como si no tuviera ningún control sobre él y se viera obligado a acortar nuestra distancia y a consolarla en su agonía.

Me siento en el borde de la cama y, en cuanto nota el colchón hundirse a su lado, se cubre la cara con las manos y suelta un grito ahogado. Su cuerpo vibra ligeramente con cada quejido y no para de mover los pies, haciendo que las sábanas se agiten.

¿Qué se supone que tengo que hacer ahora? No se me da bien animar a los demás; siempre acabo haciendo que se sientan peor.

—¿Ha pasado algo que deba saber? —Mi voz suena más seria de lo que pretendía. Aparta las manos de su rostro y me mira con los ojos aguados bien abiertos, antes de sorber la nariz y negar con la cabeza—. Vale —sigo diciendo, de forma pausada—. Entonces, ¿por qué lloras?

—¿Y a ti qué te importa? Seguro que estás deseando soltar alguna tontería para reírte de mí.

Hago una pausa para tomar aire y pensar bien en las palabras que voy a soltar a continuación. Si quiero que esto salga bien y termine lo antes posible, debo comportarme y ayudarla todo lo que pueda.

Paciencia, Luca, paciencia.

—Te volveré a preguntar —suelto a regañadientes, casi en un gruñido—. ¿Por qué lloras?

—Porque estoy harta de todo y no puedo más —se lamenta—. No sirvo para esto. ¡Echo de menos mi vida! —solloza.

Algo dentro de mí se estremece al oír su confesión. Siento un pellizco en el pecho, los hombros tensos y el cuerpo paralizado. Como siempre, no soy capaz de hacer nada por la otra persona. No puedo ayudar. No puedo hacer que deje de llorar, tampoco aliviar su dolor, ni ser su consuelo.

Cuando era pequeño, veía casi todos los días llorar a mi madre. Mi padre pasaba muy poco tiempo en casa, pero cuando se dignaba a estar con su familia, solo era para romper el ambiente familiar y amoroso que ella —completamente sola— había conseguido formar.

Él bebía para desestresarse; mientras que mi madre le pedía que, por favor, no lo hiciera.

Mi padre tenía otra mujer a la que sí quería y mi madre mendigaba por recibir algunas migajas de su supuesto amor.

Él quería que mi hermano y yo siguiéramos sus pasos en la empresa, y ella luchaba para que ni él se dedicara a ese trabajo.

Todas las noches peleaban hasta que mi madre se quedaba dormida entre lágrimas. Ella no siempre se daba cuenta, pero yo me colaba en su habitación en medio de la noche y secaba su rostro con las yemas de mis pequeños dedos.

No soportaba verla llorar, pero sin duda, lo peor era saber que no podía hacer nada.

Luego crecí y tuve muchas oportunidades de enfrentarme a mi padre, de hacerle pagar por la vida que nos había hecho vivir y por el infierno en el que había tenido escondida a mi madre tantos años; de responder a sus insultos y sus golpes, de hacerme valer y que supiera que ya no era un niño indefenso.

Pero no fui capaz. Más allá de separarlo de ella y de mi hermano en alguna ocasión —con el que solía pelear con más frecuencia— no era capaz de hacer nada.