Todos los atardeceres en los que me enamoré de ti (Cielos opuestos 1) 17 | UNA SOLA CAMA #2
39%

17 | UNA SOLA CAMA #2

Elijo la parte de la cama más alejada de la puerta; si alguien descubre mi paradero y decide venir a por mí en mitad de la noche, que lo mate a él primero.

***

La habitación está en silencio, salvo por el ligero sonido de nuestras respiraciones entrecortadas. Me muevo un poco sobre el colchón, inquieta.

Cuando entré en la zona del dormitorio, me pareció que la cama era enorme; sin embargo, ahora, con su cuerpo pegado al mío, siento que no hay suficiente espacio para los dos y que, como siga pegándome al filo, voy a acabar tirada en el suelo.

Ambos estamos mirando al techo y cuando me da por mirar mi reloj, son pasadas las dos de la madrugada y parece que ninguno de los dos puede dormir esta noche.

—Deja ya de mover el maldito pie —murmura con su característica amabilidad—. Parece que hay un terremoto.

Intento reprimir una carcajada, pero finalmente acabo riéndome bastante alto.

—Vas a despertar al resto de huéspedes —sisea—. O a los nonnos , y eso sería todavía peor —sentencia.

—Perdona, es que me hace mucha gracia cuando intentas ser gracioso. —Me limpio con la yema de los dedos algunas lágrimas que se han formado en mis ojos al reír—. Nunca me lo espero.

—Este sábado hemos quedado para cenar de nuevo —dice para romper la tensión—. Los chicos insisten en que vengas —añade, y suelta un gran suspiro.

—Lo sé —Asiento, aunque no pueda verme—. Me ha invitado Milán.

—Os habéis hecho muy amigos —comenta.

—Me cae bastante bien.

—Es un buen chico, pero no busca una relación seria… —me advierte—. Solo pretende jugar un poco antes de encontrar un nuevo objetivo.

—¿Y quién te ha dicho que yo busque una relación seria? A mí también me gusta jugar.

—Pues juega con quien te dé la gana —refunfuña—, pero a mi amigo déjalo tranquilo.

—Ya veremos.

—De verdad, deja ya de mover el maldito pie. Me estás poniendo nervioso.

—Deja tú de respirar así. —Imito su respiración acelerada—. Que parece que te vas a morir.

—Es increíble que no seas capaz de dejar de hablar ni siquiera a estas horas.

—Pues tú es cuando más hablador estás —contraataco.

Se frota la cara con las manos y se gira hacia mí; imito su gesto y dejo de mirar al techo cuando me giro y quedo frente a él.

De nuevo, se forma ese silencio que reinaba al principio, pero que ahora es mucho más incómodo, como si estuviera cargado de todas las cosas que ninguno de los dos se atreve a hacer ni decir.

—Sé que te caigo mal —murmuro—. Y te aseguro que tú me caes todavía peor, pero podríamos hacer una tregua, al menos, por las noches —propongo—. Serán solo unas horas. Somos adultos, podemos conseguirlo. Finjamos que no tenemos ganas de matar al otro, aunque sea durante un rato, ¿vale?

—Por mí no hay problema —responde con tranquilidad—. Tú eres la que empiezas las peleas todo el tiempo.

Resoplo. Cuento hasta diez mentalmente, intentando controlar mis impulsos por debatir lo que acaba de decir.

Aguanta, son solo unas cuantas horas.

—¿Quieres que nos hagamos preguntas? —suelto de pronto.

—¿Para qué? —dice sorprendido.

—Pues para pasar el rato y conocernos mejor —explico, poco convencida de si realmente esto es una buena idea—. Se supone que por las noches te transformas en un adulto amable, así que doy por hecho que te ha encantado la idea.

—Por supuesto.

Reprimo una carcajada.

—Empieza —digo, haciendo un gesto con la cabeza.

—No, no, las damas primero. Empieza tú —responde con sarcasmo.

—Oh, pero qué caballeroso eres —ironizo esta vez yo.

—Es una de mis virtudes, ya te lo dije.

—Vale, pues empiezo yo. ¿Por qué me odias?

Se forma de nuevo un silencio que nos abraza en medio de la oscuridad.

—No te odio —termina diciendo—. Solo me caes mal.

Pongo los ojos en blanco.

—¿Y por qué? —insisto.

—¿No se supone que esto es una pregunta por persona? —Evade la pregunta con suspicacia—. Pues tú has hecho una pregunta y la he contestado, así que ahora me toca a mí.

—Vale.

—¿Cuál es tu lugar feliz? Al que tu cabeza te transporta cuando todo es un caos y te ayuda a evadir la realidad y volver a revivir algún momento especial.

¿Mi lugar feliz? No tengo ni idea. Nunca he tenido un sitio específico al que acudir para escapar de todo.

Cuando estaba estresada en Estambul, solía ir de compras o sentarme en alguna cafetería con mis amigas, simplemente a charlar y pasar un rato juntas; eso siempre me recargaba de energía positiva y me hacía volver a casa mucho más feliz.

Pero si tuviera que elegir un lugar al que volver una y otra vez, sin duda sería al balcón de mi antigua habitación. O a las noches junto a mi padre, perdidos en la inmensidad del cielo, admirando el brillo de la luna.

—El balcón de mi casa —le cuento por fin. Mi voz sale entrecortada y tengo los ojos aguados, así que me obligo a volver tumbarme boca arriba y así fijar la mirada en el techo—. Cuando era pequeña, solía salir a ver la luna con mi padre antes de dormir.

Una lágrima se desliza por mi mejilla lentamente.

—Antes has dicho que tus padres murieron. —Lloro en silencio al oírle—. ¿Cuántos años tenías?

—Ocho años —consigo decir mientras el labio inferior me tiembla.

Sorbo la nariz e intento contenerme, pero me resulta imposible. Siento el sabor salado de mis propias lágrimas en las comisuras de los labios. Lo que he dicho no es una mentira. Esta vez no.

La realidad es que mi madre murió cuando tenía tan solo ocho años, y ese mismo día, aunque mi padre sobrevivió al accidente, una parte de él murió con ella.

Porque nunca llegó a ser el mismo, no aprendió a vivir sin ella.

Y quizás eso fue lo que le hizo cometer tantos errores y arrastrarme a mí con ellos, haciéndome partícipe del dolor que sigue a la ambición y a la tristeza.

Errores de los que jamás podré escapar.