Todos los atardeceres en los que me enamoré de ti (Cielos opuestos 1) 17 | UNA SOLA CAMA
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17 | UNA SOLA CAMA

Gia

Después de dejar todas las cosas de Chanel en el dormitorio de los nonnos y despedirme de ella con un montón de besos —a los que ha respondido con gruñidos y algún que otro arañazo cariñoso— vuelvo a entrar en la habitación de Luca, esta vez seguida por él.

Su habitación es mucho más grande que la mía y, al entrar, lo primero que se ve es el baño, que está frente a la puerta.

Hay una sala de estar bastante espaciosa con dos sofás —uno de ellos tipo chaise long — y dos mesas: una central entre los dos sofás y otra junto al ventanal que lleva al balcón, ideal para comer con algo de fresco y, al mismo tiempo, disfrutar de unas buenas vistas.

En el mismo salón hay una cocina compacta integrada en una especie de armario y si sigues caminando un poco más, encuentras la zona de la habitación, compuesta por una cama enorme, con dos pequeñas mesitas de noche y un armario.

Las paredes son de un color claro, como el resto de las habitaciones de la villa, y de ellas cuelgan algunos cuadros con paisajes toscanos pintados a mano, que aportan color a la paleta predominante: tonos tierra salpicados por algunos toques de verde.

—¿Necesitas que saque mi ropa del armario para que puedas meter la tuya?

—Oh, no te preocupes. —Niego rápidamente—. Solo he traído algo de ropa cómoda para estos días, los pijamas, mis cremas y algunos productos de aseo —explico —. Micaelo me ha dicho que lo mejor es que deje mis cosas en la habitación, para que parezca que todavía duermo allí.

—Vale, como quieras. —Tiene los brazos cruzados y el hombro apoyado en la puerta del armario—. Ponte cómoda, tenemos que hablar.

Mi pecho se agita levemente.

—¿De qué?—inquiero algo nerviosa.

—Me vas a decir qué es lo que está pasando y por qué tengo que vigilarte como si fueras una fugitiva —dice sin ningún tipo de rodeos—. ¿O es que acaso es lo que eres?

Entrecierra los ojos.

Trago saliva y decido sentarme en la cama con las piernas cruzadas; quizás así no se aprecie lo mucho que mi cuerpo está temblando en este momento.

No puedo evitar seguir el movimiento de la nuez de su garganta cuando traga saliva. Tiene algunos lunares dispersos por el cuello, pequeños puntos que mis ojos conectan como si trazaran de forma imaginaria una constelación en su piel.

—Si vamos a pasar tiempo juntos y quieres que te ayude, tendrás que contarme qué es lo que está pasando —sigue diciendo después de unos segundos con su mirada clavada en la mía—. Micaelo no me ha dado detalles, pero tú si vas a hacerlo.

Supongo que tiene razón. Siendo objetiva, no tiene sentido lo que está haciendo por mí sin ni siquiera saber el motivo por el que tiene que hacerlo.

Así que, si quiero hacer las cosas bien y que Micaelo esté contento conmigo, encuentre a la persona que sabe quién soy y, además, mantenerme a salvo, tengo que dejarme ayudar, aunque sea por la persona que más detesto de toda la ciudad.

Voy a ser sincera, pero a mi manera. Micaelo confía ciegamente en Luca, pero yo no puedo confiar de esa forma en nadie, y mucho menos en él.

—Alguien entró en mi habitación hace unos días —comienzo a decir, sin atreverme a alzar la vista—. Se lo conté a Micaelo muerta de miedo y me dijo que durante una pequeña temporada durmiera en tu habitación, que tú me protegerías y todo ese rollo.

Intento sonar convincente, aunque por la forma tan inexpresiva con la que me está observando ahora mismo, creo que no se me da demasiado bien.

—¿Cómo sabes que alguien entró en tu habitación? —pregunta, con los ojos entrecerrados.

Se me forma un nudo en la garganta que me impide tragar con normalidad.

Sé que la situación es delicada, que debo tener mucho cuidado y estar preparada para cualquier cosa, pero mi cabeza ha decidido formar un muro imaginario, alejándome así de la realidad y haciendo como si nada hubiera pasado.

Creo que es una forma de protegerme a mí misma y evitar vivir con ansiedad todo el tiempo.

—Porque me dejaron algo para que lo supiera —respondo cabizbaja.

—¿Qué te dejaron? —Frunce el entrecejo.

—Una caja con una rosa marchita.

—¿Y eso es motivo para montar este drama? —Alza una ceja—. Se le pudo haber caído a alguna limpiadora.

—No, no es así de sencillo —respondo en un hilo de voz.

Se queda mirándome durante segundos, o quizás minutos, lo único que sé es que se me hace eterno.

Siento que es capaz de ver más allá de mis ojos, y eso me pone muy nerviosa.

Mi corazón se acelera y el nerviosismo hace que me suden las manos, las cuales tengo que acabar limpiando en la tela de mi pantalón de pijama.

Da unos cuantos pasos hasta quedar frente a mí y siento que me falta el aire cuando sus piernas rozan las mías, que enseguida descruzo.

Se coloca entre ellas y se inclina ligeramente hacia mí, mirándome como un león miraría a su presa, acercándose peligrosamente, provocando que mi respiración se entrecorte y mi corazón bombee de forma irregular, completamente desbocado.

Apoya las manos en la cama, a ambos lados de mi cuerpo.

Está tan cerca que siento que me mareo. Lucho por mantener el contacto visual, por permanecer con la barbilla alzada para que mi cabeza no decaiga cabizbaja, pero su mirada es como una ráfaga de aire helado que me atraviesa; un frío tan intenso, que al igual que el hielo, acaba quemando.

—¿De qué estás huyendo, Gia? —inquiere con voz ronca.

—De mi ex —termino diciendo. Si quiero que me deje tranquila y no meta las narices en mis asuntos y tan solo se limite a vigilarme, tengo que contarle la verdad. O al menos, parte de ella.

Frunce el ceño y vuelve a separarse de mí con una expresión de sorpresa en el rostro que me dice que esperaba otra respuesta.

—Salimos juntos durante un tiempo… —Intento sonar convincente y no hablar demasiado rápido, como siempre hago cuando estoy nerviosa, o no sé qué decir—.

Sus padres se hicieron cargo de mí cuando los míos murieron, y estaban empeñados en casarnos.

Yo no estaba enamorada de él y… decidí huir.

—Trago saliva—. No saben dónde estoy, ¡y no pueden saberlo! No quiero casarme con él, Luca.

Me sostiene la mirada durante unos segundos que se me hacen eternos.

—Así que al final sí que eres una fugitiva…

Una novia a la fuga. —Asiente con la cabeza lentamente—.

Doy por sentado que ese novio tuyo es un tipo peligroso, ¿no?

Por eso está ayudándote Micaelo. Él tiene muchos contactos en la ciudad —me explica, como si no me hubiese dado cuenta de ese detalle todavía.

—Sí —contesto de forma apresurada—. Es un hombre muy peligroso, por eso no quiero volver, y…

—balbuceo, nerviosa—. Creo que… Uno de sus hombres sabe dónde estoy.

La rosa tenía un significado para nosotros y seguro que por eso la dejó en mi habitación, ¡para que supiera que viene de su parte!

Tenemos que encontrar a esa persona antes de que dé el chivatazo y ellos me encuentren a mí.

No me he dado cuenta de lo rápido que he estado hablando hasta que hago una pausa para recuperar algo de aire y veo que me está mirando con una ceja alzada.

—¿Ellos? ¿Con cuántos hombres se supone que te ibas a casar? —noto cierto interés en su voz.

—¡Con uno solo! —me apresuro a especificar—. Me refiero a… ¡A sus hombres! ¡Son muchos!

—Vale.

¿Vale? ¿Y ya está? ¿Se lo ha creído?

¿Y se supone que me tengo que fiar de la astucia de esta persona?

—Si vuelves a recibir algún mensaje extraño, tendrás que decírmelo —murmura con firmeza—. Si te sientes observada, tendrás que decírmelo. Si notas que alguien te está siguiendo, tendrás que…

—Decírtelo —lo interrumpo—. Lo pillo, tengo que contarte todo a partir de ahora.

—Estoy hablando en serio —insiste—. Si ese hombre es tan peligroso como dices, tendrás que confiar en mí y dejar que te proteja.

—No necesito que me protejas —musito—, puedo cuidarme sola.

—Pues Micaelo no opina lo mismo —dice con sorna.

Suelto un suspiro.

—Venga, vamos a dormir —dice, cortando la conversación de golpe—. Mañana será otro día.

—¿Y tú dónde vas a dormir? —pregunto, mirando a nuestro alrededor en busca de una segunda cama inexistente.

—En mi cama.

—¿Vas a dejar que duerma en el sofá? —Chasqueo la lengua—. ¡Lo que me faltaba!

—No —responde con tranquilidad—. Tú también dormirás aquí. —Toma una pequeña pausa antes de continuar—: Conmigo.

—¿Dormir contigo? —Suelto una carcajada nerviosa—. Ni en tus mejores sueños, imbécil.

—En mis sueños pasan cosas mucho más agradables que dormir junto a ti —responde con esa voz ronca y seductora que tanto detesto.

Se acerca de nuevo a mí y empieza a jugar con uno de mis rizos, enrollándolo alrededor de su dedo índice—.

Como, por ejemplo, que por fin te vas de la ciudad y me dejas tranquilo.

—Pues siento decirte que eso no va a pasar —suelto mientras le dedico una sonrisa fingida—. Me encanta Cortona, así que pienso quedarme aquí una larga temporada.

Lo separo de mí con un pequeño empujón y me levanto de la cama. Llevo mi neceser hasta el cuarto de baño y, después de sacar todos mis productos de belleza y aseo personal —y llenar prácticamente todos los muebles con ellos—, me lavo la cara y los dientes, preparándome para acostarme.

No pienso dormir en el sofá. Mañana tengo que trabajar y no quiero ir con dolor de espalda, así que, si quiere que durmamos juntos, dormiremos juntos. Solo es una cama. Y él, un imbécil.

No dejaré que note lo que provoca en mí ni que me vea vulnerable. Y, por supuesto, tampoco que se entrometa más de lo necesario en mi vida.

Tenemos que pasar tiempo juntos, sí, pero eso no quiere decir que debamos ser amigos. Tampoco estoy obligada a contarle mi verdadera situación, porque en el fondo, no me fío de este hombre; tiene algo que no me gusta, y me irrita todo el tiempo.

Luca entra al cuarto de baño justo cuando yo salgo. No me ha vuelto a dirigir la palabra, pero lo cierto es que lo agradezco. Ojalá no tuviera que volver a hablar más con él.