Todos los atardeceres en los que me enamoré de ti (Cielos opuestos 1) 16 | OBLIGADO A OBEDECER
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16 | OBLIGADO A OBEDECER

Luca

—¡¿Te has vuelto loco?! —exclamo en cuanto Micaelo termina de decir la mayor estupidez que he oído hasta el momento. Tiene que ser una broma. Espero que lo sea—. No pienso hacer lo que me pides, es una locura. ¿Pero de dónde se supone que ha salido esa chica? ¿Acaso es una fugitiva o algo así?

Doy algunas zancadas, recorriendo su despacho de una esquina a otra, mientras él me observa con una tranquilidad perturbadora.

—¿Has terminado con tu espectáculo? —pregunta con una ceja alzada—. Tengo cosas que hacer. —Se levanta del sofá y camina decidido hacia la puerta, dispuesto a marcharse y dejarme, como tantas otras veces ha hecho, con la palabra en la boca y miles de preguntas sin resolver.

—¿Y ya está? —inquiero—. ¿Te vas?

—Sí. —Me clava sus ojos grises, que parecen observarme desafiantes—.

Ya he dicho todo lo que tenía que decir.

A partir de ahora, Gia está bajo tu cuidado.

La vigilarás durante todo el día, y también toda la noche si hace falta.

Nuestros hombres ya están avisados. Su habitación ahora mismo es una zona peligrosa, así que se instalará esta misma noche en la tuya que, además, es más grande.

—No pienso cederle mi habitación a esa chica —mascullo.

—Es que no vas a cederla, vas a compartirla. —Me da un par de toquecitos en el hombro.

Parece que la situación le divierte bastante, y detesto que sea así. No soporto saber que estoy obligado a obedecer y que no tengo otra opción.

—No quiero hacerlo, Micaelo —le digo con firmeza.

—No te he preguntado si quieres o no. Te he ordenado que lo hagas.

—Dame una buena razón para hacerlo —insisto.

—¿Que te lo haya ordenado yo no es una buena razón? —Eleva ambas cejas.

—No, no lo es —respondo ante su atenta mirada, la cual no me intimida en absoluto—. Necesito que me des una explicación, que me digas algo. ¿Quién es la chica? ¿De qué la conoces y por qué la estás ayudando? ¿Por qué alguien querría hacerle daño?

—Demasiadas preguntas, mio figlio —Me da una palmadita en la mejilla antes de acariciarla—. Soy demasiado viejo como para contestar a todo eso sin cansarme.

—Sabes que haré todo lo que me pidas —le digo a regañadientes—. Pero necesito saber lo que ocurre.

Intento ceder un poco para intentar ablandarlo y que me cuente algo más, aunque la forma en la que me escrutan sus ojos parece indicar que no lo he conseguido.

—Gia ahora es de los nuestros. Es mi protegida —musita, con su característica tranquilidad. Da igual lo que sea que esté pasando, Micaelo siempre mantiene la calma y busca una solución de forma casi instantánea—. Que sepas eso es más que suficiente.

—Vale, lo haré.

No me queda otra. No puedo negarme a obedecer a Micaelo.

No puedo arriesgarme a perder su confianza, su protección y su poder.

Él me ayudó cuando más lo necesité. Él guarda el secreto que cargo a mis espaldas, haciéndolo menos pesado.

Me comprendió desde el primer momento y vio en mí algo que ni siquiera mi propia familia consiguió ver durante años.

Micaelo ahora es mi abuelo, y necesito que siga sintiéndose orgulloso de mí.

***

—¿Qué te pasa, amigo? —pregunto, acariciando el lomo del perro que tiembla entre mis brazos.

—Lleva desde ayer sin apenas comer, y el pobre ha estado retorciéndose de dolor toda la noche —me explica la dueña de Pisto, el caniche al que comienzo a examinar con el estetoscopio.

—No parece nada grave. —Me aparto el aparato de los oídos y vuelvo a dejarlo colgado en mi cuello—. Voy a mandarle una ecografía y una radiografía para descartar posibles lesiones.

—Vale. —Asiente con la cabeza—. Muchísimas gracias.

—Te has portado muy bien, Pisto. —Le acaricio la cabeza y me despido de la señora, que sale mucho más tranquila de lo que ha entrado a la consulta.

—¿Ecografía y radiografía? —pregunta Giuls, asomándose por la puerta entreabierta.

—Sí. Y que compre un nuevo pienso.

—Genial —responde, alejándose por el pasillo.

Me quito con cuidado los guantes desechables y los tiro a la papelera. Después de lavare bien las manos, me bajo la mascarilla y libero una serie de estornudos que llevaba un rato intentando controlar para, justo después, sonarme la nariz.

Hoy he tenido que atender a dos gatos y, con la cantidad de polen que hay en el aire, ni siquiera el antihistamínico que tomé por la mañana me ha servido de ayuda.

He tenido que recurrir al inhalador de rescate para el asma, y eso que no me gusta demasiado abusar de él, pero por lo menos me ha ayudado a sentir alivio en los pulmones al respirar.

Aunque el picor de nariz me sigue resultando insoportable; por no hablar de los ojos, que hasta los tengo hinchados y algo llorosos.

—¿Puedo entrar? —La voz de Bianca se cuela en la sala de consulta. Termino de sonarme y lanzo a la basura el trozo de papel hecho una bola.

—Ya estás dentro —bromeo, lo que hace que suelte una risita mientras me aplico un poco de gel hidroalcohólico en las manos para desinfectarlas bien—. ¿Qué pasa?

—¿Por qué no te vas ya a la villa? —propone—. Mira lo mal que estás con la alergia… Además, ya has terminado con las citas que tenías para hoy.

—Solo son mocos y un poco de picor, no es nada del otro mundo. —Niego al instante—. Quiero cerrar hoy.

—No tienes por qué, estamos cubiertos. ¿Por qué no aprovechas que eres el jefe y abusas un poco de tu poder? —me anima, sonriente—. Vete a casa y descansa. Mañana nos espera un día largo.

¿Cómo le explico que no quiero volver para no tener que enfrentarme a lo que me espera en la villa? No quiero enfrentarme a Gia ni tener que compartir habitación con ella. Y, mucho menos, tener que seguirla a todas partes a partir de ahora.

No me gusta su compañía y no me gusta ella. Y menos aún que Micaelo no me cuente qué es lo que pasa en realidad.

Necesito saber a quién estoy protegiendo realmente y lo voy a descubrir, cueste lo que cueste.

—Está bien —termino cediendo. Me mira sorprendida, sin dejar de sonreír—. Me iré ya. ¿Contenta?

—Mucho —responde con orgullo—. Me gusta cuando no eres un gruñón y accedes a las cosas que te digo. Si me dejaras —se acerca a mí, vacilante—, te cuidaría mucho más.

—Ya haces demasiado, Bianca.

—Nunca es demasiado.

—No sé qué haría sin ti. —Le revuelvo un poco la coleta despeinándola con la mano. La sonrisa que hasta ahora me estaba dedicando se borra de su rostro, y noto que frunce el entrecejo—. Eres la mejor.

—Puedes compensarme siempre que quieras.

—Ah, ¿sí? —Enarco una ceja—. ¿Y cómo podría hacerlo?

—Salgamos a cenar —propone de repente.

—Ya vamos a salir a cenar este sábado —le recuerdo.

—No me refiero a las reuniones con los chicos, sino a salir tú y yo. Solos.

—Ah.

—Siempre lo pasamos bien cuando estamos juntos, pero hace mucho tiempo que no vamos a ninguna parte los dos. —Suelta un suspiro—. Estaría bien ir a tomar un helado, por ejemplo.

—Claro. —Asiento un par de veces—. Podemos salir cuando quieras.

—¡Genial! —Su sonrisa se ensancha y su rostro se ilumina de nuevo—. ¿Qué te parece mañana después del trabajo?

Mi mandíbula se tensa cuando recuerdo que mañana tengo que hacer de niñero con Gia, ya que Cloti no podrá vigilarla porque tiene otros asuntos que atender, así que Micaelo me ha pedido expresamente que lo haga yo.

—Mañana no puedo.

—¿Y eso? —Me mira con la cabeza ladeada—. ¿Vas a salir a dar una vuelta con la bicicleta?

—He quedado con Gia —miento, aunque bueno, lo hago a medias, porque tengo que vigilarla, aunque supongo que eso ella todavía no lo sabe.

Aprieta la mandíbula y chasquea la lengua.

—¿Por qué sales con esa chica? —Me mira confundida y con los brazos en jarra—. ¿Y por qué tiene que venir a nuestras reuniones? No es parte del grupo.

—Parece que ahora sí. —Le doy un toquecito en la punta de la nariz con el dedo—.

A los chicos les ha caído bastante bien.

Ya has leído los mensajes en el grupo, no paran de requerir su presencia.

—Entrecierra los ojos al mirarme, como si intentara ver más allá de mis palabras—.

No me mires así, yo tampoco lo entiendo.

—No tiene nada de especial —murmura—. Y no pinta nada en esta ciudad.

—Estoy de acuerdo.

—¿Has visto cómo se comporta? —Sacude la cabeza—. ¡Se piensa que es superior a los demás! No me cae bien.

—A mí tampoco —confieso, con los brazos cruzados contra el pecho.

—Entonces, ¿por qué la trajiste el otro día? ¡No deberías haberla presentado a los chicos! Ya sabes cómo son, siempre con esas ansias de ampliar el grupo y de ser amables con todo el mundo.

—Va a pasar una larga temporada aquí —comienzo a decir, mientras pienso en cuáles serán mis próximas palabras y qué parte de la verdad debo compartir—.

Ha conectado muy rápido con los nonnos .

— Bueno, esto tampoco es mentira —. Micaelo me ha pedido que la ayude a integrarse.

Además, no es mi culpa, sino de Milán. Él fue quien propuso primero que viniera cuando la conoció.

—¿Se la presentaste a Milán? —Abre los ojos de par en par—. ¿Qué hacíais juntos?

—Le estaba enseñando Cortona.

—¿Desde cuándo eres guía turístico?

Observo como me fulmina con la mirada.

—¿Desde cuándo tengo que darte explicaciones de lo que hago o dejo de hacer? —mascullo. Bastante que tengo ya con el nonno .

—Tienes razón, perdona. —Aparta la mirada y veo que se sonroja al instante—. Es que… no me cae bien —repite—. Hay algo en ella que no me transmite confianza. Ten cuidado, ¿vale?

—Tranquila.

—Eres muy importante para mí, Luca.

—Y tú también para mí —le recuerdo—. No sé qué haría si no os tuviera a vosotros como amigos.

Su expresión se ensombrece durante un segundo, pero al final acaba dedicándome una de sus brillantes y blanquecinas sonrisas antes de dar media vuelta y salir de la consulta.

***