15 | RECUERDOS QUE DUELEN
Gia
Me pesaba cada músculo y sentía dolorida cada parte de mi cuerpo.
Intenté mover un poco las muñecas, que sentía completamente entumecidas, pero se me hacía imposible; el nudo de la cuerda que las mantenía unidas y sujetas era demasiado fuerte.
Estiré las piernas en un intento de conseguir que la sangre me circulara con normalidad.
Llevaba tanto tiempo sentada en esta misma silla, que sentía clavadas cada una de las piezas de madera que la componían.
Tenía la garganta tan seca, que tragar saliva era como deglutir miles de pedazos de cristal. Las gotas de sudor que caían desde mi frente se mezclaban con las lágrimas que recorrían mis mejillas.
Una luz tenue alumbraba el local abandonado en el que estaba encerrada.
Escuché algunas voces y pasos que provenían del otro lado de la puerta antes de que se abriese por completo, permitiéndome vislumbrar entre la molesta claridad una figura alta y esbelta que cojeó hasta llegar a mí, acompañado de otros dos hombres vestidos por completo de negro.
El hombre me miró con una sonrisa burlona en el rostro y aguanté las ganas que tenía de escupirle en la cara.
—¿Cómo está mi querida invitada?—preguntó, claramente con sorna.
Fruncí los labios y lo miré con los párpados entrecerrados, decidida a no decir ni una sola palabra.
—¿No dices nada hoy tampoco? —Ladeó la cabeza— . ¡Y eso que te hemos quitado la cinta de los labios! ¿Quieres que te la vuelva a poner y así te aseguras tu silencio?
Soltó una carcajada mientras que mis ojos comenzaron a aguarse de nuevo. Me negaba a llorar delante de esta persona, así que los abrí y cerré varias veces tratando de controlar las lágrimas que amenazaban con escaparse.
—Bueno, vamos a lo importante —siguió diciendo, dando vueltas a mi alrededor—. ¿Recuerdas ya dónde guardó tu padre los documentos, o tenemos que jugar un poco más para que esa cabecita tuya reaccione?
Me mantuve en silencio, y esto lo único que hizo fue enfurecerlo aún más.
Su mandíbula se tensó cuando volvió a plantarse frente a mí.
—Tengo un regalo para ti. —Apoyó el peso de su cuerpo en una mesa y, con un movimiento de cabeza, ordenó a uno de sus hombres sacar una caja fina y alargada que enseguida colocaron delante de mí—.
¿Quieres abrirla? ¡Ah, no puedes! —Soltó una carcajada forzada que resonó por todo el local—. Lo haré yo.
Tragué saliva con dificultad. Mi pecho se agitaba con fuerza, con el corazón completamente desbocado y una presión constante que me llenaba de miedo.
Las heridas que tenía en la espalda todavía quemaban, y sentía la camiseta pegada a mi piel; seguramente no estuviera solo llena de sudor, sino también de la sangre que este hombre se encargó de que derramara.
Sabía que mi padre iba a rescatarme en cualquier momento, pero cada vez se me hacía más difícil mantenerme callada y aguantar tanto dolor.
En un rápido movimiento de manos y sin siquiera titubear, abrió la caja y me mostró lo que escondía su interior: una rosa llena de espinas.
—Esto es lo que eres y lo que siempre serás —escupió con voz tranquila, sacando la flor con cuidado, tomándola por la zona del tallo sin pinchos—.
Una chica bonita y encantadora, aparentemente intocable, que proviene de una de las familias más importantes de la ciudad.
Todo en tu vida parece ser de color de rosa.
—Acarició sus pétalos con una delicadeza que me puso la piel de gallina—.
Pero nada lo es en esta vida. ¿Sabes el significado que le doy yo a esta flor?
—preguntó, alzándola a la altura de mis ojos.
Se formó un silencio que me pesaba al tragar.
—Belleza —siguió diciendo. Comenzó a arrancar los pétalos uno a uno.
En ese momento, ya no fui capaz de contener las lágrimas—.
Éxito. Poder. —Arrancó otros dos que acabaron cayendo al suelo—.
Amor. Pasión. —La rosa casi había perdido su forma original con todos sus pétalos esparcidos por el suelo—.
Palabras que podrían definir tu vida, definirte a ti, tan bella, pura y delicada.
Su mirada fría me atravesó.
—Pero esa no es la realidad de tu vida, ¿verdad?
Eso no es lo que eres en realidad. Porque tú y todo tu alrededor está lleno de espinas.
—Me muestra el tallo de la que antes era una delicada rosa, repleto de espinas—.
Esta eres tú. Esta es tu vida. Siempre cargarás con el dolor de tu apellido a tus espaldas.
El sufrimiento y la traición siempre serán parte de ti.
Recuerda estas palabras, algún día las entenderás: donde hay amor, también hay dolor.
Es lo último que dijo antes de empezar a clavar una a una las espinas contra la piel de mi estómago, como si quisiera grabar sus palabras en mí para asegurarse de que nunca las olvidara.
Y, de repente, todo se volvió de un color rojo oscuro hasta quedar en completa oscuridad.
Grito con todas mis fuerzas y me incorporo de golpe hasta quedar sentada. Siento el corazón latir en mi garganta con demasiada rapidez; tanta, que parece que se me va a salir del pecho en cualquier momento.
Las lágrimas siguen recorriendo mis mejillas, como si mi cuerpo todavía no fuera consciente de que simplemente ha sido una pesadilla.
Todavía siento cada uno de los recuerdos nítidos, como si todo hubiese ocurrido ayer. Todavía tengo el dolor clavado en mi piel.
Con los ojos cerrados, me llevo las manos temblorosas al estómago. Bajo la cabeza poco a poco y me atrevo a abrir los ojos, deseando no encontrar ningún rastro de toda la sangre que derramé.
***
Intento tapar las oscuras ojeras que cubren mis ojos con un poco de corrector.
Llevo unas cuantas noches sin apenas dormir, pendiente de cualquier ruido que se oye fuera, comprobando una y otra vez que la puerta y las ventanas de mi habitación están cerradas, entrando al cuarto de baño para asegurarme de que no haya nadie escondido…
Se puede decir que haber recibido una caja misteriosa hace tan solo una semana me está empezando a pasar factura.
No he querido darle demasiadas vueltas, pero se me ha hecho imposible no hacerlo. Alguien entró en mi habitación. Alguien que sabe lo que pasó y quién soy.
Creo que es hora de hablar con Micaelo, aunque no tenga ni idea de cómo hacerlo, ni qué decir. Ya no me siento segura en este sitio. Alguien ha intentado enviarme un recordatorio de lo que puede llegar a pasarme, y tan solo con pensarlo mi cuerpo se estremece.
Ya vestida y con los rizos lo más arreglados posible, cojo mi bolso, me despido de Chanel y salgo de mi habitación. Cierro la puerta con llave y subo las escaleras hasta llegar a la primera planta, donde el nonno me espera en su despacho.
Hace un par de horas le envié un mensaje en el que le dije que tenía algo importante que hablar con él, así que ya está sentado en uno de los sofás que hay junto a su escritorio cuando entro y cierro la puerta detrás de mí.
—Buenos días, piccola —me saluda sonriente—. ¿A qué se debe tu visita? ¿Ha pasado algo en la floristería? —Mira el reloj plateado que siempre lleva en la muñeca—. Deberías estar ya de camino.
—Hoy solo hago turno de tarde, me avisó Adela ayer.
Pero va todo bien. Bueno, todo lo relacionado con la floristería, claro —comienzo a hablar rápido, como siempre acostumbro a hacer cuando estoy nerviosa—.
Sin contar que estropeé un par de pedidos el miércoles, y que un cliente se quejó porque supuestamente soy muy lenta haciendo los ramos.
¡¿Te lo puedes creer?! ¿Qué espera? ¡Si acabo de empezar a trabajar!
Intento ser lo más rápida que puedo, pero no quiero pincharme más dedos.
¡Mira! —Le enseño algunas yemas que aún tengo enrojecidas—.
¿Sabes todas las veces que me he pinchado?
¿Por qué últimamente todo el mundo compra rosas? ¡Con todas las flores que hay!
Micaelo suelta una carcajada.
Tomo algo de aire, intentando controlar mi respiración agitada y recomponerme antes de soltar la verdadera bomba.
—Tu padre estará muy orgulloso cuando le cuente lo bien que lo estás haciendo — asegura, y yo no puedo evitar soltar un suspiro.
—¿Hablas con mi padre? —Me siento a su lado y lo miro con atención.
—De vez en cuando, sí —admite.
—¿Y cómo haces para que nadie sepa que has hablado con él? —inquiero, algo insegura—. ¿Y si alguien tiene pinchado tu teléfono y descubre dónde estoy?
— Ma che follia . —Niega con la cabeza—. Eso no puede pasar, piccola . No te preocupes.
—¿Y cómo estás tan seguro? —insisto.
—Porque yo controlo todo lo que pasa —afirma con total seguridad—. Nada ocurre sin que yo lo sepa, y nadie puede localizarme si yo no quiero que sepan dónde estoy. Tampoco pueden hacerle daño a ninguno de mis protegidos, ¿lo entiendes?
Trago saliva con dificultad. Tengo los nervios atravesados en mi interior, y el miedo recorre cada parte de mi cuerpo.
—¿Y cómo explicas esto? —replico.
Saco la caja misteriosa que hace unos días alguien dejó en mi habitación y prácticamente se la tiro a su regazo. Entrecierra los párpados ante mi atrevimiento y toma la caja entre sus manos, observándola con detenimiento antes de abrirla.
—¿Qué es esto?—Tensa la mandíbula y la expresión de sus ojos me deja ver que no entiende nada.
—Lo encontré en mi habitación hace unos días —explico—. Obviamente, alguien tuvo que dejarlo ahí mientras estaba en el trabajo, y ese alguien sabe quién soy y por eso me ha dejado una amenaza, Micaelo.
Sigue observando el interior de la caja: una rosa marchita y bastantes espinas esparcidas a su alrededor. Su expresión es seria y mantiene los ojos bien abiertos, los labios apretados y la mandíbula tensa.
Toma aire antes de volver a hablar.
—¿Tienes idea de lo que puede significar la rosa y las espinas? —cuestiona—. ¿Tiene algo que ver con el motivo por el que huiste de Turquía?
—Sí —respondo en un hilo de voz—. Está relacionado.
Alguien me enseñó una rosa y me marcó con cada una de sus espinas cuando me tuvieron encerrada —admito, a pesar de sentir el pulso acelerado.
No sé qué parte de la historia sabe Micaelo y qué no, así que, por el momento, prefiero contarle solo los detalles principales e importantes, ya que él es quien me está cuidando aquí.
—¿Y no se te ha ocurrido contarme esto hasta ahora? —Sus ojos se han llenado de furia, provocando que mi cuerpo se tambalee hacia atrás. Cuando lanza la caja al suelo, me sobresalto por el impacto y él se pasa las manos por la cara, exasperado.
—Lo siento… Yo… —balbuceo—. Intentaba autoconvencerme de que simplemente se trataba de una broma y que no estaba en peligro...
—¡Pues lo estás! —me interrumpe—. Alguien sabe que estás aquí y, probablemente, esa persona también sepa que estoy ayudándote, lo cual puede meterme en muchos problemas.
—Lo siento —vuelvo a decir, cabizbaja y con la respiración entrecortada.
—Pondré enseguida a mis hombres a trabajar —masculla—. Necesito encontrar a la persona que dejó esta caja en tu habitación, y descubrir su objetivo.
—¿No está claro? —inquiero, extendiendo los brazos—. Me han encontrado. Van a matarme, Micaelo.
—Si quisieran matarte, ya estarías muerta, piccola —dice con una tranquilidad que incrementa mi agonía—.
Esto ha sido un aviso. Alguien sabe quién eres y el significado que esta rosa tiene para ti.
Esa persona busca algo, por eso se mantiene en silencio.
No quiere matarte, solo asustarte —concluye, pensativo—. Al menos, de momento.
Creo que intenta que me quede más tranquila, pero sus palabras tienen el efecto contrario. Niego lentamente y mi labio inferior tiembla.
—¿Y si me llevan de vuelta a mi país? ¡Entonces sí que me matarían! Quizás la persona quiere asustarme, sí. Pero ¿qué pasará cuando no consiga lo que busca? Matarán a mi padre, te matarán a ti por haberme ayudado y justo después, me matarán a mí también —le digo, asustada.
— Sciocchezze —sisea—. No te preocupes. Encontraré a la persona que está detrás de todo esto —asegura con convicción—. Mientras estés bajo mi cuidado, no te pasará nada malo. Ahora eres una de mis protegidas, Gia.
Asiento con la cabeza, aún con los ojos aguados.
—Ni se te ocurra derramar más lágrimas —me advierte, levantándose del sofá para acercarse a mí—.
No soy capaz de ver llorar a nadie, así que no me hagas sufrir y confía en mí.
— Limpia la humedad que se ha acumulado en las comisuras de mis ojos con las yemas de sus dedos, con una delicadeza que me reconforta—. No te preocupes, estás a salvo.
—Vale —respondo, aunque no puedo evitar tener miedo y pensar que estoy en peligro.
—Me aseguraré de que estés vigilada las veinticuatro horas por mis mejores hombres.
También reforzaré la vigilancia de la villa.
—Abro los ojos de par en par al escucharlo.
Sabía que este hombre, al igual que mi padre, tiene poder, pero no me imaginaba que tanto.
No parece estar metido en lo mismo que mi familia.
Y, ¿la villa está vigilada? Eso sí que no me la esperaba—.
Todo está bajo control —añade, aunque parece que intenta convencerse más bien así mismo de ello, dado que sus ojos grises no me transmiten la misma confianza que sus palabras—.
Intenta seguir con este personaje que has creado, haz sentir a la gente que eres una más.
Y, por encima de todo, obedece cada una de mis órdenes y confía en mí. Tengo todo controlado.
Quiero creerle, de verdad que sí. Desearía tener una actitud positiva y no ponerme en lo peor, pero me resulta imposible. Esa caja no solo escondía una rosa y sus espinas, sino una amenaza que va mucho más allá de la muerte.
Tengo la sensación de que acabo de abrir la caja de Pandora y que, a partir de ahora, las cosas solo irán a peor.