14 | UNA CONFESIÓN INESPERADA
Luca
El resto de la semana transcurre con bastante rapidez y, casi sin darme cuenta, ya estamos metidos en el fin de semana. Hoy sábado es el aniversario de boda de los nonnos , que cumplen cincuenta años casados.
Me parece algo increíble, a la vez que mágico y especial, amar tanto a una persona como para estar dispuesto a unir tu vida a ella, y a pesar de las dificultades ser capaz de ver a la misma persona de una forma igual o más intensa que cuando la viste por primera vez.
Paso la mañana en el establo, que está a unos pocos pasos de la villa, rodeado de campo y olivos.
Suelo revisar que los caballos no tengan ninguna herida y que se encuentren en el mejor estado posible; a veces también monto un rato a algunos de ellos para ejercitarlos un poco, sobre todo a los más inquietos.
También ayudo a los chicos a mantener limpio el equipo que utilizamos para montar y, otras muchas veces, disfruto viendo cómo Rodrigo entrena a algunos aprendices.
Estoy paseando junto a Gala —la yegua negra que más compañía me hace en los ratos libres que paso aquí— cuando escucho una risa escandalosa que llena todo el espacio que hasta ahora estaba sumido en silencio, sin contar con las instrucciones que va gritando Rodrigo y el relincho de los caballos.
Sus carcajadas van acompañadas de un olor a vainilla mezclado con jazmín, y no me hace falta siquiera darme la vuelta para saber que Gia está aquí.
Lleva el pelo recogido en una trenza junto a su característico pañuelo de pirata, esta vez en un tono teja.
Viste una camiseta sin mangas de color marrón, y unos pantalones vaqueros bastante cortos que dejan al descubierto sus largas y bronceadas piernas.
Lo acompaña con unas botas del mismo color que su camiseta.
Cualquiera diría que ha estado rebuscando en su armario hasta dar con lo más rústico que ha encontrado.
Sigue sonriendo por algo que le ha dicho Rodrigo y, mientras tanto, busco la forma de pasar desapercibido y no tener que saludarla, aunque sé que hoy va a resultarme imposible evitarla todo el día —como he intentado hacer durante esta semana—, ya que ella también está invitada a la cena de esta noche.
He estado intentando ignorar lo que pasó el otro día.
No sé qué fue lo que se me cruzó por la cabeza para llevarla a mi sitio especial y compartir un pedazo de mí con ella.
Cada vez que la veo, algo en mí se revuelve por dentro y, cuando vi sus ojos, casi tan perdidos como los míos, no pude evitar llevarla conmigo al único lugar en el que mi cabeza deja de pensar durante un rato y puedo ser yo mismo, respirando de verdad.
Tampoco sé por qué mi cuerpo reacciona solo a su cercanía, por qué se enciende cada vez que la siente cerca, por qué ansía su contacto —cuando a mí no me gusta tener contacto físico con las personas que no conozco— y a esta chica no la conozco de nada.
Acaba de llegar a la ciudad y en tan poco tiempo se ha integrado tan bien que parece una más, como si llevara aquí toda la vida, como si lo suyo fuera realmente vivir en el campo, perdida en medio de la nada y rodeada de naturaleza, animales y una pequeña ciudad llena de magia en cada rincón.
Gia no es mi tipo de chica. No me gusta, pero sí es cierto que me atrae un poco.
Solo un poco. Sería un imbécil si quisiera negar que tiene un cuerpo curvilíneo que volvería loco a cualquiera, que su sonrisa alumbra cada rincón de la ciudad y que su rostro, con unas facciones perfectamente esculpidas, es toda una obra de arte.
Pero lo que más llama la atención de Gia es la luz que desprende sin ella ser consciente de ello.
Tiene un atractivo único y cautivador, que te atrae como la fuerza invisible de un imán, sin que puedas evitarlo.
Pero no me gusta; creo que me cae mal. Y aunque intento ser más amable con ella por petición de Micaelo, a quien no quiero disgustar —ni mucho menos tener que volver a oír una de sus muchas reprimendas—, hay algo en ella y en el rollo misterioso que tiene, que no me transmite confianza.
Rodrigo se acerca a mí, seguido por Gia, sujetando la cuerda con la que guía los pasos del caballo que está a su lado.
—¿Puedes ayudar a Gia a montar? —me pregunta—. Tengo que cepillar a Rayo y cambiarle el agua del abrevadero.
—Claro, sin problema —le contesto, aunque sí que tengo problema en hacerlo.
—No te preocupes, voy a volver ya a la villa. Solo estoy aquí porque le he contado a Micaelo que me encantan los caballos y me ha obligado a venir —se apresura a decir, cruzándose de brazos.
—¿Sí? —Enarco una ceja, mirándola de arriba a abajo con curiosidad.
—Sí. —Asiente con firmeza—. Aprendí a montar cuando era pequeña, aunque nunca de forma profesional ni nada por el estilo.
—Sabes hablar cinco idiomas, montas a caballo… —Ladeo la cabeza, observándola con curiosidad—. Eres toda una caja de sorpresas. ¿Hay algo que no sepas hacer?
—Memorizar los nombres de las flores, montar ramos de novia y centros de mesa —comienza a enumerar con los dedos, hablando bastante rápido—, aunque bueno, siendo sincera…
Debería decir que cualquier cosa que tenga que ver con las flores se me da mal.
Ah, y sacar tema de conversación a ogros como tú.
No puedo evitar soltar una carcajada.
—¿Ahora resulta que soy un ogro? —inquiero, fingiendo estar ofendido.
—Es la primera palabra que se me ha venido a la cabeza al pensar en ti.
—Piensas en mí, ¿eh?
—No te flipes. —Pone los ojos en blanco—. ¿Vas a ayudarme a subir o no?
—¿No decías que sabías montar? —Alzo las cejas—. Pues sube tú sola.
—Lo siento, por un momento me había olvidado de que careces de caballerosidad.
Se acerca a Gala, a quien todavía mantengo sujeta a mi lado. La yegua gira la cabeza y la observa con cautela, como si estuviera decidiendo si aprobar su presencia o no.
—Es preciosa —murmura con una sonrisa mientras acaricia el cuello del animal con suavidad. Apoya el pie en el estribo y se impulsa con decisión, pasando la pierna por encima del lomo hasta acomodarse en la montura.
Me mira con los ojos entrecerrados y en un gesto decidido, alza el mentón cuando vuelve su mirada al frente. Se pone recta y pega las rodillas al caballo. Le toca con suavidad el costado y Gala responde a su contacto dando algunos pasos hacia adelante.
—¿Cómo se llama? —pregunta cuando ambas empiezan a moverse, de forma lenta, pero decidida.
—Gala.
—Es un nombre precioso.
Se inclina hacia delante y le acaricia el cuello con la mano.
—Espalda recta —le indico, sujetando aún la cuerda larga que sujeta a la yegua.
Me mira por encima del hombro y pone los ojos en blanco.
—¿Puedes soltarla? —me pide—. Queremos cabalgar juntas un rato sin que nadie, es decir tú, nos moleste.
—Una pena, porque es mi yegua.
Detengo a Gala y le retiro la cuerda larga; me acerco a ellas, le saco con cuidado a Gia el pie del estribo, y apoyo el mío en él.
Ante su mirada sorprendida, paso la pierna derecha por encima del lomo y me coloco justo detrás de ella, en la grupa.
Mi pecho roza su espalda, que sube y baja ligeramente con cada respiración.
—¿Qué haces? —pregunta.
Noto cómo se tensa.
—Enseñarte a montar.
—¡Ya sé montar! —protesta al instante—. No necesito que me enseñes.
Mantengo las piernas flexionadas, intentando mantener el equilibrio sin hacer daño a Gala, que está soportando más peso del que está acostumbrada.
Rodeo a Gia con mis brazos y coloco mis manos sobre las suyas, que son mucho más pequeñas y sujetan con firmeza las riendas.
Quedamos completamente pegados el uno al otro.
Doy un par de toques con la pierna en el costado del animal y Gala comienza a moverse por el campo, a un paso lento pero seguro.
—Ponte recta —susurro cerca de su oído—. Y no dejes que Gala note que estás tensa.
—No estoy tensa.
—Enséñame lo que sabes hacer.
Sonrío cuando noto que la piel descubierta de sus hombros se eriza al sentir mi aliento cálido sobre ella.
—No te agarres tanto. —Intenta apartar un poco mis brazos de su cuerpo, pero solo consigue que me aferre más a ella—. Suéltame un poco.
—Si lo hago, nos caeremos.
—No puedo hacerlo bien si estás todo el rato hablándome al oído —se queja de nuevo—. Me pones nerviosa —resopla.
—No pensaba que lo admitirías tan pronto —vuelvo a susurrar.
Se pone rígida y tensa los hombros otra vez.
—Venga, vamos a dar una vuelta.
***
Me remango ligeramente la camisa, dejando parte de los brazos al descubierto, y después me aplico un poco de perfume. Me echo un último vistazo en el espejo y salgo de la habitación justo cuando los chicos llegan.
Nos saludamos con la complicidad de siempre, soltando alguna que otra broma de camino al exterior de la villa. Bianca, bastante sonriente, entrelaza su brazo con el mío mientras avanzamos.
El evento se celebra al aire libre, aprovechando el buen tiempo que hace en esta época del año y el enorme jardín que se extiende en la parte de atrás de la villa.
Sobre el césped hay varias mesas largas de madera cubiertas por manteles de lino, y en el centro de cada una, delicados caminos de encaje blanco decorados con arreglos florales en tonos pastely hojas de un verde fresco.
La vajilla de cerámica y las copas de cristal fino reflejan algunos destellos de sol.
Los cubiertos son de color dorado, como muchos otros detalles de la decoración.
Hay velas y farolillos repartidos por las mesas y también por el resto del jardín, aportándole un toque romántico a la decoración rústica predominante, al igual que las guirnaldas de luces cálidas que cuelgan de las ramas de los árboles.
Gia parece estar concentrada en arreglar el centro de una de las mesas, cuyas flores rebeldes parecen haberse separado un poco.
La ayuda Nicole, que también ha tenido que estar aquí desde temprano para ayudar con la decoración y colocar todas las flores.
Sus hijos corretean por el jardín y acaban de mano en mano, ya que todos quieren cogerlos y pasar un rato con ellos.
Son muy nerviosos, pero también cariñosos y carismáticos, y por eso son capaces de ganarse a cualquier persona con sus lenguas trabadas y sus miradas de angelitos, aunque en realidad sean todo lo contrario.
—Está todo precioso —señala Bianca, apretando un poco su agarre en mi brazo—. Las chicas han hecho muy buen trabajo.
—La verdad es que sí. —Asiento—. Seguro que los nonnos están muy contentos.
—Míralos —me insta, señalando con la mirada a la pareja feliz que recibe a los invitados que siguen llegando—. Rebosan amor y felicidad.
—Se dice pronto… Pero estamos hablando de cincuenta años. —Alzo las cejas, pensativo—. ¿Crees que serías capaz de aguantar tanto tiempo con una persona y seguir igual de enamorada que al principio?
—Sí —responde sin pensar, mirándome fijamente a los ojos.
—Yo creo que también —acabo admitiendo en voz alta.
—No me extraña. Tú y yo siempre hemos buscado cosas parecidas.
—¿Cómo está el nieto de los enamorados del momento? —pregunta Milán, interrumpiendo nuestra conversación con una copa de vino ya en la mano y una sonrisa en el rostro.
—Ya estabas tardando en venir a molestar —suelta mi amiga, y lo único que consigue es arrancarle una carcajada.
—Oye —me llama en esta ocasión a mí—. ¿Puedo hablar contigo un momento?
—Claro.
Saludamos a todas las personas conocidas que nos encontramos por el camino, hasta que llegamos a una zona en la que no hay tanta gente y podemos hablar con más tranquilidad.
—¿Todo bien? —pregunto cuando por fin estamos solos. Asiente con la cabeza—. ¿Ha pasado algo con Nicole? La noto un poco distante y apenas contesta los mensajes del grupo.
Resopla y niega con lentitud.
—No quiero hablar de Nicole esta noche.
—Entonces ha pasado algo.
—Con Nicole siempre pasa algo —admite con un suspiro—. Pero no quiero hablar de ella. He pasado página.
—Por fin, querido amigo —bromeo, dando algunos toquecitos en su hombro derecho bajo su mirada fulminante—. Solo te ha costado unos… ¿quince años?
—En realidad, veinte —me corrige.
—Vuestra historia es bastante peculiar.
—Sabes que no quiero saber nada de ella —insisto—. Al menos, no de ese modo.
—Y tú sabes que siempre acabas haciendo todo lo que ella quiere, porque siempre ha sido y será tu debilidad —le recuerdo.
Suelta un gruñido.
—Ya no —dice, y sé que lo hace en un intento de autoconvencerse así mismo de lo que está diciendo—. He decidido pasar página, y esta vez de verdad. Es inútil intentar arreglar nuestras diferencias y dejar el pasado atrás. Es demasiado testaruda.
—Tú tampoco te quedas atrás.
—Lo que tú digas. —Chasquea la lengua—. Quería preguntarte una cosa.
—Soy todo oídos.
—¿Hay algo entre Gia y tú?
Tenso la mandíbula. De nuevo, mi cuerpo responde solo y mi corazón comienza a latir desbocado.
—Claro que no —afirmo de forma tajante.
—¿No? —Entrecierra los ojos—. He visto cómo os miráis.
—No hay nada entre nosotros. No la conozco, ni tampoco me interesa hacerlo. Ya te dije que no me cae bien.
—¿Estás seguro de que no te gusta?—insiste, con curiosidad.
—Lo estoy.
—Genial, porque a mí sí que me gusta —admite, ahora un poco más entusiasmado—. Y creo que voy a pedirle una cita para conocerla mejor.
Observo cómo se aparta de mi lado y se pierde entre la multitud, sintiéndome confundido al no entender por qué de repente siento una presión extraña en el pecho.