Todos los atardeceres en los que me enamoré de ti (Cielos opuestos 1) 13 | ESPINAS Y ROSAS
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13 | ESPINAS Y ROSAS

Gia

Al final del camino nos recibe un enorme árbol con el tronco grueso y unas firmes ramas de las que cuelga un columpio de madera de dos plazas, sujeto por unas cuerdas finas, que parecen bastante resistentes.

Me quedo prendada. Desde este lugar, hay una vista panorámica espectacular de toda la ciudad bañada por unos rayos de luz que provienen del sol que empieza a ocultarse.

Poco a poco se pierde entre franjas anchas de un tono naranja y otras mucho más finas de color morado, las cuales se entrelazan creando una mezcla explosiva de colores que pintan el cielo con su intensidad.

—Te dije que te gustaría —murmura antes de apoyar su bicicleta sobre el tronco.

—Bueno, no está mal —respondo, tratando de disimular mi asombro.

Las vistas son espectaculares y el ambiente tranquilo, en el que solo se respira aire puro y se oye el sonido de las hojas al moverse. La verdad es que parece sacado de un cuento.

—Me gusta venir aquí cuando necesito despejarme y pensar, o cuando me siento demasiado abrumado —me cuenta, como si me importara lo más mínimo, cuando se sienta en el columpio, que cruje levemente al sentir el peso.

Resoplo y me acerco a él, me siento a su lado y mis pies quedan en el aire. Sonrío de forma inconsciente al admirar el escenario que tengo frente a mí cuando comenzamos a mecernos suavemente hacia delante.

—¿Y por qué me has traído?

—Porque tú también pareces necesitar despejarte y pensar.

Nos quedamos en silencio. Y aunque me cueste admitirlo, no es un silencio incómodo, sino uno de esos que te envuelven y llenan cada espacio vacío.

—¿Cuánto tiempo llevas viviendo en Cortona? —me atrevo a preguntar después de algunos minutos observando ensimismada el horizonte.

—Unos cuantos años ya.

—¿Y de dónde eres? —insisto, intentando encontrar un tema del que hablar.

—De alguna parte del mundo.

Pongo los ojos en blanco.

—No sé para qué lo intento —resoplo, frustrada—, es imposible hablar contigo.

—¿Has visto qué bonito está el cielo? —pregunta, cambiando por completo de tema e ignorando lo que le acabo de decir.

—Sí —contesto casi en un suspiro.

—Cuando era pequeño —comienza a decir, captando mi atención, con una voz mucho más suave de la que estoy acostumbrada a oír—, me encantaba observar el cielo y perderme durante horas buscando mensajes ocultos entre las nubes.

Conforme fui creciendo, empecé a fijarme en otros detalles, como los colores.

Cómo el cielo es capaz de cambiar por sí mismo de color…

de un celeste intenso a un azul profundo.

Cómo cada tarde, a la misma hora, se funde entre tonos naranjas y rosados, a veces formando una mezcla de colores increíbles.

—Toma una pequeña pausa sin desviar la mirada del horizonte anaranjado—.

Y al día siguiente, todo vuelve a empezar.

Es increíble las lecciones que la naturaleza puede enseñarnos, todo lo que nos puede hacer reflexionar si nos tomamos el tiempo necesario cada día para apreciar los pequeños detalles que damos por sentado, como que cada mañana salga el sol y cada tarde se oculte.

—Nunca me había parado a pensar en todo esto —musito.

—A veces estamos tan inmersos en la rutina, tan perdidos en el día a día, que se nos olvida hacer una pausa y simplemente respirar; apreciar las pequeñas cosas de la vida, esas que parecen insignificantes, pero que le dan sentido a todo.

—Se encoge de hombros sin mirarme si quiera—.

O lo afortunados que somos por poder disfrutarlas.

Suspiro y lo miro con detenimiento, observando su perfil de cerca.

Tiene la línea de la mandíbula marcada, una nariz completamente recta sin ningún tipo de curvatura o irregularidad, perfectamente proporcionada al resto de las facciones de su rostro.

De entre los muchos lunares que parece tener repartidos por el cuerpo, me resulta curioso el que tiene en el lóbulo de la oreja, que parece un pequeño pendiente.

Su pelo oscuro está peinado hacia atrás, aunque con algunos mechones revueltos por el viento, y lleva una barba corta y bien cuidada que no solo le aporta madurez al rostro, sino también un atractivo que odio que me resulte tan irresistible.

Tiene un toque misterioso que llama mi atención, aunque sé que no debería hacerlo.

Parece observar algo que va más allá del paisaje, y me da la sensación de que está en medio de una lucha interna entre lo que ve y lo que piensa, como si recordara algo del pasado que le hace daño.

—A mí siempre me ha gustado admirar la luna —murmuro, y enseguida me mira con los labios fruncidos y los ojos bien abiertos.

Intento no prestar demasiada atención al nudo que está formándose en mi garganta al recordar a mi padre—.

No sé si lo que más me atrae es su brillo, o lo impresionante que es en todas sus versiones y formas.

Distinta según avanza en el ciclo lunar, aunque en el fondo, siempre sea la misma.

Me recuerda un poco a nosotros… —añado, divagando un poco en el tema—.

La forma en la que cambiamos y evolucionamos todo el tiempo.

Y como incluso, en nuestra etapa más oscura y por muchos cambios que hagamos, al final nuestra esencia es la misma.

No podemos ocultar quiénes somos en realidad.

¿Pero sabes qué es lo más bonito de la luna?

—Me mira fijamente, esperando una respuesta por mi parte—.

Que pase lo que pase, nunca deja de brillar.

Asiente levemente con la cabeza.

—Tú me recuerdas un poco a la luna —murmura, con sus ojos clavados en mis labios. Yo alzo ambas cejas y con la mirada, lo animo a continuar hablando—. Siempre brillas, incluso cuando no te das cuenta o no pretendes hacerlo.

No soy una chica que se derrita con cualquier palabra dulce, pero la forma en la que me mira, mientras pronuncia cada palabra, hace que algo se encienda en mi interior, un calor que recorre todo mi cuerpo hasta posarse en mis mejillas.

—Creo que es una de las cosas más bonitas que me han dicho nunca —admito, cada vez más sofocada y avergonzada por su cercanía—. Me sorprende que sepas hacer cumplidos.

—Es una de las muchas cosas que se me dan bien hacer —asegura.

—¿Y qué más cosas sabes hacer bien?

Me pierdo en sus labios sin darme cuenta. Parecen suaves y carnosos, especialmente el inferior. El arco de cupido, un pequeño pico que forma su labio superior, realza su boca de una forma irresistible.

—Tendrás que descubrirlo por ti misma.

—¿Es una invitación?

Echa la cabeza hacia atrás y suelta una pequeña carcajada.

—Tómalo como quieras.

Me estremezco cuando sus dedos me rozan la piel al colocar un mechón de pelo rebelde detrás de mi oreja.

Me doy cuenta de que he salido de la villa hecha un desastre; ni siquiera me he arreglado el pelo, ya que no pensaba encontrarme con nadie por el camino.

Mi intención era desconectar un rato y disfrutar de lo bonito que estaba el cielo.

—Ni siquiera me he peinado —murmuro, intentando domar un poco los rizos salvajes con los dedos y aplastar un poco con las manos la electricidad que se ha formado en la zona de la raíz—. Seguro que parezco un león.

—Un poco. —Suelta una risita y lo miro con los ojos entrecerrados—. Pero me gustan los leones.

Me coge un mechón de cabello y le da vueltas alrededor de su dedo. Mi cuerpo responde solo a su cercanía, haciendo que mi pecho se agite levemente.

—Estoy más guapa con el pelo liso —consigo decir, intentando que no se note que me tiembla un poco la voz, como prácticamente el resto del cuerpo.

—Estás más guapa cuando eres tú misma —afirma sin dudar.

Mis ojos y mi boca se entreabren en sorpresa y, como si se acabara de dar cuenta de lo que acaba de decir, frunce el entrecejo y se separa de mí, echando su cuerpo hacia atrás.

—No hace falta que te arregles tanto o cambiar tu apariencia como hiciste el sábado —añade—. No necesitas intentar destacar, porque lo haces todo el tiempo, aunque no seas consciente de ello.

Me quedo pasmada, sin saber qué decir. Se levanta del columpio y, sin dirigirme una palabra más, como si ya le hubiese supuesto demasiado esfuerzo haber hablado tanto conmigo, se monta en su bicicleta y me anima con la mirada a hacer lo mismo.

Me acerco para coger la mía, me subo en ella y comienzo a pedalear para seguirlo en el camino de vuelta a la villa.

No entiendo muy bien qué es lo que acaba de pasar, pero estoy deseando que vuelva a repetirse.

Cuando llegamos, me llevo la cena en una bandeja a mi habitación y cuando entro la dejo sobre la mesa.

Me sorprendo al ver que hay una pequeña caja negra —que hasta ahora no había visto— en el suelo.

La abro y encuentro dentro un montón de papel de seda del mismo color. Frunzo el ceño mientras lo saco todo, metiendo bien la mano en el interior. La aparto rápidamente cuando siento algo punzante pincharme la yema del dedo, que enseguida se cubre de sangre.

Ahogo un pequeño grito y lanzo la caja al suelo cuando veo que está llena de espinas y una rosa marchita justo en el centro.