12 | FLORES Y MÁS FLORES
Gia
El sol baña las calles empedradas de Cortona, coloreando los muros de piedra de un color dorado que la hace parecer sacada de una película.
La brisa, que cada día que pasa es más cálida que el anterior, mueve con suavidad los toldos de las terrazas y las flores que hay en los maceteros de cada balcón.
Me detengo cuando llego a mi destino: la floristería de Adela, el lugar donde, a partir de ahora, pasaré la mayor parte de mis días.
Miro la fachada colorida que tengo frente a mí y por fin suelto todo el aire contenido.
Tengo los nervios clavados en el estómago y ni siquiera he podido desayunar.
Necesito hacerlo bien y mantener este trabajo.
Me da miedo no ser lo suficientemente rápida para aprender todo sin que tengan que volver a repetírmelo, o no ser lo suficientemente buena y que mi presencia les resulte necesaria.
O no ser lo suficientemente dulce y amable como para caer bien a los clientes.
El cartel de madera desgastada que hay sobre la puerta indica el nombre del local: Fiori di Adela , en letras cursivas y un color buganvilla bastante llamativo. Tan solo el escaparate está lleno de diferentes tipos de flores, inundando el espacio de color y una fusión de aromas frescos.
Al entrar, una mezcla embriagadora de olores me da la bienvenida.
Huele a tierra húmeda; a la fragancia dulce, fresca e intensa que emana de cada planta.
Apenas hay espacio más allá del mostrador, ya que todo está a rebosar de diferentes tipos de plantas y macetas.
Las paredes están llenas de estantes repletos de cubos con flores de todo tipo, aunque solo soy capaz de distinguir girasoles, margaritas y rosas de muchos más colores de los que pudiera haber imaginado.
En otra balda, hay muchas cestas de mimbre con material guardado en su interior.
—Tú debes ser la nueva ragazza —me saluda una mujer de mediana edad con una sonrisa en el rostro.
Tiene los ojos de un azul tan intenso como los de Marietta, y lleva el pelo canoso recogido en un moño bajo.
Me extiende la mano, pero antes de que pueda estrecharla en un saludo cordial, se da cuenta de que está manchada de tierra y polen y la limpia suavemente contra la tela de su delantal antes de repetir el gesto.
—Gia, ¿verdad?
—Sí —afirmo—. Y usted debe ser Adela, ¿no?
—Sí —responde sonriente—. Pero ni se te ocurra tratarme de usted, ¡no soy tan mayor! —Suelta una pequeña carcajada—. Bueno, cielo, Micaelo no me ha dado demasiados detalles sobre ti, pero me dijo que eres nueva en la ciudad y que te hacía falta un trabajo con urgencia.
—Así es —me limito a contestar, sintiéndome bastante incómoda al tener que mentir cada vez a más gente.
—Veo que tú tampoco estás por la labor de darme más detalles. —Asiente con la cabeza y se ríe—. No pasa nada. Al final, acabarás sintiéndote tan cómoda conmigo, que me contarás hasta el último de tus secretos.
Pues espero que no.
—¿Algo importante que deba saber antes de que empecemos a trabajar juntas? —inquiere, mirándome con curiosidad.
Soy una asesina.
—Nunca he trabajado con flores —admito, omitiendo que tampoco me gustan las plantas ni la naturaleza en general.
—Tranquila, no tienes cara de haberlo hecho.
No sé cómo tomarme sus palabras, pero tampoco me da tiempo de asimilarlas, porque me agarra de la mano y me arrastra por toda la floristería para mostrarme cada rincón.
—Ahora puede que todo te parezca un poco lioso y que creas que no serás capaz de memorizar cada flor, pero te aseguro que es más fácil de lo que parece, y que enseguida te acostumbrarás —murmura sin soltarme la mano—.
Y no te preocupes si haces algo mal. Los primeros días son para aprender y jamás esperaría de ti, ni de ningún otro empleado, la perfección.
Tan solo que seas amable con los clientes, comprometida con cada trabajo que se te asigne, puntual y, muy importante, honrada. Lo demás llega solo, querida.
Asiento un par de veces, intentando memorizar todos los nombres que me ha citado hasta ahora de diferentes flores, y recordando el color de cada una de ellas para poder identificarlas mejor después.
—Tendrás que atender a los clientes y preparar pedidos, cuidar las plantas, retirar las que estén marchitas, ayudarme a mantener la tienda limpia y también preparar los arreglos florales de cada evento.
Abro la boca y la cierro antes de soltar alguna tontería. Micaelo no me dijo que tendría que hacer tantas cosas, aunque tampoco estoy en posición de quejarme.
—Casi toda la ciudad acude a este lugar cuando necesita flores o consejos para cuidar sus plantas, así que siempre estamos a rebosar de trabajo —sigue diciendo, sin cambiar la expresión alegre de su rostro—.
Hay más empleados, pero en tu turno solo coincidirás con Penélope y conmigo.
A veces, también con Nicole, una chica que viene siempre a ayudarnos con los eventos y bodas que tenemos que llenar de flores.
—A Nicole ya la conozco.
—Genial, una persona menos a la que presentarte, entonces. —Me guiña un ojo—. Este fin de semana, tenemos un evento muy importante en la ciudad, ¡el aniversario de los nonnos !
—Oh, no lo sabía. —Alzo las cejas.
—Cumplen cincuenta años de casados…, ¡Toda una vida! —exclama entusiasmada—. Yo nunca llegué a casarme, aunque me hubiera gustado hacerlo. ¿Y tú? ¿Tienes pareja, querida?
Niego rápidamente con la cabeza.
—No, qué va.
—Mejor, los hombres solo te hacen perder el tiempo. Es muy difícil encontrar a uno que valga la pena —añade con un suspiro—. Aunque para qué mentir, yo no pierdo la esperanza de hacerlo.
Vuelve a soltar una risita. Su entusiasmo me pone algo nerviosa, pero intento convencerme de que ya me acostumbraré.
Las siguientes horas pasan más rápido de lo que esperaba entre intentos fallidos de memorizar los nombres de las plantas, como Dianthus caryophyllu s —que se supone que es como se llama el clavel—, y los infinitos cuidados que parece tener cada flor; Adela insiste en atenderlas como si pudieran sentir cada estímulo y caricia.
Me agradezco mentalmente a mí misma haberme puesto ropa cómoda: un pantalón vaquero y una camiseta holgada, ya que he acabado llena de tierra y trocitos diminutos de hojas verdes; también de agua, pues he regado algunas plantas y he atendido a dos clientes que pidieron unos ramos de flores tan bonitos que me dio pena haberlos estropeado al prepararlos yo misma.
Pero con solo dedicarles una sonrisa, parecieron irse bastante satisfechos a pesardel pésimo resultado de mi trabajo.
Comí con Penélope y Adela en el descanso, y me resultó bastante sencillo seguirles la conversación y mantenerme integrada; son bastante simpáticas y muy atentas.
—Lo has hecho bastante bien para ser tu primer día —me anima Penélope, o Nely, como lleva toda la tarde insistiendo en que la llame, cuando salimos de la floristería.
Siento los brazos y las piernas cansados, y me duele la espalda. Estoy deseando llegar a mi habitación, darme una ducha y descansar.
—¿Tú crees? —La miro de reojo—. He estropeado algunos de los arreglos florales que ya tenía preparados Adela… y me he pinchado el dedo con la espina de una rosa. —Levanto el dedo índice, ahora cubierto por una tirita, y ella suelta una pequeña carcajada.
—Gajes del oficio. —Hace un ademán con la mano, restándole importancia, y se encoje de hombros—. ¿Necesitas que te lleve a casa?
—Oh, vivo en la villa de los nonnos —explico.
—Genial, me pilla de camino. —Me dedica una sonrisa—. ¿Te llevo?
—No quiero molestar —me apresuro a decir.
—¡No es ninguna molestia! —insiste—. De paso, me cuentas por el camino otra anécdota divertida de cuando vivías en España. Por cierto, tienes que enseñarme a hablar español. Me encanta el acento español, ¿te lo he dicho ya?
—Como unas doscientas veces a lo largo del día —bromeo.
—Es que todo lo que tenga que ver con España, me encanta. Tienes que darme clases, y presentarme a algún amigo tuyo. Es increíble que sepas hablar tantos idiomas.
—No es para tanto —contesto cuando nos subimos al coche.
—Claro que lo es —me contradice, frunciendo el ceño—. ¿Quién sabe hoy día hablar cinco idiomas? ¡Solo tú!
—Qué exagerada eres. —Suelto una carcajada—. Hay mucha gente que sabe hablar varios idiomas.
Al menos, algo de lo que he dicho en todo el día es verdad.
Sé hablar cinco idiomas: turco, español, italiano, inglés y cosas básicas del árabe.
Mi padre me apuntó a distintas escuelas de idiomas desde muy pequeña, preparándome desde niña para ser una buena sucesora en el futuro con el objetivo de poder ampliar horizontes con la empresa familiar.
Obviamente, esto Penélope no lo sabe. Ella piensa que mis padres eran árabes, pero que nos mudamos a España en cuanto nací, y que allí estudié y trabajé algunos años en una escuela de idiomas.
De momento, no me han hecho demasiadas preguntas sobre mi vida personal o la de mi familia, cosa que agradezco bastante.
El camino desde la floristería hasta la villa no es demasiado largo, así que no tardamos mucho en llegar. Me despido de mi compañera—y al parecer nueva amiga— con dos besos y salgo del coche sonriente, sorprendida por encontrarme tan satisfecha después de mi primer día de trabajo.
El aire es más fresco a esta hora de la tarde, cosa que se agradece después del calor que hemos tenido que soportar durante el resto del día.
El cielo es una mezcla explosiva de colores morados y naranjas que mantienen las nubes escondidas, y las hojas de los árboles que rodean la villa parecen bailar al ritmo de la brisa, que las mueve suavemente, produciendo un crujido suave y delicado en medio del silencio.
Cuando llego a mi habitación, saludo a Chanel llenándola de besos, cosa que no parece entusiasmarla demasiado, y enseguida salta de mi regazo y vuelve a tumbarse en su cama.
La acaricio una última vez antes de entrar al baño para darme una ducha, y después me visto de forma cómoda mientras dejo secar mi pelo al aire.
Decido dar una vuelta por los alrededores antes de ir al restaurante a cenar.
Me pongo una sudadera —porque es cierto que a estas horas empieza a refrescar bastante— y cojo prestada una de las bicicletas que hay en la entrada.
Micaelo me dijo que podía coger lo que quisiera sin problema, así que espero que no le importe mi atrevimiento.
Tiene una cesta de mimbre que me parece bastante mona, en la que tengo pensado colocar un libro la próxima vez que decida dar una vuelta, así podré sentarme en alguna parte del campo a leer con tranquilidad.
Aunque nunca me hubiera entusiasmado la idea, ahora me empieza a resultar un poco más atractiva, así que no descarto hacerlo pronto.
El sillín es bastante duro e incómodo, pero me esfuerzo en pedalear y no pensar en que los músculos de los glúteos se me están entumeciendo; más bien trato de concentrarme en el paisaje tan bonito que hay a mi alrededor.
Me abro paso por un camino que está rodeado de campo y colinas redondeadas cubiertas por viñedos, árboles cipreses que van formando un conjunto de sombras por el camino, y girasoles que todavía brillan gracias a losescasos rayos de sol que iluminan la zona.
El viento me golpea en la cara y me revuelve el pelo, todavía húmedo y con los rizos alborotados.
Y entonces lo veo.
A pesar de la distancia, distingo su figura, que avanza pedaleando en otra bicicleta en dirección contraria a la que yo me estoy dirigiendo sin rumbo alguno.
Ambos disminuimos la velocidad cuando nos cruzamos, pero es él quien frena de golpe y me veo obligada a hacer lo mismo en un acto reflejo; apoya el pie en el suelo y me mira en silencio con una ceja alzada.
—¿Hay algún rincón en esta ciudad en el que no me vea obligada a compartir oxígeno contigo? —pregunto cuando el estudio que me están haciendo sus ojos empieza a ponerme nerviosa.
—Deja de perseguirme y no tendrás que hacerlo —replica Luca.
—No te estoy persiguiendo, solo intentaba pasar un rato agradable y tranquilo —me defiendo—. Y lo estaba consiguiendo hasta que has aparecido.
—Me alegro entonces de que nos hayamos encontrado.
Sonríe. Y yo no puedo evitar fijarme más de lo necesario en la forma en la que su camiseta se le pega al cuerpo sudado, resaltando los cuadraditos que marcan su abdomen.
—¿Qué pasa? Te gusta mi camiseta, ¿o qué?
Por primera vez, me quedo sin palabras. No tarda demasiado en soltar una pequeña carcajada al notarlo y niega con la cabeza antes de subir de nuevo los pies a los pedales.
—Ven conmigo, te voy a enseñar un sitio que te va a gustar.
No me da opción a negarme ni a responderle que no pienso ir con él a ninguna parte. Sin saber por qué, cuando gira y comienza a pedalear cuesta abajo, mis piernas se ven obligadas a seguirlo, aunque mi cabeza me grite que no debería hacerlo.