11 | TEN UNA CITA CONMIGO
Luca
Terminamos de cenar entre risas y anécdotas que mis amigos le cuentan a Gia, y alargamos la noche un poco más pidiendo otra botella de vino.
—¿Estás bien? —susurra Bianca cerca de mi oído—. Estás muy callado esta noche.
—Solo estoy cansado —miento, y sé que se da cuenta enseguida, porque me conoce bastante bien y porque frunce los labios antes de acomodarse de nuevo en su silla, aunque es demasiado prudente como para insistir.
Estoy incómodo y enfadado. No soporto escuchar las risas escandalosas de Gia, ni que a mis amigos parezca caerles tan bien.
No quiero que este encuentro vuelva a ocurrir.
No quiero tener que llevarla de vuelta a la villa y que vuelva a agarrarme por la cintura durante el camino.
Ni que tararee canciones cerca de mi oído y me embriague con el olor a vainilla que desprende su cabello.
No me gusta esta chica, y no me engaña con esa fachada de chica dulce e inocente.
Aparto la mirada de la mesa y observo el cielo, coloreado de un azul intenso en el que algunas estrellas se asoman discretas entre las nubes.
A esta hora, empieza a refrescar, y la brisa nos golpea con suavidad.
En la plaza, que hace horas estaba llena de vida, ya no hay tanto bullicio, aunque aún quedan algunas personas paseando, y otras muchas que salen de las cafeterías y restaurantes de la zona.
Pese a la mezcla de voces y ruidos que hay alrededor de nuestra mesa, distingo a lo lejos la melodía de una canción italiana desde el interior del restaurante.
Miro a Gia.
Está abrazándose a sí misma, frotándose los brazos con suavidad, mientras parece interesada en lo que Nicole está contando sobre sus pequeños y revoltosos mellizos, Alonzo y Chiara.
Está muy orgullosa de ellos y, cada vez que tiene oportunidad, presume de lo guapos y listos que son, enseñando algunas de las infinitas fotos y vídeos que guarda en el móvil.
Es madre soltera, y aunque no lo tiene fácil y a veces se le complica lidiar con ellos, lo hace genial.
Esos pequeños terremotos pueden estar muy orgullosos de la madre tan increíble que les ha tocado.
Suelto un pequeño gruñido cuando veo a Gia castañear los dientes; le dije que iba a refrescary no me hizo caso.
No quiero tener problemas con Micaelo, así que arrastro la silla hacia atrás, dispuesto a levantarme y acercarme a ella, pero cuando estoy a punto de hacerlo, Milán le pasa su chaqueta por los hombros.
—Muchas gracias —responde con una sonrisa—. Pero vas a pasar frío tú.
—No te preocupes, dolcezza —dice él, negando con la cabeza.
—Va a pensar que eres una buena persona y todo —gruñe por lo bajo Nicole, que como siempre, tiene que aportar un poco de sarcasmo cuando se trata de algo relacionado con nuestro amigo.
—No te pongas celosa. —Milán envuelve uno de los rizos de la rubia alrededor de su dedo índice y lo acaricia con suavidad. Ella entreabre los labios y lo observa con cautela mientras él le dedica una sonrisa seductora—. A ti puedo abrazarte, si quieres.
—Antes preferiría morir de hipotermia —replica la rubia.
—Vais a asustar a Gia —los interrumpe Rodrigo, que hasta ahora había estado muy pendiente de su teléfono, seguramente contestando mensajes y correos del trabajo. No sabe parar y dejar las obligaciones a un lado y disfrutar.
—No creo que sea una chica que se asuste con facilidad —murmura Sienna, antes de soltar una carcajada.
Nos levantamos dispuestos a marcharnos cuando ya no queda ningún otro cliente en el local, tan solo los trabajadores recogiendo antes del cierre.
De momento no nos han dicho que nos vayamos, ya que somos clientes habituales y están acostumbrados a que prácticamente cerremos nosotros, pero decidimos que es hora de irnos.
Nos despedimos en la puerta con un par de besos y abrazos. No me gusta demasiado el contacto físico, pero con mis amigos es diferente: entiendo que para ellos significa mucho y que es una forma de expresar su cariño hacia mí y, aunque principalmente lo hago por eso, la verdad es que lo disfruto.
—Vamos —le indico a Gia, que sigue parloteando con mis amigas. Parecen haber congeniado bastante bien.
—Un momento —me pide cuando estoy a punto de emprender el camino hacia el vehículo—. Toma tu chaqueta, Milán.
—Oh, de eso nada, preciosa. —Mueve la mano en un gesto despreocupado—. Vas a pasar frío, y más subida en la moto. Quédatela, ya me la darás la próxima vez que nos veamos.
—¿Estás seguro? —insiste ella, dubitativa.
—Claro. Además, a ti te queda mucho mejor que a mí. —Guiña un ojo. Yo resoplo con pesadez. Qué manera más cutre tiene mi amigo de ligar, y lo peor es que le funciona la mayoría de las veces.
—Diez segundos —susurro para que solo ella pueda oírme, cerca del lóbulo de su oreja. Abre los labios ligeramente al sentir mi contacto—. Si cuando termine de contar sigues intentando ligar con mi amigo, me piro y te buscas un taxi.
Me mira casi sin pestañear, siguiendo un recorrido imaginario por mi rostro, y me tenso cuando creo que está estudiando mis facciones. Se humedece el labio inferior, y no puedo evitar seguir con la mirada el movimiento rápido que hace su lengua.
—Diez… —comienzo a enumerar.
La voz me sale más ronca de lo normal. Y no sé por qué, pero sigo con la mirada clavada en su boca.
Pese a que estamos todavía rodeados de mis amigos, que están inmersos en sus propias conversaciones, alargando como siempre la despedida, parece como si solo estuviéramos ella y yo, como si el resto hubiese pasado a un segundo plano
—Nueve, ocho —sigo contando. Subo la mirada poco a poco, hasta clavarla en sus ojos, que me escrutan con descaro—. Siete, seis —digo, alargando un poco cada sílaba, o este momento, no lo sé—. Cinco, cuatro… —Esta vez soy yo el que toma una pequeña pausa para humedecerme los labios—. Tres, dos…
—Uno —me interrumpe, acortando la distancia y acercándose a mí, hasta que siento su aliento en mi oído. Mi cuerpo reacciona solo, de manera involuntaria, y se estremece ligeramente.
—¿Luca? —La voz de Bianca me saca del trance en el que estaba ahora mismo, perdido en unos labios carnosos que me desafiaban con cada movimiento—. Te estoy hablando.
—Perdona, no te había oído —me disculpo.
—Ya veo. —Mira a Gia fijamente, como si intentara encontrar respuesta a alguna pregunta en su mirada.
—¿Qué estabas diciéndome?
—Te preguntaba si mañana podría ayudarte en el establo —repite—. Me gustaría ir a montar un rato.
—Claro, ven a la hora que quieras. —Asiento un par de veces.
—Genial. —Sonríe—. Te envío un mensaje por la mañana.
Me rodea el cuello en un gesto cariñoso y, en un suave y rápido movimiento, me atrae hacia ella hasta que sus labios rozan mi mejilla.
—Ten cuidado en el camino. Y avísame cuando llegues a tu casa.
—Lo haré.
Sonríe antes de marcharse por el mismo camino por donde se han ido el resto de mis amigos.
—¿Vamos? —le pregunto a la pelinegra cuando estamos solos.
Me responde con un asentimiento de cabeza y ambos emprendemos el camino hacia mi moto.
Gia
—¿No se te agota nunca la energía? —pregunta Luca de forma tranquila, mientras guarda los cascos—. No has parado de cantar en todo el trayecto.
—Es que tu compañía es muy aburrida, y tengo que entretenerme conmigo misma.
—Pues parece que te lo has pasado bastante bien esta noche.
—Sí —respondo—. Pero no contigo, si no con tus amigos.
—¿Insinúas que no soy capaz de hacer que te lo pases bien? —Se acerca a mí.
Trago saliva y me separo ligeramente, dando un pequeño paso hacia atrás.
—Sí.
—Estás muy equivocada conmigo, Gia. —Algo en mi interior se estremece al oír mi nombre con esa voz ronca y ese acento que le hace parecer mucho más atractivo de lo que me gustaría admitir—. Puedo hacer que te lo pases muy pero que muy bien.
Doy un paso adelante, acortando unos centímetros de distancia, tanto, que nuestros cuerpos casi se rozan. Puedo sentir su respiración, mucho más acelerada que de costumbre, ya que siempre suele estar bastante tranquilo.
—Demuéstralo.
Me quedo boquiabierta cuando echa la cabeza hacia atrás y suelta una carcajada.
Acaba de reírse . Y por algo que he dicho yo. Tendría que haberlo grabado para usarlo en su contra en el futuro.
—No empieces algo que no puedas acabar —me dice, picándome.
Sus ojos oscuros, del mismo color que el ébano, se clavan en mí, cargados con un brillo que no consigo descifrar del todo.
—No me subestimes —digo casi en un susurro.
Alzo el mentón y le sostengo la mirada, intentando ver más allá de la oscuridad de sus ojos, tratando de entender qué esconde ese frío abrasador.
—Ten una cita conmigo —propone de repente.
Alzo las cejas, sorprendida.
—¿Una cita? —pregunto incrédula—. ¿Contigo?
—Sí.
Lo observo con la cabeza ladeada.
—¿Pero tú sabes lo que se hace en una cita? —suelto con sorna—. Lo principal: hablar. Algo que, visto lo visto, no es tu punto fuerte.
Una sombra de diversión se cruza en su rostro.
—Prefiero escuchar antes que hablar sin parar como haces tú.
—Y yo prefiero ser una persona normal y no un bloque de hielo —replico, poniendo los ojos en blanco. De verdad, qué persona más desagradable—. ¿Has terminado de vacilarme? Porque tengo frío y quiero irme a dormir.
—Te dije que pasarías frío —me recuerda.
Pongo los ojos en blanco otra vez.
—No sabía que controlabas el clima. —ironizo—. Lo tendré en cuenta para preguntarte la próxima vez que salga contigo a alguna parte. Es decir, nunca.
Doy media vuelta y comienzo a caminar hasta la entrada de la villa. Pero unas manos grandes y ásperas me detienen en seco, sujetándome la muñeca con una sorprendente delicadeza.
—Tienes miedo —dice sin dejar de mirarme con esos ojos oscuros y esa voz ronca que me hace sentir tensa.
—¿De que estés diciendo más de dos palabras seguidas? —cuestiono, vacilante—. Sí.
—De tener una cita conmigo, y que no sea suficiente.
—No me hace falta una cita contigo para saber que no querría tener ninguna más —replico casi con rabia—. No me gusta la idea de pasar por ningún tipo de tortura y, definitivamente, estar contigo lo es.
—A mí tampoco me hace falta una cita contigo para saber que te aborrecería incluso más de lo que ya lo hago.
—Genial, porque el sentimiento es mutuo. —Me giro de nuevo cuando ya estoy a punto de entrar—. Ah, y una cosa más.
Enarca una ceja, mirándome con cierta curiosidad.
—El día que realmente quieras tener una cita conmigo, tendrás que ganártela.