10 | DE REPENTE, ME ENCANTAN #2
La luz tenue de los farolillos se entremezcla con la iluminación de la plaza y, desde el cielo, algunos rayos de luz se cuelan entre los tejados de las casas, envolviendo el paisaje.
Gia observa nuestro alrededor con sus expresivos ojos marrones bien abiertos, y parece bastante embelesada.
Oculta la sonrisa que se ha formado en su rostro y, sujetando el asa del bolso entre sus manos, se pone recta y carraspea antes de mirarme.
—Un sitio precioso, doy por hecho que no lo has elegido tú —se atreve a decir.
—¿Y eso por qué? —No puedo evitar alzar una ceja ante su impertinencia.
—Porque estoy segura de que no tienes tan buen gusto —arremete.
Su afirmación me hace soltar una pequeña carcajada.
—Madre mía, ¿te acabas de reír? —Parpadea de forma exagerada—. ¿Los sábados tienes permitido sonreír y quitar la cara de acelga que llevas el resto de la semana?
—El sentido del humor no es tu punto fuerte.
—La amabilidad tampoco es el tuyo.
—¿Habéis terminado ya? —nos interrumpe mi amigo Milán, que hasta ahora nos había estado esperando en la mesa del final, junto a los demás, que nos observan sonrientes —algunos más que otros, he de admitir—, desde su sitio.
La mirada que le dedico es suficiente para que entienda que es mejor que no diga nada más, por lo que acaba alzando las manos en señal de rendición con una sonrisa ladeada en el rostro.
—Hola, Milán —lo saluda Gia con voz dulce.
Giro mi cabeza hacia ella de forma brusca cuando la escucho, completamente incrédulo.
La chica se coloca un mechón de pelo detrás de la oreja y le dedica una sonrisa.
No doy crédito a lo que veo: le sonríe como si fuera una chica dulce y apacible, como una sirena que intenta atrapar a un pirata con su delicada voz.
Lo peor es que mi amigo parece haber caído en sus redes desde que la ha visto aparecer.
La situación me está poniendo de los nervios y la noche ni siquiera ha empezado todavía.
—Buenas noches, dolcezza. —La mira de arriba a abajo con descaro.
Ella sigue sonriendo como si tuviera quince años y acabara de ver al chico que le gusta—.
Deberías llevar un cartelito para advertir de que tienes una sonrisa que puede causar palpitaciones en el corazón.
—Se lleva una mano de forma exagerada al pecho—.
Porque a mí creo que está a punto de darme un infarto.
Pongo los ojos en blanco, mientras que ella suelta una carcajada.
—Qué simpático —murmura, mirándome a los ojos fijamente, como si me estuviera desafiando con esas dos perlas oscuras que brillan casi tanto como los farolillos que nos alumbran.
—Ven, te presentaré a los chicos —murmura Milán, ignorando por completo mi presencia y guiando a Gia hasta la mesa, con la mano apoyada en la zona baja de su espalda.
Todos la observan con atención, supongo que sin entender muy bien el motivo de su presencia.
No suelo presentarles a los huéspedes de la villa —a menos que entable algún tipo de relación con ellos— y, mucho menos, traigo a ninguno a nuestras reuniones de los sábados.
Pero aquí estoy, obligado por Micaelo, al que es imposible desobedecer.
—Ella es Gia —la presenta Milán, como si fuesen amigos de toda la vida y no dos completos desconocidos a los que presenté yo mismo—.
Y ellos son Rodrigo —señala con la mirada al rubio de ojos grisáceos—, Bianca —la chica dulce de ojos verdes y cabello rizado, que además de una de mis mejores amigas también es mi compañera de trabajo— y Alessandro.
—el chico de pelo negro azabache y sonrisa torcida la saluda desde su asiento—.
Ella es su mujer, Sienna. —La castaña le dedica una sonrisa ladeada y la saluda moviendo su mano izquierda—.
Y, por último —carraspea antes de continuar—, Nicole.
—La rubia de rizos rebeldes lo fulmina con la mirada desde su sitio antes de apartarla y sonreír a nuestra querida invitada—. Nuestra mami —añade Milán.
—No soy tu mami. —Resopla y le da un sorbo a su copa de vino, que ya casi está vacía.
—Pero podrías serlo si quisieras. —Le guiña un ojo y la rubia tose cuando se atraganta con la bebida.
—Encantada de conoceros a todos —murmura Gia. Vuelve a pasarse un mechón de pelo por detrás de la oreja; ya lo ha hecho varias veces esta noche. Una de ellas, hace un momento cuando intentaba coquetear con mi mejor amigo.
—Ven, siéntate con nosotras —la anima Sienna, que ha dejado un asiento libre entre ella y Nicole, supongo que para que pueda integrarse mejor en las conversaciones de esta noche y sentirse más cómoda.
Bianca me sonríe y da un par de palmaditas en la silla que hay a su lado, la misma que, como cada sábado, me ha reservado para que me siente junto a ella.
— Buonasera . —Me acomodo en la silla y saludo a mis amigos.
Enseguida se centran en Gia y en hacerla sentir lo más cómoda posible, cosa que sabía que pasaría desde el primer momento.
Aunque no entiendan el motivo por el que está aquí —no los culpo, porque yo tampoco lo hago—, no dejarían que se sintiera excluida solo por no ser parte de nuestro grupo.
—¿Y qué te trae por Cortona, Gia? —pregunta Bianca, con curiosidad, mientras se lleva un trozo de comida a la boca.
La pelinegra coge su copa de vino y le da un sorbo largo antes de contestar.
—Pasé por una mala racha y quería tomarme un tiempo de desconexión en un lugar bonito como este. —Sonríe mostrando todos los dientes y desde mi sitio veo perfectamente cómo juguetea con sus dedos sobre su regazo; parece estar algo nerviosa.
—Mmm. —Asiente la otra—. Qué bien que puedas permitirte estar un tiempo sin hacer nada —contesta en tono cortante.
Alessandro se lleva la copa a los labios y me señala a las chicas con un movimiento de cabeza, pero no pienso intervenir.
—Oh, no, voy a estar bastante ocupada aquí. —Vuelve a sonreír, aunque esta vez, parece un gesto mucho más forzado y calculado.
—¿Paseando y haciendo fotos? —Bianca alza una ceja—. Qué bien.
Le doy un rodillazo por debajo de la mesa para que se calle y me mira con recelo.
—Trabajando —responde con tranquilidad—. Empiezo el lunes.
La miro. No sabía nada, aunque tampoco tengo por qué saberlo.
—¿Ya has encontrado trabajo? ¡Qué rápido! —murmura Nicole.
—En una floristería —sigue diciendo.
—Espera —la interrumpe Sienna—. No será en la floristería de Adela, ¿verdad?
—Sí, creo que sí. —Vuelve a beber de su copa de vino—. El lunes empieza mi periodo de prueba. Es genial, me encantan las flores… ¡Y toda la naturaleza! —exclama, simulando fatal un entusiasmo que es inexistente, a la vez que mueve las manos en el aire de forma exagerada.
—Yo trabajé ahí hace unos años —le cuenta Sienna—. Y Nicole —la señala girando el pulgar hacia ella—, suele ir cuando tienen alguna boda o evento importante.
—Qué bien. —Gia sonríe de nuevo—. Espero poder adaptarme pronto.
—Claro que sí. —La rubia hace un movimiento despreocupado con la mano, restándole importancia al asunto.
—De repente me encantan las flores —afirma Milán, con una sonrisa coqueta en el rostro.
Nicole responde con un bufido y mis amigos se ríen. Yo, mientras tanto, me quedo embelesado conla brillante sonrisa que Gia le dedica a mi amigo.