Todos los atardeceres en los que me enamoré de ti (Cielos opuestos 1) 10 | DE REPENTE, ME ENCANTAN
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10 | DE REPENTE, ME ENCANTAN

LAS FLORES

Luca

Aprovechando que por fin es sábado, he quedado con mi grupo de amigos. Una noche cada dos semanas, solemos reunirnos para pasar un buen rato. Nuestro ritmo de vida es muy ajetreado últimamente, así que decidimos dedicarnos dos días fijos al mes para estar juntos.

Normalmente, vuelvo a casa con la energía recargada para afrontar los siguientes quince días, pero tengo la sensación de que esta noche, por primera vez en mucho tiempo, será diferente.

Prácticamente, Micaelo me ha obligado a llevar a Gia, y no me ha quedado otra que aceptar. No sé por qué tiene tanto interés en que ayude a la chica a integrarse y la trate como si fuera nuestra invitada —cuando es una simple huésped más—, o eso quiero creer.

No ha querido darme más detalles, y como soy incapaz de contradecirlo… aquí estoy, esperando a que a la chica le apetezca aparecer por la puerta, donde llevo más de cuarenta segundos esperándola.

Odio la impuntualidad, y ya van cincuenta segundos de retraso.

—Si no aparece por la puerta en un minuto, me voy —le informo a Micaelo, que pasa sonriente por mi lado, sujetando un montón de papeles—. Y da gracias, le he dado sesenta segundos de margen.

—No empieces —me advierte con una ceja alzada—. Sé amable con ella.

—No entiendo por qué tengo que hacerlo —refunfuño.

—Porque te lo he ordenado yo —sentencia—. ¿No es razón suficiente?

Abro la boca y la cierro un par de veces. Quiero contradecirle, pero no soy capaz de hacerlo. Confieso que Micaelo tiene un poder sobre mí que pocas personas han conseguido tener en mis treinta años de vida.

—Déjalo, cariño, oggi è di malumore —interviene la que hasta ahora era como una abuela para mí.

—¿Hoy? —Suelta el nonno , con una carcajada bastante irónica—. Este chico siempre está de mal humor.

—Es cierto. —Su mujer asiente con la cabeza—. Pero tiene un corazón tan grande que no le cabe en el pecho. Ojalá más personas pudieran descubrir eso.

—¿Y cómo lo van a hacer? —replica su marido—. Si espanta a todo el mundo con sus gruñidos.

—Sigo aquí —los interrumpo, pero no sirve de nada; Marietta suelta una risita y acuna mis mejillas con sus manos.

—Sonríe un poco, cariño. ¡Estás guapísimo esta noche!

Pellizca mi mejilla y no puedo evitar sonreír. La nonna siempre tiene ese efecto en las personas; es imposible estar a su lado y no contagiarte de su alegría y dulzura, aunque esto último me cueste un poco más.

El sonido seco de unas pisadas resuena a nuestro alrededor, sacándome de mis pensamientos. Sus pasos, firmes y decididos, se aproximan a nosotros con más velocidad de la que se podría esperar en una mujer calzando unos tacones de semejante altura.

Mi mirada pasea por su atuendo con descaro, y no me importa reconocerlo. Lleva unos vaqueros de pierna ancha que resaltan sus curvas de una forma peligrosa, y una blusa de punto con los hombros al descubierto, que deja ver su piel bronceada y unas clavículas marcadas que le dan un toque seductor.

Se ha planchado el pelo, por lo que hoy sus rizos están ocultos, y tampoco lleva el típico pañuelo atado en la cabeza que hasta ahora estaba acostumbrado a ver sobre su melena.

Parece que se ha esforzado en dar una buena impresión con su apariencia, aunque no le hace falta arreglarse demasiado para hacerlo.

Estoy seguro de que no es consciente de la forma en la que llama la atención de todo el mundo cuando camina o cuando se aparta el pelo de los hombros y deja algo de piel al descubierto.

O cuando sonríe. Sí, cuando sonríe, ilumina hasta la habitación más oscura.

No es mi tipo de chica, pero he de reconocer que esta noche está deslumbrante.

No le hace falta maquillarse en exceso, porque tiene una belleza natural que te cautiva desde el primer cruce de miradas.

Tampoco necesita arreglarse demasiado para hacerse notar, tan solo con ponerse ese pañuelo que hace que parezca un maldito pirata…

, es suficiente para deslumbrar a todo el mundo.

Por no hablar de que tampoco le hace falta llevar ropa ceñida que marque su figura para seducir a nadie; ya es capaz de provocarte una taquicardia con cualquier vestido holgado.

Y lo detesto.

—Buenas noches. —Se pasa un mechón de pelo por detrás de la oreja y nos dedica una pequeña sonrisa.

—¡Estás preciosa, cariño! —la saluda Marietta, entusiasmada—. Qué bien te queda el pelo así.

—Gracias. —Parece sonrojarse—. Me lo suelen decir mucho.

Ya sabes… El pelo de leona no suele gustar demasiado y da un aspecto más desaliñado, así que he optado por arreglarlo un poco esta noche —nos explica, pronunciando cada palabra con demasiada rapidez—.

Quería causar una buena impresión a tus amigos —termina diciéndome a mí.

—No hacía falta que te arreglaras tanto.

—No seas grosero, Luca —me regaña Marietta, dándome un manotazo en el brazo.

—Estás bellísima. —Micaelo le sonríe con aprobación. Necesito saber qué le ha dado con esta chica y por qué le cae tan bien—. Compórtate —me advierte, señalándome con su dedo índice, antes de marcharse junto a su mujer.

Pongo los ojos en blanco y salgo de la villa seguido por la pelinegra con unos tacones que se pelean con el camino empedrado, hasta que llegamos a mi pequeña moto. Cuando llegamos hasta mi pequeña moto, me mira con el ceño levemente fruncido.

—¿Otra vez tenemos que subir en esto? —replica.

—Yo sí —contesto de forma seca—. Tú, si quieres, puedes ir andando. —Señalo con un gesto de cabeza sus zapatos de tacón y suelta un resoplido.

—No tendrás esa suerte —masculla entre dientes cuando le entrego su casco. Me echa un vistazo de arriba a abajo mientras me pongo el mío y reprime una pequeña sonrisa—. Hoy te has quitado el uniforme de jubilado.

—Y tú el disfraz de pirata.

Suelta una carcajada, y no puedo evitar fijarme en cómo echa hacia atrás su cabeza, tanto, que el pelo le llega al trasero. Su garganta se mueve con la vibración que provoca su risa.

—Espera —vuelve a decir cuando estoy a punto de subirme en la moto—. No quiero que se me estropee el pelo. —Se ata la melena en una coleta baja y se coloca el casco con una destreza que no recordaba haber visto la última vez que fuimos juntos.

—Claro, tómate tu tiempo, solo llegamos veinte minutos tarde —protesto.

—¿Los has contado uno a uno? —dice con sorna.

—Casi. —Me pongo el casco y vuelvo a mirarla antes de subirme al sillín—. Por las noches suele refrescar. Vas a pasar frío —la advierto.

—¡Qué atento! —exclama con ironía, y me da un pequeño toque en el brazo.

—Lo digo en serio —prácticamente gruño, apretando las manos con fuerza sobre el manillar.

—No pasa nada. —Pasa sus brazos por mi cintura y se aferra a mí con fuerza—. Siempre puedes volver a dejarme tu chaqueta.

Tenso la mandíbula.

—No.

—Eres demasiado bueno como para dejarme pasar frío, ¿a que sí?

—No, no lo soy —replico.

—Sí que lo eres. —La miro por encima del hombro y veo que está sonriendo—. Marietta dice que eres un encanto. Y ahora, arranca, que llegamos tarde.

***

El camino hasta el restaurante en el que vamos a cenar se me hace eterno; cada segundo que paso con sus brazos alrededor de mi cintura y su mejilla sobre mi espalda, es una tortura.

No me gusta el contacto físico con personas que no conozco, y menos si me caen tan mal como la chica que tengo tarareando sentada detrás de mí.

—¿Es que no te callas nunca? —reprocho—. Me estás provocando dolor de cabeza.

—¡Ay! Qué pena no haberme dado cuenta antes de lo mucho que te estaba molestando, hubiera cantado mucho más fuerte.

Suelto un gruñido como respuesta y aumento la velocidad cuando diviso a lo lejos el edificio donde se encuentra el restaurante en el que cenaremos esta noche, con la esperanza de encontrar un buen sitio donde aparcar la moto, poder cenar pronto y volver lo antes posible a la villa.

Gia observa con curiosidad la fachada del restaurante, que tiene un aspecto bastante antiguo.

De la pared cuelga la silueta de una bicicleta roja de metal junto a varios maceteros repletos de flores del mismo color.

El letrero parece rotulado a mano, con una tipografía clásica, y en cada una de las esquinas hay un girasol tallado, rodeando el nombre del lugar: La Loggetta .

La puerta de madera tiene un cristal incorporado que también tiene grabado el nombre del restaurante, dejando entrever parte del interior del local, lleno de mesas y sillas de madera clara dispersas sobre el suelo color terracota.

Una vez dentro, nos recibe un ambiente cálido y acogedor. El techo empedrado con forma de arco conserva los recuerdos del pasado, y la iluminación es ligeramente tenue gracias a la luz de las velas y los farolillos que hay repartidos en la sala, dando una sensación de intimidad.

Seguimos en silencio cuando terminamos de cruzar el interior del local y salimos a la terraza, donde las mesas están decoradas de la misma forma sencilla que las del interior: cubiertas por un mantel blanco, copas de cristal y jarrones con flores frescas.

El aire huele a vino, pan recién horneado y romero.

Desde aquí, Cortona parece aún más especial y bonita de lo que ya es.

Se pueden observar perfectamente las fachadas de piedras antiguas, los balcones de las casas, La Torre del Reloj que marca las ocho y media, que se encuentra ligeramente iluminada, y los callejones que envuelven la Piazza della Repubblica, donde mucha gente pasea y disfruta del ambiente tranquilo y acogedor que emana cada esquina de la ciudad.

El sol ya se ha escondido, provocando que el cielo quede teñido de un azul intenso que se funde con unas delicadas pinceladas de color morado y destellos dorados que acarician las nubes.