Todos los atardeceres en los que me enamoré de ti (Cielos opuestos 1) 9 | SÉ CÓMO SE SIENTE
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9 | SÉ CÓMO SE SIENTE

Gia

Abro los ojos poco a poco y me doy un susto de muerte al encontrar unos grandes ojos azules con las pupilas algo dilatadas, brillando con demasiada intensidad.

—¡Qué susto, Chanel!

Me reincorporo hasta quedar sentada en la cama, con la gata todavía sobre mi pecho.

Ahogo un pequeño grito al ver el estado en el que se encuentra mi habitación: las cortinas desgarradas y los trozos de tela están esparcidos por el suelo, las sábanas de mi cama y algunas prendas de ropa que todavía me quedaban por guardar, llenas de arañazos.

—Pero ¿qué es todo esto? —le pregunto a mi gata, como si pudiera contestarme, horrorizada con la escena. Salta de mi regazo hasta el suelo, pero tarda pocos segundos en empezar a dar brincos por toda la habitación, destrozando todo lo que pilla por el camino—. ¡Chanel! ¿Qué te pasa?

Me levanto de la cama e intento atraparla. Su pelaje —normalmente largo y suave— está erizado, lo que hace que parezca todavía más grande de lo que realmente es.

No queda rastro de la gata tranquila que conocí hasta ahora; en su lugar, una enorme bola de pelo corre a toda velocidad y salta entre los muebles, haciendo imposible que pueda atraparla.

—¡Ven aquí ahora mismo!—le ordeno, como si fuera a hacerme caso.

Me tropiezo con mi propio pie en un intento de correr tras ella y caigo al suelo torpemente.

Por suerte, freno con las manos justo a tiempo.

Levanto la mirada cuando escucho un maullido, y me arrepiento de haber dejado la puerta del balcón entreabierta cuando veo a Chanel completamente fuera de sí, dar un salto hacia el jardín.

El eco de un maullido de dolor y un golpe seco retumba en mis oídos. Me levanto con rapidez del suelo y corro hasta el balcón. Me asomo y me encuentro a la gata luchando por liberar una de sus patas de entre las ramas del árbol que tengo justo al lado de mi habitación.

—¡Chanel! —grito cuando la veo caer al suelo.

Me pongo rápidamente una sudadera y salgo pitando de mi habitación. Corro todo lo rápido que puedo hasta el jardín y una vez allí, me dejo caer al suelo y coloco a la gata, con mucho cuidado, sobre mi regazo.

—¿Qué ha pasado? —me pregunta Marietta quien, al oírme gritar, me ha seguido hasta el jardín.

—Me desperté de la siesta y estaba como loca… Ha destrozado toda mi habitación y cuando intenté atraparla… —reprimo un sollozo—, saltó.

Me siento aún más culpable cuando Chanel suelta un gemido de dolor; parece muy asustada y esconde su cabeza en mi pecho.

—Todo es por mi culpa —sollozo, abrazándola con cuidado.

—Te avisé de que es muy revoltosa —interviene su marido, que se acerca a nosotras—. Ahora, deja de llorar y levántate, nos vamos al veterinario.

No me doy cuenta de que estoy llorando hasta que es el propio Micaelo quien me lo dice.

Parece como si el tiempo se hubiera parado cuando Chanel decidió saltar como una desquiciada, y todavía no corriesen los segundos con normalidad.

Siento una presión en la cabeza, lo que me hace sentir un poco aturdida.

Me levanto del suelo —con mi gata todavía en brazos— con cuidado de no hacerle daño al rozar su patita delantera izquierda, que parece molestarle bastante. Y está cubierta de sangre. Mucha sangre.

Sigo los pasos de Micaelo y, sin importarme llevar el pantalón de pijama y una sudadera, entro en su coche e intento ponerme el cinturón de seguridad con una sola mano; me tiembla tanto que me resulta imposible, así que acaba haciéndolo él.

—Ya está, tranquila —sollozo contra su cabecita cuando la escucho soltar otro quejido.

—Relájate —murmura Micaelo—. Te dije que la gata era muy revoltosa. No es la primera vez que monta algún que otro numerito desde que se metió de okupa en nuestra villa.

No escucho nada más de lo que me dice a continuación. Me retumban los oídos y veo las calles, a través del cristal, borrosas. Cierro los ojos con fuerza y noto caer mis lágrimas.

Lo veo todo negro y rojo.

Negro como las oscuras sombras que me persiguen, y rojo escarlata como la sangre con la que están manchadas mis manos.

—Deberías pasar desapercibida y dedicarte a descansar todo el tiempo que estés aquí —consigo escuchar decir a Micaelo, pero el sonido no tarda en mezclarse con el agudo, fuerte y repentino estampido de una bala.

—¡No! —Me tapo los oídos con las manos, y empiezo a negar con la cabeza.

—¡Gia! —Escucho una voz, pero no soy capaz de reaccionar. No puedo abrir los ojos y deshacerme de esta oscuridad—. Vamos, Gia. Tranquila. —Su mano se posa en mi brazo, en un intento de acariciarlo, y doy un brinco sobre mi asiento, abriendo los ojos y volviendo por fin a la realidad.

Micaelo me observa atónito mientras intento recuperar el ritmo normal de mi respiración. Echo un vistazo a mi alrededor y compruebo que seguimos en el coche, solo que ahora ya estamos aparcados frente al veterinario.

—Lo… lo siento, yo…—balbuceo.

—Tranquila, piccola —me interrumpe—. Hablaremos de esto más tarde. Ahora, vamos.

Salimos del coche y me acompaña hasta la puerta de la clínica. Soy todo un manojo de nervios y lágrimas ahora mismo. Solo espero que no le pase nada a Chanel. No sé si podría soportarlo y, mucho menos, si sería capaz de perdonarme también por esto.

Luca

—Tranquilo, pequeñín —murmuro—. Seré rápido.

Al cachorro que tengo tumbado sobre la mesa de exploración parece que le da igual mi rapidez, puesto que sigue temblando e intentando zafarse de los brazos de su dueño.

Con un movimiento rápido, a la vez que preciso, pincho la piel del cuello del perro.

Suelta un quejido y le acaricio el lomo con mi mano libre, mientras que con la otra termino de administrarle todo el contenido de la vacuna.

Retiro la aguja y presiono, durante algunos segundos, con un algodón en la zona del pinchazo.

—Te has portado genial. —Acaricio su cabeza y recibo varios lametones que me tomo como muestra de su agradecimiento—. Os espero dentro de un año —le indico al dueño antes de entregarle el certificado de vacunación, en el que ya he dejado apuntada la que acabo de suministrarle.

—Muchísimas gracias, Luca —dice el hombre con cariño.

—Un placer. —Le dedico una cálida sonrisa.

Acaricio por última vez al cachorro antes de verlos salir de la consulta.

Muevo el cuello en un intento de destensar los músculos que siento doloridos y frunzo el ceño al escuchar algunos gritos y llantos que provienen de la sala de espera.

—¡Emergencia! Gato con traumatismo por caída —empieza a recitar Bianca, acercándose hasta mi consulta con el animal entre sus brazos—. Posible factura.

***

Me quito los guantes desechables y los lanzo a la papelera.

Salgo de la consulta y lo primero que veo al pasar por la sala de espera es la silueta curvilínea de una mujer que está de espaldas a la puerta de cristal.

Su larga melena oscura refleja algunos rayos de luz dorados.

Su postura es erguida, pero está cabizbaja y parece tener la mirada perdida en sus propios zapatos.

Abro la puerta y al salir, siento el aire fresco de la tarde en mi propio rostro. A esta hora suelen bajar las temperaturas, por lo que vuelve a hacer algo de frío, aunque no demasiado.

El cielo se va transformando, cambiando poco a poco de color: desde el azul a un naranja intenso que se funde con el amarillo vibrante donde el sol lucha por ocultarse.

Las nubes se tiñen con estos colores y se dispersan por todas partes, logrando que los destellos dorados del sol poniente se ven reflejados en los edificios y las casas empedradas que nos rodean; la verdad es que las vistas son dignas de una postal.

El cuerpo de Gia se tensa al notar mi presencia, pero no se mueve, sino que permanece inmóvil a mi lado. Nuestros brazos se rozan durante unos segundos, cuando su pecho vibra al ritmo de cada uno de sus sollozos.

Clavo la mirada en las personas que cruzan la calle frente a nosotros; no quiero enfrentarla ni ver sus lágrimas, así que simplemente permanezco junto a ella en silencio.

No creo ser de mucha ayuda cuando alguien está mal emocionalmente, como es ahora su caso; nunca sé qué decir ni qué hacer, y algunas veces acabo haciendo llorar aún más a la otra persona. Así que, en este momento, prefiero quedarme callado.

—¿Se va a poner bien? —pregunta, rompiendo el silencio que nos envuelve en el ocaso. Me atrevo a mirarla y me arrepiento justo después, cuando siento un pellizco en el estómago al ver sus ojos rojos y llenos de lágrimas que recorren sus mejillas.

—Sí. Va a estar bien —respondo, intentando tranquilizarla, aunque me doy cuenta de que he sonado más cortante de lo que pretendía—.

Los gatos están acostumbrados a las alturas y rara vez sufren daños graves por una caída.

—Noto un destello de esperanza en su mirada, y me invade una oleada de satisfacción.

—Me he asustado tanto —solloza de nuevo, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano—. Pensaba que… que… —Ni siquiera puede terminar de hablar, porque arranca a llorar con más fuerza.

Vuelvo a apartar la mirada.

No puedo evitarlo, no soy capaz de ver llorar a alguien a mi lado. No después de lo que pasó.

En este tipo de situaciones, suelo huir y esconderme en mí mismo, sin importarme dejar hundida a la persona que tenga al lado.

Pero, por alguna razón, no soy capaz de moverme para volver a mi puesto de trabajo.

Así que me quedo a su lado un poco más y, cuando siento que las temperaturas han decaído, hago una tontería más de la que sé que me arrepentiré: me quito la chaqueta y se la paso por los hombros.

Me mira perpleja y me limito a asentir con la cabeza, esperando que sea suficiente para que no haga ningún tipo de pregunta estúpida.

—Gracias —musita, aferrándose a la tela que ahora la arropa—. ¿Cuándo podré llevarme a Chanel?

—En un rato. —Hago el amago de girar y volver a entrar, pero mis pies permanecen inmóviles, impidiéndome dar más de un paso antes de hacer la tercera tontería de la tarde.

Pongo los ojos en blanco y maldigo en mi interior cuando no puedo evitar decir—: Entra, aquí fuera hace frío.

Y vas en pijama. —Su mirada, marrón y dulce como el chocolate, se cruza con la mía—.

Puedes esperar en mi despacho si quieres —digo antes de dar media vuelta y huir de una de las situaciones más vergonzosas y patéticas que he vivido en mucho tiempo.

Me frena, agarrándome por la muñeca, y trago saliva. No esperaba su contacto, y mucho menos que mi pecho se agitara con su roce, aunque estoy seguro de que es la forma en la que mi cuerpo reacciona ante el contacto físico de una persona extraña.

—Gracias por salvar a Chanel —susurra.

Pongo los ojos en blanco.

Ya le he dicho que la situación no es grave, pero se ve que es de esas chicas dramáticas.

—Es mi trabajo.

—Lo sé —responde con un hilo de voz—. Pero quiero darte las gracias. Yo… —Se muerde el labio inferior y la veo dudar de sus palabras—. No sé si podría soportar perder a alguien más. No sé si mi corazón o mi cabeza me dejarían vivir en paz.

No digo nada, tan solo asiento.

Porque sé perfectamente cómo se siente, y porque yo me siento igual.