8 | SOLA DE VERDAD
Gia
Aunque intenta negarse en varias ocasiones, acabo convenciendo a Marietta para que me deje ayudarla en la cocina.
A ella parece que le encanta encargarse de la comida y cocinar para todo el mundo.
Rebosa una gran sonrisa al indicarme todo lo que tengo que hacer; mientras tanto, a mí se me forma un pequeño nudo en la garganta al recordar los momentos cocinando con Azra.
Intento no pensar en la sensación tan molesta que se me forma en la garganta y trato de concentrarme en ser una ayuda útil, así que, después de lavarme las manos, me recojo el pelo y me pongo un delantal.
Marietta me cuenta que hay muchísimos huéspedes en esta época del año y que a algunos vecinos y turistas les gusta venir aquí a comer, así que hay mucho por hacer.
Mientras me habla de la popularidad de la villa, me dedico a cortar algunas verduras, intentando no estorbar demasiado a las otras cocineras que, aparte de Marietta, dan vueltas por la cocina.
—¿Necesitas que te ayude con tus maletas? —me pregunta la mujer, clavándome sus ojos azules, mientras remueve un sofrito que huele de maravilla.
—No, no te preocupes —me apresuro a responder—. Esta tarde terminaré de organizar todo. Gracias. —Sonrío.
—Los nuevos comienzos no suelen ser fáciles, aunque en ocasiones, son necesarios.
No sé si son sus palabras o la manera tan dulce de decirlas, pero siento mis ojos aguarse y, antes de romper a llorar frente a una desconocida, decido irme a mi habitación y esconder mi dolor, como he hecho siempre.
—Lo siento —me disculpo, mientras me quito el delantal y lo dejo sobre la encimera—. Tengo que ir a mi habitación un momento.
Salgo a toda prisa de la cocina y deambulo por toda la estancia, hasta que por fin llego a mi dormitorio.
Cierro la puerta y también los ojos, dejando que todas las lágrimas que he estado reprimiendo comiencen a deslizarse lentamente por mis mejillas.
Apoyo mi espalda en la puerta y me dejo caer hasta quedar sentada en el suelo, con las piernas flexionadas, y dejando caer mi cabeza sobre las rodillas.
Echo de menos a mi padre. Echo de menos mi casa. Echo de menos mi vida. Y echo de menos la chica que era y la que podría haber sido de no ser por mi maldito apellido.
Ojalá mi padre estuviera aquí; sin duda me abrazaría y limpiaría cada una de mis lágrimas.
Detestaba verme llorar, por eso nunca lo hacía frente a él.
Una de las razones es porque odio sentirme vulnerable delante de los demás y, la otra, porque detestaba ver el sufrimiento en su rostro.
Así que siempre intentaba reprimir mis emociones negativas y guardarlas para mí.
Aun así, él siempre estuvo a mi lado en los momentos difíciles, y sé que ahora sabría exactamente qué hacer y decir para calmar mis sollozos.
Mi respiración se entrecorta y noto un nudo en la garganta presionar con fuerza, impidiéndome tragar con normalidad, sintiendo que me ahogo, lo cual solo hace que mi pecho se agite más, e incremente mi nerviosismo.
Las lágrimas se encargan de nublar mi visión, haciendo que todo a mi alrededor se vea borroso.
Me da un pinchazo en el pecho, pues sobre mis hombros cargo un peso difícil de llevar por mucho más tiempo, uno que tortura mi mente y destroza mi corazón cada día un poco más, y no es otro que el de la culpa.
No merezco el perdón de nadie, ni siquiera el mío. No me merezco una nueva oportunidad, porque simplemente no merezco vivir. Yo debería haber muerto aquel día, así no tendría que cargar toda la vida con la culpa de ser una asesina.
Me levanto del suelo con algo de dificultad, ya que me tiembla todo el cuerpo, y mis piernas se mueven como si estuvieran hechas de gelatina. Voy hasta el cuarto de baño y observo mi reflejo en el espejo. No sé quién soy; siempre he sabido quién debía ser, pero no quién soy realmente.
Al ver mi rostro, no me reconozco.
No veo nada más allá del dolor que refleja mi mirada.
No hay nada.
Estoy vacía.
Y no sé si algún día podré ser capaz de llenar los huecos que hay en mi corazón.
No sé si soy tan fuerte como todos piensan.
No sé quién soy.
***
Marietta se acerca a la mesa que he escogido para comer y, con una de sus dulces sonrisas, me pregunta:
—Cariño, ¿por qué no vienes y te sientas con nosotros?
—No hace falta, no quiero molestar. Estoy bien aquí —le contesto, intentando no parecer desagradable.
La verdad es que no me apetece compartir mesa con nadie.
Solo he bajado a comer porque, por lo poco que he visto de esta mujer, creo que sería capaz de subir a por mí a la habitación y arrastrarme hasta el jardín.
Así que aquí estoy, fingiendo una tranquilidad que no siento, y forzando una sonrisa que no es mía.
—Si no vienes tú a nuestra mesa, vendremos nosotros a la tuya. —insiste.
—De verdad, no hace falta…
— Piccola , ¿vienes? —me llama Micaelo desde su mesa, que se encuentra a escasos metros de distancia de la mía.
Siento algunas miradas sobre mí, y como lo que menos me apetece ahora mismo es ser el centro de atención, me levanto y me acerco a él y a su nieto —con el que no me apetece nada compartir oxígeno ahora mismo—, acompañada de una Marietta que parece bastante orgullosa de haber conseguido su objetivo.
La nonna se sienta al lado de su marido, así que no me queda otra que tomar el lugar libre junto a Luca, que me mira como si quisiera exterminarme de la faz de la tierra.
—No quería molestar…—me apresuro a decir.
—No molestas —responder Micaelo—. Además, nos gustaría conocerte mejor, ¿verdad? —pregunta el nonno, mirando a nuestros dos acompañantes.
—Claro —afirma su mujer—. Eres bienvenida no solo en nuestra casa, sino también en nuestra familia. —Su voz es suave, y sus palabras, ahora mismo se sienten como un abrazo.
—Muchas gracias —murmuro, a pesar del nudo que me oprime la garganta.
—¿Le has hecho un pequeño tour esta mañana? —le pregunta Micaelo a su nieto.
—No —se limita a contestar, moviendo su copa de vino en pequeños círculos sobre la mesa antes de llevarla hasta sus labios y dar un sorbo.
Me fijo en la forma en la que se marcan los músculos tonificados de su brazo bajo su camisa de cuadros al hacer ese movimiento, y también cómo mueve su garganta cuando traga el líquido amargo.
Creo que se siente observado, porque enseguida me mira y frunce el ceño.
—Me ha enseñado un par de cosas básicas y hemos ido a la clínica veterinaria —comienzo a explicar, rompiendo el silencio —. He aprovechado para comprar algunas cosas que necesita Chanel.
—Todo han sido cosas útiles y necesarias para la gata —le informa a su abuelo, escupiendo bastante ironía en sus palabras.
—Acuérdate de traer todo lo que he comprado cuando salgas del trabajo —le recuerdo.
—Veré lo que puedo hacer.
—Dijiste que lo traerías tú —insisto.
—Ah, ¿sí? ¿Eso dije? —Destensa las facciones del rostro por un momento, y veo que sonríe; es una sonrisa pequeña y ni siquiera me deja ver sus bonitos dientes, pero es una sonrisa muy bonita y, además, se le marca un hoyuelo en el lado derecho.
Me encantan los hoyuelos.
—Está bromeando —interviene Micaelo, supongo que intentando evitar que comencemos a discutir y estropeemos su comida.
—¿Eso ha sido un intento de mostrar sentido del humor? —Abro mucho los ojos—. Increíble.
—Le he presentado a Milán. —Luca vuelve a beber de su copa de vino.
—Es un chico maravilloso, todo un galán —murmura Marietta, llevándose la copa a los labios.
—Sí —afirma su marido—. Es un gran hombre y muy bueno en su trabajo. —Asiente, satisfecho—. Seguro que estará encantado de ayudarte a descubrir la ciudad.
—Me encantaría. —Fuerzo una sonrisa.
—Quiere que este fin de semana le presentemos al resto del grupo —le cuenta el pelinegro a su abuelo. Intento descifrar lo que hay detrás de las miradas que están intercambiando, pero se me hace imposible.
—Me parece una idea estupenda —afirma el nonno .
—No quiero molestar —intervengo, a pesar de que le dije a Milán que iría.
—¡Deja de decir que molestas! —me regaña Marietta, dándome un pequeño manotazo en el brazo que me sobresalta—.
Vives en nuestra casa y es nuestro deber cuidarte.
Además… —Toma una pequeña pausa y me escruta sin reparo alguno—.
Eres una chica joven y muy atractiva. Te vendrá bien salir y conocer gente de tu edad.
¿O es que planeas quedarte encerrada en tu habitación?
—Tengo a Chanel… Ya no estoy sola. —Intento sonar convencida, pero mi voz se quiebra en cuanto pronuncio estas últimas palabras.
—Los primeros días son los más emocionantes.
—Marietta hace caso omiso a mis palabras y sigue enfocada en su discurso motivacional—.
Necesitas salir y relacionarte con otras personas, sentir la magia que esconde cada rincón de esta hermosa ciudad.
Aunque te advierto una cosa: una vez que descubras la belleza real de esta ciudad y de su gente, no querrás irte jamás.
Eso espero, porque no tengo la opción de ir a ninguna otra parte ahora mismo.
Un camarero empieza a traernos el primer plato del menú del día, que en mi caso es una ensalada griega.
Acepto una copa de vino que me ofrece Luca —aunque lo hace sin ni siquiera mirarme y con la mandíbula tensa—, y empiezo a comer, escuchando las anécdotas de Micaelo y Marietta, que me cuentan cómo se conocieron y todos los detalles de su historia de amor, que está a punto de cumplir cincuenta años.
—Estoy deseando que pruebes mi carrillada. ¡A los clientes les encanta! —comenta Marietta.
—Oh. —Me llevo la copa a los labios—. No tomo cerdo, no me gusta.
—Anda, ¡igual que Luca! —Chasquea la lengua—. Es una de las pocas cosas de mi recetario que no he conseguido que pruebe —dice algo decepcionada.
Miro al hombre que está sentado a mi lado, aunque parece que soy completamente invisible para él, porque ni intenta intervenir en la conversación, ni me dirige la mirada. Solo se dedica a comer su primer plato con calma, y a mí me empieza a poner nerviosa su tranquilidad.
—En realidad, nunca he probado ese tipo de carne, pero tampoco pretendo hacerlo —habla por fin, después de un par de minutos de silencio que me empezaban a incomodar.
—Ah, no lo sabía —respondo.
—Pues claro que no lo sabías, no nos conocemos. —Esta vez sí que levanta la cabeza en mi dirección; su mirada es más fría y cortante de lo que recordaba.
Me estremezco levemente, pero no corto el contacto visual.
—Tampoco es que te estés molestando en conocerme —le recrimino.
—¿Y por qué debería hacerlo? —Me mira con una ceja alzada—.
No eres más que una huésped. Ni siquiera sé por qué mi abuelo tiene interés en que te ayude, ni le veo ningún sentido a todo este espectáculo.
—Nos señala a todos con las manos—. No entiendo qué haces en nuestra mesa, ni por qué tenemos que ser tan amables contigo.
Así que no, no me molesto en conocerte porque no me interesa hacerlo.
Siento pinchazos en los ojos; los noto cargados y parecen exigirme que deje salir las lágrimas que estoy conteniendo ahora mismo. Pero no lo hago. Levanto el mentón y lo miro con toda la seguridad que realmente no tengo.
—¿Ese discurso lo has estado practicando todo este rato mientras nosotros tres hablábamos y tú nos observabas en silencio?
—Se mantiene callado, bastante serio—. No necesito que seas amable conmigo.
Realmente… —Hago una pausa y tomo aire—.
No necesito que ninguno de vosotros lo seáis.
Gracias por vuestra amabilidad —les digo en esta ocasión a los nonnos , a la vez que me levanto de mi silla—.
Y gracias a ti también—me dirijo a Luca, quien parece sorprendido ante mi respuesta—.
Por ser el ejemplo perfecto del tipo de personas de las que debo huir aquí en Italia, siempre que sean todas igual de desagradables que tú.
— Piccola , siéntate. —Micaelo me señala mi sitio con un movimiento de cabeza—. Luca no quería incomodarte.
—Pues lo ha hecho —sentencio—. Y no tengo por qué permitir que me hable así, ni que me haga sentir mal.
No voy a estar en un sitio donde no aprecian ni quieren mi compañía.
—Hago pausa para tomar aire antes de continuar—: Gracias por la comida y por vuestra hospitalidad y cariño, pero me voy a mi habitación.
No les doy la oportunidad de rebatir mis palabras. Doy media vuelta y camino todo lo rápido que me permiten mis pies, hasta que llego a mi habitación y me encierro. Rompo a llorar de nuevo, esta vez ante la atenta mirada de Chanel.
Siempre he estado sola, aun estando rodeada de personas. Nunca he sabido si ha sido por no saber apreciar la compañía de los demás, pero siempre me he sentido así.
Pero esta vez es diferente… esta vez estoy sola de verdad.