Todos los atardeceres en los que me enamoré de ti (Cielos opuestos 1) 7 | COMO UNA CEBOLLA
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7 | COMO UNA CEBOLLA

Luca

—Y ahora, ¿cómo vamos a llevar todo esto en la moto? —pregunta una vez que Giuls se ausenta de la zona de recepción.

—Te dije que no compraras tantas cosas —me limito a contestar, tamborileando con mis dedos sobre la mesa.

—Todo son cosas que necesita Chanel.

—Has comprado tres tipos de cepillos diferentes —le recuerdo.

—Porque no sé cuál de todos se adaptará mejor a su pelaje. —Se encoge de hombros.

—Anda, ve saliendo. —Hago un gesto con la cabeza en dirección a la puerta—. Voy a hablar con la veterinaria y cuando salga de mi trabajo, lo llevo todo a la villa.

—Vale —accede sin rechistar.

Sale de la clínica a la vez que entra un chico que carga un trasportín; se queda mirándola embelesado, y no es para menos, es una chica preciosa y luce una sonrisa arrebatadora.

—¿Y este numerito que acabas de montar? —La voz dulce de Giulia logra devolverme a la realidad y sacarme de mis pensamientos.

Mi amiga vuelve a ocupar su puesto tras el mostrador y me observa con curiosidad.

—Ni se te ocurra decirle una palabra a los demás. —La señalo con un dedo.

—¿Quién es? —pregunta, refiriéndose a Gia, con una ceja alzada.

—Es nueva aquí —digo con desgana—. Se queda en la villa de los nonnos una temporada.

—Interesante. —Sonríe, y no puedo evitar soltar un resoplido al ver su reacción; la conozco desde hace muchos años y sé que ahora mismo se está haciendo una idea equivocada de la situación.

—Déjate de tonterías. Y no le digas nada a Bianca, ya sabes lo pesada que se pone.

—Si con pesada quieres decir que se vuelve loca cuando te ve respirar cerca de otra chica…, sí, se pone un poquito pesada —murmura en tono burlón, dedicándome una sonrisa.

—Volveré esta tarde —respondo, ignorando la pulla que acaba de soltar contra nuestra compañera; siempre están igual, así que ya estoy más que acostumbrado—. Ahora, si me disculpas, tengo que hacer de niñero durante un par de horas más.

—Qué suplicio, ¿verdad? —Noto cierta ironía en sus palabras, lo que me hace tensar la mandíbula.

—No sé qué estás pensando, pero quítatelo de la cabeza ya.

—Vale, vale. —Alza las manos en señal de rendición.

—Guarda todo lo que ha comprado en mi despacho —le pido, señalando con el dedo las cosas. Doy un par de pasos hacia atrás que me acaban separando de ella.

—Entendido, jefe.

—Nos vemos luego —digo antes de salir.

Veo los rayos de sol reflejados en la piel bronceada de Gia, quien me observa sonriente y con los ojos achinados cuando la luz cegadora los ilumina.

—Qué a gusto se está al sol —murmura de forma alegre. La verdad es que tenemos una temperatura perfecta. Hace algo de viento, pero se contrarresta con la calidez del ambiente.

Nos ponemos en marcha para seguir con nuestra ruta, ambos sumidos en un silencio que no me resulta para nada incómodo; es más, lo prefiero.

Nuestra primera parada es en la Piazza della Repubblica, que acoge alguno de los monumentos más importantes de la ciudad, como el Palazzo Comunale .

Es un edificio medieval donde se encuentra el ayuntamiento.

Seguimos caminando un poco más, hasta llegar a la escalera que delimita la Piazza Signorelli , una pequeña plaza rodeada de edificios históricos y casas de piedra, con unos toques de color en sus balcones que decoran las fachadas, haciéndolas únicas.

—El nombre de esta plaza es en honor a Luca Signorelli —le empiezo a contar, y veo que me mira con atención mientras asiente con la cabeza—.

También le dio nombre al teatro de la ciudad.

—Señalo con la cabeza el edificio que hay a unos metros de distancia—.

Fue construido a mediados del siglo XIX.

Aparte de celebrarse obras de teatro, también se realizan diferentes eventos culturales.

—Es un sitio precioso. —Da una vuelta sobre sí misma, con los brazos abiertos e inspirando el aire fresco, admirando nuestro alrededor.

Parece maravillada ante la atmósfera medieval que nos rodea.

La gente sigue paseando y conversando entre ellos, de forma tranquila y amigable.

Algunos turistas hacen fotografías, mientras que muchos vecinos compran en establecimientos y pequeñas tiendas que hay en esta zona.

Vuelvo a mirarla y me fijo durante algunos segundos en la ilusión y el brillo que irradia su mirada, y en cómo se ensancha su sonrisa conforme admira cada detalle.

Frunzo el ceño cuando me doy cuenta de que me ha contagiado su sonrisa y carraspeo antes de acercarme a ella.

—Ven, te voy a presentar a alguien. —Le hago un gesto con la cabeza para que me siga.

En la terraza de una de las cafeterías, se encuentra mi amigo Milán, disfrutando de su descanso, como cada mañana a esta misma hora. Siempre va al mismo sitio y pide el mismo refresco.

— Ciao, amico —lo saludo cuando estamos frente a él.

Se quita las gafas de sol y me dedica una sonrisa antes de levantarse de su silla para darme un pequeño abrazo.

—¿Qué haces por aquí? —pregunta, sorprendido.

—Ya te contaré —le susurro antes de continuar hablando en voz alta—: Te presento a Gia. —La chica levanta la mano y lo saluda con una sonrisa radiante—. Es nueva en la ciudad. Va a quedarse una temporada.

— Benvenuta a casa tua, bellissima . —Toma la mano de Gia y le da un beso. La chica suelta una risita—. Soy Milán —se presenta—, encantado de conocerte. ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?

—Alejarme de la rutina. —Se encoge de hombros—. Y empezar de cero en esta preciosa ciudad.

—Lo es aún más desde que estás aquí —sigue diciendo, el muy bribón—. Ahora entiendo por qué hoy el sol ha salido con más fuerza, es porque estás tú para reforzar su brillo.

—Ya vale, la vas a incomodar. —Le doy un golpe en el hombro—. No le hagas caso —me dirijo en esta ocasión a la pelinegra, que parece estar bastante conforme con la situación.

—No pasa nada. Él no me incomoda, tranquilo. —Le dedica una sonrisa a Milán, que ha sucumbido a los encantos de la chica y se derrite por completo frente a ella.

—¿Tienes un hueco para Gia alguno de estos días? —le pregunto a mi amigo—. Le vendrá bien conocer la ciudad.

—¡Claro que sí! —responde, más emocionado de lo normal—. Vas a conocer hasta el último rincón de Cortona, bella. Soy el mejor guía turístico de toda Italia.

—Y también el más modesto —bromeo, y no sé por qué siento que mi pecho se hincha de orgullo cuando la veo sonreír por algo que he dicho.

—Muchas gracias, me vendrá bien algo de ayuda —dice la misma chica que hace unas horas dijo que no le hacía falta que nadie la ayudara a nada porque podía hacerlo sola.

—Podríamos hacer algo este fin de semana para presentarle a los chicos —propone Milán alzando las cejas.

Dudo durante algunos segundos. No sé si es una buena idea.

Demasiado he hecho ya esta mañana al cuidar de ella, y organizarle un pequeño tour por la ciudad.

Es una extraña y, además, creo que me cae mal.

Estoy seguro de que les caerá bien a todos mis amigos y eso me molesta, porque no quiero tener que volver a cruzarme con ella fuera de la villa.

—No creo que Gia quiera salir con unos extraños —murmuro—. Además, seguro que estará ocupada deshaciendo sus ochocientas maletas y guardando todo en su nueva habitación.

—En realidad, me encantaría —interviene la susodicha, y tenso mi mandíbula—. No conozco a nadie aquí, y me vendría bien hacer amigos.

—Aquí ya tienes un amigo, bella. —Milán, como siempre, se ofrece voluntario.

—Gracias. Da gusto conocer a personas amables y educadas como tú —le dice a mi amigo mientras me mira de reojo, y sé que sus palabras están llenas de ironía.

—No te estará molestando, ¿no? —dice Milán mientras menea la cabeza en mi dirección y me mira de reojo—. Porque puedo pegarle una paliza en cualquier momento.

—Más quisieras. —Le doy una colleja.

Milán y yo somos más o menos de la misma estatura y complexión física; ambos altos, grandes y fuertes. Somos bastante parecidos, salvo por sus rizos castaños, siempre engominados, y los ojos azules que siempre quise tener.

Sé que lo tendría complicado en una pelea con él, ya que no me dejaría ganar tan fácilmente. Aunque de momento, tras tantos años siendo amigos, solo hemos llegado a las manos en una ocasión, y desearía que jamás tuviéramos que volver a vernos en una situación similar.

—Bueno, nos vamos —anuncio sin más rodeos—. Tenemos que volver antes de que la nonna se ponga histérica por llegar tarde a la comida.

—Espera —nos interrumpe Milán—. Gia, anota mi número de teléfono por si necesitas algo.

«Claro, justo por eso».

Se intercambian los números de teléfono y alguna que otra sonrisa coqueta y, por fin, nos podemos ir. Empiezo a sentirme agobiado rodeado de tanta gente, y necesito un rato a solas. Así que camino lo más rápido que puedo, seguido por los pasos firmes de ella, hasta que llegamos a mi moto.

***

—¿Cómo está la mujer más guapa de todo el universo?

Le doy un beso en la mejilla a la nonna , que enseguida suelta una carcajada.

—Cada día más vieja —contesta, acariciándome la mejilla con una de sus manos, haciéndome sonreír.

— Nonna , tú eres como un buen vino —murmuro, antes de inclinarme hacia ella y darle otro beso, esta vez en la frente.

—Estoy de acuerdo —comenta Gia, que ha entrado detrás de mí a la cocina, algo más tímida de lo habitual.

—¡Hola, cielo! —la saluda Marietta, entusiasmada; no puede evitarlo, ella y el nonno son como dos mariposas sociables que siempre están revoloteando entre la multitud, tratando de ser amables y caerles bien a todo el mundo—. ¿Cómo ha ido la mañana? ¿Se ha portado bien mi ragazzone ?

—Sí —contesta con un asentimiento de cabeza—. Ha gruñido menos de lo que esperaba.

—Es un poco gruñón a veces —afirma Marietta—, pero es el chico más bueno y amoroso que podrías conocer jamás.

— Nonna …

—Es la verdad. —Asiente con seguridad—. Eres el hombre más bueno que existe, después de mi Micaelo, claro está. Ojalá dejaras que los demás vieran cómo eres realmente.

—Bueno, ya basta —me quejo, intentando mostrar mi frustración y que dejen de hablar de mí en mis propias narices.

—Es como una cebolla; se esconde bajo cientos de capas, creando una coraza. —La nonna suspira—. Pero es tan bueno como un trozo de pan.

—Pues lo tiene bien escondido, sí —ironiza Gia, cruzando las piernas, haciendo que la tela de su vestido se le levante ligeramente, mostrando bastante más piel de la que me gustaría estar observando con atención ahora mismo.

—Me voy a mi habitación —musito, un poco hastiado con la situación—. Avísame cuando esté la comida.

—¿Ves? En cuanto muestra algo de amabilidad, se esconde en sí mismo —escucho decir desde lejos a la nonna mientras salgo de la cocina.