Todos los atardeceres en los que me enamoré de ti (Cielos opuestos 1) 6 | BIENVENIDA A CORTONA
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6 | BIENVENIDA A CORTONA

Luca

Todo a mi alrededor está en silencio. Si cierro los ojos, tan solo sería capaz de oír el gorjeo de los pájaros y el susurro delicado de los árboles que hay a mi alrededor cuando el viento remueve sus hojas.

Es una de las cosas que me encantan de este sitio: la paz que me transmite y la tranquilidad en la que se puede vivir.

El campo que me rodea dejó de ser hace meses de un simple color verde para llenarse del amarillo intenso de los girasoles, que se mueven con suavidad cuando la brisa los agita.

El aire todavía conserva el frescor de la noche, pese a que ya ha salido el sol.

El cielo está despejado y parece que hoy será un buen día.

O al menos, lo estaba siendo hasta que veo aparecer frente a mí a la pelinegra.

Camina meciendo sus caderas con cada paso que da por el camino empedrado, con esa mirada tan intensa que parece advertirme de que me meterá en problemas.

De repente, toda la paz que sentía hasta hace unos segundos desaparece en cuanto observo la forma en la que el vestido que lleva se amolda a su bonita figura, marcando cada curva de su cuerpo.

Vuelve a llevar un pañuelo anudado en la parte de atrás de la cabeza, y el resto del pelo le cae por los hombros y parte de la espalda.

—Hola. —Me dedica una sonrisa, que esta vez parece sincera, y yo echo un vistazo completo a su atuendo.

«Sé amable con ella. Puedes hacerlo, solo tienes que sonreír y decir algo agradable».

—Pareces una pirata. —Es lo único que se me ocurre decir.

—¿Perdona? —Pone los brazos en jarra y alza una ceja.

—El pañuelo… —sigo estropeándolo—. Hace que parezcas una pirata.

—Y tú un señor jubilado con ese outfit —replica—. Y ahora que nos hemos piropeado lo suficiente, ¿podemos irnos?

Abro el compartimento bajo el asiento de mi Vespa y saco los dos cascos. Le ofrezco uno de ellos y veo que mira atónita la pequeña moto.

—¿Vamos a ir montados en esto?—dice con cierta incredulidad, haciendo hincapié en la última palabra.

—¿Prefieres que traiga una carroza con caballos? —sugiero, arrugando la nariz en una mueca.

Me arrebata el casco de las manos y se lo pone con cuidado de no despeinarse. Cuando se acerca a la moto, baja la mirada hasta sus piernas y resopla.

—No puedo subir. —Niega lentamente—. Llevo vestido.

—Ese no es mi problema —digo tajante.

Con el casco ya puesto, me subo en un rápido movimiento y la miro por encima del hombro.

—¿Subes o vas a pie? —insisto.

—¿Sueles tratar así de mal a todo el mundo? —protesta, frunciendo ligeramente el ceño.

Esbozo una pequeña sonrisa y niego con diversión.

—No. Solo a la gente que me cae mal —contesto, y eso hace que ponga los ojos en blanco.

—Ni se te ocurra mirarme las piernas —refunfuña, y me tengo que morder el interior de la mejilla para mantenerme serio y no soltar una carcajada.

—Tranquila, no tenía intención de hacerlo —miento.

Sujeto con fuerza el manillar e intento no fijarme en cómo la tela del vestido se le ha subido ligeramente hasta los muslos al sentarse detrás de mí, dejando más piel expuesta de la que me gustaría ver ahora mismo.

—¿Ahora es cuando me dices que me agarre fuerte para que no me caiga?

—No, me da igual si te caes —respondo tajante, sin molestarme en mirarla siquiera—. Así quizás dejes de hablar.

—Pues yo no quiero caerme.

Se abraza a mi cuerpo con tanta fuerza que sus manos hacen presión sobre mi estómago, provocándome cierta molestia. Aprieta con más fuerza cuando ve que no me quejo, y vuelvo a mirarla por encima del hombro.

—¿Estás aprovechando para tocar mis abdominales?

—Si al menos tuvieras… —Suspira de forma exagerada.

Claro que tengo abdominales. Me machaco todas las semanas en el gimnasio porque, aparte de que hacer ejercicio me sirve para calmar la ansiedad, me gusta mantener mi cuerpo en forma.

—Si lo que quieres es provocarme para que me quite la camiseta, no lo vas a conseguir.

—Tranquilo, no tenía intención de hacerlo —responde, imitando tanto mis palabras como el tono de voz que he usado hace tan solo un momento.

Arranco la moto y acelero, dejando atrás la villa y desplazándonos hacia la carretera que nos lleva directos a la ciudad.

Poco después, nos adentramos entre callejones estrechos y empedrados, donde nos reciben diferentes casas con los balcones adornados con macetas, llenas de flores y vida.

Las tiendas conservan sus fachadas rústicas y en la plaza se mezclan diferentes voces con alguna que otra risa infantil.

Nos bajamos de la moto en cuanto la aparco en el primer sitio que encuentro libre. Vuelvo a guardar los cascos y observo a Gia.

—Pues bienvenida a Cortona. —Le dedico una pequeña sonrisa, en un intento de ser amable al menos por esta vez.

—Gracias. Es lo más bonito que me has dicho hasta ahora.

—No te acostumbres. —mascullo.

Las comisuras de sus labios se elevan hasta mostrarme una pequeña sonrisa que intenta borrar rápidamente de su rostro.

—Quiero ir a comprar algunas cosas para Chanel.

—Así que al final te quedas a la gata… —murmuro cuando comenzamos a caminar.

—Sí —contesta y, por primera vez, creo que sonríe de verdad. La verdad es que tiene una sonrisa preciosa—. Creo que a las dos nos vendrá bien algo de compañía.

—¿Planeas quedarte mucho tiempo?

—Sí, al menos durante una larga temporada.

—Guay.

—¿Y tú? —Siento sus ojos clavados en mí—. ¿Naciste aquí?

—No.

—Vale… —Se queda callada durante algunos segundos; parece pensativa—. ¿Y cuánto tiempo llevas aquí? ¿Te gusta el sitio? ¿Es un buen lugar para vivir?

—Demasiadas preguntas.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —repite.

—Algunos años —respondo sin entrar en detalles. Ha sonado más cortante de lo que pretendía, pero es que no me gusta hablar de mi vida personal, y mucho menos con desconocidos.

—Y… —Se muerde el labio inferior, dubitativa antes de continuar con su interrogatorio—: ¿Qué puedes contarme de la ciudad? ¿Vas a hacerme un tour o algo así?

—No, tengo cosas mejores que hacer. —Su mirada cabizbaja hace que me arrepienta un poco de haber sido tan brusco, así que resoplo y sigo diciendo—: Si quieres, puedo presentarte a un amigo que es guía turístico.

—De todas formas, no se te daría bien, no hablas demasiado.

—Hablo lo justo y necesario.

Llegamos al veterinario y se queda parada, mirando a la puerta y a mí respectivamente; creo que sé lo que me está pidiendo con esa mirada de niña buena que me pone de los nervios.

Abro la puerta y le cedo el paso, dejándola entrar con una sonrisa triunfante, sabiendo que ha logrado su objetivo.

En cuanto me ve, Giuls abre la boca para saludarme, pero niego con la cabeza y señalo con los ojos a mi acompañante. La pelirroja parece entender lo que le quiero decirle, porque asiente de forma muy sutil y me dedica una pequeña sonrisa.

—Nunca había estado en un veterinario. —Parece fascinada observando todo lo que nos rodea. Uno de los perros de mi compañera trota animado hacia nosotros y enseguida Gia se agacha y empieza a acariciarlo—. ¡Pero qué mono eres!

—Buenos días —la saluda mi compañera, desde el otro lado del mostrador—. ¿Puedo ayudarles en algo? —Giuls aprovecha que la chica sigue distraída con el perro y me guiña un ojo, esta vez de forma mucho más exagerada.

—Pues... —empieza a decir la pelinegra—. He decidido adoptar una gata y necesito todo lo necesario para que se sienta lo más cómoda posible.

Mi compañera suelta una risita y empieza a enseñarle diferentes areneros y marcas de comida, rascadores… y un sinfín de cosas que Gia quiere comprar de una vez, sin ni siquiera haber adoptado formalmente al animal todavía.

—Teniendo en cuenta el tamaño de la gata, es mejor este comedero —intervengo después de un buen rato, y le señalo con la mirada uno de los dos recipientes que le está mostrando Giuls.

—No hables como si entendieras algo de animales —se atreve a decir, y de nuevo fija su atención en los diferentes recipientes. Acaba eligiendo uno mucho más pequeño y de color rosa, como casi todo lo que ha escogido hasta ahora.

—Es verdad —suelto en tono irónico—. No tengo ni idea de animales.

Giuls suelta una risita y yo niego con lentitud, empezando a sentirme algo desesperado; no sé por qué, pero tengo la sensación de que pasar tiempo con esta chica me va a dar más de un dolor de cabeza.