Todos los atardeceres en los que me enamoré de ti (Cielos opuestos 1) 5 | QUIERO ADOPTARLA
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Gia

Me despierto poco a poco, dejando que mis ojos se acostumbren a la claridad y al brillo de los rayos del sol que entran por la ventana de mi habitación. Estiro mi cuerpo, destensando todas mis articulaciones, preparándolo para levantarme de la cama y afrontar un nuevo día.

Todo está en silencio, salvo por el canto de los pájaros y el susurro que hacen las hojas de los árboles al moverse con la brisa de la mañana. Me quedo quieta y callada, con el ceño fruncido, al volver a escuchar el mismo ronroneo que llevo notando desde hace unos minutos.

Me levanto y doy algunos pasos, siguiendo el murmullo, hasta llegar a las puertas que dan al balcón.

Las abro con cuidado y no solo me encuentro con unas vistas maravillosas, sino con un gato.

Enseguida se acerca a mí y, después de observarme de forma cautelosa con sus ojos azules, me olfatea durante algunos segundos y se restriega contra mis piernas, haciéndome cosquillas con su abundante pelaje.

Por la forma ancha y plana de su cara, los ojos tan grandes y redondos que me observan desde abajo, y el hocico corto que le hace parecer enfadado, creo que se trata de un gato persa.

—¿Qué haces en mi habitación? —pregunto con el tono de voz más dulce posible.

Me pongo de cuclillas y extiendo mis dedos hasta llevarlos al lomo del animal para acariciarlo con suavidad. Sonrío cuando se acurruca y empieza a ronronear más fuerte.

Con cuidado, deslizo un mano bajo el pecho del gato y la otra bajo sus patas traseras; lo levanto del suelo y lo acerco a mi pecho antes de salir de mi habitación con el animal entre mis brazos, en dirección a la zona de recepción, donde me encuentro con Micaelo y Marietta, que hablan entre ellos con un acento italiano bastante marcado mientras parecen revisar algunos papeles.

—Buenos días —les saludo cuando por fin estoy frente a ellos, captando por completo su atención—. ¿Hay alguna razón para que este gato estuviera en mi habitación?

—Oh, piccola —dice Micaelo—. Buenos días. ¡Has encontrado al gatto cattivo !

—Buenos días, cielo. —Ahora es Marietta la que me dedica una de sus mejores sonrisas—. ¿Cómo has dormido? ¿Te ha despertado el gato? —Se acerca a mí e intenta apartarlo de mis brazos, pero doy un pequeño paso hacia atrás y niego con la cabeza.

—¿De quién es? —insisto.

—No lo sabemos. Lleva aquí unas cuantas semanas —me cuenta la mujer—.

No tiene collar, ni tampoco chip. No sabemos cómo ha llegado hasta aquí, pero tampoco parece querer irse.

Y a nosotros no nos gusta la idea de tener que llevarlo a una protectora de animales, así que a veces suele quedarse en nuestra habitación, ya que hay muchos huéspedes a los que no les gusta que esté rondando cerca de ellos.

—¿Entonces no tiene dueño? —Llevo mi mirada hasta los ojos azules que me observan desde mis brazos y, por un segundo, siento al pobre animal tan perdido e indefenso como lo estoy yo.

Ambos niegan con la cabeza.

—¿Puedo quedármelo? —pregunto sin ni siquiera pensar en lo que estoy diciendo.

Me encantan los animales y tristemente, hace unos años, mi gato Pamuk murió, dejando un vacío y un dolor en mi interior que me costó mucho tiempo superar.

Siempre lo llevaré en mi corazón, pues el amor y la compañía que me regaló durante algunos de los años más difíciles de mi vida no se olvidan con facilidad.

Me dije a mí misma que no volvería a tener una mascota de nuevo después de haber quedado devastada con su pérdida, pero quizás me vendría bien tener algo de cariño y compañía, ya que no sé cuánto tiempo voy a quedarme en este lugar.

Además, no interferirá con mi rutina, ya que los gatos suelen ser bastante independientes y no necesitan tantas atenciones como otro tipo de mascotas.

Así que creo que es una oportunidad perfecta para los dos.

—Es una gata —me informa Micaelo. Ni siquiera me he parado a comprobar el sexo del animal—. Y claro que puedes quedártela, siempre y cuando te comprometas a cuidar bien de ella.

—¿Tiene nombre? —pregunto, ignorando el hecho de que este hombre piensa que soy una completa irresponsable e incapaz de cuidar a un gato.

—No —niega Marietta—. Micaelo suele llamarla gata traviesa, porque es bastante revoltosa —me cuenta su mujer.

Miro de nuevo a la gata y me cuesta creer que sea inquieta, ya que parece bastante tranquila entre mis brazos y creo que, si me sigo moviendo hacia los lados un poco más, hasta podría quedarse dormida.

—Quiero adoptarla.

—¿Estás segura? —cuestiona Micaelo—. Acabas de llegar al pueblo y ni siquiera te has integrado todavía.

—Sí, estoy segura. —Vuelvo a mirarla y le doy un beso en su cabecita peluda.

—Está bien —dice finalmente el hombre, mientras su mujer me dedica una enorme sonrisa—. Te ayudaré a agilizar el proceso de adopción.

—¡Genial! Por fin le hemos encontrado una dueña a esta pequeña bola de pelo. —Una Marietta sonriente se acerca a nosotras y acaricia la cabeza de mi gata, haciendo que ronronee como respuesta—. Tendrás que ponerle un nombre.

—Chanel. —digo, sin necesidad de pensarlo demasiado, y vuelvo a besar su cabeza.

He elegido ese nombre porque siempre ha sido una de mis marcas favoritas, y creo que será una forma bonita de recordar mis orígenes, sin olvidarme de quién debo ser ahora mismo.

—Un nombre precioso. —Una voz ronca y varonil retumba por toda la sala, capturando nuestra atención.

Me giro, atraída por ese tono rasgado que parece llenar cada rincón de este lugar, y me encuentro con un hombre alto, grande y de hombros anchos que se acerca a pasos lentos y firmes.

Sus ojos oscuros me observan con atención de arriba a abajo y, aunque tiene un semblante serio, aprecio un atisbo de sonrisa durante un par de segundos, antes de que vuelva a fruncir el ceño.

Son los mismos ojos marrones con los que me crucé ayer, y la misma voz varonil que ha vuelto a provocar que un pequeño escalofrío recorra mi espalda.

Chanel decide que es un buen momento para saltar y escapar hasta mi habitación, que rápidamente ha adoptado como suya.

—Luca, cariño —lo saluda la mujer. El chico se para frente a nosotros y le da un beso en la cabeza, antes de volver a clavar su mirada en mí.

Trago con algo de dificultad., pues su presencia me pone nerviosa.

Pero alzo el mentón y le sostengo la mirada, en un intento por fingir una seguridad que ahora mismo no siento.

Veo que una pequeña sonrisa ladeada asoma por su rostro, aunque no tarda demasiado en desaparecer.

—Bonito pijama —murmura con un movimiento de cabeza.

En estos momentos, me doy cuenta de que he salido de mi habitación tal cual me he levantado de la cama, y seguro que tengo unas pintas horribles.

No dudo en fulminarlo con la mirada.

—Sé amable con la chica —le regaña la nonna , como insiste en que la llame, antes de darle un manotazo en el brazo que provoca en él una pequeña carcajada.

Bien, por lo menos sé que no estoy hablando con un robot—.

Este es mi nieto, Luca. —Los ojos de la mujer observan el rostro del chico como si fuera lo más bonito que ha visto en mucho tiempo—.

Y ella es Gia —le dice ahora a él—, nuestra nueva huésped.

—Lo sé, nonna . — Luca asiente con calma—. Nos conocimos ayer.

—¿Te refieres a cuando fuiste un arrogante y un maleducado conmigo? —arremeto.

Alza una ceja y siento que sus ojos me analizan constantemente, lo que me pone aún más nerviosa.

—Tenía cosas más importantes que hacer. Además, veo que tienes dos manos y dos buenas piernas. —Vuelve a echarme una mirada de arriba a abajo—. Así que no creo que te resultara difícil llevar un par de maletas.

—¿La gente aquí es así de antipática o eres la excepción? —replico a la defensiva.

—No sabría decirte. —Se encoge de hombros—. No suelo prestar atención a lo que hacen o dicen los demás.

—Veo que os habéis caído bien —interviene Micaelo—. Meraviglioso, porque hoy pasaréis la mañana juntos.

—Perdona, ¿qué? —Dirijo mi mirada hacia el nonno y luego a Luca, que parece inexpresivo.

—Luca se ha ofrecido a enseñarte la ciudad y a ayudarte con los trámites de tu llegada.

—Sí, eso es justo lo que ha pasado —murmura el chico, mirando fijamente al nonno .

Ambos parecen batirse en un duelo de miradas que dura lo suficiente como para que el ambiente se vuelva incómodo. Carraspeo, sintiéndome algo incómoda.

—Puedo hacerlo yo sola —digo por fin—. No necesito ningún niñero, Micaelo.

— Nonno —me corrige—. Ya te he dicho que no hacen falta tantos formalismos.

—No necesito que nadie me acompañe, nonno —digo esta última palabra a regañadientes—. Puedo valerme por mí misma.

—Te vendrá bien algo de ayuda —insiste, ignorando por completo lo que acabo de decirle—. Ah, Luca, búscale un vehículo a esta ragazza . Lo necesitará para moverse por la ciudad.

La mirada de Micaelo me advierte que no puedo negarme y aguanto las ganas de gritar de impotencia.

Odio que siempre tengan que decidir por mí.

Odio no saber decir que no. Y odio aún más, no poder hacerlo ahora mismo.

Porque no me queda otra que acatar sus órdenes —o como él las llama, sugerencias—, del nonno si quiero que mi estancia aquí sea lo más efectiva posible. Él es el único que puede ayudarme.

—El desayuno se sirve en el restaurante dentro de media hora —me informa Marietta antes de dar media vuelta y marcharse.

Para cuando me doy cuenta, el nonno también se ha ido y en la sala solo quedamos Luca y yo. Nos fulminamos con la mirada el uno al otro.

—A las nueve en la entrada. —Su acento italiano me genera un cosquilleo en el estómago, y su voz me parece demasiado sexy y varonil.

Mi mirada se desvía a sus labios entreabiertos, y observo la forma en la que se los humedece en un rápido movimiento que mis ojos parecen captar a cámara lenta.

Trago saliva y entorno los párpados—. No pienso esperarte ni un minuto más.

—Qué amable —mascullo.

Finjo una sonrisa, con la intención de que se note bien falsa, y le dejo ahí plantado antes de irme a mi habitación.