4 | NO PIENSO HACER DE NIÑERO
Luca
— Arrivederci, nonna —murmuro con cariño. Le doy un beso en la mejilla y me deleito con su sonrisa durante algunos segundos.
—Hasta luego, cariño. —Me dedica una de sus miradas dulces—. ¿Llegarás a tiempo para cenar?
—Lo intentaré, pero no prometo nada —respondo, jugueteando con las llaves que tengo guardadas en el bolsillo—. Tengo una cirugía a última hora de la tarde, espero que no se complique.
—Trabajas demasiado —afirma, acariciando mi mejilla con sus manos secas y arrugadas.
—Tú también —contesto, antes de darle un beso en la frente, lo que hace que sonría de nuevo.
—Hoy llega una nueva huésped a la villa —me informa, como siempre le gusta hacer—. Se quedará una larga temporada.
—Genial.
—Pasa luego a darle la bienvenida, ¿vale? —Vuelve a acariciar mi mejilla y cierro los ojos durante un par de segundos al sentir su tacto rugoso sobre mi piel—. Sabes que me gusta que mis huéspedes se sientan como en casa y nos vean como una familia.
—Lo sé, nonna. —Pongo los ojos en blanco—. Intentaré no llegar tarde.
Me despido de ella y me dirijo a la puerta de la entrada.
Marietta es como una abuela para mí. Ella y su marido Micaelo, me acogieron cuando llegué a Italia.
Dirigen una villa que está situada en medio del campo, cerca de la ciudad.
Es antigua, pero en ella se han vivido cientos de historias a lo largo de los años.
A pesar de que cada vez son más mayores, y por lo tanto necesitan más ayuda, este sitio es toda su vida y les llena de alegría e ilusión trabajar en él.
Me apoyo en el marco de la puerta cuando veo al nonno aparcar su coche. Va acompañado de una chica, seguramente la nueva huésped de la que me ha hablado la nonna . Es un hombre muy servicial y, siempre que puede, acerca a algunos huéspedes hasta aquí cuando no tienen vehículo propio.
La chica sale del coche y Micaelo va tras ella.
Se para a su lado e intercambian algunas palabras antes de descargar las maletas.
Parece algo desorientada y, por la forma en la que le cuesta hasta tirar de su propio equipaje, creo que está bastante acostumbrada a otro tipo de vida.
Veo en sus propias acciones al Luca que llegó a Cortona dispuesto a descubrir nuevas experiencias y con intención de comerse el mundo, aunque tampoco estaba acostumbrado a hacer nada por sí mismo.
Solo la he visto durante unos segundos y ni siquiera la conozco, pero ya me cae mal. Me recuerda al antiguo chico que un día fui.
—Oh, Luca, mio figlio , ¿podrías ayudar a esta damisela en apuros? —Suelta una carcajada, algo muy típico de Micaelo, que siempre parece estar rebosante de alegría.
Suelto un gruñido como respuesta.
Analizo a la chica, echándole un buen vistazo de arriba a abajo.
Su rostro es la definición perfecta de elegancia y sus ojos oscuros, de puro magnetismo.
Sus cejas definidas marcan su intensa mirada en una mezcla de lo que interpreto como inseguridad, miedo y, a la vez, confianza en sí misma.
Tiene los pómulos bien marcados, lo que resalta su fino y delicado rostro.
Sus labios son carnosos y ahora, al tenerlos entreabiertos, puedo apreciar mejor el arco de su labio superior, que le da un toque bastante sensual a su belleza natural.
—¿Es que le pasa algo en las manos? —Es lo único que digo antes de esquivarlos y alejarme de ellos.
Voy hasta mi Vespa y me pongo el casco. Arranco el motor, acelero, y cruzo el camino rústico que me dirige a las estrechas calles empedradas de la ciudad.
Una vez que llego a la clínica, aparco la moto en el lugar de siempre y entro dispuesto a afrontar otro turno de tarde.
— Ciao , Giuls —saludo a mi compañera y, justo después, me pongo de cuclillas y recibo a los dos perros que siempre nos acompañan en nuestra jornada.
Son las mascotas y compañeros de Giulia y, mientras nosotros trabajamos, ellos se dedican a pasear por aquí, además de saludar y demandar cariño a cada persona que entra en la clínica veterinaria acompañando a su mascota.
—¿Cómo estás? —me saluda sonriente desde el mostrador, repasando las citas apuntadas en la agenda para esta tarde.
—Algo cansado —respondo, moviendo el cuello hacia los lados en un intento fallido de destensarlo un poco—. Creo que voy a por un café antes de empezar el turno. ¿Quieres uno?
—Tranquilo, aquí está tu chica favorita.
—La voz de Bianca, otra de mis compañeras de trabajo, y además una de mis mejores amigas, se expande por toda la sala.
Se acerca a mí, sonriente, y me ofrece uno de los dos cafés que lleva en las manos—.
Bien cargado, con leche y sin azúcar: justo como te gusta tomarlo por las tardes.
—Gracias, preciosa. —Agarro el vaso y le doy un sorbo, degustando el amargo sabor del líquido caliente que baja por mi garganta.
—Y para mí, ¿qué? —se queja Giulia.
—Solo tengo dos manos. —Bianca se encoge de hombros y le da un sorbo a su café.
—En diez minutos tienes una consulta con el perro de la señora Isabel —me advierte la otra.
—¿Otra vez? —pregunto, con el ceño fruncido—. Va a acabar aprendiéndose de memoria cada esquina de la clínica.
—Dice que sigue sin comer. —Se encoge de hombros.
—El pobre animal está perfecto. —Chasqueo la lengua y hago un ademán con la mano, restándole importancia a la situación—. Lo que le pasa es que no le gusta la comida que le obliga a tomar esa mujer.
—Si quieres, puedo atenderla yo —se ofrece Bianca, tan servicial como siempre—. He visto en la agenda que tienes unas cuantas citas programadas, y además una cirugía.
—Si sigues aprendiéndote mi horario de memoria, voy a empezar a pensar seriamente que quieres ser mi secretaria —bromeo, sonriente—. O que eres una admiradora obsesionada con mi trabajo.
—Lo es —advierte Giuls, ajustándose su coleta pelirroja.
—Solo hago bien mi trabajo e intento ayudar a mis compañeros —se queja, prácticamente fulminando con la mirada a nuestra compañera.
—Y lo haces de maravilla —aseguro.
Le doy un beso rápido en la frente antes de dejar a las dos chicas discutiendo sobre quién es más eficiente, y me adentro en mi consulta para disfrutar del café.
Entre estas cuatro paredes, la tarde transcurre con normalidad entre diferentes tipos de animales: perros, conejos, gatos… Hasta le he puesto una vacuna a un cerdo.
Tuve que hacer una pequeña pausa después de atender al gato del señor Mateo, porque esta mañana se me olvidó tomar mi pastilla de la alergia y empecé a encontrarme bastante mal, hasta el punto de tener que utilizar mi inhalador de rescate al notar algunas sibilancias en mis respiraciones.
Tengo alergia al pelo de los gatos, y cuando me da alguna crisis, suele empeorar bastante mi asma.
A la gente le suele hacer gracia que un veterinario sea alérgico a uno de sus principales pacientes, pero qué le voy a hacer, no podía dejar atrás la profesión de mis sueños solo por ese pequeño problema de salud.
Cuando me doy cuenta, son más de las siete de la tarde, por lo que me preparo para entrar al quirófano. Es bastante amplio y luminoso, además, tenemos todo lo necesario para realizar nuestras operaciones. Hoy me toca atender a un perro que ha sufrido una fractura en una pata debido a una caída.
Mientras Luigi se encarga de anestesiar al animal y Leo —que es auxiliar veterinario— está esterilizando todo el material que vamos a utilizar, yo me dedico a revisar las radiografías que le hicimos a Lionel —el perro— y repasar mentalmente todos los pasos que tengo que llevar a cabo para reparar el hueso del animal.
Con todo preparado y Lionel ya colocado sobre la mesa de operaciones, mis compañeros y yo nos dirigimos unas miradas de ánimo. Aunque no sea una cirugía difícil, siempre estamos en tensión por lo que pueda salir mal.
Para evitar esto último, me concentro en el animal y con un movimiento rápido de cabeza, les indico a mis compañeros que estoy listo para empezar con la operación.
***
Completamente agotado y desprendiendo un olor bastante desagradable, dejo aparcada la Vespa y me dirijo por fin a casa.
Vivo con los nonnos en su villa, por lo que, siempre que me necesitan, intento ayudarles con el mantenimiento y, algunos fines de semana, con la zona de hostelería y el establo.
La villa es tan grande y bonita que desde lejos podría parecer un antiguo castillo.
Cuenta con muchísimas habitaciones, todas con un tamaño bastante amplio y con todo lo necesario para poder disfrutar de la estancia en la ciudad de forma independiente.
En la parte trasera, en medio del jardín, hay un restaurante con mesas al aire libre, conectado con un pequeño comedor y con la cocina, donde la nonna se encarga de preparar los mejores platos a cada turista que pasa por aquí.
—¿Otra vez trabajando hasta tarde? —pregunta Micaelo, recibiéndome en la entrada con una pequeña sonrisa ladeada.
—Mucho trabajo —me limito a responder, y me encojo de hombros.
—La nonna te ha dejado la cena en tu habitación —me cuenta—. Procura no dejar nada, ya sabes que no le gusta que te vayas a la cama sin comer.
—Tranquilo, tengo demasiada hambre como para irme a dormir directamente —aseguro—. Eso sí, debo darme una ducha con urgencia.
—Sí —afirma con un asentimiento de cabeza—. Estás apestando mi casa.
—¡Pero si tú no hueles! —me quejo entre risas. Hace años que el nonno perdió su sentido del olfato.
—Pero puedo percibir el hedor de todas formas —replica, arrugando la nariz.
Niego con la cabeza y comienzo a caminar hasta mi habitación, que está en la parte de abajo, no demasiado lejos de la suya.
—¿Por qué me estás siguiendo? —pregunto al ver que en lugar de despedirse y alejarse como hace cada noche, me está siguiendo hasta mi dormitorio.
—Tengo que hablar contigo —dice con firmeza.
—¿Ha pasado algo? —Abro la puerta de mi habitación y entro seguido por él, que parece algo preocupado.
—¿Te acuerdas de la chica de esta mañana?
Alzo una ceja.
—¿La que andaba como un cervatillo perdido mientras sujetaba una maleta más grande que su propio cuerpo?
—Sí, justo esa.
Asiento con la cabeza para hacerle saber que la recuerdo.
—Me acuerdo —añado cuando veo que no dice nada más—. ¿Qué pasa?
—Se quedará una temporada aquí —dice con cierta inquietud que no me pasa desapercibida—.
La veo un poco perdida y parece una buena muchacha.
Sabes que me gusta hacer que mis huéspedes se sientan como en casa y siempre trato de ayudarlos a integrarse en la ciudad.
Necesito que me ayudes y le eches un vistazo, parece un poco desorientada…
—Pues que contrate a un guía turístico o a un guardaespaldas —respondo de forma cortante—. No pienso hacer de niñero.
—Luca, te lo estoy pidiendo como favor. —Su semblante ha cambiado, y ahora está mucho más serio que hace tan solo unos segundos.
—Nunca me pides que ayude a ningún huésped —sigo quejándome—. ¿Quién es la chica?
—Eso no importa. —Niega con firmeza—. Tú solo haz lo que te pido. Preséntale a tus amigos, intégrala en el pueblo y vigila que no se meta en problemas.
—¿Crees que no tengo suficiente trabajo y responsabilidades?—le recrimino, a la defensiva.
—Haz lo que te pido —responde, mirándome con los párpados entrecerrados y tensando la mandíbula.
—¿Por qué? —insisto.
—¡Luca! —Alza levemente la voz—. No cuestiones mis decisiones, solo obedéceme. No necesitas saber el por qué, maledizione .
—Vale —mascullo.
—Mañana bajarás a desayunar antes de marcharte al trabajo y te presentarás con la chica como es debido —dice, en tono autoritario, mirándome a los ojos.
—Genial, vuelves a darme órdenes como si fuera un niño —mascullo, apartando la vista.
—Siempre serás mi pequeño —responde con tono fraternal.
Me da un par de palmaditas en el cuello, sonriente, y sale de mi habitación.
Resoplo y le doy una patada a la pata de la mesa que hay en el centro.
Odio que Micaelo me dé órdenes, pero lo respeto lo suficiente como para acatarlas; le estoy tan agradecido y lo quiero tanto, que me es imposible decirle que no a algo.