3 | NO ME GUSTAN LAS FLORES
Gia
Me estremezco al oír mi apellido. Nadie aquí debería siquiera mencionarlo. No puede ser que el plan se haya estropeado antes de empezar.
—¿Quién es usted? —titubeo, empezando a mostrarme nerviosa.
Está claro que este hombre me conoce.
—Como te he dicho, me llamo Micaelo. Pero puedes llamarme Nonno . Aquí todos me conocen por ese apodo —me cuenta con total tranquilidad—. Vamos, llegaremos tarde si no nos damos prisa.
—¿Perdón? —Me cruzo de brazos, a la defensiva—. ¿Quién narices es usted?
—Soy un amigo de tu padre —murmura, provocándome un escalofrío que me sube por la espalda—.
Me ha dejado a tu cargo durante el tiempo que estés aquí, ¿contenta?
—Finge una sonrisa exagerada, mostrándome todos sus dientes—.
Ahora, vamos, me gusta ser el primero en coger las maletas. Odio tener que esperar.
¿Un amigo de mi padre? Dudo un instante, puesto que nunca he oído hablar de él. Si fuera verdad, él me hubiera avisado. Y que yo recuerde, no lo ha hecho.
—No tengo padre —consigo decir sin que me tiemble demasiado la voz—. No sé quién es usted y no voy a seguirle a ninguna parte.
—Vaya, qué rápido te has olvidado de Burak.
—Mi corazón se salta un latido, o puede que dos—.
Se lo comentaré esta noche cuando me llame para pedir el informe de tu primer día.
¿Vienes conmigo o prefieres ir a pie? —Alza una ceja, mirándome con una tranquilidad y una diversión que me desconciertan—.
Hay unos cuantos kilómetros de distancia hasta Cortona.
Sin duda este hombre sabe quién soy y quién es mi padre. Pero ¿cómo voy a confiar en él? Nadie me ha avisado de esto. Pensaba que una vez que llegara a Pisa, tendría que coger un autobús hasta Cortona y, una vez allí, recibiría indicaciones sobre cómo seguir.
Así que, ¿cómo sé que puedo confiar en su palabra?
Sus ojos color gris oscuro me observan con atención y parece bastante despreocupado.
No tiene pinta de ser un asesino en serie, pero muchas personas que he conocido a lo largo de mi vida tampoco tenían pinta de serlo y, al final, fueron mucho peores.
—Está bien, me voy —dice con voz firme—.
Avísame cuando llegues y, si aún estoy de buen humor, te llevaré hasta la villa.
—Se gira y, cuando tan solo lleva un par de pasos, vuelve a voltearse en mi dirección y me mira con una ceja alzada—.
Ah, se me olvidaba que tu nuevo móvil lo tengo yo, así que no sé cómo podrás avisarme.
Echo un vistazo a mi alrededor: no hay nada fuera de lo normal, ni siento ninguna mirada sospechosa. Sé que debo estar alerta, pero también que mi padre se ha encargado de que aquí esté a salvo, para que pueda vivir tranquila a partir de ahora, siempre y cuando haga bien la parte que me toca.
—¿Cómo sé que lo que dice es verdad? —Alzo mi barbilla, intentando infundir una falsa seguridad en mí misma y en mis palabras.
—Tendrás que comprobarlo por el camino —contesta sonriente—. Ahora, vamos a por tus maletas, piccola .
***
—Tu padre y yo nos conocemos desde que éramos unos niños.
—Por fin empieza a hablar, después de llevar prácticamente todo el trayecto en silencio—.
Nuestras familias eran amigas, además de aliadas.
Hicimos varios trabajos juntos cuando éramos jóvenes.
Formábamos un buen equipo. —Sonríe con añoranza—.
Yo conseguí salir de ese mundo cuando conocí a mi mujer, Marietta.
—Me echa un vistazo rápido antes de volver a concentrarse en la carretera—. Pero él no pudo.
—¿Por qué? —me atrevo a preguntar.
Es algo que siempre ha rondado por mi cabeza, y mi padre nunca ha querido responder. « Algún día lo entenderás» , es lo que siempre me decía.
—Eso es algo que debería contarte él, no yo —responde el hombre.
Resoplo y vuelvo a mirar al frente. El sol se filtra a través del cristal del coche, cubriendo el interior de una preciosa luz dorada. Hace casi una hora que dejamos el bullicio de Pisa atrás, y ahora nos adentramos en pleno campo, cosa a la que no estoy nada acostumbrada.
Los altos cipreses nos guían en el camino y en cuestión de minutos, el paisaje se ha transformado, cubriéndose de viñedos y olivares a ambos lados de la carretera.
Diviso a lo lejos algunas casas de piedra que adornan el paisaje y me pregunto quién podría vivir en un sitio así, alejado de la civilización y rodeado de hierba.
—Le debía un favor a tu padre —murmura después de algunos minutos de silencio, esta vez con la voz más apagada.
Carraspea antes de continuar hablando—: Así que, a partir de ahora, estaré contigo y no permitiré que te ocurra nada malo.
Estás bajo mi vigilancia y mi cuidado. Tengo algunos hombres en la ciudad que siguen trabajando para mí, así que te mantendré protegida en todo momento, incluso cuando yo no pueda verte directamente.
La seriedad de sus palabras me pone la piel de gallina.
La situación es seria y debería estar preocupada.
Pero, por raro que parezca, desde que me he subido al coche, me siento tranquila.
Y conforme nos adentramos en la pequeña ciudad, me invade una sensación de paz y serenidad que hacía mucho tiempo que no lograba sentir.
—En cuanto salgamos de aquí, fingiremos que esta conversación no ha ocurrido y que no nos conocemos —advierte, mirándome de reojo antes de volver su vista hacia la carretera—.
Vivirás en mi casa como una huésped más.
Recuerda pasar desapercibida y actúa con la mayor normalidad posible.
No olvides que hay vidas en juego —me recuerda, como si fuera capaz de olvidarme de ello.
Micaelo traga saliva y noto cómo aumenta la fuerza con la que agarra el volante cuando los nudillos de sus manos se vuelven más blancos que hace tan solo unos segundos.
—Lo sé —contesto, mirando el paisaje a través de mi ventana.
—Trabajarás en la floristería de Adela, la hermana de mi mujer.
Busca a alguien para que le ayude con la tienda —me informa de forma tranquila.
Aun así, parpadeo y tengo que tomarme unos segundos para analizar el significado de sus palabras—.
Pero esperarás unos días antes de incorporarte, debe parecer que estás en busca de trabajo.
—No me gustan las flores. —Le fulmino con la mirada.
—Puede que a Jade no, pero a Gia le encantan. —Suelta una pequeña carcajada que retumba por todo el interior del coche y me pone los pelos de punta.
—No tengo ni idea de flores, ni de plantas, tampoco de ningún tipo de hierba, ni nada sobre estas cosas… verdes —me quejo, señalando con las manos a nuestro alrededor, aunque él siga con la vista fija en la carretera.
De reojo veo cómo las comisuras de sus labios se suben en lo que aprecio como una ligera sonrisa. Resoplo y me muevo sobre mi asiento, inquieta.
—Pues tendrás que aprender —sentencia.
—Nunca he trabajado en una tienda —sigo replicando, en un intento por sacarle de quicio y que se olvide de todo esto, pero muy a mi pesar, la situación parece hacerle mucha gracia.
—Ya decía yo que no tenías pinta de haberlo hecho. —Suelta otra risita.
Parece que se lo está tomando con humor, y no deja de sonreír.
Pero, lo cierto es que a mí no me hace ninguna gracia.
Sé que probablemente le esté pareciendo ahora mismo arrogante, inmadura y desagradecida, teniendo en cuenta la situación en la que estoy y que él, sin tener por qué hacerlo realmente, me está ayudando.
—No quiero estropearlo todo —admito.
—Pues no lo hagas —dice como respuesta.
Comienza a dar algunos toquecitos con sus dedos en el volante, siguiendo el ritmo de sus propios silbidos.
Acompañados de su melodía, dejamos atrás el bullicio de Cortona y nos adentramos en la parte más rústica de la pequeña ciudad.
Me quedo prendada al ver todo mi alrededor cubierto de girasoles: no me gustan las flores, pero si tuviera que elegir unas, sin duda serían los girasoles. Son mis favoritas.
Abro la ventana y dejo que el aire fresco acaricie mi rostro y revuelva mi pelo con la suave brisa que acompaña esta tarde de mayo.
El olor a tierra, flores y hierbas silvestres inunda mis fosas nasales y, aunque no estoy acostumbrada a este aroma tan campestre, lo cierto es que no me desagrada tanto como pensaba.
De hecho, creo que podría acostumbrarme.
Finalmente, al pasar entre algunos baches que hacen que el coche tiemble hacia los lados, llegamos hasta la entrada de una villa. Está rodeada de campo, y cerca se encuentra un camino que te lleva directo a la ciudad.
La villa es enorme y el camino empedrado hasta la entrada está repleto de árboles y flores a su alrededor.
Su fachada de piedras es de un color algo desgastado por el paso del tiempo; tiene muchas ventanas, adornadas con marcos de madera pintados de un tono marfil oscuro, mientras que la puerta principal parece de madera maciza y el tejado está compuesto de tejas rojizas que sin duda llaman mi atención.
Desde aquí se puede apreciar que, desde la villa, hay unas vistas panorámicas increíbles de toda la ciudad, por lo que pienso tomarme más tarde una foto de recuerdo, aunque ya no tenga ninguna red social a la que subirla.
Al bajar del coche, respiro hondo y lleno mis pulmones de aire puro. El ambiente es muy tranquilo y creo que me servirá para relajarme un poco, aunque no me entusiasme tener que vivir en medio de la nada. Por lo menos, tengo bastante cerca la ciudad.
— Piccola —me llama mi acompañante cuando se baja también.
Rodea el coche hasta quedar a mi lado, en la entrada del enorme edificio que tenemos frente a nosotros.
Ni siquiera me extraño al oír la forma en la que se refiere a mí, ya que lleva todo el camino llamándome así—.
Bienvenida a la Villa Giardino al tramonto, tu nuevo hogar.
Sonrío como respuesta, y Micaelo, o Nonno , como insiste en que lo llame, me acompaña al maletero y me ayuda a sacar todas mis maletas, que por cierto son bastante más pesadas de lo que recordaba cuando las llené en mi antiguo hogar.
—Vamos —me anima a seguirlo, pero frunzo el ceño en cuanto intento tirar de una de las maletas y me doy cuenta de la poca fuerza que tengo.
—¿Y el mozo de equipaje? No puedo llevar todas las maletas, pesan demasiado.
—En esta casa no hay ningún facchino para que te lleve las maletas, ni ningún criado para que te sirva —contesta de forma seca—. Puedes hacer dos viajes si lo necesitas, querida.
—¿También te lo ha pedido mi padre? —le recrimino, mientras intento arrastrar una de mis maletas y seguirle el paso.
—Sí, me ha dicho que tenga mano dura contigo y no me ablande ni un poquito —me suelta con sorna.
Sigue silbando por el camino —cosa que me empieza a poner bastante nerviosa—, hasta que nos cruzamos en la puerta con un hombre alto. Ni siquiera me da tiempo a observarlo demasiado, porque sigo batallando con el equipaje.
—Oh, Luca, mio figlio , ¿podrías ayudar a esta damisela en apuros? —Suelta una carcajada ronca que me hace poner los ojos en blanco.
Escucho un gruñido como respuesta.
Levanto la cabeza y me cruzo con una mirada penetrante, oscura como el ébano y tan fría como el hielo. Esos ojos marrón chocolate parecen atravesarme como si pudieran ver a través de mí y escudriñar cada uno de mis secretos, consiguiendo acelerar mis pulsaciones.
—¿Es que le pasa algo en las manos? —Es lo único que dice con voz ronca antes de alejarse por el mismo camino que nosotros hemos cruzado hace tan solo unos segundos.
Me quedo aquí plantada, todavía intentando tirar de mi maleta y observando con cara de tonta cómo se aleja sin mirar atrás.