Todos los atardeceres en los que me enamoré de ti (Cielos opuestos 1) 2 | UNA AMARGA DESPEDIDA
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2 | UNA AMARGA DESPEDIDA

Gia

He intentado posponer este momento lo máximo posible: abrazar a mi padre por última vez.

Siempre hemos tenido una relación especial, sobre todo desde que murió mi madre.

Él siempre hizo de nosotras su mundo y, cuando ella se fue, no volvió a ser el mismo.

Aun así, siempre se ha esforzado muchísimo por estar conmigo en cada etapa de mi vida; por llenarme de cariño y amor, inculcarme los valores que hoy doy gracias por tener, e intentar llenar el vacío que provocó la ausencia de su esposa durante toda mi niñez y adolescencia.

—Papá, ven conmigo, por favor —sollozo contra su pecho. Me abraza con fuerza; sabe que es la última vez que podremos sentir al otro en mucho tiempo. Quizás nunca más podamos hacerlo.

Las lágrimas corren por mis mejillas, pero no me molesto en limpiarlas. Entre sollozos y gritos ahogados, me aferro a su jersey e inhalo su característico aroma amaderado, el mismo que sería capaz de reconocer en cualquier lugar del mundo.

Él es un hombre serio, pero también muy sentimental.

No le gusta llorar en público y rara vez le he visto hacerlo en privado.

Es por eso que me sorprendo al escuchar su llanto, notar la vibración entrecortada de su pecho contra el mío y sentir la fuerza con la que me sujeta, como si eso pudiera alargar este momento.

—No puedo…, sabes que no puedo —suelta entre jadeos.

Deposita varios besos en mi cabeza antes de abrazarme de nuevo. Levanto la mirada y me encuentro con unos ojos negro azabache, esta noche aún más oscuros, enrojecidos y llenos de lágrimas.

—Solo tienes que dejar atrás todo esto… —susurro casi en una súplica.

Llevo mi mano hasta su mejilla y limpio algunas de las lágrimas que corren sin cesar por su rostro.

La acaricio con suavidad y cierro con fuerza mis ojos un par de segundos, visualizando sus facciones en mi mente y prometiéndome no olvidarlas jamás.

Quiero memorizar cada detalle de su rostro y llevarlo siempre conmigo.

No me hace falta decir más para que mi padre sepa a qué me refiero, y como tantas otras veces ha hecho a lo largo de los años, niega con la cabeza.

—No puedo hacerlo, cariño. —Ahora es él quien acaricia mis mejillas—. Algún día lo entenderás —promete, mirándome enternecido—. Pero quiero que recuerdes que todo lo que he hecho a lo largo de estos años, ha sido para protegerte e intentar que fueras feliz.

—Lo sé, papá. —Sorbo mi nariz—. Pero voy a echarte mucho de menos. No sé si podré aguantar sin estar a tu lado.

—Claro que podrás hacerlo —dice con decisión—. Eres una mujer fuerte y valiente, capaz de conseguir cualquier cosa que te propongas.

—Siempre has estado ahí para ayudarme a conseguirlo —musito, entristecida—. Pero ahora, ¿qué voy a hacer sin ti?

—Luchar y hacer que me sienta aún más orgulloso.

—Voy a sentirme tan sola… —sollozo de nuevo, limpiando con el dorso de mi mano las lágrimas rebeldes que acarician mis mejillas.

—No estarás sola —murmura con firmeza—. Siempre estaré contigo, a pesar de la distancia. —Con un gesto de cabeza, señala hacia arriba—. Mira el cielo.

—¿Qué pasa?

Levanto la cabeza y observo el azul oscuro que nos envuelve, las motas brillantes que lo adornan y, como cada noche, la brillante figura redonda que nos deslumbra con su intensa luz.

—No estaremos tan lejos. —Niega con lentitud—. Al fin y al cabo, los dos veremos cada noche la misma luna.

Asiento con la cabeza, sonriendo por primera vez en días. Solo mi padre es capaz de sacarme una sonrisa en situaciones así, y hacer del momento más duro de mi vida algo único y especial.

Nos despedimos entre más lágrimas, sollozos y lamentos. Nos abrazamos de nuevo y, por última vez antes de subir al avión que me llevará hasta mi nueva vida, me da un beso en la frente, como acostumbraba a hacer cada noche cuando era pequeña y me arropaba antes de dormir.

Una vez dentro del avión, voy hasta mi asiento de primera clase. Mi padre se ha encargado de que no viajen apenas pasajeros esta noche, así que disfrutaré de puro silencio y tranquilidad durante las próximas horas.

Me pongo el cinturón, reclino mi sillón hacia atrás y acomodo la almohada que me han dejado antes de colocarme en posición fetal. Me estiro y corro la cortina que separa mi asiento del resto.

Poco a poco, la luz se vuelve más tenue cuando el avión despega, y en el momento en el que comienza a volar, me derrumbo en silencio.

***

Después de pasar un par de horas recuperando el sueño perdido, por fin estamos a tan solo unos minutos de aterrizar, por lo que ordeno un poco mi bolso y aprovecho para ir al baño.

Observo mi reflejo en el espejo. Tengo peor aspecto de lo que pensaba, y es hora de cambiar eso. He estado practicando mentalmente la chica que debo ser a partir de ahora y, sin duda, no es la que estoy viendo ahora mismo reflejada en el cristal.

No puedo permitir que nadie me vea así. Tengo que dejar todo el dolor en este avión y salir de aquí con una sonrisa, aunque en mi interior solo tenga ganas de llorar.

Pero debo ser fuerte. Por mi padre. Por mi familia.

Por mí. Porque me merezco una segunda oportunidad para vivir y porque tampoco quiero arrebatarle la suya a las personas que más quiero.

Me lavo un poco la cara y la seco a toquecitos con una toalla.

Busco el neceser en mi bolso; una vez que lo localizo, empiezo a sacar los productos de maquillaje: primero aplico un poco de corrector para cubrir mis ojeras por la falta de sueño de estos últimos días.

Luego, un toque de rubor que le da un poco de color y vida a mi cara.

Por último, paso a mi zona preferida: los ojos.

Me hago un delineado fino y aplico una buena capa de máscara de pestañas, realzando mis ojos grandes y oscuros como el azabache.

Con cada toque, siento que estoy empezando a construir una nueva versión de mí que, sin duda, va menos maquillada y mucho más natural.

También mi forma de vestir es diferente, y lo cierto es que no me desagrada nada ir con este vestido fresco, a pesar de ser un estilo diferente a lo que solía usar.

Llevo el pelo suelto, al natural, luciendo los rizos que tanto me encantan y que hasta ahora había ocultado al mundo la mayor parte del tiempo.

Me pongo un pequeño pañuelo en la cabeza, anudado en la parte de atrás y tapando el principio de mi frente, dejando el resto de cabello caer por mis hombros y parte de mi espalda.

Practico mi sonrisa varias veces antes de salir del cubículo.

Me echo un último vistazo y no puedo evitar pensar que parezco otra persona.

Es increíble lo que se puede conseguir con solo cambiar tu forma de vestir y maquillarte diferente.

Aún me queda mucho trabajo, porque el mayor cambio debe ser algo interno, y no simplemente en apariencia, como he conseguido hasta ahora.

Una vez que aterrizamos, espero recibir indicaciones y entonces, salgo del avión.

Lo primero que veo nada más bajar los primeros escalones, es a un señor que está parado frente a mí, observándome con atención. Se me eriza cada vello de la piel. No pueden haberme encontrado tan pronto. Es imposible.

Me tiemblan las piernas cuando bajo el último escalón.

Trago saliva y sigo caminando hasta colocarme frente a él, que sigue sin apartar sus ojos grises de los míos.

Tiene el pelo negro oscuro y los ojos algo rasgados.

Algunas de las arrugas de su rostro me indican que ha vivido bastantes más años que yo.

—¿Gia Laurent? —pregunta de forma neutral.

—¿Y usted es…? —pregunto mordiendo mi labio inferior, desconfiada.

—Micaelo Rossi, pero todos me llaman Nonno .

Sonríe ampliamente y abre los brazos de par en par.

— Benvenuta nella mia amata Italia, piccola Sahín.