Todos los atardeceres en los que me enamoré de ti (Cielos opuestos 1)
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1 | COMO EL AVE FÉNIX
Gia
Cierro los ojos durante algunos segundos, disfrutando del silencio que anticipa el bullicio de un nuevo día en la ciudad.
Cuando los abro, observo el cielo de un azul intenso, pese a que ya se puede vislumbrar cómo las suaves notas rosadas y los destellos anaranjados comienzan a extenderse por el horizonte, ocultando el brillo del sol que amenaza con salir en cualquier momento a alumbrar el paisaje.
Doy media vuelta y vuelvo a entrar en mi habitación, aunque dejo abiertas las puertas que dan paso al balcón para que el aire fresco entre y pueda disfrutar por última vez de la suave brisa de la mañana en Estambul.
—Señorita, ¿se encuentra usted bien? —La voz de Azra me saca de mis pensamientos, en los que llevo sumergida demasiados días, más de los que me gustaría admitir en voz alta.
—Sí. —Aseguro—. Todo bien.
Sonrío, y espero que eso le sea suficiente para no volver a preguntarme: necesito que ambas finjamos que no pasa nada, que mi vida no está a punto de dar un giro de ciento ochenta grados, y que olvidemos que podría morir en cualquier momento por mi atrevimiento.
Al menos, durante las pocas horas que me quedan aquí.
—Le he traído el desayuno.
—No tengo hambre.
—Eso es lo mismo que me ha estado diciendo durante los dos últimos días. Vamos, coma algo. Su padre se entristecerá aún más si la ve marchar sumida en tanta tristeza.
—¿Y qué puedo hacer? —Me giro hacia ella—. ¿Fingir que no ha pasado nada?
Doy un largo suspiro y me tumbo de espaldas sobre el colchón.
—No. —Niega con la cabeza—. Ya está hecho y, tristemente, no se puede volver atrás. Acepte que ha pasado. Lo hizo por su padre, y verlo vivir debería ser motivo suficiente para seguir adelante.
—Lo sé. —Suspiro de forma cansada—. Y solo por él…, volvería a hacerlo de nuevo. Lo que me convierte en una mala persona.
—Que se sienta mal demuestra que no es una mala persona.
Tuvo sus motivos, y fueron más que suficientes para actuar como una auténtica Sahin.
—La simple mención a mi apellido hace que se me ponga la piel de gallina; porque es cierto, me he convertido en lo que más miedo siempre me ha dado ser—.
Ahora toca salir adelante y, por su bien y el de su familia, tendrá que hacer como si nada de esto hubiera ocurrido.
—Lo sé —contesto en un suspiro.
—Avíseme cuando termine de desayunar. —Sonríe con debilidad—. El equipo de Aydin vendrá para entregarle todo lo que necesita antes de marcharse.
Me levanto de la cama y camino hasta la persona que me ha acompañado desde mi niñez, quien ha limpiado mis lágrimas y ha sacado muchas de mis mejores sonrisas.
—Gracias por todo, Azra —susurro, envolviéndola entre mis brazos y fundiéndonos así en un abrazo que transmite mucho más de lo que mis palabras pudieran decir ahora mismo.
Me da un beso en la cabeza antes de salir de mi habitación.
Cuando se marcha, me acerco a la bandeja y prácticamente devoro los huevos revueltos, el queso y el pan bañado en mermelada.
Llevo dos días sin apenas comer nada, en los que solo he estado lamentándome por lo que hice, por lo que podría haber hecho y por la incertidumbre de no saber qué será de mí y de mi familia a partir de ahora.
Por no hablar de la presión que siento sobre mis hombros al saber que la vida de todos ellos ahora mismo depende de mí y de lo bien que me esconda de nuestros enemigos.
Me bebo el té casi de un trago. Después de tantos minutos sobre la bandeja, el vaso está lo suficientemente tibio como para tomarlo sin quemarme la garganta.
Me levanto de la silla y doy algunos pasos hasta llegar a la habitación conjunta que tengo como vestidor.
Una lágrima cae lentamente por mi mejilla y la limpio con frustración, porque a pesar de sentirme completamente destruida, anoche me prometí que no volvería a llorar más.
Pero hay algunas promesas que son demasiado difíciles de cumplir.
Así que me dejo caer hasta quedar sentada en el suelo, y rompo a llorar con las mismas fuerzas con las que he estado reprimiendo cada lágrima en las últimas horas.
Frente a mí, en la otra punta de la enorme habitación, hay varias maletas abiertas llenas de ropa, zapatos y recuerdos que no me pertenecen a mí, sino a la persona que está a punto de huir de este país.
Atrás quedan las prendas de marca, los zapatos de diseño, los vestidos hechos a medida, las tardes de compras infinitas con mis amigas, o las noches observando la luna con mi persona favorita: mi padre.
También mis sueños, aspiraciones y metas; lo que podría haber sido de mí de no ser por mi apellido.
Aquí también se queda la chica reprimida, la que no es capaz de decir que no a nada, la que vive al límite y tiene más obligaciones al cabo del día de las que una chica de su edad podría ser capaz de soportar.
La chica soñadora que un día pensó que el amor que le tiene su padre sería más que suficiente para dejar atrás un linaje en el que quedamos atrapados sin ni siquiera pedirlo, que nos envuelve en sombras, traiciones, peligro y sangre. Mucha sangre.
Me levanto del suelo y camino hasta llegar a una de las cómodas de ropa, donde anoche dejé mi bolso. Con las manos temblorosas, busco en el interior de este hasta dar con mi nuevo pasaporte. Acaricio la cubierta con las yemas de mis dedos e intento calmarme un poco y controlar mi respiración.
Hoy muere una parte de mí que ni siquiera sé si echaré de menos.
Hoy muere Jade, la hija de Burak Sahin.
Hoy renace como el ave fénix y resurge de sus propias cenizas, la mujer que seré a partir de ahora, esa que llevo intentando interiorizar en las últimas cuarenta y ocho horas.
Debo hacerlo.
El dolor que siento no podrá conmigo, sino que me ayudará a hacerme más fuerte y salir adelante.
Me limpio las lágrimas con brusquedad y tomo aire mientras leo una y otra vez mi nuevo nombre, memorizando mi nueva identidad.
Ya no soy Jade.
Ya no pertenezco a una familia de delincuentes. Ya no soy hija de uno de los mayores capos de Turquía. Ya no tengo que vivir con miedo. Ya no tengo que ser la persona que todos quieren que sea.
Ya no soy una asesina.
Ahora soy Gia.
Y la vida me ha dado una nueva oportunidad, esta vez, para vivirla de verdad.