Chapter 59
Empujo la puerta y le dejo espacio a Jade para que entre primero. El olor a desinfectante invade toda la habitación y el silencio lo envuelve todo, tan solo interrumpido por el sonido lejano del monitor cardíaco y algunos murmullos de enfermeras que conversan con los pacientes en otras salas.
Onur está sentado en el borde de la cama, terminando de abotonarse una camisa limpia.
Tiene el brazo todavía vendado y el rostro más pálido de lo normal.
Conserva su gesto serio y peligroso, aunque no me pasa desapercibida la forma en la que las comisuras de sus labios se curvan hacia arriba cuando nos ve aparecer, aunque intente disimularlo enseguida.
—¡Onur! —grita Jade, que prácticamente se abalanza sobre él. Lo veo hacer una mueca de dolor cuando lo abraza y no puedo evitar sonreír al verlos. Él es mucho más grande que ella, pero ahora mismo parece mucho más débil y vulnerable.
—Le vas a hacer daño —murmuro, en un intento por separarlos y evitar que mi mujer lo obligue a pasar otras dos semanas en el hospital.
—Ay, perdón. —Se separa de él enseguida—. ¿Te he hecho daño?
—No.
—Te voy a echar mucho de menos.
—Lo sé.
—Onur… no me pienso ir de aquí hasta que me digas algo bonito. —El chico me mira por encima del hombro de mi mujer—. A la que debes tenerle miedo es a mí, no a él.
—Eso es cierto —le sigo el rollo, alzando las manos en el aire.
El chico deja escapar un suspiro, cansado.
—Yo también a ti, Jade.
—Eso ya lo sé.
Me acerco a él y le tiendo la mano que tiene libre. Onur la observa durante unos segundos antes de estrecharla con firmeza.
—Cuídala —me dice. Sonrío de lado y asiento.
—Siempre.
El móvil de Onur nos interrumpe. Enseguida la pantalla se ilumina y el tono de llamada resuena por toda la habitación, captando nuestra atención.
Su expresión cambia de golpe cuando ve de quién se trata.
Toda la tranquilidad desaparece de su rostro.
Agarra el teléfono, apretándolo con tanta fuerza que se le ponen los nudillos blancos, y cuelga la llamada.
—¿Va todo bien? —pregunto.
Él tarda un par de segundos en responder, sin apartar la mirada del aparato.
—Sí.
Vuelve a llegarle una llamada. La pantalla se ilumina de nuevo y esta vez consigo leer el nombre de la persona que tanto insiste en hablar con él.
Leyla.
—Tengo que irme —murmura de repente, poniéndose de pie y guardando el móvil en el bolsillo trasero de su pantalón.
—¿Ya te vas?
—Sí —responde—. Me dieron el alta hace un rato.
—¿Seguirás siendo el guardaespaldas de Leyla?
Se le endurece el rostro.
—Por el momento sí, pero solo hasta que encuentre a otra persona capacitada para el puesto.
Cuando Jade termina de abrazarlo, le recuerda lo agradecida que está y lo mucho que va a echarle de menos, luego lo dejamos solo en la habitación y salimos del hospital para subirnos al coche, donde nos espera Micaelo.
***
El despacho del contacto de Micaelo es pequeño y discreto, sin muchos adornos ni carteles que indiquen qué es lo que se hace en realidad aquí dentro.
El hombre, de mediana edad, revisa cada documento con una lentitud que me empieza a poner de los nervios, aunque procuro no mostrarlo para no poner peor a Jade.
Micaelo está sentado a nuestro lado y permanece en silencio, con las manos apoyadas en su bastón y la vista clavada en su viejo amigo.
Cuando por fin termina de revisarlo todo, alza la mirada y se echa hacia atrás sobre su silla de escritorio.
—Con esto no solo cae El Consejo —murmura, observándonos a los tres con ambición—; caen generaciones enteras.
—Adelante.
Apoyo los dedos sobre la carpeta, junto al pendrive en el que hemos recopilado toda la información y los deslizo hacia él sobre la madera de la mesa.
—A partir de hoy dejáis de existir: nada de Kerem ni de Jade. Entraréis en un programa de protección de testigos —explica, con voz neutra—. Empezaréis de cero con una nueva identidad. Tal y como acordamos, estaréis totalmente protegidos mientras sigáis colaborando con nosotros.
Saca un sobre del cajón y nos lo ofrece.
—Aquí tenéis vuestras nuevas identidades. Nadie podrá rastrearos y, aunque lo hicieran, estaréis completamente protegidos. Buena suerte en Italia.
Micaelo y él intercambian una mirada, acompañada de un asentimiento de cabeza. Jade coge el sobre con los dedos temblorosos y es la primera en levantarse de la silla. El hombre nos estrecha la mano y nos acompaña hasta la puerta.
Una vez fuera, el aire fresco me golpea de lleno, anclándome al presente, pese a que me siento en las nubes ahora mismo y lo único que sé es que, después de tanto tiempo, por fin huele a libertad.
El cielo se empieza a teñir de color anaranjado, con pequeñas franjas moradas que se mezclan con el azul predominante y por primera vez en mucho tiempo, puedo volver a respirar.
El corazón me va a mil por hora. Miro a Jade, que tiene una sonrisa deslumbrante en el rostro y juro que nunca la había visto tan bonita como ahora mismo: con su pañuelo de pirata atado en la cabeza, los rizos rebeldes cayéndole por la espalda, ni una sola gota de maquillaje y los pasaportes apretados contra el pecho.
La alegría le ilumina toda la cara y algo en mi interior se llena de una felicidad que no me cabe en el pecho, pero que necesito sacar de alguna forma para seguir haciéndole espacio a todo el amor que tengo para darle durante toda la vida.
La agarro por detrás de los muslos y la levanto del suelo en un movimiento rápido, haciéndola girar en el aire mientras ella suelta una carcajada que me hace sentir pleno.
Me rodea el cuello con los brazos, doblando un poco las piernas para no perder el equilibrio, con los pasaportes todavía atrapados entre los dedos de una mano.
—Se acabó —grita, entre risas, sin ninguna intención de que la suelte.
Y menos mal, porque no pienso hacerlo. La beso antes responder siquiera.
Es un beso hambriento. Caótico. Lleno de lágrimas saladas, risas entrecortadas y un amor tan inmenso que siento que no me cabe dentro del pecho.
Me muerde el labio inferior con suavidad y se separa de mí unos milímetros, apoyando su frente contra la mía.
—Se acabó —repito sonriente, rozando sus labios, antes de besarla de nuevo.
La dejo en el suelo y me entrega mi pasaporte. Ambos abrimos el documento al mismo tiempo. Tardamos unos segundos en procesar la información y asimilar la que será nuestra nueva vida.
—Creo que tardaré un poco en acostumbrarme… —confieso, rompiendo el silencio, sin dejar de mirar el pasaporte.
—Pues yo no.
Sus palabras captan mi atención y levanto la mirada, cruzándome de nuevo con sus ojos marrones, llenos de brillo e ilusión.
—Me da igual quiénes seamos para toda esta gente —señala con la cabeza el edificio del que acabamos de salir—, ni lo que diga este documento. Llevo mucho tiempo perdida, sin saber quién era ni quién quería ser, y creo que… —Suelta un suspiro que termina en una sonrisa—, por fin me he encontrado.
—Ah, ¿sí? —pregunto lleno de orgullo por verla tan en paz consigo misma por fin—. ¿Y quién eres?
—Soy Gia, tu piratilla.
Sonríe de esa forma tan suya que siempre consigue desarmarme.
—Y tú siempre serás Luca, mi jubilado gruñón —dice con cariño.
Lleva una mano hasta mi mejilla y la acaricia con suavidad. Sonrío de lado con añoranza, acariciando la cubierta del pasaporte. Luego vuelvo a mirarla y todo lo demás pasa a un segundo plano.
Mi mundo queda reducido a ella; a su brillo.
A la alegría que desprende con solo respirar cerca de mí. A todo lo que me hace sentir con tan solo una caricia, como si sus dedos supieran encontrar cada una de mis partes rotas y curarlas con todo el amor que tiene guardado para mí.
A mí también me da igual lo que ponga en el papel.
Da igual el nombre, el apellido o la nacionalidad que nos hayan asignado. Lo único que de verdad importa es que, a pesar de todo lo que hemos vivido, seguimos eligiéndonos el uno al otro.
—A partir de ahora somos Luca y Gia —afirmo sonriente, acariciando su cabello.
—Y lo somos porque elegimos serlo, porque nos encontramos en ellos después de mucho buscarnos y por todo lo que somos juntos. Da igual lo que diga este papel, lo único que importa es que, a pesar de todo, seguimos encontrándonos el uno en el otro.
Se inclina hacia mí y me roba un beso rápido.
—Creo que nunca hemos dejado de hacerlo —susurro contra sus labios.
—¿Habéis terminado ya? —pregunta Micaelo, unos metros por delante de nosotros, interrumpiéndonos y estropeando el momento—. Vamos a llegar tarde al aeropuerto.
Gia —mi Gia— suelta una carcajada y me da la mano, entrelazando nuestros dedos. La sensación de tenerla a mi lado, tan radiante y verla tan feliz es inexplicable. Quiero grabarla en mi memoria y que dure para siempre.
—¿En serio tiene que venir con nosotros? —suelto en tono burlón, caminando junto a ella.
—Eso parece.
—Te estoy escuchando, pezzo di scoria .
Mientras avanzamos hacia el coche, bajo un atardecer que tiñe el cielo de naranjas y dorados, la miro y el pecho se me llena de una paz que nunca antes había sentido.
Durante mucho tiempo busqué un lugar al que poder llamar hogar. Hoy me doy cuenta de que mi hogar no es ningún sitio, sino ella, sin importar el lugar del mundo en el que me encuentre.
La vida nos ha regalado una nueva oportunidad. Pero, sobre todo, la posibilidad de elegir quiénes queremos ser.
Y después de tantos atardeceres enamorándome de ella y tantos amaneceres sin saber cómo dejar de hacerlo, por fin ha llegado el mañana que llevábamos tanto tiempo esperando.
Y, esta vez, pienso vivirlo a su lado.