Todos los amaneceres en los que pensé en ti (Cielos opuestos 2) Chapter 58
96%

Chapter 58

Apoyo la espalda contra los cojines del sofá y subo las piernas al asiento, doblándolas a un lado, sintiendo el calor del cuerpo de Kerem a mi lado, que permanece en silencio, apoyando los codos sobre las rodillas y mirándose las manos entrelazadas.

No parece estar buscando ninguna excusa, más bien, parece estar buscando las palabras adecuadas y reuniendo el valor suficiente para decirme algo que hasta ahora había estado guardándose para sí mismo.

Me fijo en él por primera vez desde que todo ha terminado. Las ojeras oscuras cubren sus ojos y la barba le ha crecido más de lo habitual. Lleva la camisa manchada de sangre y arrugada y solo con ver su rostro, puedo ver que está realmente agotado.

—Pregunta lo que quieras. —Su voz suena ronca—. No pienso volver a ocultarte nada. —Me coge la mano y la acaricia con una suavidad que me desarma, mirándome con los ojos llenos de brillo.

Tomo aire, sintiendo un nudo atascado en la garganta que me impide respirar con normalidad.

—¿Cuándo empezó todo?

—En la Toscana. La noche en la que se incendió la Villa —responde, con la mirada algo perdida—.

Micaelo habló conmigo y me contó lo que estaba pasando.

Supe que la única forma de acabar con todo lo que estaba a punto de ocurrirnos, era destruirlo desde dentro.

Estuve a punto de echarme atrás. Esa misma noche sufrimos un accidente.

Cuando me desperté, tuve la certeza de que no podía hacerlo. Así que seguí adelante con el plan.

—¿En algún momento pensaste ser Sultán?

—No —responde con rapidez—. Siempre tuve claro que mi objetivo era destruir el sistema.

—Por eso te casaste conmigo —murmuro, y la voz se me quiebra un poco—. Para cumplir con uno de los requisitos.

—Sí —responde con sinceridad—. No fue cosa del Sultán, sino nuestra.

Agacho la cabeza y asiento. Por un momento me invade la tristeza; ojalá las cosas hubieran sido diferentes.

—Eh. —Desliza los dedos bajo mi mentón y me obliga a alzar la cabeza hasta que nuestras miradas se encuentran de nuevo—. Dime en qué estás pensando.

—Estoy pensando que… si nunca hubiera existido ese requisito, quizás nunca te habrías casado conmigo —confieso, con la voz temblorosa—.

Ni siquiera he tenido una boda normal o una pedida bonita como cualquier novia.

No hubo nervios bonitos, ni nada de lo que se supone que debería sentir una novia el día de su boda.

Él guarda silencio, con los dedos todavía rozándome la barbilla; algo en su expresión se suaviza al oír mis palabras.

—Tienes razón —dice por fin—. Y lo siento. —Baja las manos y se acerca un poco más, hasta que apenas queda distancia entre los dos—. Tendremos que repetir la boda entonces.

—Estoy hablando en serio —le digo antes de darle un manotazo en el hombro.

—Yo también.

—Kerem, ya estamos casados.

—Me da igual, nos casamos otra vez —dice sin dudar ni un segundo.

No puedo evitar sonreír como una tonta.

—¿Y si no digo que sí?

—Entonces te lo pediré cada día, las veces que hagan falta, hasta que sientas que me lo he ganado de verdad. No tengo prisa. Llevo toda la vida esperándote sin saberlo, Jade, así que no me importaría tener que esperar un poco más.

Se me escapa una lágrima por culpa de la emoción contenida, y no me lo pienso dos veces antes de abalanzarme sobre él, rodeándole el cuello con los brazos con fuerza.

Él me envuelve con los suyos, con una mano en mi espalda y la otra enredada en mi pelo y por un momento cierro los ojos y dejo caer las gotas saladas por mis mejillas, dejándome llevar por la calidez de su cuerpo y el latido tranquilo que se sienten como un hogar, sin importar el lugar en el que me encuentre; con la certeza de que, pase lo que pase de ahora en adelante y, sin importar lo que haya pasado hasta ahora, lo nuestro es lo más real y bonito que he tenido en la vida.

Cuando por fin me separo lo suficiente para mirarlo a la cara, todavía con los brazos alrededor de su cuello y los dedos jugueteando con algunos mechones de su nuca, mis ojos se pierden en los suyos, llenos de un brillo y una intensidad en la que es maravilloso verse reflejada.

Sin embargo, todavía hay una pregunta de la que necesito obtener respuesta, así que me mordisqueo un poco el labio, intentando encontrar las palabras adecuadas, puesto que lo que menos me apetece ahora mismo es entrar en una discusión y romper la burbuja en la que de repente nos vemos envueltos.

—¿Puedo preguntar algo más? —Asiente—. ¿Por qué no me dijiste nada?

—Porque quería protegerte. Cuanto menos supieras, mejor, menos peligro corrías. Además, no quería preocuparte más. Pensaba que lo tenía todo bajo control.

Me limpia el resto de las lágrimas con las yemas de los dedos y me da un beso en la frente.

—La próxima vez no decidas por mí.

—No lo haré. —Vuelve a besar mi frente, esta vez un beso más largo—. Y tú tampoco me ocultes cosas, aunque sepas que no me vayan a gustar. A partir de ahora quiero que seamos un equipo.

Respiro hondo.

—Antes has dicho que querías destruirlo todo desde dentro… —murmuro, pensativa, sin apartar la vista de él—. ¿A qué te referías? ¿Qué es lo que vas a hacer ahora que eres Sultán?

—Destruirlo todo. —Frunzo el ceño—. Durante este tiempo hemos reunido todo lo que necesitábamos.

Nombres. Documentos. Cuentas. Grabaciones…

Todas las pruebas suficientes para demostrar qué es lo que hacen y hundirlos a todos.

Y ahora que me han nombrado Sultán, tengo la información que nos faltaba para entregarlo todo.

Micaelo tiene unos antiguos contactos; personas con autoridad suficiente para hundir al Consejo, gente que lleva años esperando una oportunidad como esta.

—¿Y qué pasará después? —pregunto, con un nudo en el estómago.

—Después desapareceremos. Tendremos una nueva identidad, nuevos pasaportes y una nueva vida.

Nos iremos a donde tú quieras y empezaremos de cero.

—Me mira con los ojos llenos de un brillo especial y me sonríe con una calma y tranquilidad en el rostro que no le había visto antes—.

Sin el peso de nuestras familias. Sin odio.

Sin armas. Sin sangre. Sin mafia. Sin secretos ni mentiras. Sin tener que vivir con miedo.

Me acaricia la mejilla con el pulgar y a mí se me llenan los ojos de lágrimas.

—Solos tú y yo viviendo la vida que siempre quisimos, la que nos robaron.