Chapter 57
Suspiro aliviada cuando veo a Kerem frente a mí. Tiene la respiración agitada y, como consecuencia, el pecho le sube y baja con rapidez. Sigue apuntando a Ayla, esta vez con dos hombres más protegiendo su espalda.
Nos interrumpen una serie de pasos atropellados que acaban frenando en seco cuando presencian la escena.
Onur aparece detrás de Kerem, con una de sus manos se aprieta con fuerza el costado, haciendo fuerza con la chaqueta que se ha quitado y ha colocado sobre la herida para impedir que siga saliendo más sangre; el resto ha salido desperdigada por toda su ropa.
Se coloca frente a mí y da un par de pasos hacia atrás, obligándome a retroceder a mí también para no caerme.
Todo lo demás sucede demasiado rápido. Escucho el clic metálico de las pistolas al cargarse. La espalda ancha de Onur no me deja ver nada, así que tengo que inclinarme un poco hacia el lado; consigo ver de refilón cómo Ayla desliza la mano hacia la parte trasera de su pantalón y saca un arma.
Frente a ella, Kerem no baja la suya ni un solo centímetro. La imagen me pone los pelos de punta.
De repente, la cabeza me da vueltas y siento como si el suelo bajo mis pies se inclinara, amenazando con hacerme perder el equilibrio.
—Baja el arma —ordena Kerem con total serenidad, a pesar de la tensión que se respira en la sala, con todos los hombres apuntándose entre ellos.
Ayla sonríe.
—¿De verdad piensas que he llegado hasta aquí para marcharme con las manos vacías?
—Ayla. —La voz grave de Micaelo resuena por toda la estancia. Noto cómo la mujer se queda paralizada durante un instante, pero consigue disimularlo a tiempo y enseguida vuelve a erguirse y mostrar su habitual armadura—. Se acabó.
—No. —Niega despacio—. Esto solo acaba de empezar.
—¡Bajad ahora mismo las armas! Maledizzione —grita Micaelo, que no sé en qué momento ha entrado en el salón y se ha situado junto a Kerem.
Nunca lo había visto así, tan lleno de rabia como en estos momentos—.
Estáis frente al nuevo Sultán —les dice a los otros guardias, que enseguida bajan las armas.
Siento una punzada en el pecho; no me puedo creer que todo lo que me ha dicho Ayla fuera verdad, y que sus palabras se hayan cumplido tan rápido. Se me humedecen los ojos en cuestión de segundos, pero parpadeo varias veces, tratando de librarme de las lágrimas rebeldes que amenazan con escapar.
Debo ser fuerte.
—No has cambiado nada —masculla ella, moviendo la cabeza hacia los lados, lo que hace que su pelo también se agite ligeramente—. Siempre metiéndote en todo, siempre con ese afán de ser el centro de atención.
—Qué pena que no pueda decir lo mismo, porque tú sí que has cambiado bastante.
—El dolor cambia a la gente.
Micaelo la mira fijamente y cabecea.
—Así es —responde—. Pero también nos muestra cómo son las personas en realidad, cómo fueron desde el principio.
Onur suelta un quejido y se dobla un poco hacia delante, sin bajar su pistola, pero apretándose cada vez con más fuerza la herida, que parece estar sangrándole más.
Aprovecho el momento para escabullirme y doy algunos pasos torpes hasta quedar junto a Ayla, que me mira con una sonrisa maliciosa.
El rostro de Kerem palidece, pese a que intenta no mostrar ningún signo de debilidad y Micaelo permanece impasible, apretando la mandíbula con fuerza.
—Jade. —La voz de Kerem suena grave, contenida e incluso parece cargada de espanto—. Ven aquí. —Me señala con la cabeza el hueco libre que hay a su lado. Yo niego despacio, sin apartar mi mirada de Ayla.
—No —pronuncio con firmeza, pero sin ser capaz de mirar a Kerem ni a Micaelo, pues las piernas me flaquean y sé que en cualquier momento voy a romper a llorar y a querer abrazarles.
Noto cómo ambos contienen la respiración y doy un paso más hacia ella, acortando la distancia que nos separa lo suficiente como para que Kerem haga ademán de avanzar hacia nosotras.
—No te acerques más —dice él, como si alguna vez le hubiera hecho caso en algo.
—Mira a tu alrededor, Ayla —le digo, con una voz extrañamente tranquila, sosteniéndole la mirada sin parpadear.
Alza una ceja, sorprendida ante mis palabras.
—Te has quedado sin nada. Lo único que has conseguido en todos estos años ha sido reunir poder.
—Sigo acercándome un par de pasos más hacia ella, ganándome un gruñido por parte de Kerem—.
Y ahora también lo has perdido —continúo, dando medio paso más—.
Todo el mundo te ha dejado sola; ahora también tus hombres más leales.
—Señalo con la cabeza a los guardias, que hasta hace un rato se encargaban de protegerla—.
Lo único que te quedaba era un puesto y ahora también lo has perdido.
Sus pupilas se dilatan cuando mira a mis espaldas y comprueba que, efectivamente, ya nadie está de su lado. La mano con la que sostiene la pistola le empieza a temblar ligeramente.
—Jade, apártate de ella… —me suplica Kerem, con voz tensa, sin atreverse a disparar por miedo a rozarme.
—No va a hacerme nada —respondo para tranquilizarlo—. Porque si me mata a mí también, entonces sí que se quedará sola de verdad, y eso sería su mayor pesadilla, ¿verdad?
Le tiembla ligeramente la mandíbula. Su mano aprieta con fuerza el arma, que de repente siento apuntándome directamente al pecho.
—¡No estoy sola! ¡Tengo más hombres trabajando para mí! ¡No estoy sola! —repite, como si intentara convencerse a sí misma, con los ojos enrojecidos y más abiertos de lo normal.
—La diferencia es que yo sí tengo a gente dispuesta a ponerse delante de una bala por mí.
Se queda petrificada, como si mis palabras le hubieran provocado un impacto directo en el pecho. Por un instante, la capa de frialdad que cubría su rostro se desmorona, dejando ver lo que realmente es: una mujer destruida por su propios traumas y ambición.
—A ti solo te obedecen porque te tienen miedo y porque hasta ahora tenías poder sobre ellos, pero ninguno estaría dispuesto a morir por ti.
—El miedo… —Vuelve a mirarme con dureza—. El miedo es una forma de lealtad.
—Y la forma más triste de estar acompañado.
Se queda con la mirada perdida, pero no dice nada más.
—Llevaos a esta mujer de aquí antes de que cometa una locura —ordena Kerem, con una frialdad implacable.
Varios hombres rodean a Ayla y la agarran con cuidado, pero con firmeza. No pone ningún tipo de resistencia. Cuando ve que uno de ellos va a quitarle la pistola, decide abrir la mano lentamente, dejando que el arma caiga sobre la alfombra con un golpe seco.
Antes de que se la lleven, vuelvo a plantarme frente a ella.
Aprovecho su vulnerabilidad para mirarla por última vez a los ojos, y es entonces cuando me doy cuenta de que, por primera vez desde que ha aparecido, no encuentro rabia en su mirada, tan solo un cansancio inmenso.
No puedo evitar sollozar, a pesar de lo mucho que me estoy esforzando por no hacerlo.
Con la mirada perdida, reducida a la nada, me dedica una última mirada vacía, antes de salir por la puerta, dejándome atrás; esta vez para siempre.
—No voy a perdonarte.
Ayla sonríe con amargura.
—Me lo imaginaba.
Siento que la carga que arrastro sobre mis hombros desde que apareció comienza a deshacerse poco a poco, o al menos a hacerse más ligera.
—Pero tampoco voy a odiarte —sigo diciendo, provocando que me mire con el ceño fruncido, sin entender del todo mis palabras—. Porque el odio fue lo que te convirtió en la persona que eres. Y yo no voy a permitirme caer en ese mismo error. Tengo claro que jamás seré como tú.
Cuando los hombres empiezan a guiarla hacia la salida, gira ligeramente la cabeza, posando su mirada en Micaelo, al que le dedica una última mirada llena de rabia y rencor, unos sentimientos que no ha conseguido hacer desaparecer, a pesar del paso de los años.
Él no aparta la vista, ni tampoco dice nada.
Tan solo la observa con aparente serenidad, aunque esta vez parece pesarle más de lo normal.
Los hombres abandonan la vivienda. Tras ellos, los guardias que permanecían dentro del salón, y algunos otros que han entrado solo para llevarse a los heridos del rellano y que desparecen escaleras abajo junto al resto.
Veo salir a Onur a trompicones, hasta que la puerta termina cerrándose y la casa vuelve a quedarse en completo silencio.
—¿Qué va a pasar con ella? —pregunto en un hilo de voz, incapaz de apartar la mirada de la puerta por la que acaba de desaparecer.
No consigo moverme. Ni reaccionar. Ni llorar. Ni gritar.
—Yo me encargaré de ella —responde Micaelo, dándole un apretón en el hombro a Kerem antes de guardar su arma y dar media vuelta, dispuesto a salir también de casa—. Creo que tenéis bastantes cosas de las que hablar. Voy con Onur al hospital.
No dice nada más sobre Ayla cuando coge su abrigo, ni tampoco cuando abre la puerta y sale de casa silbando, como si nada de esto hubiera pasado. Y no necesito que me diga nada para entender que esa historia está a punto de llegar a su final. Todavía no sé cómo sentirme al respecto.
En cuanto la puerta vuelve a cerrarse y los silbidos de Micaelo son cada vez más lejanos, ahora que por fin estamos a solas, mi mente empieza a asimilar todo lo que acabo de vivir.
Siento una opresión en el pecho y la cabeza aturdida.
Me fijo en Kerem, parado a un par de metros de mí, con el pecho subiendo y bajando con rapidez, como si acabara de correr una maratón, y por un instante ninguno de los dos se mueve, ni tampoco dice nada.
Nos miramos; y en esa mirada caben tantas palabras, tanto miedo, tantos reproches, tanta rabia contenida, tanto alivio y tanto amor, que me resulta abrumador sostenerla por más tiempo.
Tiene los ojos brillantes y húmedos; siento que está luchando contra unas lágrimas rebeldes que amenazan con desbordarse, a pesar de que aprieta el músculo de la mandíbula con todas sus fuerzas. En cuanto nuestras miradas se enredan del todo, algo se rompe en los dos al mismo tiempo.
En apenas dos zancadas acorta la distancia que nos separa y sus brazos fuertes me abrazan, sujetándome con firmeza.
Me aferro a él con desesperación, escondiendo el rostro entre su cuello y apretándome contra su pecho como si quisiera fundirme con él, como si necesitara sentir nuestros cuerpos unidos en uno solo.
Él me estrecha todavía más, como si temiera que, si me suelta un solo segundo, pudiera volver a perderme.
Como si necesitara cerciorarse de que esto es real, de que estoy aquí con él.
Ninguno de los dos es capaz de decir nada.
Siento cómo su cuerpo se sacude contra el mío cuando el llanto que ha estado conteniendo se abre paso sin que pueda hacer nada por evitarlo.
Yo tampoco puedo hacerlo y acabo llorando contra su pecho, empapándole la camisa con mis lágrimas.
Por primera vez, lloramos el uno frente al otro y ninguno de los dos nos contenemos al hacerlo.
Dejamos salir todo lo que tenemos dentro.
Nos abrazamos. Nos acariciamos. Nos sentimos. Nos apretamos. Sin prisa por separarnos, dejando que el llanto se vaya calmando poco a poco, que la respiración de ambos se vaya recuperando.
—Estoy enfadada contigo —suelto, cuando nos separamos lo justo para mirarnos a los ojos.
—Lo sé.
—Deberías habérmelo contado.
—Tienes toda la razón.
—De verdad, estoy muy cabreada.
—No es para menos. —Me coloca un mechón de pelo por detrás de la oreja—. ¿Puedo besarte?
—Sí. Y como no lo hagas ya, seguiré enfadada durante muchísimo más tiem…
No consigo terminar la frase.
Kerem me sujeta la cara entre las manos y me besa como si llevara toda la vida esperando este momento, con una necesidad que no tiene nada que ver con la delicadeza con la que normalmente lo hace.
Es un beso desesperado, con nuestros labios chocando antes de encontrar el ritmo, como si ninguno de los dos pudiera esperar para tener más del otro.
Le devuelvo el beso con la misma urgencia, poniéndome un poco de puntillas, pese a que no tenemos tanta diferencia de altura.
Quiero llegar mejor a él, porque ahora mismo siento que cualquier tipo de distancia, por muy poca que sea, sigue siendo demasiada.
Me tiemblan las manos cuando las llevo a su nuca y a él le queman cuando me agarra por las caderas.
Su respiración se entrecorta contra la mía y cuando nos separamos, pegamos nuestras frentes mientras intentamos recuperar el aire.
Lo separo de mí en un movimiento brusco y lo empujo con las manos en su pecho.
—Ahora cuéntamelo todo.
—¿Qué quieres saber?
—¿Es verdad lo que me ha contado?
Se queda callado.
—Contesta.
Su mandíbula se tensa.
—Sí —admite y acaba soltando todo el aire por la nariz—, pero no como tú crees.
—¿Te han nombrado Sultán?
Se le endurece la expresión.
—Sí.
Siento que el aire abandona mis pulmones.
—Entonces… —Trago saliva, en un intento por no romper a llorar de nuevo—. ¿Tú también has elegido el poder?
Acorta la distancia que yo había puesto entre nosotros y me sujeta el mentón con suavidad, como si necesitara asegurarse de que le sostengo la mirada mientras responde:
—Te he elegido a ti. —Da un paso más hacia mí, sin apartar la mirada—. En realidad, nunca hubo nada más que elegir. Tú siempre has sido mi única opción.