Todos los amaneceres en los que pensé en ti (Cielos opuestos 2) Chapter 56
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Chapter 56

—Llevo años soñando con este momento —consigo decir, tragándome el nudo de la garganta y las lágrimas que amenazan con salir—. Y jamás pensé que sería así.

Me siento a su lado y la observo. Me siento aturdida y mareada.

Se me revuelve el estómago cada vez que veo los cuerpos de los guardias tirados en el suelo, sobre charcos de su propia sangre.

Tampoco puedo soportar las miradas heladas de los hombres que protegen a la mujer que me acompaña.

Ella me mira con una expresión fría y distante, incapaz de revelar el menor atisbo de emoción en su rostro.

Lleno el pecho de aire y la miro a los ojos, sosteniéndole la mirada y perdiéndome en su oscuridad, aunque trato de disimular el malestar que me genera, aclarándome la garganta, para que no note ni una pizca de angustia en mi voz.

—¿Por qué fingiste estar muerta durante tanto tiempo? —pregunto, rompiendo el silencio.

—Porque era la única forma de mantenerme con vida —contesta con total tranquilidad.

—Nunca me buscaste.

—Claro que lo hice —rebate, con arrogancia—. A pesar de estar escondida entre las sombras, siempre he estado ahí: vigilándote y velando por tu seguridad, asegurándome de que estuvieras bien y apartando del camino a todo aquel que quisiera hacerte daño.

—Me hiciste creer que estabas muerta. —No puedo soportarlo más y se me escapa un sollozo desgarrador—. Crecí pensando que estabas muerta —mascullo, entre lágrimas—. ¿Sabes lo mucho que sufrí por ti?

—No tienes ni idea de lo que es sufrir, querida. Y en gran medida es gracias a mí y a todos los sacrificios que he hecho por ti a lo largo de los años.

La frialdad de sus palabras duele más que cualquier golpe.

—¿Eras tú quien estaba detrás de todas las notas? —pregunto con el ceño fruncido.

—Sí —responde—. Siempre fui yo.

—Pensaba que el Sultán debía ser un hombre… —admito con la voz quebrada, incapaz de apartar mi mirada de su rostro; parece que una parte de mí se niega a aceptar que todo esto sea real y que estoy frente a ella.

—Y así era hasta que ocupé el puesto —me cuenta, con la mirada perdida por un par de segundos, hasta que vuelve a clavar sus ojos oscuros en mí—.

Cuando Tarik murió, conseguí ocupar su lugar.

Nadie sabe la identidad del Sultán, solo los miembros del Consejo y sus familiares más allegados, así que no me resultó muy complicado que todos pensaran que se trataba de otro hombre más.

La observo con detenimiento y me recorre un escalofrío por toda la columna.

Pese a que las dos estamos a la misma altura, sentadas en el sofá, su presencia impone bastante y esa seguridad que tiene en sí misma junto con el aura tan peligrosa que la envuelve, me resulta arrolladora.

Trago saliva e intento buscar en sus facciones un destello de la madre que un día fue, una esperanza a la que aferrarme, pero no hay grieta alguna; lo único que encuentro es una mujer fría, calculadora y llena de odio.

Ni siquiera reconozco sus rasgos, a pesar de compartir muchos de ellos.

Es cierto que guardamos cierto parecido, a pesar de los retoques estéticos que se ha hecho en el rostro para disimular el paso del tiempo y sus facciones, pero sus ojos…

sus ojos están completamente vacíos. No hay ni rastro de la mujer que un día fue.

—¿Cómo… cómo llegaste a ocupar ese puesto?

—Cuando Emre traicionó a tu padre, el Sultán decidió que debía morir.

Micaelo se enteró de tu existencia y quiso hacerse el héroe, así que te dejaron con vida, bajo la custodia de Burak.

A mí me vendieron a ese viejo desgraciado —escupe llena de rabia —.

Lo cierto es que hubiera preferido haber muerto a todo lo que me obligó a vivir.

Ayla suelta un suspiro y continúa:

—No quiso matarme. Yo era joven y bonita; él solo un hombre que había perdido la cabeza a causa del poder, como todos los que acaban pasando por ese trono.

Se obsesionó conmigo hasta tal punto que, en lugar de matarme, me obligó a casarme con él y vivir peor que si fuera su esclava.

Aunque si algo tengo que agradecerle es que me enseñara todo lo que sé.

Así que, cuando reuní el poder y las fuerzas suficientes, me deshice de él.

—Abro los ojos, sorprendida, y ella se encoge de hombros—.

No fue fácil, pero tuve mucho tiempo para prepararlo todo.

—Tú no eras así. ¿Cómo pudiste convertirte en esto?

—Porque me di cuenta de que la mayoría de las víctimas no sobreviven, pero los verdugos sí.

Noto que tensa la mandíbula por un instante antes de sonreír.

—Así que me convertí en uno —sigue diciendo.

Cierro los ojos por un momento y trato de asimilar sus palabras.

—¿Por qué has aparecido justo ahora? —exijo saber.

—Porque ha llegado el momento que llevo esperando tanto tiempo —responde, y por primera vez atisbo un pequeño brillo en su mirada—. Ha llegado el momento de que ocupes mi lugar, Jade.

Se me revuelve el estómago solo con pensarlo.

—¿Qué? —digo atónita—. No sé de qué estás hablando.

—He construido este imperio para ti. Eres la única capaz de continuar todo esto por mí.

—No quiero nada de esto.

—Déjame ayudarte, Jade. Lo único que quiero es lo mejor para ti, por eso he venido a buscarte. Para que seas tú la que siga mi legado y ninguna mujer tenga que volver a arrodillarse por un hombre como yo tuve que hacerlo.

—No. Lo que quieres es convertirme en ti.

—No hace falta. —Hace una mueca—. En el fondo tú y yo no somos tan diferentes.

—Por supuesto que lo somos —rebato, con rapidez—. Jamás seré como tú.

—Tenemos la misma sangre, querida. Ya eres como yo.

—No, porque yo elijo no serlo.

—Yo también pensaba eso, querida, y mírame ahora.

—Tú te rendiste —increpo, sosteniéndole la mirada, aunque me tiemble todo el cuerpo por dentro—. Yo no pienso hacerlo.

—Eso lo dices ahora, que piensas que lo tienes todo.

Aprieto los labios con fuerza.

—Pero mañana, cuando ese hombre por el que hoy lo das todo te abandone para sentarse en ese trono, pensarás de otra manera. Porque, cuando tenga que elegir entre tú y el poder… elegirá el poder. Igual que todos.

—No.

—¿No? —Esboza una sonrisa que parece estar cargada de lástima—. Entonces explícame una cosa. Si Kerem no quiere realmente ese puesto, ¿por qué se ha esforzado tanto por cumplir con los requisitos?

Me quedo inmóvil, con el aire atrapado en la garganta.

—¿Sabes por todo lo que ha tenido que pasar para robarme mi puesto?

—Me mira con desdén—.  Fue torturado por los italianos para conseguir una alianza con ellos, se alió de nuevo con su padre para conseguir el poder de su familia, ha utilizado todo este tiempo el cerebro pensante de Micaelo y se casó contigo a pesar de odiarte solo para conseguir otro de los requisitos.

Hace una pausa, disfrutando al torturarme alargando el momento con su silencio.

—Seguro que eso es lo que más le costó. Estar contigo y fingir que no te repudiaba mientras utilizaba tu apellido para conseguir el respaldo de otra Familia.

—No conoces a Kerem.

Lo digo sin dudar, sin pensar siquiera en mis palabras, con la misma seguridad con la que diría cualquier cosa relacionada conmigo.

O al menos lo intento, porque por mucho que trate de ignorarlo, una pequeña parte de mí se acuerda de todas las veces en las que ha evitado responder a mis preguntas, en todas las oportunidades que ha tenido para contarme la verdad.

¿Pero quién soy yo para reclamarle nada?

Yo tampoco le conté que había estado recibiendo notas de parte del Sultán, tampoco confié en él como debía.

—No, eres tú quien no lo conoce.

—Lo estás intentando manipular todo.

—¿Eso crees? —responde sin dudar, con una sonrisa ladeada que me hace vacilar por un breve instante—. Debo reconocer que has tenido buen gusto. Aparte de atractivo, es un hombre muy inteligente —murmura, con desdén—. No cualquiera logra cumplir con los requisitos para convertirse en Sultán.

—Estoy segura de que hay una explicación, él nunca ha querido esta vida —me apresuro a decir—. Él…

Echa la cabeza hacia atrás y suelta una carcajada.

—Claro que quiere esta vida. ¿Quién no la querría? —Sonríe—. Está a punto de convertirse en la persona más poderosa. Por supuesto que está encantado con el puesto.

—Él no quiere ese puesto —me atrevo a decir, a pesar de que no ha sido capaz de decirme nada.

—Déjame darte un consejo, querida. —Se inclina hacia mí y yo me echo hacia atrás por puro instinto—. Nunca confíes en la palabra de un hombre; siempre mienten.

—Kerem nunca me mentiría.

—Qué ingenua eres —se ríe—. Te ha estado mintiendo todo este tiempo.

Te ha utilizado para obtener lo que quería: el poder.

Y ahora que lo tiene, no dudará en dejarte tirada, en sacrificarte si hace falta por seguir consiguiendo más y más.

Porque así funciona esto, cuánto más tienes, menos conforme estás y más quieres tener.

—Él no es así.

—Pues claro que lo es —replica—. ¿Acaso te ha contado el motivo por el que volvió realmente a Turquía? —Me quedo callada, y ella sonríe—. ¿Te ha dicho que hoy lo proclaman Sultán?

Me muerdo el interior de la mejilla.

—Él me quiere.

—Claro, igual que Micaelo decía quererme a mí. —Su mirada ahora está cargada de rabia—. Y luego Burak. Y después Tarik. Todos me querían. ¿Pero sabes qué querían más? Tener poder. Todos prefirieron el poder.

Aprieto los dientes con fuerza, tratando de contenerme y no romper a llorar de nuevo. Esta mujer no se merece ni una sola lágrima más.

—Y lo mismo sucederá contigo —sigue diciendo—.

¿No te das cuenta?  Ninguno de los hombres de tu vida te ha elegido por encima de la autoridad, querida.

—Apoya una mano en mi muslo y se la aparto enseguida, sintiendo que el contacto me quema—.

Siempre te has quedado como la segunda opción.

Primero Micaelo, que no quiso aceptarte como hija.

Luego Burak, que eligió tener más dominio dentro de la mafia.

Y ahora Kerem, que ha escogido el poder antes que el amor.

Ella asegura que Kerem no me ama, pero sé que está equivocada. Pienso en el ramo de girasoles, en el desayuno, en cómo me cuidó cuando me enfermé en Siena y en todas las noches que pasó cuidándome a pesar de que no me soportaba.

Hay cosas que se pueden fingir: una sonrisa. Un beso. Una palabra… Pero los ojos… los ojos nunca mienten. Y jamás he visto un rastro de mentira en la forma en la que Kerem me mira, como si fuera lo mejor que le ha pasado en la vida.

Confío en él. Estoy convencida de que todo esto tiene una explicación, y que pronto se convertirá en una pesadilla de la que me acabaré despertando y olvidando pronto.

—Vete de mi casa —consigo decir, llenándome de una seguridad que en realidad no siento, aguantándole la mirada más tiempo del que me gustaría.

—No pienso irme de aquí sin ti.

—Y yo no pienso dejar que sigas hablando así de mi marido.

Se ríe, y eso ya es lo último que me faltaba para terminar de crispar mis nervios.

—¿Encima lo defiendes? —pregunta, incrédula, levantándose del sofá. Imito su gesto y me planto frente a ella, para que vea que no le tengo ningún miedo—. Soy tu madre.

Suelto todo el aire contenido por la nariz.

—Perdiste el derecho a llamarte así hace mucho tiempo.

—¿Pero tú eres consciente de con quién estás hablando?

—Con el antiguo Sultán —respondo, intentando que no me tiemble la voz—. ¿O debería decir Sultana? —Alya aprieta la mandíbula con fuerza y se le inyectan los ojos en sangre.

Entonces alza la mano con la intención de golpearme.

Contengo la respiración y cierro los ojos por puro instinto, esperando un golpe que no termina de llegar; ni siquiera le da tiempo a rozarme, porque unos pasos atropellados, junto con un disparo que impacta contra la pared, a escasos centímetros de su mano, nos sobresalta a ambas.

Enseguida sus hombres reaccionan, cargando sus armas y apuntando hacia la figura que ha aparecido en el umbral de la entrada.

Entonces escucho esa voz.

Grave.

Ronca.

Inconfundible.

—La próxima vez no fallaré.

Kerem da un paso al frente sin apartar la vista de Ayla, todavía apuntándola con su arma.

—Atrévete a volver a tocar a mi mujer y no saldrás viva de esta casa.