Todos los amaneceres en los que pensé en ti (Cielos opuestos 2) Chapter 55
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Chapter 55

Alargo la mano y aparto un mechón rizado que le cae sobre la mejilla, con cuidado de no despertarla.

Sé con certeza que, si me mira con esos ojos marrones que tanto me desarman, no voy a ser capaz de marcharme de esta habitación.

Y debo hacerlo. Por todos los que no pudieron y por todos los que vendrán.

Pero, sobre todo, por nosotros. Porque nos merecemos tener un final feliz. O a ser posible una historia.

Sin final.

Durante unos segundos, me permito observarla en silencio, memorizar cada una de sus facciones.

Porque una parte de mí no deja de repetirme que, cuando vuelva a verla, todo habrá cambiado.

He pasado prácticamente toda la noche pensando en cómo sería cogerla en brazos y escaparnos a la otra punta del mundo con otra maldita identidad.

Sin el peso de nuestros apellidos. Sin mentiras. Sin secretos. Sin Sultanes. Sin Consejos. Sin poder… solo nosotros.

Cierro los ojos e intento ralentizar mi respiración, pero el aire me quema al entrar en los pulmones. Ese futuro tiene que existir, aunque sea lo último que haga.

Me repito una y otra vez que todo esto es un simple paso para alcanzar la libertad, que en tan solo unos días lo habré conseguido, que no estoy haciendo esto por obtener el poder, sino para que, cuando todo termine, podamos ser solo nosotros; sin que nadie vuelva a decidir sobre nuestras vidas.

Por eso estoy a punto de luchar esta última batalla, para que nadie tenga que volver a hacerlo nunca más. Si todo sale bien, seré el último Sultán.

Me inclino despacio y dejo un beso sobre su frente antes de levantarme de la cama.

—Espero que algún día puedas perdonarme —susurro en voz baja para no despertarla.

Me visto en silencio, procurando no hacer ruido con las perchas ni con los cajones en el vestidor, aunque las manos no me responden con la precisión de siempre; estoy tan tenso que me cuesta hasta abrocharme los botones de la camisa.

Cuando termino de arreglarme, bajo las escaleras hasta llegar a la primera planta y me encuentro con Micaelo, que ya está esperándome junto a la puerta. Agradezco que no me haga ninguna pregunta ni ninguno de sus chistes, porque hoy no es precisamente un buen día para soportar su humor.

—Todavía estás a tiempo de salir corriendo —me advierte, al entregarme las llaves.

—O de subir y decirle la verdad —mascullo entre dientes, guardándolas en el bolsillo del pantalón.

—Hazlo y será ella la que destruya todo El Consejo en un ataque de histeria.

No respondo, sino que lo sigo hasta la puerta, con un nudo en la garganta y la imagen de Jade grabada en la cabeza. Cruzo el umbral y siento una opresión en el pecho; sé perfectamente que ya no hay marcha atrás.

***

El trayecto se me hace extremadamente largo y corto al mismo tiempo. El vehículo estaciona frente a un edificio grande e imponente, con columnas de piedra y largos ventanales, casi oculto entre callejuelas antiguas.

Me cuesta tomar la decisión de salir del coche, pero cuando consigo que mis piernas reaccionen y se muevan por fin, el aire frío me golpea en la cara como una bofetada casi necesaria que me hace espabilarme y centrarme un poco.

Micaelo se coloca a mi lado, me da un apretón firme en el hombro y me mira fijamente, buscando en mi rostro la determinación que necesita para dejarme entrar.

—¿Estás preparado?

Lo miro una última vez y siento un nudo sofocante en el cuello. Tomo una última bocanada de aire para intentar contrarrestarlo y pongo la mano sobre el pomo.

Nunca quise convertirme en el hombre más poderoso de Turquía.

Ahora solo quiero ser el último.

—No —respondo con sinceridad.

Respiro hondo antes de empujar la puerta y adentrarme en el interior.

Salir de casa en un edificio que está lleno de guardias no es una tarea sencilla.

Sin embargo, vivir prácticamente toda la vida rodeada de vigilancia me ha hecho aprender que incluso el sistema más perfecto se puede tambalear en algún momento.

Solo he de esperar el cambio de guardia para poder escabullirme por la parte trasera.

El punto de encuentro resulta incluso más desolador de lo que imaginaba.

Es una zona industrial apartada, donde el viento arrastra polvo y olor a salitre proveniente del Bósforo.

Frente a mí solo veo estructuras de hormigón vacías, almacenes abandonados, algunas grúas y un silencio tan extraño que me eriza el vello de los brazos.

Miro la hora en el móvil.

Han pasado más de dos horas desde la cita acordada y sigo aquí sola. Recorro todo el espacio vacío con la mirada por enésima vez, buscando cualquier señal de movimiento entre las sombras que proyectan las vigas de metal oxidado, pero nadie aparece.

El sudor frío me baja por la nuca. Cada crujido de alguna de las estructuras y cada ráfaga de viento me hace dar un respingo, girándome de golpe, convencida de haber visto algo o a alguien moviéndose.

Me siento observada, como si tras las ventanas vacías hubiera ojos invisibles que se clavan en mi espalda, juzgándome por lo que estoy haciendo. El corazón me retumba en los oídos como un tambor y apenas consigo pensar con claridad. ¿Qué estoy haciendo aquí?

La culpa me aplasta el pecho con fuerza.

No debí dudar de Kerem y, mucho menos salir de casa sola, sin avisar a nadie. Tendría que haberle contado lo de las notas y no haber dejado que unas simples frases sembraran tanta desconfianza entre los dos hasta el punto de venir sola hasta la boca del lobo.

Doy media vuelta, con las piernas temblorosas y sintiendo que me falta el aire, y camino a toda prisa hacia la avenida principal, mirando constantemente a mis espaldas al sentirme observada todo el tiempo, con una angustia clavada en el estómago.

Consigo parar un taxi después de un rato intentándolo y me subo con rapidez.

Le doy la dirección hasta mi casa y paso todo el trayecto con la vista clavada en la ventanilla; para cuando me doy cuenta, ya he roto a llorar.

El conductor me mira por encima del hombro, pero no dice nada.

Durante todo el camino suelto toda la angustia y pesadez que llevo contenida en mi interior, entre lágrimas y sollozos.

Solo quiero llegar a casa, encerrarme en mi habitación, seguir llorando durante todo el día y esperar a que Kerem llegue para pedirle perdón y dormir toda la noche abrazada a él, disfrutando la paz que solo soy capaz de sentir entre sus brazos.

Un rato después, el vehículo se estaciona frente al edificio en el que vivo. Le pago al taxista de forma automática, sin prestar atención a lo que estoy haciendo y salgo del coche.

Siento un silencio extraño al adentrarme en el edificio, aunque intento no darle importancia. Hay demasiado silencio; no se oye ni una sola voz, ni un solo paso. Subo en el ascensor hasta la quinta planta y, una vez que se abren las puertas, siento que el aire se me escapa de los pulmones.

Y entonces dejo de respirar.

Todo el rellano está repleto de hombres heridos, tirados en el suelo; concretamente, nuestros guardias.

Algunos están inconscientes y otros se quejan entre dientes, con manchas oscuras extendiéndose bajo sus cuerpos, sobre el suelo de mármol.

Camino esquivándolos hasta llegar a la puerta de mi casa, que está abierta de par en par.

Justo al lado distingo a uno de ellos con los ojos abiertos. Me llevo la mano al pecho y suspiro aliviada cuando veo que todavía respira, aunque con cierta dificultad.

—¡Kerkko! —grito, arrodillándome a su lado—. ¿Quién ha hecho esto?

No consigue responderme; tiene la mano en el costado, presionando la herida con fuerza. Me señala con la cabeza el interior de la casa, con los ojos llenos de una advertencia que me pone los pelos de punta.

Me pongo de pie y entro corriendo, con el corazón en la garganta, esperando encontrarme cualquier cosa menos con la escena que se desarrolla frente a mis ojos.

Cuatro hombres armados flanquean la zona del salón, protegiendo a la mujer que está sentada en el centro de mi sofá.

Tiene las piernas cruzadas y un vaso con forma de tulipán lleno de té turco entre las manos, como si estuviera en su propia casa.

Lleva un traje impecable, igual que la última vez que la vi, y toda la sala se ha llenado del olor a jazmín que desprende su perfume.

Alza la mirada hacia mí y me dedica una sonrisa socarrona, cargada de una falsa alegría que me produce un escalofrío por todo el cuerpo. Estoy paralizada, incapaz de moverme o actuar.

Le da un sorbo al té con toda tranquilidad, antes de dejarlo sobre la mesa.

—Ya era hora. —Palmea el sofá a su lado—. Siéntate, hija. —Hace una pausa y sonríe de forma retorcida—. Ha llegado el momento de que conozcas al Sultán.