Chapter 54
Entrelaza nuestros dedos mientras caminamos por la calle de vuelta a casa. Acabamos de terminar de cenar en un puesto callejero, apartados del resto, disfrutando de una paz que ahora parece haberse esfumado por completo.
—Mañana estaré fuera casi todo el día, pero por la noche podemos ver una película —murmura, rompiendo con el silencio—.
Dijiste que querías ver una que habían estrenado esta semana.
—Lleva nuestras manos entrelazadas hasta sus labios y deposita un pequeño beso sobre mis nudillos—.
Puedo alquilar el cine para que no haya nadie más.
Mi cuerpo se detiene solo, y cierro los ojos con fuerza. Llevo toda la cena tratando de disimular el malestar, pero no puedo más; necesito saber qué está pasando.
—¿Sigues sin querer decirme a dónde vas?
—Solo estoy intentando solucionar unos asuntos importantes para que las cosas empiecen a estar más tranquilas.
—Y por lo que veo esos asuntos son mucho más importantes que yo.
—No digas eso. ¿Es porque he llegado tarde a la cena?
—No, no es por eso —murmuro y sigo caminando.
—No te enfades. —Da un par de zancadas y consigue adelantarme, quedando frente a mí—. ¿Qué pasa? Hasta esta mañana estábamos bien. ¿He hecho algo mal? —Me agarra por el mentón para hacer que alce la mirada y veo que sus ojos están cargados de angustia.
Me muerdo el labio inferior y me siento ridícula. ¿Y si todo es una trampa del Sultán para que dude de él y nos enfademos? Ni siquiera le he dado el beneficio de la duda, directamente he desconfiado de él y he empezado a darle vueltas, dejando que mi mente imaginara lo peor.
—¿Hay algo que tengas que decirme?
La pregunta se queda flotando en el aire fresco de la noche, entre las luces tenues y el murmullo lejano del barrio.
Se queda callado, con la mirada fija en el suelo, siguiendo nuestras pisadas sincronizadas.
Durante unos segundos, el único sonido que nos rodea es el del tráfico.
A unos metros de distancia, un par de hombres fingen hablar entre ellos mientras se aseguran de que la calle está despejada para que podamos cruzar y, un poco más adelante, otro permanece apoyado contra una farola, con el teléfono en la mano y el pinganillo en la oreja.
—Sí —acaba por contestar, cuando ya pensaba que no diría nada más.
El corazón me martillea con fuerza contra las costillas y el agarre de nuestras manos entrelazadas es lo único que impide que me desplome contra el suelo ahora mismo.
—Entonces dímelo —balbuceo.
—No puedo.
Noto cómo algo dentro de mí termina de romperse.
—Pues vale.
Intento apartarle la mano, pero me aprieta con más fuerza.
—¿Te ha gustado la cena?
—Sí.
—No me mires así.
—¿Así cómo?
—Como si me hubieras condenado a dormir esta noche en el sofá.
—¿Lo que estás haciendo tiene que ver con el Sultán? —pregunto de forma atropellada, cambiando el tema de conversación. Ahora es él quien se queda inmóvil, lo que hace que yo también me quede quieta, a tan solo un par de pasos de la puerta del portal—. ¿Es eso? ¿Has recibido alguna nota?
Se le relajan los hombros un poco.
—No, no he recibido ninguna nota. —Me frena cuando estoy a punto de abrir la puerta, haciendo que mi cuerpo choque contra su pecho duro y me mira con el ceño fruncido—. ¿Y tú?
Le sostengo la mirada, cargada de nerviosismo y algo que no consigo descifrar del todo, pero que me inquieta y carcome por dentro.
—No, yo tampoco —miento.
Baja la mirada un instante; parece estar reuniendo fuerzas para decir algo importante, pero finalmente me mira y aprieta los dientes, tragándose también las palabras.
—Si recibieras algo… —murmura despacio— me lo dirías, ¿verdad?
La pregunta me sienta como un jarro de agua fría.
—Claro.
Kerem asiente despacio como respuesta, aunque no parece convencido. No puedo culparlo; yo tampoco lo estoy, porque creo que también me está mintiendo. Sus dedos buscan los míos de nuevo casi por inercia, entrelazándolos mientras nos adentramos en el edificio.
Ninguno vuelve a hablar mientras subimos en el ascensor, ni tampoco cuando llegamos a la puerta de casa.
—Voy a darme una ducha —me avisa, cuando cruzamos el umbral, mientras deja las llaves sobre el mueble de la entrada.
Le hace un gesto con la cabeza a uno de los hombres que custodian la entrada antes de cerrar y yo aprovecho para quitarme los zapatos y seguirlo hasta nuestra habitación—.
¿Me esperarás despierta? —pregunta, antes de darme un beso efímero en los labios.
—Sí —respondo, echándome el pelo hacia un lado para poder quitarme el colgante que llevo en el cuello—, voy a ponerme el pijama.
Escucho la puerta del cuarto baño cerrarse y segundos después el sonido del agua. Es entonces cuando me permito soltar todo el aire que llevaba reteniendo desde hace un buen rato.
Rebusco en el cajón de los pijamas y cuando voy a sacar uno limpio, noto que algo cae al suelo.
Un sobre.
De color teja.
Siento que el corazón me deja de latir.
Me agacho despacio a recogerlo, con las manos temblorosas, y miro hacia los lados por si acaso hubiera alguien más en el vestidor, pese a que estamos rodeados de vigilancia.
Noto una opresión en el pecho y me castañean los dientes porque, a pesar de todo, alguien ha debido de entrar y ha dejado este sobre aquí.
Abro el sobre como buenamente puedo y saco el papel de su interior.
Releo una y otra vez el mensaje que hay escrito.
No puede ser: es imposible. Niego con la cabeza, con la respiración entrecortada y el pecho agitado.
Mi cuerpo se queda paralizado y el trozo de papel se acaba deslizando por mis manos hasta caer al suelo.
Yo me quedo petrificada, sin poder creer lo que acabo de leer, pero con la frase repitiéndose en mi cabeza sin parar.