Todos los amaneceres en los que pensé en ti (Cielos opuestos 2) Chapter 53
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Chapter 53

Estoy a punto de levantarme de la cama, todavía medio adormilada, cuando escucho pasos al otro lado de la puerta.

El pomo gira y, cuando se abre, aparece Kerem.

Siento que por fin puedo volver a respirar después de todas las horas que he pasado angustiada, pensando en cada una de las cosas que podrían pasarle.

Lo primero que hago es recorrerlo con la mirada de arriba abajo, asegurándome de que no tenga nada roto.

Suspiro aliviada cuando compruebo que se encuentra en perfecto estado y que vuelve tal y como se fue anoche cuando llegamos de cenar.

En lo siguiente que me fijo es que lleva una bandeja entre las manos, con dos vasos pequeños de cristal con forma de tulipán llenos de té turco, una cesta llena de pan recién horneado, queso, aceitunas, miel y varios sabores de mermelada.

Bajo uno de sus brazos, sostiene un enorme ramo de girasoles.

Mi corazón da un vuelco y no puedo evitar sonreír como una tonta cuando se acerca a mí, con sus andares lentos a la vez que seguros y esa sonrisa que me desarma por completo.

—Buenos días. —Deja la bandeja en mi regazo y se inclina hacia mí para darme un pequeño beso en la frente—. Esto es para ti. —Me entrega los girasoles y los acepto, sorprendida y sonrojada a partes iguales.

—¿Me acabas de regalar flores?

—No te acostumbres —masculla por lo bajo, sin mirarme a la cara.

Se me escapa una carcajada tonta mientras cojo el ramo. Acerco la nariz y respiro el aroma cálido de las flores, incapaz de dejar de sonreír.

—Son mis favoritas.

—Lo sé. —Sigue sin mirarme.

Se sienta a los pies de la cama y cruza los brazos contra el pecho.

—¿Por qué no me miras? —inquiero, sin dejar de admirar mi regalo y todavía con una sonrisa enorme—. ¿Es que te da vergüenza regalarle flores a tu mujer? —Le doy una pequeña patada con el pie por debajo del edredón.

—Pues claro que no. Te compraré todas las flores del mundo a partir de ahora si es lo que quieres.

Suelto una risita.

—Muy bien —asiento—, solo queda que no te avergüences después de hacerlo.

—No me avergüenzo. Son solo flores.

—Y mis favoritas.

Pone los ojos en blanco.

—Y me has traído el desayuno —sigo diciendo para picarlo, echando un vistazo a todo lo que hay en la bandeja y tratando de decidir por dónde empezar—. Qué romántico.

—No es romántico, Jade, y deja de abrazar el ramo de flores ya.

Me lo acaba quitando de las manos a regañadientes y lo deja apoyado sobre la cama.

—¿Prefieres que te abrace a ti?

—Sí —responde sin dudar, tirando de mi cuerpo hasta envolverme entre sus brazos, con cuidado de no derramar nada de lo que hay sobre la bandeja—. Te he echado de menos.

—Yo también —musito contra su cuello, aspirando su aroma y sintiéndome en paz después de tantas horas—. Estaba preocupada.

—Siento haber tardado tanto. No me gusta que durmamos separados.

Baja la mirada, algo incómodo. Yo no puedo evitar sonreír, llena de amor.

—A mí tampoco. —Le acaricio la mejilla—. Estoy acostumbrada a que me gruñas al oído, pero te perdono porque me has traído flores.

—Y el desayuno —me recuerda, con una media sonrisa.

—También.

—Y he cruzado media ciudad en busca de pan porque sabía que el de la tienda de Fatma, que es el que venden aquí abajo, no te iba a gustar.

—¿Por qué?

—Porque prefieres el pan con semillas y a ella no le quedaba.

***

Justo cuando termino de desayunar, Kerem sale del cuarto de baño vestido completamente de negro, con uno de sus habituales trajes.

Hace unos minutos era el hombre del que estoy profundamente enamorada, recorriéndose la ciudad a las ocho de la mañana después de pasar toda la noche trabajando para traerme un ramo de girasoles y un pan de pipas.

Ahora es el hombre rudo y serio que no dudaría en apretar el gatillo si fuese necesario.

Se acerca a mí mientras se ajusta el reloj de muñeca y yo me levanto de la cama, dejando la bandeja a un lado.

—Tengo que irme a trabajar.

—¿Otra vez? —pregunto decepcionada, pues pensaba que hoy podríamos pasar el día juntos.

—Sí —responde de forma fría; noto que una parte de él, que está algo distante y distraída, vuelve a ser ese bloque de hielo que tanto me ha costado derretir—. Tengo…  asuntos importantes que atender.

—¿Puedo acompañarte?

—No.

—¿Por qué? —Enarco una ceja—. ¿Crees que no puedo inmiscuirme en los negocios, o qué?

—Claro que puedes, pero no voy a dejar que te entrometas en lo que tengo que resolver hoy.

—¿Por qué? —insisto, con el ceño fruncido, y él vuelve a apretar la mandíbula.

—No hagas tantas preguntas.

—Y tú no gruñas tanto —replico, sosteniéndole la mirada.

Acaba tomando aire y soltándolo poco a poco por la nariz. Me agarra por las caderas y me atrae hacia sí.

—No volveré tarde, te lo prometo. —Sus labios rozan mi frente en un pequeño beso—. Otro día me acompañas, ¿vale? Además, hoy tengo una sorpresa para ti.

—¿Qué sorpresa? —me apresuro a preguntar, levantando la mirada hacia él, lo que le hace soltar una carcajada ronca.

—Una que estoy seguro de que te va a gustar mucho más que aburrirte viéndome trabajar durante todo el día y que, además —mira su reloj de muñeca—, te está esperando en la puerta ahora mismo.

Salgo corriendo de la habitación y bajo los escalones prácticamente de dos en dos, mientras escucho los pasos tranquilos de Kerem siguiéndome y su risa ronca resonando por todo el pasillo.

Cuando llego a la entrada, hago una pausa para esperarle y me mordisqueo el labio.

Siento un nudo en el estómago; no sé por qué estoy tan nerviosa.

Llevo recibiendo tantas malas noticias que la idea de que me esté esperando una sorpresa agradable al otro lado de la puerta me hace sentir más inquieta de lo normal.

Kerem se planta a mi lado, sonriente, y se apoya contra una de las paredes, al lado del espejo. Aprovecho para echarme un vistazo rápido y compruebo que tengo unas pintas horribles. Decido dejar de posponer más el momento y giro el pomo de la puerta.

Cuando la abro, me quedo completamente inmóvil y me llevo una mano a la boca. Miro de reojo a Kerem de forma instintiva. Él me responde con una sonrisa amplia y vuelvo a llevar mis ojos hasta las dos figuras que tengo frente a mí, que me miran expectantes.

Me fijo primero en Onur, que sigue igual que la última vez que lo vi: alto, corpulento y con ese semblante serio y peligroso que podría ponerme la piel de gallina si no fuera porque lo conozco lo suficiente como para saber que es inofensivo.

Y a su lado está Leyla, con la melena castaña recogida en una trenza que cae por uno de sus hombros y sus ojos azules aguados y llenos de brillo al verme por fin.

—¡Jade!

No me da tiempo a decir nada ni a procesar que están bien, que por fin los tengo frente a mí, porque mi amiga se lanza sobre mí y me rodea con sus brazos, con tanta fuerza que por un momento siento que me deja sin respiración.

Pero no me importa; le devuelvo el abrazo con la misma intensidad, aspirando su aroma y dejando caer las lágrimas que hasta ahora me había esforzado por contener, atesorando en mi memoria este recuerdo para siempre y dejándome envolver por su cariño, que tanta falta me ha hecho en todo este tiempo.

—Te he echado tanto de menos —susurro con la voz quebrada, sin dejar de abrazarla.

—Y yo a ti —dice, también entre lágrimas, acariciando mi espalda con suavidad—. No sabes lo mucho que te he extrañado.

Nos separamos despacio, lo justo para mirarnos a la cara.

—Sabía que me echarías de menos y volverías —dice, en tono divertido, mientras me aparta un mechón de pelo de la cara, todavía con los ojos llenos de lágrimas.

—Obviamente ha sido por eso —le sigo el juego, sonriendo. Echa un vistazo al interior de la casa hasta que se encuentra con Kerem. Alterna la mirada entre los dos, hasta que vuelve a fijarse en mí y sonríe con descaro—. Veo que todavía lo aguantas.

—Hago lo que puedo. —Me encojo de hombros, mordiéndome la sonrisa.

—No dejes que te engañe, Leyla —murmura Kerem, acercándose a nosotras—. Soy yo el que tiene que aguantarla a ella.

—Madre mía. —Le da un golpetazo en el hombro a Onur, que permanece estático—. ¡Están enamoradísimos!

Doy un par de pasos hacia mi ex guardaespaldas, que sigue rígido como una piedra y, sin pensarlo demasiado, lo abrazo también.

Al principio se queda tieso, con los brazos a ambos lados de su cuerpo y los puños cerrados con fuerza, pero poco a poco noto cómo va destensando los músculos y se va relajando, hasta que se permite acercar sus brazos hasta rodear mi cuerpo con ellos.

Suelto un sollozo contra su camisa, sin importarme dejarla empapada, ni el momento tan incómodo que le estoy haciendo pasar y, en cuestión de segundos, paso a soltar una carcajada cuando me da dos palmaditas torpes en la espalda, sin saber muy bien qué hacer con las manos.

Me separo de él y lo miro desde abajo.

Tiene la mandíbula apretada y la mirada ensombrecida, pero noto en sus ojos un ligero brillo que normalmente no suele estar ahí, y que me hace sentir una pequeña punzada en el pecho, porque sé que, aunque le cueste expresar sus sentimientos, también está emocionado por este momento.

—Me alegro de verte, Onur —le dice Kerem, ofreciéndole la mano.

El pelinegro se lo piensa durante algunos segundos, hasta que finalmente se la estrecha en un saludo amigable—.

Debo irme —me dice en esta ocasión a mí, agarrándome por la cintura—.

Onur se quedará con vosotras. Podéis poneros al día.

—Me besa la frente—. Nos vemos esta noche, piratilla.

—Ten cuidado —murmuro, cuando ya está en la puerta, poniéndose el abrigo. Se queda mirándome unos segundos en silencio, con la mirada algo perdida. Finalmente acaba dedicándome una sonrisa ladeada y asintiendo con la cabeza.

—Lo tendré. Y tú pórtate bien.

—Lo intentaré.

Me mira como si quisiera decir algo más, pero no lo hace. Y yo me quedo sonriéndole a la puerta como una tonta cuando se va, hasta que la risa de mi amiga me devuelve a la realidad.

—Estáis pilladísimos, ¿eh?

—Es mi marido —digo, encogiéndome de hombros e intentando restarle importancia. Obviamente Leyla se la da, y mucho, pues se engancha al brazo de Onur, que parece a punto de sufrir un ataque cardíaco y suelta un pequeño grito.

—¿La has oído, Onur? Dice que es su marido. —Sonríe, todavía agarrada a él.

—No sabes cuánto te compadezco —le digo al chico, liberándolo del brazo de mi amiga y acompañándolo a la zona del sofá—. No quiero ni imaginarme lo que has tenido que soportar con Leyla.

—He pasado cosas peores.

—Os estoy escuchando —nos recuerda mi amiga—. ¿En esta casa no os quitáis los zapatos al entrar? —murmura, quitándose las botas y volviendo a la entrada para dejarlas. —No sabía si a Kerem le molestaría, pero llevo demasiado tiempo con esos zapatos tan incómodos.

—Solo ha pasado una hora y media —masculla el pelinegro, parándose al lado del sofá.

—Me halaga que estés tan pendiente de cada uno de mis movimientos —dice la otra, dejándose caer a su lado, en el sillón—. Pero nadie te ha pedido tu opinión.

—No he dado mi opinión, señorita, simplemente he aportado un dato real.

—Pues no hace falta que lo hagas.

Ambos se fulminan con la mirada y siento el ambiente cargado de tanta tensión que creo que lo mejor será que desparezca en la cocina, aunque sea solo a unos metros de distancia.

—Me alegra ver que os lleváis mejor —digo con ironía—. Voy a preparar té —les informo, dando media vuelta—. No os matéis hasta que vuelva. Y Onur, siéntate, por favor.

—No prometo nada —canturrea Leyla—. Échate más para allá, que ocupas todo el sofá. Pareces un armario empotrado —escucho decir a mi amiga a lo lejos, y no puedo evitar sonreír mientras me pierdo por la cocina.

Cuánto los echaba de menos.

***

Pasamos el resto del día juntos. Leyla y yo nos ponemos al día, entre llantos, risas y algún que otro cotilleo.

No queda mucho para su boda, y eso hace que esté bastante triste, pero parece que ha aceptado la situación y lo lleva mucho mejor que la última vez que nos vimos.

Onur nos ha dejado en todo momento nuestro espacio para que pasemos tiempo juntas, y prácticamente ha estado toda la tarde con el resto de los guardias.

No suelen hablar mucho, pero parece que están entretenidos.

—Tengo unas ganas locas de comer chocolate con pistachos.

—Pues te vas a quedar con las ganas, porque llegamos ayer y no hay de nada en esta casa —le respondo a mi amiga, echándome hacia atrás en el sofá.

—Onur, ve a comprarme chocolate con pistachos.

El pelinegro suelta un gruñido.

—Soy su guardaespaldas, no su criado.

—Vale, pues voy yo misma a comprarlo —suelta Leyla, haciendo el amago de levantarse del sofá.

Enseguida Onur se interpone y vuelve a hacer que se siente.

Ambos se sostienen la mirada durante unos segundos más de lo necesario, como si estuvieran en un duelo en el que ninguno de los dos quiere salir perdedor.

—Iré yo —masculla entre dientes.

—Me encanta cuando te pones en modo atento y protector —le responde la otra, con sorna. Onur aprieta la mandíbula y se separa de ella, con los hombros rígidos y la espalda tensa—. Volveré enseguida.

***

Quince minutos después, aparece con dos bolsas de plástico llenas de distintos tipos de chocolate que deja sobre la encimera de la cocina.

—He recorrido media ciudad para encontrar el maldito pistacho.

—Qué lástima que ya no me apetezca —canturrea mi amiga, sonriente, rebuscando entre las bolsas. Va sacando una tableta tras otra, colocándolas sobre la isla de la cocina.

Mi amiga empieza a abrir las tabletas, ante los gruñidos de Onur por empezar más de una a la vez, pero mi cuerpo se ha quedado completamente paralizado y mis ojos solo pueden mirar un trozo de papel de color teja que sobresale de la bolsa.

Siento que se me escapa el aire de los pulmones.

Aprovecho que Onur está lo suficientemente distraído regañando a Leyla por algo que está diciendo y no alcanzo a entender, ya que mi cerebro ha decidido desconectar, para agarrar el sobre y esconderlo en el bolsillo de mi pantalón.

Me ausento un momento y me encierro en el cuarto de baño. Con las manos temblorosas, rasgo el sobre y saco el papel que hay en el interior. Reconozco la letra al instante y se me ponen los pelos de punta.