Todos los amaneceres en los que pensé en ti (Cielos opuestos 2) Chapter 52 #2
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Chapter 52 #2

Meto todo lo que necesito para pasar la tarde fuera en un bolso de tela, me pongo unas botas y vuelvo a observar mi reflejo en el espejo.

Y, por primera vez en mucho tiempo, reconozco a la chica que me recibe al otro lado.

Me despido de Chanel y salgo del dormitorio con una sonrisa en el rostro, orgullosa de mí misma por primera vez en mucho tiempo.

Bajo las escaleras hasta llegar a la primera planta y me encuentro a Kerem apoyado contra la pared del recibidor, esperándome. Levanta la cabeza cuando se da cuenta de mi presencia y se queda paralizado, como si hubiera dejado de respirar.

Sus ojos del color del ébano recorren mi figura despacio, como si no tuviera ninguna prisa y no quisiera saltarse ningún detalle, desde las botas hasta acabar por detenerse en el pañuelo que llevo anudado en la cabeza, con el resto del pelo cayendo por mi espalda.

No dice nada. Solo me mira con la mandíbula apretada y los ojos aún más ensombrecidos de lo normal, como si se le hubiera oscurecido la pupila de un instante a otro.

Siento un cosquilleo caliente recorrerme por completo hasta posarse en mis mejillas, que noto tan encendidas que estoy segura de que se han tenido que enrojecer.

—¿Qué pasa? —pregunto, incapaz de contener una sonrisa.

No responde, sino que sigue mirándome, como si tratara de memorizar cada detalle.

Tiene los ojos llenos de un brillo especial, cargados de una admiración mezclada con algo extraño que me hace sentir bella, deseada y especial, como si fuera el atardecer más bonito que ha visto en toda su vida, como si no hubiera nadie más que yo en el planeta.

—Pareces una pirata —murmura, dando un paso hacia mí y agarrándome por la cintura con sus manos grandes y cálidas, incapaz de mantener la distancia ni un segundo más.

—Sí, ¿y? —respondo sonriente, apoyando las manos en su pecho—. ¿Eso es lo único que vas a decir?

—Y estás preciosa —suelta, con voz ronca, antes de estampar su boca contra la mía.

Lo agarro del jersey para acercarme todavía más a él y entonces el mundo entero deja de existir y solo estamos él y yo; ahora solo somos nosotros, con sus labios moviéndose despacio contra los míos, la mano que tiene en mi cintura apretándose un poco más contra mí, atrayéndome hacia él hasta que no queda ni un centímetro de aire entre nuestros cuerpos.

Me besa despacio al principio, como si quisiera memorizar cada segundo, y yo me dejo llevar, sintiendo un cosquilleo electrizante recorrerme por completo.

Subo una mano hasta su nuca para enredar mis dedos en su pelo y sonrío contra su boca cuando se le escapa un jadeo ronco al notar el contacto, lo que hace que le tire con un poco más de fuerza.

Me muerde suavemente el labio inferior cuando nos separamos, a escasos centímetros y me besa una vez más antes de pegar nuestras frentes mientras ambos recuperamos un poco el aliento.

—Pues que sepas que tú pareces un señor jubilado que va a ir a montar en yate —suelto con rapidez. Tengo la respiración agitada.

Echa la cabeza hacia atrás y suelta una fuerte carcajada que resuena por toda la sala, lo cual me hace reír a mí también. Me mira con la ceja enarcada y yo finjo que estoy observando su atuendo.

—Me vuelves loco, piratilla. —Vuelve a agarrarme de la cintura y me acerca a él en un rápido movimiento.

Su voz ronca y su cuerpo, tan pegado al mío, hacen que se me erice la piel.

Él sonríe, satisfecho del efecto que tiene sobre mi cuerpo, y me roba otro beso fugaz antes de separarse y volver a admirarme de arriba abajo sin ningún tipo de reparo.

Piratilla.

La palabra pronunciada con ese tono dulce, a la vez que burlón, que utiliza para llamarme, me golpea en el pecho con una fuerza que no me esperaba.

Hacía tanto tiempo que no me llamaba así, que casi había olvidado lo mucho que me gustaba escucharle decirlo.

Ese matiz travieso en su voz y esa sonrisa juguetona siempre logran desarmarme por completo.

—¿Nos vamos? —pregunto sonriente, agarrándole la mano y entrelazando nuestros dedos.

—Pero ya sabes que solo podremos dar una vuelta por la zona y cenar en algún puesto, ¿vale?

—Asiento, mordiéndome el carrillo por dentro, algo cabizbaja de repente—.

Eh, eh. —Me levanta la cabeza, haciendo que nuestros ojos se encuentren de nuevo—.

Nada de estar triste. No soporto ver esos ojos tristes, así que vuelve a sonreír como tú sabes.

—Le dedico una media sonrisa, pero parece no ser suficiente, porque me mira serio—. He dicho que sonrías.

Acabo riendo a carcajadas.

—No sé si te lo han dicho alguna vez, pero tienes un don para tratar con empatía a los demás y hacerles sentir mejor.

—Lo intento, ¿vale? —Se pasa la mano por el pelo, algo incómodo—.

Te prometo que solo serán unos días. Después no hará falta tener tanta vigilancia ni cuidar tanto nuestros pasos.

No tendremos que medir tanto lo que hacemos ni pensar en mi padre, ni en el Sultán, ni en nadie —asegura, con cierta desesperación en la voz—.

Por favor, nunca te olvides de que todo lo hago por ti.

Por nosotros. Solo quiero verte feliz —murmura, acariciando mi mejilla.

—Lo estoy. —Beso la palma de su mano.

—Pues entonces sonríe. Porque no sé si seré capaz de aguantar todo lo que tengo por delante si no eres tú quien me alumbra el camino con la luz de tu sonrisa.

—Te has vuelto todo un cursi —digo, sin poder dejar de sonreír—. Eso sí que no me lo esperaba.

—Yo tampoco esperaba hacer muchas de las cosas que estoy dispuesto a hacer por ti y aquí me tienes. —Abre los brazos de par en par—. Loco por ti.

El corazón me da un vuelco y siento que me duelen las mejillas de tanto sonreír.

—¿Eso es una declaración de amor, Kerem? —lo pico, con una ceja alzada.

Me agarra de la mano y tira de mí hacia la puerta, no sin antes darme un beso tierno en los nudillos.

—Vámonos a cenar antes de que me sigas obligando a decir tonterías que luego puedas utilizar en mi contra para burlarte de mí, piratilla.

—Qué bien me conoces —canturreo, antes de salir.