Todos los amaneceres en los que pensé en ti (Cielos opuestos 2) Chapter 52
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Chapter 52

Nos adentramos en el interior de nuestro piso para las próximas semanas, acompañados de un par de hombres que insisten en que solo están aquí para ayudarnos con las maletas, pese a que sé perfectamente que son guardias de seguridad.

Al cruzar el umbral, me encuentro con un pequeño recibidor con un espejo y un mueble de color claro, frente a una puerta corredera que lleva hasta el primer cuarto de baño.

Sigo caminando hasta llegar al salón, que se integra con una cocina abierta con isla de cuarzo blanco; la estancia más grande de toda la planta baja de la casa, iluminada por unos largos ventanales que ocupan toda la zona, dejando ver una calle cualquiera de un barrio tranquilo, y no puedo evitar sonreír al sentir que por primera vez voy a vivir en una casa normal.

El resto de las paredes son de un color crema y los muebles de un tono de madera claro. La decoración es moderna pero sencilla, y no me puede gustar más.

No hay nada ostentoso ni recargado, pero parece que todo está cuidado al detalle para que sea un hogar funcional, luminoso y cálido. Al fondo del salón, se alza una escalera de madera que lleva a la planta superior, donde se encuentran los dormitorios y dos cuartos de baño.

Kerem me abraza por detrás y apoya su barbilla en mi hombro, haciéndome cosquillas en el cuello con los pequeños pelos de su barba.

—¿Te gusta? —pregunta, siguiendo mi mirada a través de uno de los ventanales. Distingo a lo lejos, entre las siluetas de las casas, el brillo del Bósforo.

—Me encanta. —Acaricio el dorso de sus manos, que se aferran a mi cintura con fuerza. Noto un hormigueo por el vientre cuando suelta el aire contenido cerca de mi oído, de forma ruda, y me aprieta contra él.

—Tú sí que me encantas. —Me da un pequeño beso en la zona sensible de mi cuello, la cual conoce a la perfección, y siento un calor subir por todo el cuerpo. Empiezo a reírme por lo bajo cuando frota la nariz contra mi cuello de forma juguetona.

—Además, estamos bien acompañados por tus trescientos hombres —le recuerdo, antes de que siga con sus juegos.

Su cuerpo se queda inmóvil y, cuando creo que se va a separar, estalla en carcajadas. Sonrío, orgullosa. Consigo zafarme de su agarre cuando lo pillo débil y me giro hacia él. Creo que nunca le había visto reír tanto, ni sonreír así y eso me hace sentir plena y feliz.

—Exagerada —me dice, cuando termina de reír—. Solo son dos trabajadores que han venido a ayudarnos con las maletas.

—Claro… —Le rodeo el cuello con los brazos y jugueteo con el pelo que le cae por la nuca—.

Más los veinte que he visto vigilando las tiendas de los alrededores.

Los otros treinta que hay repartidos por las plantas del edificio y los cuatro que me he encontrado en el ascensor y me han acompañado hasta la puerta —suelto con una ceja alzada—.

Pero supongo que, en un barrio tan normal y tranquilo como este, habrá sido casualidad encontrarme a tantos guardaespaldas trabajando un lunes por la tarde.

Se separa de mí unos centímetros y levanta las manos en el aire en señal de rendición, dedicándome una sonrisa ladeada.

—Es cosa de Micaelo.

—A mí no me eches la culpa, ¡pezzo ingrato ! —masculla Micaelo, que entra en el salón con ayuda de su bastón, nos dedica una mirada fulminante y acaba por sentarse en el sofá frente a nosotros—. Tú eres el paranoico en esta casa.

—En esta y en todas —bromeo, haciendo que las líneas de los labios de Micaelo se curven ligeramente hacia arriba.

—Solo está intentando protegernos —vuelve a decir, esta vez con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados.

—Intento proteger a mi mujer —se apresura a decir Kerem—. Tú puedes protegerte solo, como siempre has hecho.

—Yo ya estoy viejo —responde, sin abrir los ojos—. Pero es verdad. —Los abre de golpe y se acomoda en el asiento—: Puedo contigo y con veinticinco como tú —masculla, apuntándolo con el bastón.

—Cuando quieras lo comprobamos, vecchio mio.

—Ya quisieras llegar a mi edad y estar así de sano, bueno, simpático, inteligente y atractivo.

—Y así de humilde —sigue picándolo Kerem—. No te olvides de eso.

—Me voy a mi habitación. No me llames si te aburres con este muermo de aquí —espeta, señalándome con el dedo. Se levanta y camina hasta la única habitación que hay en la planta baja, que está bajo las escaleras y se encierra en su interior.

—¿Qué quieres hacer? —pregunta Kerem, una vez que estamos solos y que los guardias nos han dado algo de privacidad—. Tengo todo el día para ti. —Me da un pequeño beso en la frente.

—Ah, ¿y la noche no? —aventuro, arqueando una ceja.

Noto que está a punto de apretar la mandíbula, pero enseguida la destensa.

—Tengo una reunión —responde—. No sé a qué hora llegaré, pero ni se te ocurra esperarme despierta.

—¿Acabamos de llegar y ya tienes una reunión? —Alzo una ceja—. ¿A estas horas?

—Sí.

—¿Debo preocuparme? —Poso mis manos en su pecho y lo acaricio a través de la tela de su ropa, trazando pequeños círculos.

—Todo lo contrario. —Me dedica una sonrisa ladeada después de unos pocos segundos algo incómodos, en los que se ha quedado con la vista clavada en un punto fijo y en completo silencio—. Seguro que te alegras cuando veas quién ha venido a verte.

Me separo de él con el ceño fruncido.

—¿Quién?

—Ya lo verás —se hace el misterioso, antes de darme otro beso en la frente. Últimamente lo hace constantemente, pero no me puedo quejar, porque me encanta—. ¿Confías en mí? —Sus dedos me agarran la barbilla, levantando mi mirada.

—Sí —respondo sin dudar—, confío en ti.

Me muerdo el interior del carrillo, cabizbaja, y cambio mi peso de un pie a otro antes de levantar la cabeza y que nuestros ojos vuelvan a encontrarse.

—¿Y tú? —pregunto con la voz algo más baja—. ¿Confías en mí? ¿O todavía piensas que…?

—Confío en ti, Jade —se apresura a contestar, interrumpiéndome.

Mi corazón se acelera ante su respuesta y mis ojos se humedecen enseguida.

—Sé que no fuiste tú quien me disparó aquella noche. —Mis ojos se abren de par en par—. Y lo sé desde antes de que me lo contaran. —Sus dedos me sujetan por el mentón con firmeza—. Confío en ti.

—¿Quién fue?

Respira hondo, llenándose el pecho de aire para soltarlo poco a poco por la nariz.

—No soy yo quien tiene que contártelo.

Cierro los ojos con fuerza, asimilando sus palabras, las cuales he entendido sin necesidad de una explicación, y asiento con la cabeza como respuesta.

—Dejemos de hablar de cosas tristes —dice de repente, de forma brusca.

Sé que lo hace para animarme, porque ha visto que me he apagado de repente y se lo agradezco, aunque no sea la persona más delicada que conozco—.

Estaré bastante ocupado en los próximos días y hoy tenemos todo el día para nosotros, así que disfrutemos de las horas que nos quedan juntos, ¿vale?

Le dedico una sonrisa sincera.

—Me parece bien. Dame un rato para ducharme y cambiarme de ropa y seré toda tuya.

Me inclino hacia él y presiono mis labios contra los suyos en un beso fugaz, tan rápido que apenas le da tiempo a reaccionar, dejando solo el calor del roce y una pequeña sonrisa dibujada en su cara cuando me vuelvo a echar hacia atrás para separarme de él.

—Podría acostumbrarme a esto —susurra, apartándome un mechón de pelo rizado de la cara y acariciando mi mejilla con suavidad—. A que seas mía.

—Pues acostúmbrate —aduzco, girando la cara para besarle la palma—, porque no pienso ser de nadie más. No pienso irme a ningún lado. Y tú tampoco vas a hacerlo.

Me dedica una sonrisa extraña, una que no le llega a los ojos, pero acaba asintiendo como respuesta y me abraza.

Me abraza con fuerza, como si necesitara sentir el contacto…

Como si quisiera memorizar cada segundo de este abrazo.

Como si, por un instante, tuviera miedo de que, si me suelta, fuera a desaparecer.

Como si intentara decirme con su contacto cálido todo lo que no consigue decir con palabras.

Me abraza con sus enormes brazos y ahora sí que me siento en casa.

***

Salgo del baño envuelta en una toalla. Chanel me vigila desde su cama, a la cual no ha tardado demasiado en darle su aprobación.

Valentina se ofreció a cuidarla mientras estuviéramos aquí, ya que nuestro viaje solo durará unas semanas, pero Kerem insistió en que viniera con nosotros.

Me pareció un poco extraño, pero supongo que -aparte de que se ha acostumbrado a ella y cada vez le da menos alergia-  lo ha querido hacer por mí, para que me haga compañía.

Me pongo de cuclillas y abro la maleta en la que están todas mis cosas. Kerem ya ha sacado las suyas y se ha dedicado a guardar todo de forma meticulosa en su zona del vestidor mientras yo me daba una ducha, pero voy mal de tiempo —como siempre—, así que ya guardaré mis cosas después.

Ahora rebusco entre la ropa, sin pararme a pensar demasiado en si la estoy dejando hecha un desastre o no, hasta que mis dedos tropiezan con un trozo de tela que creía haber dejado en Italia.

Un pañuelo.

Lo agarro con las manos algo temblorosas durante unos segundos, inspeccionándolo con atención, como si no lo hubiera visto nunca.

No sé por qué lo he traído. Quizás porque una parte de mí se sigue aferrando a la chica que fui, o porque la mujer en la que me estoy convirtiendo estaría feliz de elegir su ropa sin pensar en nada; simplemente por puro placer.

Termino de escoger la ropa que me voy a poner y una vez que lo tengo todo, me acerco al espejo del dormitorio.

Observo mi pelo, suelto y al natural, con mis rizos rebeldes escapándose por todas partes, negándose a estarse quietos, como en los viejos tiempos.

Sonrío con añoranza y empiezo a colocarme el trozo de tela igual que hacía cuando estaba en la Toscana.

Me visto con unos vaqueros anchos que me caen por la pierna hasta casi rozar el suelo, junto con una blusa celeste, ligera y vaporosa, que se ajusta ligeramente a mi cintura antes de abrirse en un pequeño volante.