Chapter 51
Debería estar descansando, sobre todo teniendo en cuenta todo lo que me espera a partir de ahora, pero me resulta imposible.
Tengo el cuerpo en tensión, los músculos rígidos y la mandíbula tan apretada que siento una presión sorda en la sien.
Me muevo constantemente en el asiento, como si con este simple gesto fuera capaz de encontrarle solución a alguno de mis múltiples problemas, pero es inútil: sigo sintiendo la misma incomodidad dentro y fuera de mi cabeza.
A pesar de que el zumbido de los motores del avión es el único sonido que llena la cabina, no consigo relajarme.
Llevamos casi una hora en el aire y lo máximo que he conseguido es que me aumenten las pulsaciones.
El nonno está en uno de los sillones de al lado, con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás, aunque no me cabe la menor duda de que está completamente despierto.
Su mera presencia es ligeramente tranquilizadora y me permite respirar un poco más hondo, pues no tengo que enfrentarme a todo solo.
Un grupo de guardias custodian el pequeño espacio en el que nos encontramos, y otros tantos llegaron a Turquía hace un par de horas para tenerlo todo preparado y protegido ante nuestra llegada.
Hemos cambiado de vehículo y de casa, ahora estamos en una más alejada de la zona donde vivíamos.
Jade cree que las cosas con mi padre están más tranquilas y que por eso podemos regresar, pero lo cierto es que nos estamos jugando demasiado.
Solo necesito unos días más. Unos pocos días y ya no tendré que preocuparme por lo que pueda pasarle, pues estará completamente protegida.
Jade está dormida, con la cabeza apoyada contra la ventanilla, completamente ajena a todo el ruido que hay en mi cabeza ahora mismo.
Yo me encuentro en el sillón de enfrente, observándola en ese estado de relajación en el que tanto me gusta verla; en completa paz y tranquilidad.
El cristal vibra suavemente con el movimiento del avión y algunos mechones de pelo rizado le caen sobre el rostro.
Tiene los labios entreabiertos y el pecho le sube y baja despacio con cada respiración.
La miro y no puedo evitar sentir una punzada de culpabilidad en el pecho.
No le he contado toda la verdad. Sé que debería haberlo hecho ya, pero mi cabeza intenta autoconvencerse de que estoy buscando el momento adecuado y justo ahora, cuando está conmocionada y derrumbada a partes iguales, creo que no es el mejor momento para contarle que voy a convertirme en el nuevo Sultán.
Se lo diré. Se enterará por mí. Lo haré en cuanto esté un poco más tranquila, cuando vea que es capaz de encajar la noticia sin romperse del todo.
Porque no hay nada de qué preocuparse, y esto es algo que me llevo repitiendo desde que recibí la noticia por parte de Vittorio, que todo está bajo control.
Micaelo y yo hemos estado preparándolo todo durante meses para que así sea, para no fallar en nada.
Sé los pasos que tengo que dar ahora y sé el orden en el que tengo que darlos.
Está todo controlado, así que no entiendo por qué me tiemblan las piernas, ni porqué siento que el corazón se me va a salir del pecho.
Vuelvo a mirar a Jade y noto una sensación extraña en el estómago. Siempre me ha parecido una tontería observar a otra persona dormir. Hasta ahora. Ahora podría pasarme horas velando su sueño sin hacer absolutamente nada más y sería el hombre más feliz del universo.
No sé en qué momento empezó a pasarme esto, pero necesito centrarme. No puedo fallar ahora. No después de todo lo que he hecho para llegar hasta aquí.
La forma directa de convertirse en Sultán es siendo su heredero y por medio de la muerte. Pero hay otra forma de reclamar el título, tres reglas que hay que cumplir.
El primero es el apoyo de Las Familias.
Necesito contar con el respaldo de, al menos, tres de las familias más importantes de Turquía. Cada una controla una parte del territorio y todas son igual de importantes.
Ahora mismo cuento con dos apoyos, pero la tercera alianza la firmaré en cuanto aterrice el avión. La primera; la de mi propia familia después del trato que hice con mi padre y la segunda; la de Jade, en el momento en el que nos unimos en matrimonio.
El segundo requisito es la alianza con otra de las grandes potencias.
Lo conseguí al forjar lazos con los italianos, enemigos de los turcos desde hace muchos años, y al superar las pruebas de iniciación del Clan de la Rosa.
El tercero es el control de los territorios; garantizar la estabilidad, la resolución de conflictos y saber mantener unidas a Las Familias.
Y, una vez conseguidos estos tres requisitos, toca pasar la prueba más importante: la reunión con el Consejo de la Rosa, los que siempre tienen la última palabra.
Los más antiguos, los que llevan años haciéndose cargo de todo un imperio.
El paso final siempre es el mismo: una prueba de lealtad absoluta.
Un sacrificio.
Todos los Sultanes habían tenido que demostrar que eran capaces de renunciar a aquello que más amaban para obtener todo el poder.
Y ahora yo también estoy a punto de hacerlo.