Chapter 50
Un beso en el hombro me saca del trance en el que me encuentro, devolviéndome a una realidad en la que llevo más de cinco minutos sentada en el borde del colchón, con la mirada fija en la alfombra en la que está tumbada Chanel, lamiéndose sus patitas mientras ronronea de forma perezosa.
Por fin Kerem se está inmunizando a ella y, aunque le sigue dando alergia, se está empezando a acostumbrar a compartir habitación, siempre y cuando no se suba a la cama.
—Buenos días. —La voz ronca de Kerem contra la curvatura de mi cuello me eriza la piel y me estremezco cuando me aparta la melena hacia el otro lado y empieza a darme algunos besos por esa zona tan sensible—. ¿Cómo te encuentras hoy?
—Estoy mejor —musito, estirando un poco las piernas y removiéndome por las cosquillas que siento cada vez que sus manos se cuelan por debajo de mi camiseta y me hacen caricias en la espalda.
—Mentirosilla —susurra contra mi oído, deslizando uno de sus dedos de forma lenta por toda mi columna, provocándome un escalofrío que me hace soltar un jadeo.
Giro la cabeza para mirarlo y me estremezco al ver la forma en la que me está observando, tan intensa y arrolladora.
Contiene la respiración sin apartar la mirada de mi boca mientras acorto la distancia que nos separa, buscando sus labios en un intento por dejar de pensar en lo que me lleva abrumando toda la noche.
Tarda apenas un segundo en corresponderme. Lleva una de sus manos hasta mi mejilla y la acaricia con una suavidad que jamás pensé que podría sentir por su parte, como si fuera algo frágil y delicado que quisiera cuidar y llenar de amor, lo que provoca que el corazón me dé un vuelco.
Cuando me empieza a faltar el aire, me aparto despacio, dejando nuestras frentes pegadas, a escasos centímetros. Siento las mejillas encendidas cuando veo su sonrisa pícara.
—Ahora sí que estás mejor.
No puedo evitar reírme por lo bajo.
—Y tú lo acabas de estropear, como siempre.
Me ahueca las mejillas con las manos y clava sus ojos oscuros en los míos.
—Conmigo no tienes que fingir que estás bien si no lo estás, Jade —murmura, acariciándome con la yema de los pulgares—. No… no pasa nada por estar mal.
—Lo sé.
—Entonces dilo.
Lo miro confundida.
—Dime la verdad —insiste—. Dime cómo estás.
Me quedo callada, mordiéndome el labio inferior durante unos segundos, sin dejar de notar sus ojos clavados en cada uno de mis movimientos.
—Estoy mal —admito, cabizbaja, aunque enseguida me levanta la mirada sin dejar de sujetarme por las mejillas.
—Está bien no estar bien todo el tiempo. —Me da un pequeño beso en los labios—. No pasa nada. Estoy aquí contigo. Sabes que no se me dan muy bien estas cosas, pero puedes hablarme de lo que sea.
—Estás aprendiendo.
Siento que se me están empezando a humedecer los ojos.
—Cualquier cosa menos llorar —dice en tono serio, secándome las pequeñas gotas que se han formado en las comisuras de mis ojos.
—Es que… ¿por qué nunca me buscó? —Mis labios forman un puchero de forma inconsciente—.
¿Por qué fingió su muerte? ¿Por qué nadie ha podido encontrarla?
No lo entiendo. —Ahora soy yo quien me limpio las lágrimas que han empezado a caer por mi rostro con el dorso de la mano—.
Micaelo dedicó media vida a buscarla; estuvo a punto de encontrarla varias veces. ¿Por qué no pudo conseguirlo?
—Lo he estado pensando… —Me suelta y se acomoda a mi lado—. Y la única opción realista que me viene a la cabeza es que alguien con más poder no quisiera que nadie la encontrara.
—Alguien con más poder… —musito para mí misma, más bien pensándolo en voz alta.
—Solo hay alguien por encima de todos.
Nos miramos.
—El Sultán.
Justo en ese momento, unos golpes al otro lado de la puerta interrumpen nuestra conversación. Kerem se levanta de la cama y abre, encontrándose con uno de sus hombres, que parece bastante incómodo por tener que venir hasta nuestra habitación.
—¿Qué? —Prácticamente gruñe el pelinegro, cuando le abre la puerta—. Ya deberías saber que tienes prohibido acercarte a mi habitación cuando estoy con mi mujer, a menos que sea una emergencia.
—Mmm…, sí. Disculpe, señor. Había pensado que quizás le gustaría abrir esto —murmura antes de entregarle un sobre de color teja, con la misma forma que los que guarda en su despacho con las fotografías. Kerem lo recibe con los hombros tensos y a mí se me revuelve un poco el estómago.
—Gracias, Elio —le dice, con semblante serio—. Puedes irte.
Cierra la puerta y vuelve a girarse hacia mí, que estoy esperándolo de rodillas en la cama, impaciente.
—¿Otra fotografía?
—Probablemente —me responde, abriendo el sobre lentamente mientras camina hacia mí.
Observa con cuidado la imagen, apreciando cada detalle. Tiene el rostro ensombrecido, la mandíbula apretada, y aprieta el trozo de papel con fuerza. Se le borra el color del rostro cuando lee algo que hay escrito en el extremo.
—¿Qué pasa? —No responde—. Kerem.
Me tiende la fotografía y enseguida siento que se me escapa el aire de los pulmones.
Es la misma mujer que vi en Estambul. La misma que olía a jazmín, que secó mis lágrimas y me ayudó a salir de aquel baño con la cabeza bien alta y un poco más de seguridad en mí misma.
A diferencia de las otras fotografías, no lleva ningún velo que le cubra el rostro, como si ya no le importara mostrarse ante el mundo entero.
Va vestida de forma parecida a la última vez que la vi, con un traje elegante y algunas joyas que le adornan el cuello y las manos.
Sin embargo, lo que más me llama la atención no es su mirada, tan intensa que es capaz de hacerme sentir atrapada a través del papel, ni sus ojos crueles y brillantes que no parecen vacilar ni por un instante, no; lo que no puedo dejar de observar es la letra pulcra con la que hay escrito un pequeño texto en una esquina de la imagen, la misma de las notas que recibía en Cortona.
La letra del Sultán.
No dice nada más, ni tampoco se especifica para quién es el mensaje.
Me recorre un escalofrío por todo el cuerpo y no puedo evitar leer una y otra vez las letras que tengo entre mis manos, visualizando el rostro de la que ha resultado ser mi madre, como si inconscientemente tratara de aprendérmelo de memoria.
A su espalda, se extiende el Bósforo, acompañado de una franja azul que se ve salpicada por algunos ferris blancos que cruzan de un lado a otro. Al fondo, distingo las siluetas inconfundibles de Santa Sofía y la Mezquita Azul.
Levanto la mirada y enseguida mis ojos se enredan con los de Kerem, que parecían estar esperándome.
—Nos acaba de lanzar una invitación —sentencia Kerem, a lo que yo acabo asintiendo con la cabeza, intentando asimilar toda la información, sin despegar la vista de la fotografía—. Quiere que volvamos a Estambul.
—Y sabe lo que estamos haciendo.
Se queda callado, mirándome.
—El Sultán siempre lo sabe todo.
Me mordisqueo el labio.
—Tenemos que volver.
—Saldremos hoy mismo.
—¿Ya?
Lo veo dudar durante algunos segundos, como si estuviera sopesando internamente si decir algo o no, pero finalmente suspira y vuelve a cerrarse en banda, apretando la mandíbula.
—No sé qué narices está pasando, Jade. Cada vez que damos un paso, él da diez por delante. Y estoy harto. Ya ha jugado demasiado con nosotros.
—Pero el Sultán tiene todo el poder —me apresuro a decir, sintiendo el corazón en la garganta.
—Sí, pero esta vez el Sultán ha cometido un gran error.
Frunzo el ceño.
—¿Qué error?
—Pensar que sigue teniendo el control.