Chapter 49 #2
—Mis padres tenían un acuerdo con una familia italiana —prosigue—; los padres de Marietta.
Yo pensé que podría gestionarlo. En todo momento fui sincero con ella y le dije que no podríamos estar juntos, que mi corazón estaba en Estambul y le pertenecía a otra persona.
Nos distanciamos todo lo que pudimos hasta posponer el compromiso.
En uno de los muchos viajes a Turquía, Ayla y yo…
estuvimos a punto de escaparnos juntos —murmura, con la voz quebrada, mientras las lágrimas empiezan a resbalarle por las mejillas.
Se me revuelve el estómago al verlo en este estado, pues nunca había visto a Micaelo romperse así—.
Cuando su padre se enteró… —Suelta una pequeña carcajada irónica—. Casi la mata, Jade.
Me llevo la mano a la boca, impactada.
—Tuve que tomar distancia de cara a los demás y verla en secreto.
Así estuvimos un tiempo, mientras intentaba por todos los medios que se diera el acuerdo para poder ser más cercanos con los turcos y conseguir así la aprobación de su padre.
Pero Burak estaba obsesionado con ella y se metió por medio.
Cuando… —Se le rompe por completo la voz y suelta un sollozo.
Acaba tomando aire unos segundos y limpiándose las lágrimas—.
Cuando tu abuelo se enteró de que Ayla estaba embarazada…
Embarazada.
De mí.
Siento que no puedo respirar.
—…Estalló una guerra entre nuestras familias —continúa—.
Según las reglas del Sultán de aquella época, ese hijo no debería existir porque mezclaría las familias y pondría en peligro el poder, así que tenían que hacer desaparecer a Ayla.
Como Burak llevaba mucho tiempo enamorado de ella y era parte de una de Las Familias turcas, se ofreció a casarse con ella y tomar el papel de padre de ese bebé.
Tomar el papel de padre. Burak.
La cabeza me da vueltas.
—¿Y tú? —pregunto, entre lágrimas—. ¿Dónde quedaste tú en todo eso? ¿Dejaste a mi madre cuando se quedó embarazada?
—Me engañaron. Me hicieron creer que podía ser el próximo Sultán si cumplía con un requisito.
Había oído por mi padre que todos los Sultanes tenían que hacer un sacrificio para demostrar su lealtad y gratitud ante el poder.
El mío fue dejar a Ayla. Lo hice de forma cruel —admite, sin ser capaz de mirarme a los ojos—.
Sé que le hice mucho daño, pero era la única forma que se me ocurrió en aquel momento para que me dejara ir.
Yo… yo no sabía que ella estaba embarazada.
Era joven e ingenuo. Me habían inculcado desde pequeño el ansia de poder, de ambición.
Lo llevaba en la sangre en ese momento y… caí.
—Elegiste el poder antes que a mi madre —mascullo, levantándome del sofá y dando un paso hacia él. Se levanta y hace lo mismo hasta quedar frente a mí—. Preferiste llenarte de poder al amor —repito, más bien para mí misma, tratando de asimilar sus palabras.
—Sí —responde, sin molestarse en disimular el dolor en su voz—. Y fue el mayor error de mi vida.
Cierro los ojos con fuerza y dejo caer las lágrimas, sintiendo el recorrido que hacen por mis mejillas
—La quería, Jade.
Abro los ojos y vuelvo a cruzarme con los suyos.
—Pero no lo suficiente.
Micaelo baja la cabeza y permanece callado. No intenta defenderse ni justificarse, cosa que agradezco, porque ahora mismo no sé si sería capaz de debatirle alguna cosa sin entrar en una fuerte discusión. Y todavía tengo muchas dudas por resolver.
—¿Y qué pasó después?
—La versión oficial es que a la única persona a la que Burak le confió el secreto fue a Emre —dice mirando a Kerem, que sigue sentado en el mismo sitio—.
Siempre tuvieron una amistad extraña y dañina que nunca conseguí entender del todo.
Emre confesó el secreto al Consejo y acabaron vendiendo a Ayla al Sultán de aquel entonces.
Algo se me desgarra por dentro.
—Y… —No sé si estoy preparada para recibir una respuesta, pero aun así tomo aire y me atrevo a mirarlo a los ojos, antes de preguntar—: ¿la versión no oficial?
—Eso es lo que he estado investigando durante todos estos años y que guardaba en ese viejo pendrive, piccola.
Abro los ojos de par en par, sorprendida por sus palabras. Echo un vistazo rápido a la mesa antes de volver a fijar mi mirada en el hombre de pelo canoso que tengo frente a mí.
—¿Tú mandaste hacer todas esas fotografías?
—Sí. —Traga saliva y hace una pausa—. Me he pasado media vida buscándola.
Cuando fue vendida al Sultán… digamos que el certificado de defunción apareció demasiado rápido y nunca encontraron el cadáver.
Todo fue muy raro y yo no podía quedarme de brazos cruzados.
Necesitaba respuestas, así que empecé a investigar por mi cuenta y, como no era seguro que estuviera en Turquía, me aseguré de utilizar a una persona que se quedó con ganas de aspirar a más: Emre.
Las cejas de Kerem se arquean al escuchar el nombre de su padre. Se levanta del sofá y da un par de zancadas hasta llegar a nosotros.
Me pasa la mano por la cintura y tan solo con su cercanía ya siento que la tensión poco a poco empieza a desvanecerse. Es increíble que le baste con estar cerca para tranquilizarme.
—En nuestro mundo, todos ansían tener más poder, así que solo tuve que hacerle creer que el pendrive contenía información muy importante para el Sultán, así me sirvió para conseguir acercarme a mi objetivo a pesar de estar tan lejos.
—¿Y fue entonces cuando descubriste que está viva?
—No… —Se queda callado—. Yo la busqué porque sentía que se lo debía, porque algo en mi interior me decía que las piezas no encajaban y que debía estar en alguna parte, pero después de tantos años y de tantas pistas…
no he conseguido nada. El Sultán se encargó de esconder bien cualquier pista.
Es… es imposible que esté viva, y tú eres la prueba de ello.
—¿Yo? —pregunto, extrañada.
—Yo no sabía que existías hasta que pasó todo lo de Ayla y la vendieron al Sultán.
Yo era parte del Consejo en aquel entonces.
Había ascendido mucho y probablemente en algún momento llegara a ser Sultán.
Era mi objetivo y vivía para ello —me cuenta, negando con la cabeza—.
El Sultán siempre pide un sacrificio. Yo tuve que ofrecerle algo a cambio de que te dejara con vida, porque para él debías morir junto a tu madre.
La habitación me da vueltas.
Siento las manos de Kerem agarrándome firmemente por la cintura, anclándome al presente y al suelo, porque las piernas me flaquean y amenazan con derrumbarme en cualquier momento.
—Dejé la mafia. Sacrifiqué lo que más quería y por lo que tanto había luchado; lo dejé todo y volví a Italia para que tú pudieras vivir.
—¿Por qué lo hiciste?
—Porque no merecías morir por culpa de las malas decisiones que habíamos tomado los demás. Y porque eras mi hija y te quise desde el momento en el que supe de tu existencia —pronuncia, con la voz entrecortada.
—Pero… pero…
—Volví a Italia y me casé con Marietta —me interrumpe—. Nos convertimos en dos ciudadanos normales. Pero desde ese momento ya no pude ser el mismo.
—¿Desde que dejaste la mafia?
—No —rebate, negando con la cabeza—, desde que supe que me habías convertido en padre, Jade.
Fuiste el regalo más grande y no pude agradecértelo.
Pero ¿sabes? Siempre estuve ahí. Entre las sombras, sí, pero te vi crecer y convertirte en una mujer fuerte, hermosa y valiente.
Y he estado protegiéndote desde la distancia cada maldito día de mi vida.
Ojalá hubiera podido proteger también a tu madre.
Ojalá no hubiera tenido que morir por mi culpa.
—No murió, Micaelo.
Sus ojos achinados se abren de par en par y enseguida mira a Kerem en busca de respuestas. Mi marido se separa de mí por primera vez tan solo para acercarse a la mesa y coger la fotografía más reciente. Se la da a Micaelo, que la observa con atención, totalmente incrédulo.
—Es imposible —masculla entre dientes, después de un rato de silencio.
—Se ha hecho algunos retoques estéticos, pero creemos que sí es ella.
La voz de Kerem retumba por todo el despacho, aunque mi mente desconecta mientras mi esposo pone al día a Micaelo sobre cómo ha estado investigando a la mujer misteriosa que me ha estado persiguiendo y cómo encaja con la mujer del pendrive, mientras que yo no dejo de darle vueltas a toda la historia que me ha contado Micaelo, todavía con una opresión en el pecho y las mejillas resecas por culpa de las lágrimas.
Si mi madre sigue viva... ¿por qué nunca ha venido a por mí?