Chapter 49
Cuando era pequeña lloraba por las noches hasta quedarme dormida abrazada a mi tigre de peluche mientras pensaba en mi madre, en lo mucho que la echaba de menos, en la falta que me hacía diariamente incluso en las cosas más pequeñas y absurdas…
, como atarme los cordones o ayudarme a elegir el color de las pinzas para el pelo, en los abrazos que tanto necesitaba al volver del colegio en los días menos divertidos, o los días en los que no tenía con quién jugar y los únicos que me acompañaban en casa eran los empleados y el mismísimo silencio.
Sin embargo, lo que más me dolía era sentir que, con cada semana que pasaba, la recordaba un poco menos.
Que su recuerdo se iba volviendo menos nítido en mi cabeza, mientras los meses seguían pasando veloces en el calendario, casi sin que nos diéramos cuenta, en un abrir y cerrar de ojos y, sin saber exactamente en qué momento había ocurrido, yo había seguido con mi vida. Y me sentía mal por ello.
De hecho, me sentía vacía sin ella, y culpable por no darle el lugar que se merecía, por no tenerla a todas horas en mi memoria, por no conseguir grabar a fuego en mi memoria los pequeños detalles que la hacían única y especial para verla siempre que lo necesitara.Porque no quería olvidarla, y me daba miedo estar haciéndolo.
Cuando alguien muere, al principio parece imposible pensar en otra cosa.
Ves a esa persona en todas partes: en un perfume, en una canción, en una comida, en la calle…
Pero, por desgracia, el tiempo no se detiene para nadie y poco a poco los días se convierten en semanas, las semanas en meses y así, casi sin darte cuenta, llega un momento en el que esos recuerdos son cada vez más borrosos y, aunque te sigues acordando de esa persona, ya no lo haces con la misma intensidad; ahora pasas horas o incluso días enteros sin pensar.
Duele y asusta a partes iguales, porque da miedo no solo haberla perdido, sino también empezar a olvidar los pequeños detalles: el sonido de su voz, la forma exacta de su sonrisa, su forma de arrugar la frente…
Y cuando esos recuerdos empiezan a difuminarse en tu cabeza, una parte de ti empieza a sentir que está perdiendo a esa persona por segunda vez.
Yo no quería perder a mi madre. Por eso me esforzaba por verla en mi cabeza tal y como yo me la imaginaba: piel morena, rizos castaños y ojos oscuros, de mirada intensa, sonrisa bonita y cuerpo largo y curvilíneo como el mío.
Mi padre nunca quiso enseñarme demasiadas fotografías, así que dejé que mi imaginación la idealizara en mi cabeza como la mujer más guapa del mundo y atesoré su imagen como el recuerdo más valioso.
Mi padre fue quien me ayudó a mantenerla viva en mi memoria durante muchos años. Él era quien siempre me hablaba de ella, quien me recordaba cómo era y quien conseguía que la sintiera cerca incluso cuando yo empezaba a crecer y a olvidarme poco a poco de ella sin darme cuenta.
Me cuesta creer que aquel hombre bueno, bondadoso, que lo dio todo por mí y por hacerme feliz, el mismo que se encargó de amarme por dos; por él y por la madre que nunca tuve, fuera el mismo hombre que murió lleno de odio, sin apenas hablarse conmigo, después de haberme hecho la vida imposible.
Ahora me pregunto si quizás aquel padre perfecto siempre estuvo en mi cabeza. ¿Será que lo idealicé para no crecer con otra carencia afectiva más?
Para colmo, puede que mi madre tampoco fuera como yo creía. Puede que haya pasado gran parte de mi vida confiando y llorando por la persona equivocada.
Unos golpes secos al otro lado de la puerta me devuelven a la realidad.
Sacudo la cabeza y miro a Kerem, que sigue sentado a mi lado, con mis manos sobre su regazo, acariciándolas con suavidad en un intento por tranquilizarme un poco, cosa que le agradezco profundamente, aunque ahora mismo no sea capaz de decir demasiado.
No sé cuánto tiempo llevamos los dos aquí sentados, envueltos en el silencio de su despacho. Puede que un par de minutos, o puede que mucho más. Solo sé que la cabeza me da vueltas y no dejo de pensar en mi madre y en todas las opciones posibles.
—Es Micaelo —me informa, rompiendo el silencio. Coloca un mechón de pelo por detrás de mi oreja antes de continuar diciendo—: ¿Quieres que pase, o le digo que espere fuera un poco más?
Se lleva mis manos hasta la boca y me besa los nudillos antes de volver a acariciarlos en un intento por rozarlos de forma suave y delicada. Lo comprensivo y atento que está siendo me hace sentir un poco aturdida y afortunada a partes iguales.
—Que pase.
Asiente con la cabeza y da una voz para que entre. Enseguida se abre la puerta y vemos aparecer a Micaelo, que trae puesto su pijama y viene acompañado de su bastón, del que se apoya al caminar.
—Espero que sea importante, piccolos, porque estaba a punto de tener un sueño reparador.
La sonrisa se le borra de la cara cuando ve todo lo que hay desparramado por la mesa y nuestros semblantes serios. Por su expresión, creo que es la primera vez que le pillamos por sorpresa y no sabía lo que iba a ocurrir al llamarle.
—Permitidme tomar asiento, porque creo que esto va para largo —murmura, antes de dejarse caer en el otro sofá frente a nosotros.
Echa un vistazo rápido a todo lo que hay sobre la mesa auxiliar—.
Oh, qué buena pinta… ¡Pici all’aglione! Mis favoritos.
Podríais haberme invitado —refunfuña, mirándonos por encima de las gafas, que se le han bajado hasta la punta de la nariz.
Al parecer las usa cuando va a leer antes de dormir.
Sé que está utilizando su humor habitual para aligerar el momento y que sea más fácil para todos.
—Te hemos llamado para algo serio, Micaelo —interviene Kerem, de forma cortante.
—Necesitamos respuestas —agrego yo, y mi voz suena más débil de lo que me gustaría. Micaelo me mira preocupado y se acomoda en su asiento. Vuelve a echar otro vistazo a las fotografías que hay sobre la mesa y suelta un largo suspiro.
—Sabía que este momento llegaría —masculla, apretándose el puente de la nariz con los dedos.
—Entonces supongo que también sabes quién es ella.
Estiro el brazo, agarro una de las fotografías antiguas y la deslizo hasta colocarla en el otro lado de la mesa, frente a él.
Micaelo observa la imagen durante unos segundos que se me hacen eternos.
A medida que escruta los rasgos de la mujer, sus facciones se endurecen y el rostro que siempre intenta mantener tranquilo y relajado con nosotros, se desmorona y endurece en un segundo.
—Sí.
Noto cómo la mano de Kerem aprieta la mía por debajo de la mesa antes de trazar pequeños círculos con el pulgar sobre el dorso de mi piel.
—¿Es mi madre?
El silencio que sigue a mi pregunta es mucho más doloroso que cualquier respuesta.
Siento algo desgarrarme por dentro y las comisuras de los ojos se me llenan de lágrimas que amenazan con salir en cualquier instante y nublarme la vista por completo.
Micaelo se queda paralizado hasta que finalmente acaba asintiendo muy despacio.
—Sí.
Siento que el aire se me escapa de los pulmones de golpe.
Intento respirar, pero la garganta se me ha cerrado por completo, me ahogo con mi propia saliva, con el peso de tantos años de puras mentiras.
Soy un mar de lágrimas incluso antes de darme cuenta.
Kerem gruñe a mi lado, visiblemente molesto por verme mal, pero sigue junto a mí, dándome su apoyo, mientras que yo siento que mi mundo se ha roto más de lo que ya estaba y no sé si voy a ser capaz de hacer que las piezas vuelvan a encajar, pero necesito que lo hagan.
—¿Y por qué llevo más de doce años pensando que está muerta, Micaelo? —consigo preguntar, en un hilo de voz.
Noto un nudo en el estómago cuando veo que los ojos grises de Micaelo se han enrojecido y están visiblemente aguados.
—Es una larga historia, piccola.
—Tengo todo el tiempo del mundo —exijo, notando el sabor salado de mis propias lágrimas al tragar.
—Conocí a Ayla cuando cumplió dieciocho años —empieza a contar, con la mirada llena de nostalgia y dolor y perdida en un punto fijo de la habitación, como si estuviera viajando décadas atrás—, en uno de nuestros viajes de negocios a Turquía.
Yo acababa de empezar a trabajar en la empresa familiar y estábamos intentando ampliar horizontes.
Queríamos conseguir un trato con los turcos, pero al parecer nuestras familias no se llevaban del todo bien.
Juguetea con el bastón, dándole vueltas sobre sí mismo, con una sonrisa triste y me doy cuenta de que está sopesando bien cada una de sus palabras.
—Era una chica joven y risueña, llena de vida y alegría.
—Sonríe de lado—. También era muy testaruda y cabezota.
Tenía mucho carácter. —Me mira—. Como tú.
—Me limpio las lágrimas con el dorso de la mano y Kerem me pasa el brazo por los hombros, atrayéndome hacia él—.
A pesar de que pertenecía a una familia tan importante, era muy humilde y tenía la cabeza bastante amueblada.
Yo estaba acostumbrado a salir con otro tipo de mujeres, pero desde el primer momento en que la vi, llamó por completo mi atención.
Fue amor a primera vista. —Vuelve a sonreír—.
Nos gustamos en el mismo instante en el que nuestros ojos se enredaron por primera vez.
Y nos enamoramos en cuanto tuvimos el privilegio de conocernos.
—¿Y qué pasó? —pregunta Kerem, cuando se da cuenta de que no soy capaz de formular palabra por culpa de las lágrimas.
Micaelo suelta un largo suspiro y se queda callado unos segundos, parece que está pensando bien hasta qué parte de la historia quiere revelar.