Todos los amaneceres en los que pensé en ti (Cielos opuestos 2) Chapter 48
78%

Chapter 48

—No saltaron las alarmas porque eras tú quien había entrado a mi despacho —comienza a explicarme—, pero uno de mis hombres, Elio, notó algo extraño al revisar las cámaras y me acaba de enviar la grabación.

—Yo… —Me muerdo el labio con nerviosismo—. Me puse nerviosa y cogí la fotografía. No pensé que fuera importante.

Kerem suspira despacio, extendiendo la mano frente a mí.

Yo permanezco quieta.

—Devuélvemela.

—¿Por qué?

—Porque no deberías tenerla.

—¿Por qué es tan importante? —contraataco, inclinándome hacia él.

—¿Y por qué la robaste? —Eleva las cejas. Coloca sus grandes manos sobre mis muslos y los acaricia con suavidad, y sé que lo hace en un intento por ayudarme a sentirme menos tensa.

—Yo he preguntado primero —inquiero, alzando el mentón.

Se le tensa la mandíbula antes de mirarme de nuevo.

—Jade, es peligroso.

—Estoy harta de que todo el mundo haga lo mismo.

—¿El qué?

—Decidir por mí qué es lo que puedo saber y qué no.

Traga saliva y se echa hacia atrás, tomando distancia otra vez.

Durante un instante parece debatirse entre seguir cerrándome la puerta o dejarme entrar por fin a ver lo que hay en su interior.

Me bajo de la encimera de un salto hasta quedar de pie frente a él, que me mira desde arriba con la mirada seria.

El Kerem de hace unos minutos ha desaparecido, aunque por lo menos no ha vuelto el robot ni el bloque de hielo. Supongo que eso ya es un paso.

—Esto no tiene nada que ver conti…

—Ni se te ocurra mentirme, Kerem —zanjo, de forma rápida, alzando una mano e interrumpiéndolo para que no siga por ahí—.

Porque no pienso permitir que lo que sea que tengamos ahora mismo se estropee por culpa de la desconfianza y las mentiras.

Si quieres que intentemos tener algo, sea lo que sea, lo primero es la confianza.

Así que ya puedes decirme qué es lo que está pasando. —Lo miro con los brazos en jarras.

Se pasa las manos por la cara y da una pequeña vuelta por la cocina, hasta que vuelve a pararse frente a mí.

Yo sigo con las manos en mis caderas, sosteniéndole la mirada con una seguridad que es pura fachada y con los nervios revoloteando en mi interior ante la idea de que esto realmente pueda funcionar, pues, por primera vez, siento que vamos a dejar de luchar el uno contra el otro para empezar a luchar juntos.

—Solo intentaba mantenerte al margen, para protegerte. —Me agarra las manos y me acaricia con las yemas de los dedos. Se me forma una pequeña sonrisa tonta y tengo que hacer un esfuerzo por contenerla.

—No quiero que lo hagas. Quiero que seamos un equipo, Kerem. Para lo bueno, pero también para lo malo.

—No… —Se aclara la garganta—. No estoy acostumbrado a eso, Jade.

—Yo tampoco —confieso, sin dejar de mirarlo a los ojos—. Tendremos que aprender juntos.

Me pongo de puntillas, inclinándome hacia él, y le doy un pequeño beso en los labios. Cuando mis pies vuelven a tocar el suelo, él me acaricia la mejilla y pasa un mechón de pelo por detrás de mi oreja.

—Además… —Me muerdo el interior de la mejilla—, quiero ayudar. —Mis palabras captan por completo su atención. —Creo que conozco a la mujer de la fotografía.

Traga saliva.

—No es la primera vez que la veo —añado, con tacto.

—¿De qué la conoces? —pregunta con los ojos entrecerrados.

—Nos cruzamos un par de veces en Estambul antes de la boda.

—¿Dónde?

—La primera vez que nos chocamos fue al salir de una boutique, pero llevaba un velo y no conseguí verle bien la cara.

—¿Estás segura de que era ella? —insiste, con el rostro ensombrecido.

—Tenía un olor… peculiar —respondo, tras unos cuantos segundos en los que intento recordar de qué me suena ese aroma tan característico—. Pero no consigo acordarme de dónde lo he olido antes.

—¿Y la segunda?

—En un restaurante donde fui a cenar con Can antes de la boda.

—¿En alguna de las dos ocasiones habló contigo?

—Mmm… —Hago una pausa—. El día que nos cruzamos en la tienda no, pero cuando me vio llorando en el cuarto de baño del restaurante… sí. Me sorprendió que supiera mi nombre y que me consolara así.

—¿Recuerdas qué te dijo?

Me quedo callada durante unos minutos, tratando de recordar el momento exacto en el que me crucé con aquella mujer en el baño. En aquella ocasión le vi perfectamente la cara, y ahora no puedo quitármela de la cabeza. Tampoco su aroma.

Siento que lo he olido antes, en alguna otra persona. Dicen que cada perfume huele diferente según la persona que se lo aplique, pero yo recuerdo haber percibido esas notas olfativas en algún otro lugar o en alguna otra piel.

Estoy segura.

— Déjame darte un consejo: no dejes que el miedo te paralice, más bien úsalo a tu favor para destruirles.

Has perdido varias batallas, pero todavía estás a tiempo de ganar la guerra —pronuncio de memoria, repitiendo cada una de las palabras que la mujer misteriosa mencionó—.

También me dijo que no me volviera vulnerable ante hombres inseguros y que recordara quién era y de dónde venía.

Kerem se queda callado, asintiendo con la cabeza, mientras trata de asimilar mis palabras y les busca un significado en su cabeza.

—¿Por qué tienes una fotografía de esa señora, Kerem?

—Te ha estado siguiendo durante un tiempo.

—Lo sabía —murmuro en voz baja, más bien para mí misma. Kerem me mira con una ceja alzada, sin entender a qué me estoy refiriendo—. El día que fuimos a tomar helado. Ese día alguien nos estaba siguiendo, ¿a qué sí?

—Así es —reconoce finalmente, en un suspiro.

—¿Y por qué? ¿Quién es esta mujer y qué quiere de mí?

Se pasa de nuevo las manos por la cara, exasperado.

—Para contestar a tus preguntas, primero tengo que enseñarte algo.

—Algo malo, ¿no? —me anticipo, nerviosa—. Te conozco y tu cara te delata, Kerem. ¿Qué pasa?

Suelta un suspiro.

—Has dicho que quieres que estemos juntos en esto, ¿no?

—Sí.

—Vale —suelta en un suspiro, acariciándome despacio la mejilla. Me agarra por la nuca y me acerca a él en un movimiento rápido para darme un beso lento y cálido sobre mi frente—. Ven conmigo a mi despacho, entonces.

***

Una vez en su despacho, nos sentamos en el sofá largo que hay en el centro. Kerem ha colocado un montón de carpetas sobre la mesa que está frente a nosotros.

Todo está esparcido por la madera, sin seguir ningún tipo de orden. Salvo nuestros platos, que están en las esquinas, ya que mi marido se ha empeñado en que trajéramos la cena aquí porque se niega a que hagamos nada si no tengo el estómago lleno primero.

—La foto que robaste no es la única que tengo —comienza a decir con los platos ya medio vacíos.

Saca de una de las carpetas un montón de fotografías y las deja sobre la mesa.

Abro los ojos de par en par al ver a esa misma mujer en diferentes escenarios; vestida de formas distintas, aunque siempre manteniendo su esencia e intentando cubrirse el rostro con un velo o agachando la cabeza al caminar, por lo que no en todas se aprecian sus facciones con claridad.

—¿Quién ha hecho todas estas fotografías?

—Mis hombres —responde, echándose hacia atrás en el sofá.

—¿Desde cuándo la sigues? —quiero saber, mientras voy analizando cada imagen una por una, intentando fijarme bien en todos los detalles.

—Desde hace semanas.

—¿Por qué? —Lo miro con el ceño fruncido.

—Porque me enteré de que te estaba siguiendo a ti.

Vuelve a inclinarse hacia delante y me señala la esquina de una de las fotografías.

—¿Y por qué a mí? ¿Crees que me conoce? ¿Quizás la ha enviado el Sultán para seguirme? ¿O es una espía de tu padre? —Disparo las preguntas con rapidez, sintiendo el corazón cada vez más acelerado.

—Tranquila —murmura, agarrándome por el mentón y obligándome a mirarlo a los ojos.

—Estoy tranquila.

—Eso espero —musita, calmado—. Pase lo que pase a partir de ahora, estamos juntos en esto.

—Me agarra la mano y entrelaza nuestros dedos.

Yo le dedico una sonrisa sincera como respuesta—.

No fue hasta el otro día, que conseguí verle la cara al completo, que asocié su rostro a uno que ya había visto antes en otra fotografía, en una de las del pendrive que robaste del despacho de tu padre.

—Creo que me he perdido. —Frunzo el ceño—. Espera, ¿tú viste lo que había dentro de ese pendrive que le entregué a Micaelo? ¿Qué tiene que ver esta mujer con eso?

—Lo tienes justo aquí. —Se inclina un poco más sobre la mesa y despliega las carpetas y los papeles que hay desperdigados por la mesa.

Agarra un montón de fotos, esta vez parecen hechas desde otra cámara y otros ángulos, y en casi todas aparece la cabeza de la mujer cubierta por un velo.

Rebusca en una de las carpetas hasta que da con un par de papeles desgastados y amarillentos por el paso del tiempo.

Me los ofrece para que los vea y yo los agarro, un poco confundida, sintiendo que la cabeza me da vueltas.

—Es un certificado de defunción, creo que pertenece a la misma persona de las fotografías antiguas. ¿Te suena este nombre, Jade?

Me señala el papel con el dedo. Bajo la mirada y me quedo completamente congelada cuando leo el nombre impreso en letras oscuras:

Ayla Hasan.

Mi madre.

De repente veo todas las letras borrosas por culpa de las lágrimas y de los nervios, así que releo todo el papel como puedo, pero todos los datos coinciden con los de mi madre.

—¿La conoces?

—Era mi madre.

Abre los ojos de par en par, pero no dice nada, sino que me acompaña en silencio y analiza toda la información en su cabeza, con la mandíbula apretada y sus ojos clavados en los míos, que no dejan de llorar.

—No me gusta verte llorar, ya lo sabes.

Lo miro y veo dolor reflejado en sus pupilas. Rebusca entre las fotografías hasta que encuentra la que quiere enseñarme. La coloca en la mesa frente a mí.

Es una imagen mucho más antigua. Aparece la misma mujer, solo que muchos años más joven, con unas facciones más delicadas e inocentes.

No lleva ningún tipo de retoque estético, como es el caso de la última, ni hay signos de dolor en su mirada, tal y como yo la recordaba antes de morir. Joven, llena de vida… feliz.

—No lo entiendo —titubeo—. ¿Qué significa todo esto, Kerem?

—Creo que la mujer que viste en Estambul… la mujer de las fotografías… y la mujer del certificado… —Hace una pausa, como si le costara pronunciar las siguientes palabras—. Son la misma persona.

—No puede ser —musito más bien para mí misma—.

Es imposible. —Miro a Kerem, que no me ha soltado la mano en ningún momento, sino que sigue acariciándome con suavidad, transmitiéndome su apoyo y comprensión, aunque le cueste tanto hacerlo en momentos así.

Alterno la mirada entre las dos fotografías, la antigua y la más reciente, y luego la paso por el certificado de defunción.

Las lágrimas corren incesantes por mis mejillas y yo me siento completamente paralizada—. Es mi madre.

Me levanto del sofá y doy varios pasos por el despacho, intentando despejarme un poco y recuperar el aire.

Él se levanta y me alcanza enseguida. Sin decir nada, me acuna entre sus brazos y deja que me derrumbe contra su pecho, mientras me acaricia el pelo con suavidad y deposita pequeños besos sobre mi cabeza.

—Por favor… dime qué significa todo esto —le suplico, entre sollozos—. Si mi madre está viva… ¿Por qué no me ha buscado en todo este tiempo? ¿Por qué fingió no conocerme cuando me tuvo delante?

—No lo sé, cariño. —Me aprieta entre sus brazos y vuelve a besar mi cabeza—. Pero conozco a alguien que puede darnos todas las respuestas.