Todos los amaneceres en los que pensé en ti (Cielos opuestos 2) Chapter 47
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Chapter 47

La luz de la mañana se cuela por la ventana, dibujando líneas sobre las sábanas revueltas y la piel desnuda de su espalda.

Me quedo un rato quieta, tumbada de lado y apoyada sobre mi codo, simplemente observándolo dormir, escuchando el sonido pausado de su respiración, que se suma al murmullo lejano de Cortona al otro lado de la ventana.

Respiro hondo y sonrío cuando el aire se llena de él, de ese perfume al que tan acostumbrada estoy, mezclado con el olor de su piel y el aroma de las sábanas, que todavía guardan el calor de la noche.

Hay dos copas de vino junto a una botella medio vacía en la mesa central y toda nuestra ropa está esparcida por la habitación del hotel en el que nos encontramos, puesto que ayer la lanzamos sin ningún tipo de miramientos por cualquier parte.

Kerem está durmiendo bocaabajo, abrazado a la almohada y completamente relajado por primera vez en mucho tiempo. La sábana le cubre hasta la cadera, dejando al descubierto toda su espalda llena de cicatrices. Las mismas que ayer recorrí con los labios. Y las mismas que me inclino para besar ahora.

Noto cómo su respiración cambia y cómo poco a poco se va despertando bajo mis roces.

—Es hora de hacer el check out —murmuro, contra la piel rugosa de su espalda—. Se nos va a pasar la hora y nos van a echar del hotel.

—No me importa —musita, con la voz ronca y todavía adormilado—. Me quiero quedar a vivir aquí.

Abre un ojo y me mira por encima del hombro.

—Voy a comprar el hotel para que no tengamos que irnos.

Suelto una carcajada que resuena por toda la habitación.

—¿Y qué hacemos? ¿Nos quedamos aquí para siempre?

Se gira de golpe y, antes de que me dé tiempo a reaccionar, me atrapa por la cintura y me hace caer sobre él, a horcajadas sobre su regazo. Suelto un pequeño grito ahogado entre risas mientras apoyo las manos sobre su pecho para no aplastarlo.

—No veo cuál sería el problema.

—Veo que has dormido bien —suelto, en tono juguetón, antes de tirar de su labio inferior con los dientes.

—Hacía mucho que no dormía así.

—¿Así cómo?

Extiende el brazo y me aparta un mechón de pelo de la cara.

—En paz —responde, sonriente, después de unos segundos en los que parece haber sopesado qué respuesta darme—. He conseguido descansar después de mucho tiempo sin dormir bien.

Me inclino hacia delante y le doy un beso en los labios. Él sonríe contra mi boca y me abraza con fuerza, escondiendo el rostro en el hueco de mi cuello y llenándolo de besos húmedos que me hacen sentir escalofríos por todo el cuerpo.

***

Después de comer en Cortona, hacemos el trayecto en coche hasta Siena y aprovecho para echarme una siesta mientras Kerem conduce, esta vez mucho más animado.

Cuando llegamos a la villa, guardo las cosas que hemos comprado en el supermercado mientras él se da una ducha rápida.

Luego aprovecho para hacer yo lo propio mientras Kerem baja a la cocina a contestar unos correos antes de ponerse a hacer la cena, la cual ha insistido en preparar él mismo después de lo mal que me quedó el bizcocho que llevé a casa de los Gherardi.

Al salir del baño, me pongo la primera camiseta de manga larga que encuentro de Kerem junto con unos calcetines calentitos, y me recojo el pelo en un moño deshecho del que se escapan varios mechones rizados.

Le doy un beso a Chanel antes de salir de la habitación y bajo la escalera hasta que llego a la primera planta, donde enseguida me recibe un olor delicioso a ajo, albahaca y tomate.

Cruzo el umbral y, en cuanto nota mi presencia, se gira hacia mí y deja de cortar el queso en daditos para escrutarme de arriba abajo sin reparo alguno.

—¿Qué pasa? —pregunto, echándome un vistazo rápido—. ¿Por qué me miras tanto?

—Llevas mi camiseta.

—Sí, ¿y?

—No te he dado permiso para usar mis cosas —suelta, intentando sonar serio, aunque sus labios se curvan en una pequeña sonrisa que se apresura a borrar de su rostro.

—No lo necesito —le digo, pasando por su lado—. Soy tu mujer, por si se te ha olvidado. —Le enseño la mano en la que luzco la alianza con el mentón bien en alto, moviendo los dedos para que pueda ver mejor el anillo y me subo a la encimera, al lado de donde está cocinando.

Levanta ambas manos en señal de rendición y remueve con un cucharón algo en la olla.

Luego vuelve a agarrar el cuchillo con el que sigue partiendo el queso, para después colocarlo en el plato junto al tomate y las aceitunas negras.

Alargo el brazo y le robo un trozo, llevándomelo rápidamente a la boca cuando veo que me dedica una mirada fulminante.

—No se come antes de la cena —me regaña, apartando un poco el plato.

Coge el cucharón y prueba un poco de la pasta que se está cociendo en el agua hirviendo de la olla. Suelto una carcajada y me mira, confundido.

—¿Qué pasa?

—Nada —respondo sonriente—. Te pones muy serio, como si supieras cocinar de verdad.

—Es que sé cocinar de verdad.

—Estás haciendo pasta, Kerem —le digo, para picarlo—. Cualquiera sabe hacer un plato de pasta.

—Estoy seguro de que a ti no te quedaría comestible.

—Eso tendremos que comprobarlo.

—Bueno, tenemos toda la vida para hacerlo —aduce, con una naturalidad que hasta a él mismo le sorprende. Se queda congelado, como si estuviera asimilando la magnitud de sus palabras. Se le borra la sonrisa lentamente y se acaba instalando un silencio entre los dos.

Antes de que el momento se vuelva demasiado incómodo, vuelvo a estirar el brazo y le robo otro trozo, dedicándole una sonrisa burlona mientras mastico.

Deja el cuchillo sobre la encimera y da un par de pasos hasta quedar frente a mí.

Coloca sus manos sobre mis muslos desnudos y me separa las piernas en un movimiento rápido.

No me da tiempo a reaccionar, porque enseguida se coloca entre ellas, sin dejar de agarrar la piel que queda expuesta por debajo de su camiseta, haciéndome sentir una descarga eléctrica por todo el cuerpo con cada caricia.

—Veo que tienes ganas de jugar —sisea contra mis labios.

—Contigo siempre —aseguro antes de besarlo.

Le rodeo el cuello con los brazos y hundo mis dedos en su pelo, atrayéndolo hacia mí mientras mis labios buscan los suyos con un ansia que ya no me molesto en disimular.

Su boca me responde con una intensidad que me hace perder el sentido, en un beso profundo, lento y cálido que me consume por completo.

Sus labios se abren ligeramente, dejando el espacio perfecto para los míos, devorándome con una pasión y a la vez una calidez que me provocan cosquillas en el estómago.

Sus manos me aprietan los muslos con más fuerza, acercándome aún más a él. Nuestros pechos se mueven agitados y nuestras respiraciones entrecortadas se entrelazan.

El mundo pasa a un segundo plano y solo estamos él y yo; el roce de sus manos acariciando todo mi cuerpo, mis dedos hundiéndose en su cabello, su barba haciéndome cosquillas en el cuello, la forma en la que nuestros labios parecen encajar a la perfección, el modo en el que me besa, como si mis labios fueran un ancla y él llevara toda la vida luchando por no hundirse.

Nos interrumpe la vibración de su teléfono.

Kerem estira el brazo y lo coge, sin soltarme la cintura con la otra mano.

Yo me quedo abrazada a él, mirando de reojo la pantalla por pura inercia, hasta que acabo hundiendo la cabeza en el hueco de su cuello.

Deposito algunos besos y noto cómo su piel se eriza al instante.

La mano con la que me sujeta me aprieta con algo más de fuerza, clavándome los dedos en la piel.

Su cuerpo se tensa sobre el mío y enseguida se reincorpora, haciendo que los dos nos movamos sobre el mármol.

Levanto la mirada despacio, encontrándome con sus ojos de ébano, ahora más oscurecidos que hace tan solo un momento, cargados de incertidumbre.

—No sabía que, aparte de mentirosa, también eras una ladrona. —Parpadeo, incrédula, sintiendo el corazón en la garganta—. ¿Vas a devolverme lo que me has robado de mi despacho o tengo que quitártelo yo mismo?

—No sé de qué me hablas —me apresuro a responder.

—Mi despacho tiene cámaras, mentirosilla. —Me agarra por el mentón, obligándome a sostenerle la mirada—. Y acabo de ver cómo te llevabas algo que me pertenece.