Chapter 46
—¿No me vas a decir adónde vamos? —pregunto unos minutos después de que hayamos dejado la villa de los Gherardi atrás.
—No.
—¿Por qué?
—Porque eso solo te haría hablar más —responde, con el ceño fruncido y la mirada fija en la carretera.
Pongo los ojos en blanco y lo miro de reojo, analizando su perfil. Está sumido en sus propios pensamientos, con la vista fija en la carretera y una expresión que me resulta indescifrable. Tiene los hombros rígidos y los nudillos completamente blancos por la fuerza con la que se aferra al volante.
No es que esté simplemente serio cómo siempre, sino que ha debido de pasar algo más en el despacho del Don.
No ha dicho apenas nada desde que salimos de la villa, y ya habíamos avanzado bastante en nuestra relación.
Parece distraído, como si estuviera sumido en sus pensamientos y no fuera capaz de ver ni escuchar nada más.
Sus ojos marrones reflejan una sombra de enfado, mezclada con una inquietud extraña que roza la inseguridad, algo que hasta ahora no había visto en él y que me pone bastante nerviosa.
Pese a parecer siempre un bloque de hielo o una estatua de piedra maciza, hoy parece estar a punto de romperse.
Unos toques rápidos a mi derecha me sacan de mis pensamientos.
Kerem está tamborileando los dedos sobre el cuero del reposabrazos con la mano que no sujeta el volante; un golpeteo nervioso que delata que está más inquieto de lo que pensaba.
Está mal. No hace falta que diga nada. Lo sé con solo mirarlo, de la misma forma en la que él siempre ha sabido leerme a mí sin necesidad de decir ni una sola palabra en voz alta.
En todo este tiempo, siempre ha estado ahí para mí, incluso cuando no nos soportábamos, sosteniéndome cuando yo no podía hacerlo por mí misma.
No pienso demasiado lo que hago, simplemente alargo la mano hasta rozar sus nudillos.
Sin decir nada, pues a veces entre nosotros funcionan mejor los silencios que las palabras, le agarro la mano.
Noto cómo se tensa al instante y me mira de refilón, extrañado por mi atrevimiento.
Por un momento creo que quiere apartarme, pero no lo hace, así que apoyo su mano en mi muslo y le empiezo a acariciar el dorso con la yema de mi dedo índice, siguiendo un patrón imaginario y notando su piel caliente y tensa bajo el roce.
Su respiración se vuelve más profunda. Se deja cuidar y, de vez en cuando, sin apartar la mirada de la carretera, me aprieta un poco el muslo, provocándome un escalofrío por todo el cuerpo.
Con el vaivén y la vibración del coche, su mano sigue aferrándose con fuerza a mi muslo mientras conduce y, cuando nuestros dedos meñiques finalmente se entrelazan, me acabo relajando tanto que voy cerrando los ojos poco a poco.
Apoyo la cabeza en la ventanilla y me recuesto en el asiento hasta que me quedo profundamente dormida.
***
Abro los ojos poco a poco, acostumbrándome a los rayos de sol que se cuelan a través del parabrisas, llenando el interior del coche de pequeñas hileras doradas.
Despego la mejilla de la ventanilla y me incorporo sobre el asiento, mirando desorientada a mi alrededor.
Ojeo a Kerem, extrañada. Tiene la mirada perdida en el frente y parece pensativo mientras sujeta el volante con ambas manos, a pesar de tener el coche aparcado, y está bastante quieto, como si el tiempo no hubiera pasado para él mientras he estado dormida durante el trayecto.
Confundida, desvío la mirada hacia el exterior y en cuanto veo los girasoles y los cipreses predominar sobre el paisaje, siento que el aire se me queda atascado en los pulmones.
Al final del camino nos recibe un enorme árbol con el tronco grueso y unas firmes ramas por las que cuelga un columpio de madera de dos plazas que se balancea con la brisa, sujeto con unas cuerdas firmes, aunque desgastadas por el paso del tiempo.
Se me humedecen los ojos al recordar los momentos que vivimos aquí.
En su lugar especial. En nuestro lugar especial.
Alterno la vista entre el paisaje que se extiende al otro lado del cristal y Kerem, que permanece inmóvil, con la mirada perdida en algún punto de Cortona.
No sé cuánto tiempo llevamos aquí parados, pero el sol empieza a ocultarse entre franjas de color naranja que adornan el cielo, creando una mezcla explosiva de colores cálidos que pintan el cielo con intensidad.
Vuelvo a mirar el columpio. Sigue exactamente igual que la última vez, resistiendo el paso del tiempo igual que el árbol, desde donde se aprecia toda la ciudad.
—¿Qué… qué hacemos aquí? —farfullo, apenas en un susurro.
Sus hombros se relajan sutilmente al oír mi voz. Se gira hacia mí y sus ojos se suavizan cuando comprueba que estoy despierta. Parece abatido y cansado, como si hubiera pasado mucho rato peleando consigo mismo.
—No lo sé. —Me mira y la vulnerabilidad que veo en sus ojos me encoge un poco el corazón—. Solo sé que necesitaba respirar.
El miedo y la incertidumbre me invaden por un momento: el dolor por seguir aferrándome a los recuerdos de todo lo que viví aquí, y la incertidumbre por no saber qué es exactamente lo que estamos haciendo ni lo que va a pasar a partir de ahora.
Pero he aprendido por las malas lo que es tenerlo todo y perderlo en un instante, así que no quiero vivir con miedo nunca más.
Simplemente quiero vivir. Porque cualquier momento puede ser el último, y yo ya he desperdiciado demasiados dejando que el miedo sea el que decida por mí.
Kerem y yo hemos cometido muchos errores y nos hemos hecho daño, pero si hemos conseguido llegar hasta aquí después de todo lo que ha pasado, puede que sea por algo. Puede que la vida nos esté dando una segunda oportunidad después de todo.
Estar aquí, en el lugar donde empezó todo, aunque duela, es la mejor forma de aprovecharla, de mirar al dolor a los ojos y curar juntos esa herida que todavía escuece.
Quizás este sea el momento perfecto para dejar de recordar lo que perdimos y empezar a construir lo que queremos ser, sin arrastrar el peso de todo lo anterior.
Tomo aire hasta llenar por completo mis pulmones y lo dejo salir poco a poco, pensando bien en las consecuencias del paso que voy a dar a continuación. Pero tengo que hacerlo. Si de verdad quiero que cerremos esta herida, no puedo hacerlo yo sola.
—Entonces salgamos —murmuro, captando su atención. Abre los ojos, sorprendido—. Has dicho que necesitabas respirar. —Le señalo el exterior con un gesto—. Vamos fuera.
Ambos salimos del coche y caminamos hasta el columpio sin decir nada. No es la primera vez que veo las vistas, pero vuelvo a quedarme prendada con la perspectiva tan espectacular de toda la ciudad que hay desde aquí.
Se sienta, dejando que la madera cruja al sentir su peso y echa la cabeza hacia atrás, observando el cielo teñido de tonos naranjas y violetas. Se pasa las manos por la cara y resopla.
Me quito los zapatos para estar más cómoda y me dejo caer a su lado.
El aire fresco de la tarde me eriza la piel al instante y me abrocho el abrigo hasta arriba.
A esta hora las temperaturas suelen bajar y hace frío, pero me doy gracias a mí misma por haber cogido la bufanda del asiento trasero antes de bajar del coche.
Permanecemos en silencio, balanceándonos levemente mientras el columpio cruje bajo nuestro peso.
Él sigue con la mirada perdida en el horizonte; y yo sigo mirándolo a él.
Me quito la bufanda del cuello y me la paso por los hombros como si fuera una manta. Cuando veo que me está mirando, le ofrezco un trozo.
—¿Quieres taparte un poco? Hace frío.
—Estoy bien —me dice, antes de volver a mirar al cielo—. Tápate tú.
Hago caso omiso a sus palabras y me acerco un poco más a él, hasta que nuestros cuerpos quedan pegados.
Me mira, extrañado y acabo subiendo mis pies a su regazo, lo que hace que me mire más confundido todavía.
Le paso el trozo de tela por los hombros, cubriéndonos a los dos, y quedamos frente a frente, separados apenas unos centímetros.
—Pensaba que no sería capaz de volver a este sitio nunca más —me confiesa, con voz ronca.
—¿Y por qué me has traído? —me atrevo a preguntar.
—Porque aquí empezó todo —admite, con la mirada perdida en el paisaje antes de volver a enredarla con la mía—, y creo que es un buen sitio para dejar el dolor atrás y permitirnos seguir adelante.
Mi mirada desciende despacio desde sus ojos hasta su boca. Sus labios se curvan suavemente, mientras los míos se entreabren por pura inercia.
—¿Juntos? —inquiero, sin apartar la mirada de su boca.
—Juntos —asegura sin dudar.
No aparta su mirada de mí, sino que sus ojos recorren mi rostro sin reparo, con una calma que no le había visto antes, deteniéndose en cada una de mis facciones, como si quisiera memorizar cada uno de mis rasgos.
Alza una mano y con el dedo índice me da un pequeño toque en la punta de la nariz, arrancándome una sonrisa.
La bufanda se desliza por el movimiento, dejando parte de nuestro cuerpo al descubierto.
Pero no me importa. Ya no tengo frío. Me aparta un mechón de la cara y lo coloca detrás de mi oreja.
Su tacto me produce escalofríos y a la vez me reconforta.
Me acaricia con las yemas de los dedos el labio inferior y va bajando lentamente por mi barbilla y mi cuello, hasta que llega al pañuelo que me anudé esta mañana.
Sus dedos se detienen justo ahí, en el borde de la tela. El aire frío que nos rodea se vuelve denso, cargado de electricidad. Kerem empieza a juguetear con el nudo del pañuelo, rozando de vez en cuando la delicada piel de mi garganta con las yemas de los dedos.
—Echaba de menos tus pañuelos de pirata.
—Pero hoy no lo llevo como una pirata.
—Da igual, para mí siempre serás mi piratilla.
Siento un pequeño cosquilleo recorrerme el estómago y el corazón me golpea con tanta fuerza que temo que pueda escuchar mis alocados latidos.
Con lentitud, tira del extremo hasta deshacer el nudo por completo.
Me acaba quitando el pañuelo del cuello, dejando mi piel expuesta a la brisa de la noche, pero su cercanía me aporta tanta calidez que ni siquiera siento frío.
No dice nada, simplemente dobla la tela con total precisión y se la guarda en el bolsillo interior de la chaqueta.
—¿Por eso guardabas uno en el cajón de tu habitación en Estambul?
Se separa un poco de mí y se queda en silencio.
—¿Cómo sabes eso?
—Lo vi la noche que sufriste el ataque de asma —le revelo—. ¿Por qué lo guardabas? —insisto.
—Porque me recordaba a ti —confiesa, con voz ronca—. Y era lo único que me quedaba de nosotros.
—Yo pensaba que me odiabas.
—Ojalá hubiera sido tan sencillo.
—Gracias —le digo, con la voz entrecortada.
—¿Por qué?
—Por volver.
—Gracias a ti por no irte.
Vuelve a colocar en su lugar un mechón de pelo rebelde que el viento ha vuelto a dejar alborotado por mi cara y, sin apartar sus ojos de los míos, se inclina despacio hacia mí.
Mi corazón late completamente desbocado.
Cierra los ojos durante un instante y yo hago lo mismo por pura inercia.
No busca mis labios, ni intenta acelerar nada, sino que deposita un beso lento sobre mi frente que se acaba prolongando durante varios segundos, como si tratara de sellar una promesa silenciosa de todo lo que no se atreve a decir en voz alta.