Chapter 45 #2
—¿Habéis terminado ya? —masculla Vittorio desde el extremo de la mesa en el que está sentado.
Trago saliva y agacho la mirada, incómoda por estar montando un numerito delante del Don.
Micaelo está sentado a su lado con cara de pocos amigos; no sé qué es lo que le pasa, pero no es habitual en él estar tan serio—.
Milán, ¿puedes dejar de jugar con los invitados y venir a sentarte?
—Apoya los codos en el extremo de la mesa y cruza las manos a la altura de la barbilla, sin apartar la mirada de nosotros, en especial de la rubia que está a mi lado, que se niega a sostenerle la mirada y que cada vez parece más nerviosa.
—Claro, nonnito, solo estaba saludando a los invitados.
¿Vamos? —le dice a la rubia, colocando una de sus manos en la parte baja de su espalda, ante la atenta mirada de Vittorio, que parece estar fulminándola con la mirada.
No me pasa desapercibido lo nerviosa que se pone y cómo se aparta de su lado para caminar sola hasta su asiento.
Siento el cuerpo rígido, casi entumecido. La presencia de Nicole me ha descolocado por completo. La observo de reojo mientras nos movemos: lleva unos pantalones vaqueros y una blusa de lino en un tono verde oliva que contrasta con el color de sus ojos y cabello.
—Venid, chicas, sentaos aquí conmigo —nos ofrece una alegre Valentina, quien nos ha reservado dos sitios a su lado.
—¿Están juntos? —le pregunto a Kerem, en voz baja para que solo él pueda oírme mientras nos acercamos a la mesa.
—No lo sé —responde—. Siempre han tenido una relación muy extraña. Pero es raro que Nicole esté en casa del Don.
—He traído un bizcocho —le digo a Valentina cuando me siento a su lado.
—No hacía falta, querida, ¡pero muchas gracias! —Le hace una señal a una de las empleadas para que lo lleve a la cocina—. ¿Cómo estás? Te veo mejor.
—Sí —coincide Vittorio—, tienes mejor aspecto.
—Estoy mejor, gracias.
—Bien. Comencemos a comer entonces.
Micaelo y Kerem se dedican una mirada fulminante y cargada de furia que me deja pensativa durante el resto de la comida.
La observo sin que se dé cuenta, mientras el resto habla de cosas a las que he dejado de prestar atención hace ya bastante rato.
Las voces se mezclan unas con otras, los cubiertos tintinean contra la porcelana, el aroma a lasaña envuelve toda la sala y el Don parece bastante concentrado en la charla que nos está dando, pero mi mirada vuelve a ella una y otra vez, como si no supiera quedarse en ningún otro sitio.
El ambiente es bastante tranquilo; cualquiera que nos observara desde fuera no pensaría que estamos comiendo en la mesa del Don, pero lo cierto es que Vittorio es un hombre bastante familiar y cuando está sentado a la mesa y rodeado de sus seres queridos, como en este caso son su mujer y su nieto, suele ser bastante más cercano que cuando cierra las puertas del despacho.
Jade está sentada frente a mí, entre Valentina y Nicole.
Antes parecía incómoda, pero ahora sonríe mientras escucha a la rubia contar una historieta de una de las muchas aventuras de sus mellizos, que al parecer siguen igual de traviesos que la última vez que los vi.
Suelta una pequeña risa al principio, que poco a poco acaba llenando todo el comedor.
Hacía mucho tiempo que no la veía reír así, con los ojos entrecerrados y las mejillas encendidas. Y, por algún motivo que no pienso admitir, verla tan relajada y feliz me llena de una satisfacción que no sé cómo narices explicar.
Me doy cuenta de que se le ha acabado el vaso de agua, por lo que me doy prisa en volver a llenárselo, pues está arrasando con la tabla de quesos curados que tiene a su lado y no deja de hablar con las otras dos chicas, así que seguro que tendrá la boca seca.
Siento los ojos de Milán clavados en mi nuca y lo miro por encima del hombro.
—¿Qué? —prácticamente gruño al ver su reacción.
—Estás pilladísimo —dice, con una sonrisa socarrona que me crispa los nervios.
—¿Perdón?
—Le acabas de rellenar el vaso de agua y ni siquiera te lo había pedido.
—Lo haría por cualquiera —me defiendo, manteniendo el tono de voz bajo.
—Venga ya —chasquea la lengua, inclinándose hacia mí para que solo yo pueda escucharle, cosa que le agradezco teniendo en cuenta lo impertinente que puede llegar a ser a veces—. La miras como si no hubiera nadie más en la sala.
—Eso no es verdad —replico enseguida, mirándola de refilón otra vez cuando la escucho reír por algo que ha dicho Valentina.
—No le des tantas vueltas. —Me da un pequeño toque en el hombro con el dorso de su mano para llamar mi atención—. La chica merece la pena y la vida te ha dado una segunda oportunidad con ella. Aprovéchala.
—No sé de qué estás hablando, Milán.
—Solo asegúrate de no cagarla otra vez. —Es lo último que me dice antes de guiñarme un ojo, agarrar su copa de vino y volver su atención de nuevo a su abuelo.
Me quedo rígido, con las palabras de mi amigo flotando en el aire y un sabor amargo en la garganta.
Ni siquiera me da tiempo a procesar lo que me ha dicho, porque el ambiente cambia de golpe cuando Vittorio se levanta de su asiento y da un golpe seco sobre la mesa, haciendo que todos queden en silencio y devolviéndonos a la cruda realidad.
—A mi despacho. Ahora —sentencia mientras se ajusta la chaqueta del traje. Enseguida se levanta Micaelo para seguirle el paso—. Tú también, Kerem.
Me pongo de pie de inmediato, pero antes de dar un solo paso echo un vistazo rápido al resto de la mesa.
Al lado del asiento que Vittorio ha dejado libre, Valentina observa la escena con tranquilidad, acostumbrada a que su esposo interrumpa las comidas a la mitad por culpa de sus negocios.
Nicole está cabizbaja, algo bastante inusual en ella, y parece bastante incómoda de repente.
A su lado, Jade me mira con los ojos cargados de una incertidumbre y preocupación que intenta camuflar, pero que noto al instante.
Le dedico un pequeño asentimiento de cabeza, como promesa silenciosa de que todo está bajo control, y doy media vuelta para seguir los pasos del Don y Micaelo hacia el pasillo.
Una vez dentro del despacho, Vittorio ocupa su lugar tras su escritorio, en uno de los sillones de cuero y Micaelo y yo tomamos asiento en los sofás de al lado.
La tensión entre los dos es palpable. Ninguno dice nada y nos limitamos a dedicarnos miradas fulminantes de vez en cuando.
Vittorio nos sirve un vaso de whisky , dejando que el líquido de color ámbar caiga lentamente sobre el cristal antes de añadir un cubo de hielo a cada uno.
Después, se inclina hacia delante, apoya los codos sobre las rodillas y mueve el vaso hacia los lados, haciendo que el hielo tintinee ligeramente sobre el cristal y rompa el silencio que nos envuelve.
Nos observa con atención antes de darle un sorbo a su bebida.
Micaelo lo imita, pero yo permanezco inmóvil, con el vaso en la mano. Tengo el estómago cerrado, pues sé lo que viene a continuación. Dos de sus hombres han entrado en la habitación y nos miran desde la puerta, esperando a que el Don empiece a hablar o les dé algún tipo de indicación.
— El Consejo de La Rosa se reúne dentro de cinco días para decidir si aceptan nuestra petición.
Siento que el corazón me da un vuelco. Sabía que este momento llegaría, pero esperaba que pudiera retrasarse lo máximo posible.
—Ha llegado el momento. —Cierro los ojos con fuerza, asimilando sus palabras y cuando los abro me encuentro con la mirada grisácea de Micaelo, que me examina con atención—. Has cumplido con todos los requisitos.
Asiento con la cabeza, intentando mantener la compostura.
—¿Estás seguro? —pregunta Micaelo, dirigiéndome la palabra por primera vez desde que abandoné su casa esta mañana.
Durante un breve instante, me viene a la cabeza la sonrisa de Jade en el comedor y me tengo que obligar a mí mismo a sacudir la cabeza y centrarme en esta conversación que puede marcar mi futuro y el de tantas personas.
—Sí.
—No habrá marcha atrás —me recuerda Vittorio.
Respiro hondo, aprieto la mandíbula y alzo el mentón. No puedo permitirme dudar, y mucho menos ahora.
—Lo sé.
Me da un par de golpes secos en la espalda.
—Cuentas con el apoyo del Clan de La Rosa —dice, finalmente—. Partirás a Estambul… —Deja su vaso sobre la mesa con un ruido sordo—, y cuando regreses, lo harás convertido en el nuevo Sultán.