Chapter 45
El sonido de unos pasos firmes aproximándose por el pasillo me sacan de golpe del trance en el que me encuentro.
El corazón me da un vuelco y me empiezan a temblar las manos, presas del pánico.
Me aseguro de ser rápida y dejar todo tal y como estaba sobre el escritorio.
Doblo la fotografía por la mitad y la meto entre mi teléfono y la carcasa que lo protege.
Luego meto el aparato en el bolso y cierro la cremallera, como si así pudiera asegurarme de mantener protegido mi secreto.
La puerta se abre y Kerem cruza el umbral.
Tiene el ceño fruncido y la mandíbula apretada, pero en cuanto sus ojos color ébano se cruzan con los míos, su expresión cambia de golpe.
Se acerca a mí mientras me recorre con la mirada con una lentitud que me hace tragar saliva más veces de las necesarias, lo que provoca que me remueva incómoda sobre el asiento al sentirme tan observada y expuesta ante él.
—Has llegado pronto —suelto con sorna, echándome hacia atrás en su cómoda silla y cruzando los brazos contra mi pecho, para que no note lo mucho que me tiemblan las manos.
Pone los ojos en blanco y se acerca al escritorio.
—Surgió un pequeño contratiempo y tuve que salir —me informa, tan serio como de costumbre—. Fui a buscarte a la habitación; no esperaba encontrarte aquí.
—Habíamos quedado en tu despacho —murmuro—. Hace diecisiete minutos.
—¿Los has contado uno a uno? —Me dedica una sonrisa burlona y agradezco estar sentada ahora mismo, porque siento que las rodillas me flaquean un poco.
—No, no estoy tan mal de la cabeza como tú —le devuelvo la pulla, apartando mi mirada de la suya cuando el corazón comienza a latirme más rápido de lo habitual—. Solo sé que llevo aquí un buen rato esperándote.
—Pues disculpa, pero ahora sabes por lo que me haces pasar desde que te conocí.
—No pasa nada. —Me levanto de la silla con rapidez, casi tropezándome con mis propios pies—. ¿Nos vamos ya? Creo que llegamos tarde. Y no es bueno que lleguemos tarde a casa del Don —empiezo a decir de forma atropellada—. He hecho un bizcocho de nueces. Voy a por él a la cocina y nos vamos.
—¿Estás bien? —pregunta, observándome con los párpados entornados.
Levanto la vista demasiado deprisa.
—Sí, ¿por qué?
Frunce ligeramente el ceño mientras me observa con atención.
Sus ojos recorren durante un breve instante todo el despacho: las estanterías, la mesa, los papeles perfectamente colocados, los sobres color teja que sobresalen por debajo de algunos papeles…
Todo está exactamente igual que como lo dejó antes de salir.
Vuelve a mirarme y parece capaz de ver mucho más allá de mi mirada o mis simples palabras, lo que me pone más tensa todavía.
—Estás hablando rápido —me informa, como si no me hubiera dado cuenta de ello—. Lo haces siempre que estás nerviosa.
—Bueno… —Me muerdo el labio inferior—. No guardo un buen recuerdo de la última vez que estuvimos en casa de los Gherardi.
Algo cambia en su expresión y la dureza de sus ojos se suaviza.
Se acerca a mí, reduciendo por completo la distancia que nos separa.
Sus manos encuentran mi cintura con una naturalidad que me desarma y noto la calidez de sus dedos a través de la tela de mi camisa, haciéndome sentir cosquillas por todo el cuerpo.
—Si no quieres ir, solo tienes que decírmelo —murmura con voz ronca, sin dejar de mirarme, como si tratara de encontrar una respuesta en mi mirada—. Si necesitas que nos quedemos, nos quedamos.
Se me entrecorta la respiración. No sé si me sorprende más que me esté dando a elegir o que hable de nosotros en plural.
—¿Cancelarías la comida con el Don por mí?
Se queda callado durante unos segundos, como si la pregunta le hubiera pillado por sorpresa, hasta que finalmente se acaba encogiendo de hombros.
—La comida no es lo más importante.
Me da un vuelco el corazón.
—Vámonos —murmuro, pasando por su lado—. Los Gherardi nos esperan.
***
Cuando estamos aparcados frente a la villa, apaga el motor y se baja del coche.
Lo rodea hasta llegar a mi puerta. Arrugo el entrecejo mientras observo sus movimientos, sin saber muy bien qué es lo que va a hacer, y cuando me abre la puerta para que salga me quedo con la boca abierta a causa de la sorpresa.
Me clava la mirada con fijeza mientras espera a que coja mi bolso y el bizcocho que preparé esta mañana, y cuando lo tengo todo, salgo y cierra la puerta tras de mí.
—¿Qué pasa? —espeto, cuando me siento demasiado observada. Me mira y sacude sutilmente la cabeza, como si no supiera a qué me refiero—. No dejas de mirarme.
—Nada —responde, volviendo a echarme un buen repaso de arriba abajo—. Te has vestido diferente. —Asiente con la cabeza para sí mismo—. No estás mal.
—¿Esa es tu forma de decirme que estoy guapa?
—Y te has vuelto a poner uno de tus pañuelos —nota, con la vista fija en el trozo de tela que llevo anudado alrededor del cuello, ignorando por completo mi pregunta.
—Me apetecía —me limito a contestar.
—Te queda bien.
Su mirada sube hasta mis labios, que no tardo demasiado en humedecer. Mis ojos siguen el recorrido que hacen los suyos por el movimiento de mi lengua, hasta que finalmente nuestras miradas vuelven a enredarse de nuevo.
—Deberíamos entrar —murmura, de repente, rompiendo el momento.
—Sí —musito, sin apartar la mirada de su boca.
—¿Entráis ya o qué? —La voz de Micaelo, que suena tosca y ruda, me sobresalta, haciendo que casi tire el bizcocho al suelo—.
El Don os vio por las cámaras y me envió a buscaros —nos informa, antes de empezar a caminar de nuevo, apoyando su peso sobre el bastón.
Kerem y yo nos miramos una última vez y lo seguimos hacia el interior de la villa—.
Llevamos un buen rato esperando a que os dignéis a aparecer —refunfuña, dedicándole una mirada fulminante por encima del hombro al pelinegro.
No sé qué es lo que ha pasado, pero el ambiente está cargado de tensión.
Le seguimos hasta la puerta. El olor a salsa de tomate y orégano nos envuelve cuando cruzamos el umbral hacia el interior de la casa.
Mientras atravesamos el pasillo hacia el comedor, escuchamos voces mezcladas con alguna carcajada, cubiertos chocando con la porcelana de los platos y el murmullo lejano de la voz grave de Vittorio.
Kerem me pasa un brazo por los hombros, acercándome a él, y me recorre un escalofrío por la columna cuando siento su cercanía y el olor a su perfume.
Cuando llegamos al comedor, fuerzo una sonrisa que no tarda demasiado en ser sustituida por una mueca de asombro cuando reparo en una mata de rizos rubios en el centro de la mesa, que reconozco desde el primer momento.
La chica se levanta y camina hacia mí, sonriente, con los brazos abiertos de par en par.
Me abraza. Yo tardo en corresponderle el gesto, pues me siento aturdida y la cabeza me da vueltas.
De todas las cosas a las que esperaba enfrentarme hoy en casa de los Gherardi, ni siquiera entraba la posibilidad de encontrarme con Nicole.
Miro por detrás de su hombro a Milán, que nos observa con una sonrisa mientras saluda a Kerem y no me puedo creer que esté viviendo todo esto.
—Me alegro tanto de que estés bien —murmura contra mi pelo, mientras me envuelve entre sus brazos.
Yo la aprieto con fuerza contra mí con la mano que tengo libre.
Siento los ojos humedecidos y el corazón latir con fuerza, pero me encantaría prolongar este momento tanto como fuera posible—.
Te hemos echado mucho de menos. Nos quedamos muy preocupados por ti cuando te fuiste sin avisar después de lo que pasó en la villa de los nonnos —dice, con la voz cada vez más apagada, como si temiera decir algo en voz alta que pudiera molestar a los presentes.
Nos separamos y nos observamos durante unos segundos que se me antojan eternos.
Nicole sigue igual. El mismo pelo rubio con esos rizos imposibles de domar.
Los mismos ojos claros, tan expresivos, que parecen ser incapaces de esconder lo que sienten.
La misma sonrisa de mujer luchadora que lleva todo el peso cargado a sus espaldas.
Los mismos ojos cansados que me indican que sigue sin dormir lo suficiente, seguramente por estar envuelta en más trabajos de los que es capaz de llevar a cabo con tal de darles a sus hijos la mejor vida posible.
—Entonces no estás enfadada —suelto, de repente.
Nicole se separa un poco de mí para mirarme a los ojos. Me sonríe. Es una sonrisa pequeña y algo triste, pero me conformo con el gesto. Acaba negando lentamente con la cabeza.
—Estoy enfadada porque te fuiste sin despedirte —puntualiza, sin soltar mi mano—.
Todo lo demás podemos hablarlo en otro momento con más calma.
Porque sí, si quieres que sigamos en contacto creo que tienes muchas preguntas que contestarme.
Aunque… no sé si quiero saberlo todo. —Frunce los labios, con la cabeza ladeada y yo me limito a asentir con la cabeza.
—Bueno, ya está bien.
Nicole y yo nos giramos cuando escuchamos la voz de Milán, que hasta ahora había estado demasiado callado.
—No quieras llevarte todo el protagonismo —le dice a la rubia, para picarla, antes de darle un pequeño codazo en el costado.
Ella pone los ojos en blanco y se aparta enseguida, como si ese simple contacto le quemara.
El castaño entonces me mira y continúa—: ¿Para mí no hay abrazo?
—pregunta, con los brazos abiertos de par en par.
Doy un par de pasos hacia él, pero cuando estoy a punto de abrazarlo, Kerem me frena, rodeándome el hombro con su brazo y haciendo que retroceda hasta pegarme a él.
—Ni se te ocurra abrazarla—suelta, de forma seca.
Milán nos mira con una ceja alzada, alternando la mirada entre los dos, como si le estuviera divirtiendo la escena.
—¿Y a este qué le pasa? —me pregunta, en tono burlón—. ¿Se ha vuelto más rarito desde que es un mafioso o es que quiere meterse bien en el papel?