Chapter 44 #3
—No todo tiene que tener una explicación —musito, dejando de nuevo la taza sobre la encimera antes de separarme de ella—.
Tengo que ir a la oficina —le informo, colocando la silla en su sitio—.
Volveré temprano porque tengo una reunión online con unos inversores.
Cuando termine nos iremos a casa de los Gherardi.
Te estaré esperando en mi despacho, sé puntual.
—Lo intentaré.
—No pienso esperarte.
—Lo que tú digas.
Estoy a punto de salir de la cocina cuando algo me hace retroceder y dar media vuelta. Empiezo a batallar una lucha interna que estoy deseando perder, pero finalmente vuelvo a observarla; está parada en la misma posición, apoyada sobre la encimera y suelto todo el aire contenido.
—Gracias por el desayuno —me escucho decir, antes de que pueda darme cuenta de lo que estoy haciendo, con la mandíbula y los hombros tensos—. No ha estado mal.
Lo último que veo antes de salir de la cocina es su maldita sonrisa y algo me dice que no me la voy a poder quitar de la cabeza en todo el día.
Tardo más de la cuenta en decidir qué ponerme. Supongo que ya se está volviendo una costumbre. Me pierdo entre decenas de conjuntos. Saco un vestido. Me lo pruebo. Lo dejo. Saco otro. Después otro. Y otro más.
Me hago una coleta alta. Me observo en el espejo. Me la deshago. Prefiero llevarlos sueltos, así que los dejo cayendo por mi espalda. Me ajusto el nudo del pequeño pañuelo en el cuello mientras observo mi reflejo en el cristal.
—Ridícula —murmuro para mí misma.
Finalmente me pongo unos vaqueros anchos y una camisa blanca, con los primeros botones sin abrochar y un pañuelo colorido anudado en el cuello.
He dudado más con el pañuelo que con el resto de la ropa, pues me recordaba demasiado a la Gia que los utilizaba para el pelo, pero me apetecía volver a usarlos, así que eso he hecho, aunque sea de otra forma.
Termino de maquillarme y meto todas mis cosas en el pequeño bolso de mano que utilizaré hoy. Me perfumo y, después de ponerme las botas y el abrigo, salgo de la habitación.
Miro la hora en el reloj del móvil y sonrío victoriosa cuando veo que he conseguido tardar menos de lo habitual, pese al desastre que he montado en el vestidor, y que todavía quedan diez minutos para la hora a la que habíamos acordado vernos en el despacho.
Ridícula.
No sé para qué me he esforzado tanto si ni siquiera se va a dar cuenta, si nada ha cambiado entre nosotros por un par de miraditas. Tengo que dejar de darle tantas vueltas a la cabeza si no quiero meterme en problemas.
Bajo las escaleras y camino por los pasillos hasta que llego a la puerta del despacho.
Toco un par de veces con los nudillos sobre la madera y, cuando veo que nadie me responde, la empujo y entro, pues estoy también en mi casa, y no tengo que pedir permiso, aunque sea su despacho.
La habitación está impregnada de ese olor tan característico al perfume amaderado que siempre deja como estela con cada paso que da.
Observo todo con detenimiento. Tiene varias estanterías repletas de libros y, en el centro de la habitación, una gran mesa de roble con un ordenador, llena de papeles perfectamente alineados, y una silla de escritorio con ruedas.
Me siento en el sofá que hay en uno de los laterales, junto a la ventana y paso los siguientes minutos observando el paisaje mientras muevo la pierna con nerviosismo.
¿Dónde está? La que llega siempre tarde soy yo.
Cuando estoy lo bastante desesperada como para permanecer quieta, me levanto y empiezo a curiosear un poco.
Paso el dedo por el filo de las estanterías en busca de motas de polvo inexistentes, pues todo parece estar impoluto.
Reviso los títulos de los libros, por si hay alguno que me llame la atención para leer más tarde.
Sigo deambulando por el despacho. Me siento en la silla de su escritorio y compruebo lo cómoda que es. Normal que quiera pasar aquí sentado tantas horas al día. Yo también querría.
Reviso entre los papeles, porque la curiosidad siempre ha sido uno de mis peores defectos. No hay nada interesante en ellos, así que vuelvo a dejarlos tal y como estaban, no vaya a ser que a Kerem le dé un ataque por culpa del desorden.
Jugueteo con uno de los bolígrafos y busco un trozo de papel para dejarle un mensaje. Encuentro un post-it en blanco y lo escribo con la letra más pulcra posible.
Lo coloco sobre otros papeles y enseguida llama mi atención un sobre de color teja, que destaca entre el resto.
Me muerdo el labio inferior y, tras echar un vistazo rápido por la ventana para asegurarme de que no venga nadie por detrás y de que tampoco haya movimiento en la entrada del despacho, abro el sobre y me encuentro con unas fotografías.
Las saco con cuidado y dejo caer el sobre en mi regazo. Frunzo el ceño, con una de las fotografías entre mis manos, sintiendo que el suelo se vuelve inestable y mi cabeza da cada vez más vueltas.
No entiendo qué significa esto ni por qué Kerem tiene fotografías de esta mujer en su despacho, pero no es la primera vez que veo este perfil, ni tampoco este rostro.
Me muerdo el labio inferior, observando la imagen con la cabeza ladeada, mientras trato de recordar dónde la he visto anteriormente.